lunes, 18 de agosto de 2014

CONFLICTO AMOROSO - Registrada en S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores) © 2014



I
¡No lo podía creer! El aclamado orador, para cuya exposición Noel se comió una acampada de dos días y dos noches era Guille o, más precisamente, el gurka como lo llamábamos Samanta y yo. No había prestado atención al nombre del disertante porque su especialidad era la informática y yo concurría a la Feria Anual de Tecnología y Arte para asistir a la presentación de las nuevas esculturas de India. Me había puesto a recorrer el recinto central rodeado de salas de exposición que estaban identificadas desde la A hasta la G. Mi amiga exhibía en la sala B adonde todavía no esperaba ningún espectador. Salvo la D, las demás reunían grupos discretamente numerosos. Me acerqué a mirar el afiche que promovía la actividad que tanto auditorio congregaba y me quedé con la boca abierta. ¡Era él, sin dudas! Con trece años más, el pelo oscuro casi al rape y la mirada de expresión desafiante. La fila de asistentes caracoleaba a lo ancho del salón para no tapar el ingreso a los otros eventos y se bifurcaba en la entrada. El público era heterogéneo: hombres, mujeres, y adolescentes con pinta de estudiantes. Pronto, el último que se agregara, estaría a la altura del primero de la cola. Hacia allí me dirigí esperando encontrar a mi pareja. Noel era ingeniero en sistemas y nos conocimos en el casamiento de Marga. Confieso que me impactó cuando lo vi porque se destacaba entre los demás hombres por su atractivo. Además era simpático e inteligente. Tenía dos años menos que yo y aunque siempre soñé con un amante experimentado que al menos me llevara diez años, no deslucía junto a él e incluso parecía más joven. Bailamos toda la noche y nos seguimos viendo hasta concretar el vínculo que nos unía. No habíamos hablado de casamiento por más que ambos nos presentamos a las respectivas familias y a los amigos comunes. Lo divisé en los primeros lugares de espera.
—¡Marti! —se sorprendió—. ¿No tendrías que estar en la muestra de India?
—Hola —lo besé en la mejilla—. El salón está cerrado y no hay más presentes que yo. Todavía —aclaré para disipar el brillo divertido de sus ojos.
No pude evitar una risa que lo relevó de contenerse. India era una buena amiga pero una mediocre escultora que exponía gracias a las relaciones de su padre. Creo que ella lo sabía, no obstante porfiaba en lograr algún día una obra que la proyectara. Yo asistía a todas sus exposiciones añadida a los concurrentes que buscaban quedar bien con su progenitor. Tal vez esta actitud solidaria me salvó de que me favoreciera con sus creaciones que ya ocupaban una sala especialmente diseñada en su casa.
—¿Sabés que lo conozco a Guille? —le dije para suspender el recreo a costa de India.
Perdió la risa inmediatamente. Me miró como si le hubiera anunciado que la conferencia se iba a suspender y carraspeó al recuperar la voz: —¿a Guille? ¿Qué querés decir?
—Eso, nomás —respondí con despreocupación.
—¿A Guillermo Moore? —insistió.
—¿En qué idioma hablo, Noel? ¡Conozco a Guillermo Moore, alias Guille, alias el gurka! —afirmé ya fastidiada.
La cola empezó a moverse. Me atrapó del brazo y me arrastró con él.
—¡No te muevas de la salida! ¡Cuando termine el panel me lo tenés que presentar!
Habíamos llegado a la entrada y me frenaron por no tener el boleto. Desde adentro Noel me gritó: —¡Esperame!
Le hice un gesto para que se fuera tranquilo y me aposté en la puerta del salón B. Ya estaban esperando tres parejas mayores, seguramente clientes de Bernardo, el padre de India. Me aparté un poco y me puse a divagar.
Recién a los treinta, después de haber recibido más cachetadas que caricias de la vida, pude establecer una relación sin hostilidades con mi madre. Me independicé tan pronto terminé el secundario para lo cual me empleé en una multinacional como telefonista, con un sueldo que me permitió pagar el alquiler de un mono ambiente aunque remontara muy ajustada el resto del mes. En esa época la familia de Samanta, mi mejor amiga y compañera de estudios, se mudó a Inglaterra. Yo frecuentaba su casa no solo para estudiar sino para alejarme un poco de la mía y de los permanentes encontronazos con mi progenitora que transitaba su estado de viudez juvenil como si yo no sufriera las consecuencias de la orfandad paterna desde mi primer año de vida. Aunque terminé por reconocer su dedicación como madre, su aureola de martirio la aislaba de todo acercamiento afectivo.
Habían pasado trece años. Los recuerdos me atropellaron y reviví el momento más significativo que definía al gurka de cuerpo entero. Samanta y yo estábamos en cuarto año y teníamos diecisiete cumplidos. Nos habíamos juntado para completar la tarea de literatura y nos acomodamos en el estudio de su papá; ella estirada en el sofá grande de espaldas a la pared, y yo en el diván chico.
—La Ramírez debe haber nacido antes del diluvio —rezongó Samanta—. ¡Mirá que obligarnos a presentar el trabajo manuscrito en la era de las impresoras láser! —estaba con la notebook apoyada sobre el estómago buscando la biografía y el texto que teníamos que leer para completar el cuestionario.
—¡Dale! —la apuré—. Que si no, no terminamos más —mientras ella leía, yo ojeaba las preguntas que teníamos que contestar. A su término, ya tenía una idea aproximada de las respuestas —. Te dicto y vos vas llenando la lista —le dije.
—Escribí vos, Marti, que tenés mejor letra —argumentó en tono plañidero.
Hice un gesto de resignación porque Sami tenía un encanto especial para zafar de las obligaciones. Levanté la vista y grité al ver la figura salpicada en sangre asomando detrás del sillón. El desquiciado blandía un cuchillo y solo atiné a lanzarle el cuaderno de tareas para evitar que atacara a Samanta. Aullando, hundió una y otra vez el puñal en el cuerpo de mi amiga cuyo alarido viró del pánico a la cólera al ver su polera blanca manchada de rojo. Tomó de los pelos al malhechor y lo arrojó al suelo.
—¡Estúpido, tarado, me arruinaste el suéter nuevo!
—¡JajjJajj! —se atragantó su hermano—. ¡La cara que pusieron! ¡JajjJajj!
—¡Mamá! —vociferó Sami—. ¡El gurka me echó a perder la polera nueva!
Alejandra, su mamá, ya estaba en la puerta atraída por nuestros chillidos. Miró a sus dos hijos ensangrentados, el gesto de ira de Samanta, la sonrisa medrosamente satisfecha de Guille, y ordenó: —Guillermo, te vas a tu habitación. Después subo a charlar con vos.
—¡Pero mamá! ¡Tengo la fiesta de disfraces en lo de Pitu! —protestó.
La cara de su mamá lo convenció de que no le convenía discutir. Salió arrastrando los pies y chorreando el cuchillo con colorante.
—Y a vos —le dijo a Sami—, ya te dije que no lo llamés más con ese mote.
—¡Lo es, lo es! ¡Mirá cómo dejó mi ropa!
—Sacátela que te la lavo. Con cloro queda como recién comprada.
—¡Vos siempre lo defendés! ¿Y qué vas a hacer con los almohadones del sofá, eh? —la desafió.
Alejandra clavó los ojos sobre las fundas salpicadas, dio media vuelta y taconeó hacia los dormitorios. Recuperé el cuaderno y observé la hoja del cuestionario manchada de rojo. Suspiré y me puse a transcribir la lista en una página limpia.
—¡Este mocoso me tiene harta con sus ocurrencias! ¡Y mamá no le pone freno! ¡Es un sápatra! —lloriqueó mi amiga.
—Sátrapa, Samanta —la corregí.
—¡Lo que sea! Tenés suerte de no tener hermanos sobreprotegidos como el gurka.
—A lo mejor tu mamá tiene razón. Si no insistieras en llamarlo de ese modo, no se obstinaría en imitar la conducta de esos sicarios. Me acuerdo que tenía diez años cuando diste en llamarlo así —evoqué.
—¿Y no tuve razón? ¡Nos arruinó la primera cita que conseguimos! Pensar que teníamos la casa para nosotras y los viejos volvían a la noche… —rememoró.
—Bueno… —alegué conciliadora—. Yoni se había puesto pesado y te tocó una teta. El gur… Guille —me corregí—, reaccionó como hermano varón. Le dio una flor de patada. Si Ale no se hubiera metido, ahí habría terminado todo.
—¡Al tuyo lo coceó en las bolas! —carcajeó Samanta.
—¡Sí! ¡Salieron disparados mientras nosotras inmovilizábamos a tu hermano!
—¡Decime si no le acerté con el apodo!
—No sé. Se pasó toda la tarde navegando por Internet para averiguar a quien se parecía y después se compró una réplica de plástico de la daga. Tal vez, habría sido mejor llamarlo sir Lancelot. De investigar a este personaje, hubiera copiado sus buenos modales —reflexioné.
—¡Los malos modales del gurka son innatos! —afirmó Samanta. Se levantó del sillón—: Me voy a cambiar la remera y seguimos. Si terminamos la tarea, madre nos autorizó a ir al cumple de Goyo. Como te quedás el fin de semana, con la venia de mamá basta.
A mí me gustaba poco el festejante de Sami. Se decía que en sus fiestas corrían el alcohol y las drogas. Y mi amiga era lábil a las transgresiones. Yo cuidaré de las dos, decidí.

II
—¿Por qué salen tan temprano? —se sorprendió Alejandra.
—Porque es un cumpleaños, ma. No vamos a ningún boliche.
—Entonces no vuelvan a la madrugada. El remise las pasará a buscar a las nueve para llevarlos a Roldán. Que Guille esté listo a esa hora.
—¿Por qué no se lo llevan ustedes? Sabés que a mí no me hace caso.
—Porque tu papá y yo queremos disfrutar de unas horas a solas. Si a las ocho no se levanta, llamame al celular.
Samanta torció el gesto pero no cuestionó. Me hizo un ademán para arrancar antes de que a su madre se le ocurriera hacer preguntas. Aunque estábamos a seis cuadras, Alejandra insistió en que nos fuéramos en taxi. Lo esperamos en la puerta y a las nueve estábamos en la fiesta. Goyo nos recibió en persona y besó a Sami en la boca. Adentro ya estaban preparando la previa. En un balde mezclaban las bebidas que cada invitado aportaba. Le pregunté a un muchacho que estaba a mi lado: —¿Los padres de Goyo permiten las bebidas alcohólicas?
—No sé. Están de viaje.
—Ayayay… esto se va a descontrolar —me dije.
A las diez, había muchos que no se tenían en pie. Yo veía de vez en cuando a Samanta, siempre asediada por el cumpleañero y con una copa en la mano. Bailé con algún muchacho que todavía estaba sobrio y me preocupé cuando perdí de vista a mi amiga por media hora. Subí a la planta alta y, con el corazón desbocado, fui abriendo las puertas de todas las habitaciones. En la última, Goyo con tres amigos y Samanta se pasaban un porro. Lo que me inquietó, fue divisar sobre el escritorio varias líneas blancas. Sabía que Sami fumaba de vez en cuando, pero también que nunca aspiraba coca. Era hora de sacarla.
—Vamos, Samanta. Ya tomaste demasiado —señalé.
—Mi mamá está en Roldán… —balbució mi amiga.
—Unite a la fumata, bruja —rió neciamente el dueño de casa.
—Ustedes hagan lo que quieran, pero nosotras nos vamos —dije decidida.
Samanta se desprendió de mi brazo y moduló con cuidado: —Andate vos, que a mí me falta lo mejor.
Volví a sujetarla e intenté arrastrarla hacia la salida. Ella me empujó y los varones se me vinieron encima. Corrí hasta la puerta y bajé la escalera sin disminuir la carrera hasta salir a la calle. Necesitaba ayuda para rescatar a mi amiga. Sus padres no estaban y mi mamá se disgustaría al saber el tipo de fiesta a la que concurría. Una idea tomaba cuerpo en mi mente: el gurka podría asistirme entre ese grupo de borrachos. Llegué sin aliento a la casa de Samanta y me prendí del timbre. Poco después Guille abrió la puerta.
—¡Gurka! ¡Me tenés que acompañar para salvar a Sami! ¡Ponete el disfraz y traé la daga con pintura!
El chico no se lo hizo repetir. Enseguida volvió con su traje ensangrentado y el cuchillo de utilería.
—Hay que asustarlos, Guille. Como están todos ebrios, bastará con que entres gritando y desparramando algunas puñaladas. Yo aprovecho la confusión y la saco a tu hermana.
—Entendí —afirmó el jovencito excitado por la aventura.
Nos detuvimos un instante en la entrada para aquietar mi respiración y después entramos a la casa. El ingreso del gurka fue triunfal. Esparció estocadas a diestra y siniestra en tanto yo subía a la planta alta. Los gritos hicieron asomar a Goyo y acompañantes fuera de la habitación, ocasión que me sirvió para tironear a Samanta hacia la escalera. Abajo, el caos era total. Guille, consustanciado con su personaje, aullaba como poseído y perseguía con el cuchillo a quien se le pusiera a tiro. Tuve que gritarle: —¡Gurka! ¡Salgamos ya!
Sami, estupefacta, no ofreció resistencia. Observó a su hermano plantarse delante de ella para enfrentar a los que estaban reaccionando, hasta que los tomé del brazo y los remolqué fuera de la casa.
—¡Corramos! —les urgí.
Con ayuda del gurka aceleramos el paso de Samanta hasta distanciarnos de algunos invitados que nos perseguían. A salvo, le dije al chico: —Gracias, Guille, ni sir Lancelot hubiera cumplido mejor la misión.
—¿Lancelot? —pronunció el gurka, y se conectó a Internet.
No pude contener una risa extemporánea ante el recuerdo, lo que me valió varias miradas de censura por parte de las señoras que esperaban. Guille se abocó a investigar la historia de la nobleza con tanto empeño que, poco después, se compró una espada de plástico y organizó ceremonias para ordenar caballeros a sus amigotes. También se empeñó en buscar una dama para ofrendarle sus hazañas y resulté yo la elegida. No lo pude convencer de que optara por una de sus compañeritas de grado y me persiguió a muerte para que le entregara una prenda para amarrar a su arma. Calculo que mis negativas lo disuadieron porque, al tiempo, no me fastidió más.
—¡Martina! —la voz aguda de India me trasladó al año actual. Me abrazó y dijo calurosamente—: ¡el día en que no aparezcas levanto la exposición! Entremos que es más tarde de lo que pensaba.
Un empleado estaba abriendo la puerta de la sala y ella, después de agradecerle, se instaló a la entrada para recibir a los invitados. Fui la última en ingresar y me puse a circular por el recinto observando las distintas esculturas. Debo reconocer que su arte estaba mejorando al incorporar nuevos materiales. Me detuve ante una escultura de madera cuya forma me sugería una escalera de caracol trepando al vacío. Impresionaba. Las representaciones abstractas eran su estilo y a mí me costaba encontrarles sentido, pero estas creaciones estimulaban mi fantasía. Así creí ver una góndola curvada sobre las olas, un ave retorciendo su cuerpo como un tirabuzón, dos peces unidos por el cuerpo y devorándose la cabeza uno a otro. Tétrico, me dije. Continué la recorrida y después me reuní con India para tomar una copa acompañada de un bocadillo.
—Creo que aparte de cumplir con papá asisten porque saben que van a comer — reflexionó.
—Gracias por lo que me toca —dije tragando un bocado.
—¡A vos no! —se rió—. Sos tan incondicional que vendrías aunque hubiese un terremoto. ¿Querés que vayamos a cenar al fin de la exposición?
—No puedo. Noel está en la conferencia de al lado y me espera a la salida. Quiere que le presente al panelista.
—¿Y vos de dónde lo tratás?
—Es un viejo conocido —dije risueña, y le conté a grandes rasgos mi relación con la familia Moore y la anécdota del gurka.
—¡Qué personaje! —exclamó mi amiga con una carcajada—. ¿Y ese chico expone en la Feria?
—Ya no es un chico, India —le aclaré, y por no desairar su invitación—: ¿qué te parece si esperás a que satisfaga el pedido de Noel y después nos acompañás a cenar?
—Podríamos ir los cuatro —consideró India.
—Si Guille no tiene compromisos, ¿por qué no? —admití—. A vos no te desvela la diferencia de edad: tiene veintiséis años.
—Sabés que me gusta la carne tierna —dijo en tono travieso—. Y si tiene algún compromiso, puedo convencerlo de postergarlo.
La miré y no pude más que darle la razón. A sus treinta y cuatro, India no pasaba desapercibida a la vista de ningún hombre con su metro setenta y cinco, su pelo negro hasta la cintura y su físico espectacular. A su lado yo no existía. Nos habíamos conocido tres años después de que me fuera a vivir sola en una de mis tantas visitas al Centro Cultural Bernardino Rivadavia. Fue la primera exposición de ella que presencié. Creo que yo miraba la escultura con gesto perplejo porque se acercó y me preguntó: —¿Qué opinás?
—Nada —confesé—. No me dice nada.
—Yo soy la autora —se presentó—. India Lerner.
—¡Oh… encantada! —dije sin inmutarme—. Tal vez podrías aclarar mi oscurantismo.
—A vos no te manda mi papá —afirmó.
—No sé quien es tu papá —garanticé—. Entré a la sala porque aquí vengo a matar el tiempo los fines de semana y de vez en cuando encuentro muestras interesantes.
—No tuviste suerte con ésta —manifestó.
Me encogí de hombros: —No soy una entendida.
Ella largó una risa divertida: —No te apenes. Me da gusto encontrar a alguien que no es afecta a la adulación. ¿Cómo te llamás?
—Martina Vázquez.
—Hola, Marti —se inclinó y me dio un beso en la mejilla—. Un placer conocerte.
—Lo mismo digo —aseguré y le devolví el beso.
Así comenzó nuestra amistad. India me llevaba dos años y compartimos aficiones comunes: salíamos juntas al cine, al teatro, a cenar y a caminar los fines de semana. Desde que Sami había emigrado con su familia, no había forjado otra amistad íntima. Si bien nos mantuvimos en contacto a través del correo electrónico y ocasionales llamadas telefónicas, la distancia y las limitaciones económicas que padecía y debía resolver cada día espaciaron la comunicación hasta reducirla al saludo de fin de año.
India viajaba con frecuencia a Europa e insistió varias veces para que la acompañara. Le expliqué que me sentiría poco digna dependiendo económicamente de ella y ante mi negativa inflexible no presionó más, si bien se dio el gusto de traerme de regalo los perfumes por los que deliraba aunque no pudiera comprarlos.
A las ocho de la noche despidió amablemente a los que se hallaban en la muestra y dejó el salón a cargo del personal de seguridad para apostarnos en el ingreso a la sala D. Eran las ocho y treinta cuando se abrieron las puertas y comenzaron a desfilar los concurrentes. Tuvimos que esperar más de quince minutos hasta divisar a Noel cuyo rostro se iluminó cuando me ubicó en la entrada.
—¡Marti! ¡La conferencia fue excepcional! —me dijo con entusiasmo.
—Hola, Noel, yo también tengo mucho gusto de verte —expresó India en tono displicente.
—Ah… India, ¿qué tal? —le contestó distraído—. ¡No permitas que se te escape! —me exhortó a mí.
India esbozó una mueca de irritación. No sé por qué ambos no se gustaban. Centré la atención en la salida y me desentendí de uno y otro.

III

Desde mi ubicación dominaba a la muchedumbre que iba accediendo al salón central.
Atrás caminaba un nutrido grupo despaciosamente. El centro estaba ocupado por un hombre con traje claro y camisa abierta en el cuello, escoltado por cinco jóvenes vestidos formalmente. Dialogaba con gesto tranquilo con quienes se afanaban por acercarse y hacerse oír. Era el gurka, sin duda. Miré al hombretón de semblante reposado y pensé: “Cuánto has crecido, Guille; si estás más alto que India. ¿Adónde quedó el desmañado y regordete chiquilín que nos enloquecía con sus bromas?” Cuando rebasó la posición adonde yo estaba sin mirarme, recordé la recomendación de Noel.
—¡Gurka! —el epíteto me nació del alma.
Se detuvo en seco. Se volvió con lentitud y me clavó los ojos. Yo atiné a flexionar el brazo y mover los dedos a modo de saludo. Mi mueca evasiva pretendió disculpar el exabrupto. Quedamos enfrentados en medio de un silencio repentino, las miradas de los presentes convergiendo en nuestras figuras. Su rostro se transformó al reconocerme. La sonrisa complacida restableció la imagen que perduraba en mi recuerdo adolescente. Se acercó a mí con los brazos abiertos.
Milady… —murmuró mientras me estrechaba contra sí.
Yo lo abracé en medio de risas, desandando la barrera del tiempo al que me había arrojado el apelativo. Me separó un poco, manteniendo las manos sobre mis hombros, para escrutar mis facciones: —No has cambiado, milady —afirmó al cabo y me besó en la frente.
—No es así, Guille —me desasí para finalizar el show que estábamos brindando a los curiosos—. Tengo treinta años, algunas canas, dejé de ser tu dama hace una eternidad… —me interrumpí algo amoscada—, ¿por qué esa sonrisa de suficiencia?
Miró el bolsillo superior de su traje donde asomaba la punta de un pañuelo. Lo observé con detenimiento y creí reconocer el festón que lo bordeaba y la fracción de una forma estampada. Lo levanté hasta que apareció el corazón. Terminé de sacarlo y lo atesoré en mi mano.
—¡Me lo robaste…! —acusé atónita.
—Necesitaba mi prenda —se defendió— y no me la dabas.
—¡Te dije que la buscaras entre tus pares! —me ofusqué—. Lamento dejarte sin ella, pero este pañuelo es un recuerdo de familia —lo guardé en la cartera.
—Ya me lo regresarás —declaró ignorando mi enojo—. ¿Y a qué debo la magia de tu presencia?
Abrí los ojos. ¡Noel! Lo tomé del brazo: —¡Gurka! Tengo que presentarte a alguien… —dije tironeándolo hacia donde esperaban India y Noel —me siguió sin resistirse.
—Guillermo Moore —les aclaré—, India Lerner y Noel Dupont —terminé la desprolija introducción.
—¡Trabajo en sistemas y soy un seguidor de tus programas! —se atropelló Noel.
Guille le estiró la mano y volteó hacia mi amiga: —Encantado de conocerte, India —declaró y se inclinó para besarla en la mejilla.
—Lo mismo digo, Guillermo —lo tomó del brazo—. Con Martina nos preguntamos si querrías cenar con nosotros.
—Será un placer —aceptó enseguida—. Permítanme despedirme de mis colaboradores —se alejó con una sonrisa y la estela de admiradores por detrás.
—¡Es perfecto, Marti! —dijo India deslumbrada.
—Estimo que es un poco chico para vos —señaló Noel en forma desabrida.
—Tanto como vos un aprendiz a su lado —le retrucó ella.
—¿Qué les pasa? —exclamé—. Me voy a arrepentir de habérselos presentado.
—Es que distorsionaste la finalidad del contacto científico —dijo Noel—. Te pedí un acercamiento personal y lo transformaste en una salida social.
Sentí que me arrebolaba de puro enojo ante la acusación injusta y abrí la boca para contestarle. Me contuve porque Guille volvía y me miraba con expresión inquisitiva.
—¿Adónde vamos? —preguntó, omitiendo nuestro silencio.
India volvió a tomarlo del brazo: —como Noel desea agasajarte, a una parrilla de la costa que apreciarás por el lugar y la comida. ¿Verdad, Noel? —le dedicó su sonrisa más candorosa.
—¡Por supuesto! —dijo el nombrado después de una ínfima vacilación—. Mi auto está a la salida.
Hacia allí nos encaminamos. Adelante íbamos Noel y yo en silencio. Detrás, India y Guillermo en risueño intercambio. Mi novio parecía tenso y yo no estaba de humor para soportar su mal talante. Del mismo modo viajamos hasta la casa de comidas más lujosa de la costanera. Me había llevado a ese lugar una sola vez, arguyendo el excesivo costo del servicio. Como yo no podía colaborar con el pago, lo acepté sin cuestionar.
¿Y ahora qué vas a urdir, querido Noel? Cuando quiere, mi amiga es malintencionada. Vas a tener que pagar para no quedar mal con tu venerado genio — me dije con rencorosa alegría.
El asador Martín Fierro estaba ubicado sobre la pendiente que daba al río. Las mesas, a las cuales se accedía por el salón cubierto, sobre una plataforma rematada por una escalinata que desembocaba en la zona de césped. Este espacio verde se extendía hasta la baranda que cercaba el borde de la barranca. La noche se anunciaba majestuosa y las primeras estrellas titilaban en el turquesa profundo del cielo. Una fantasmagórica luna llena se iba corporizando a medida que el firmamento se oscurecía. Ante semejante perfección, recuerdo que una extraña congoja me oprimió el pecho. Deseaba disfrutar de ese horizonte sintiéndome amada y nunca había estado tan lejos de Noel. Alcanzamos el exterior precedidos por el maître quien nos ubicó en una mesa flanqueada por macetones rectangulares. Las rejas labradas sostenían las perfumadas enredaderas que separaban cada espacio ocupado, creando la ilusión de intimidad. India y yo quedamos enfrentadas como así los dos hombres. India se dedicó a su acompañante rivalizando con las preguntas que le dirigía Noel, y Guille se dividía con inaudita paciencia. Yo me sentía sapo de otro pozo entre el interés de mi amiga y de mi novio por el gurka. Después de ingerir la mitad de mi plato, me levanté y anuncié que me iba a fumar. Noel estaba tan absorto con su invitado que ni siquiera me echó una mirada de reconvención. Bajé la escalinata y me acerqué al límite del predio. Encendí el cigarrillo y me apoyé sobre el pasamano de caño, la vista perdida en la sinuosa corriente de agua. Un carguero de gran porte navegaba lentamente por el medio del río y sus luces jugueteaban con el reflejo de la luna. Me sentía sumamente vulnerable esa noche. Tal vez la belleza del entorno que pedía ser compartida, o esa inexplicable sensación de carencia. El pálido astro parecía estar tan cerca que estiré la mano para tocarlo. Una nube solitaria lo veló por un instante desatando una brisa fresca que me hizo tiritar y rodear mis brazos el uno con el otro. En ese momento, un peso cálido cubrió mis hombros. Me volví con sorpresa para encontrarme con el rostro afable del gurka.
—Guille… ¡Gracias! —acepté cerrando el saco sobre mi cuerpo.
—Siempre alerta para socorrer a mi dama —declaró llevándose la mano al corazón.
—Si no fueras un empresario exitoso diría que te quedaste anclado en el pasado —entoné con ironía.
—Es tu culpa, milady. Verte y sentirme el protagonista de Un yanqui en la corte del rey Arturo fue la misma cosa. Conservás la frescura de los diecisiete y la misma fragilidad ante el frío.
—Pero crecimos, gurka. Y vos te fuiste para arriba en todos los sentidos. Creo que superaste la altura de tu papá.
—En cinco centímetros. Sin embargo vos seguís siendo la misma friolenta que dormía en el invierno con medias de lana y guantes.
—¿Y vos cómo lo sabés? —pregunté con suspicacia.
—Porque Sami te equipó con mis medias y mis guantes térmicos.
—Debías tener una colección…
—Tal cual. Y no me importó prestártelos porque eras muy tolerante conmigo —evocó.

IV
Sonreí. ¡Vaya si encubría sus diabluras! Aunque mis motivos no eran del todo solidarios. Velaba por la concordia en la casa de mi amiga porque odiaba la discordia de la mía. Las faltas del gurka alteraban a Sami hasta el paroxismo y promovían interminables discusiones con su madre así que, cuando podía, las tapaba e intentaba apelar a la cordura del chico. Para mi satisfacción, nunca incurría en las mismas travesuras, mas las sustituía por otras.
—¿Cómo están Samanta y tus padres? —me interesé.
—Los viejos bien, y Sami transitando su tercer matrimonio.
—¡Oh! ¿Y a qué se debe tanta renovación?
El gurka rió con ganas: —¡Nadie lo hubiera preguntado con tanta elocuencia! ¿Ves, milady? Siempre encontrabas las palabras oportunas para disuadirme.
—Por más que tu creatividad me superaba... —sonreí. Recuperé la seriedad—: ¿Sami es feliz?
—Está enamorada.
—¿Antes no?
—Se casó muy joven y se desengañó pronto. Calculo que buscó su segunda pareja porque no toleraba la soledad. Dos años después estaba separada con solo veinticinco años. Hace uno que conoció a un ingeniero canadiense, Darren Smith, con el cual se desposó hace seis meses. Apuesto por él.
—El éxito de la pareja no depende de uno solo —aduje—. ¿Adónde la dejás a ella?
—Adonde no llegó en otras ocasiones, en la confianza de que este hombre tiene las condiciones para construir juntos un futuro. Y en que está enamorada —reiteró.
—Mmm… Parecés un experto en mujeres enamoradas —me reí—. No te ahorrabas burlas cuando Sami y yo fantaseábamos con tener novio.
—Me faltaba experiencia —alardeó.
—¡Ah…! —exclamé en tono ambiguo.
—Esa interjección suena descalificadora, milady —expresó—. Puedo calibrar sin equivocarme a una mujer enamorada.
—¡Oh…! —me impresioné—, ¿Y en que te basás?
—En la mirada que le dirige a su hombre, en su actitud corporal cuando están juntos, en la inevitable aproximación de sus manos si están en público —declaró haciendo caso omiso a mi segunda interjección—. Por eso me pregunto cuál es el vínculo que tenés con Noel.
—Estamos comprometidos —afirmé casi desafiante.
—¡Ah…! —me remedó—. Impresionan como muy libres en su relación, lo que favorece la propuesta que pensaba hacerte.
Levanté los ojos para escudriñar las pupilas ocultas por las sombras. Por un momento tuve la impresión de estar frente a un extraño. Desconocía en esa figura corpulenta a mi amiguito de la infancia tanto como en sus contundentes aserciones. ¿Habría calculado el grado de afinidad que me unía a Noel? No hubo miradas entre nosotros ni un acercamiento de manos. En cuanto a la actitud corporal, si evaluaba mi fuga…
Esperé a que me planteara su proyecto.
—Te conté que Darren es ingeniero —principió—. Trabaja para la principal empresa vial de Canadá y es enviado a supervisar contratos alrededor del mundo. Ahora están en San Luis y, aprovechando mi estancia en Argentina, Sami insistió en que fuera a pasar una semana con ellos y en que te buscara. Pensaba hacerlo mañana, ya que no esperaba esta oportuna coincidencia.
—No me hubieras encontrado en mi anterior domicilio —dije con recelo.
—No. Pero en Florida 136 planta alta o Urquiza y Oroño, sí.
—¡Les preguntaste a India o Noel! —lo acusé al reconocer la dirección de mi casa y mi trabajo.
—¡Mujer desconfiada! Lo averigüé antes de viajar. Mi equipo se ocupó.
—Hace años que apenas tenemos contacto con Samanta —porfié.
—Pues quiere renovarlo —alegó con tenacidad.
—Mirá, gurka —precisé—. Aunque tuviese la posibilidad material de viajar, que no tengo, debo cuidar el trabajo del que vivo. Gracias de todas maneras —me acordé de corresponderle.
—No tendrías que gastar nada —perseveró—. Iremos en mi auto y Samanta nos brindará pensión completa.
—Aún así, no me restan días de vacaciones ni puedo darme el lujo de pedir una semana sin goce de sueldo —le rebatí.
Creo que Guillermo inhaló aire para moderarse. Con estudiada calma me propuso: —Si te dan esa licencia a cargo de la empresa, ¿vendrías?
La probabilidad era de una en un millón, por lo que respondí: —Dado el caso, sí.
—¡Vale! —exclamó—. Lo veré mañana.
Pensé que se iba a llevar un chasco, tan confiado estaba. Me acordé de los dos que quedaron en la mesa: —¡Guille! Es mejor que volvamos antes de que se acabe la poca amistad entre India y Noel —exhorté.
—Se celan mutuamente por vos —interpretó.
—No esta noche. El objeto de su deseo es otro —reí. Le devolví el saco cuando subíamos la escalinata—: Gracias. Ya se me pasó el frío.
—¿En qué andaban ustedes? —inquirió mi amiga.
—Le transmití a Martina una invitación de mi hermana para reunirse con ella en San Luis —respondió el gurka. Se dirigió a Noel—: Como la casa es chica, lamento no poder extender la oferta. En marzo vuelvo para atender a un cliente en avión privado y te retribuiré con una visita a mi estudio. ¿Estás de acuerdo?
—¿El de Boston? —articuló mi novio.
—El único que tengo —asintió Guille.
—Es… es fantástico —balbuceó Noel.
Yo no lo podía creer. Ni siquiera preguntó cuándo, cómo, ni con quién me iría. Se limitó a parlotear emocionado acerca del futuro viaje al santuario de su ídolo informático y acaparó su atención el resto de la noche. India me echó una mirada y se resignó a charlar conmigo. A la una interrumpí el diálogo de los científicos:
—Muchachos, lamento desconectarlos, pero ya es hora de volver a casa. Mañana es día laborable.
Noel asintió e hizo señas al camarero. Pagó la cuenta y le propuso a Guille mientras caminábamos hacia el auto: —Si no es tarde para vos, reparto a las chicas y te invito a tomar una copa en casa.
Intercambiamos otra mirada con India.
El gurka lo palmeó en la espalda con aire entusiasmado: —¡Me encantaría continuar la charla! —Después, con gesto contrito—: ¿Te importaría, Marti? —el brillo de su mirada desmentía el remordimiento.

V
—De ninguna manera —dije con indiferencia—. Prosigan con su tertulia, nomás.
—Dejame con Martina… —le pidió India a Noel.
Las dos nos apeamos a la puerta de mi casa. Guille se bajó del auto para abrirnos la portezuela, nos despidió con un beso en la mejilla y me recordó: —Nos veremos luego.
Esperó hasta que entráramos al edificio y partió con Noel. Subimos la escalera en silencio y así ingresamos a mi departamento.
—Te quedaste muda —observó India.
—¿Te fijaste en que Noel no reparó en mí en toda la noche? ¿Y en que no reaccionó ante la perspectiva de que me fuera de viaje con Guille?
—¿Vas a ir? —se interesó por toda respuesta.
—¡No! El gurka no sabe que se estrellará contra un analfabeto de la tecnología. Bermúdez no debe saber quién es y plantearle una licencia extra le agravará la gastritis. Es posible que lo despida con cajas destempladas y yo tenga que soportar su irritación.
—No es muy amigable de tu parte —opinó ella.
—¡Se lo merece por soberbio! —exclamé enfadada—. Cree tener a todo el mundo a sus pies. Otro, en su lugar, hubiese rechazado la invitación de Noel.
—¿Tantas ganas tenías de echar un polvo? —Preguntó la fastidiosa mientras se ponía el camisón que le había prestado.
Miré su cara socarrona y me eché a reír. A decir verdad, ni siquiera lo había pensado: —Solo me enfureció que hubiese preferido charlar con el gurka a estar conmigo —aclaré mientras me vestía para dormir.
India, tendida en medio de la cama y con el brazo flexionado para sostener la cabeza con la mano, me miró con una sonrisa. Me acosté y la empujé hacia el borde: —Correte, ¿querés? Y traducime esa tonta mueca que tenés.
—Verás —enunció—, Noel no solo arruinó tu noche sino que también frustró la mía. Vos debieras estar en esta cama con él y yo en el hotel con tu gurka.
—No es de mi propiedad —dije torciendo el gesto.
—¡Ja! —se atragantó—. Veo que no perdés los malos modales pero sí la perspicacia… Como soy buena amiga, ya había decidido no desplegar toda mi artillería cuando fui testigo del reencuentro.
—¿Por qué lo decís? —pregunté sorprendida.
—Porque pese a las malas artes de Noel, le hubiera desbaratado los planes si no me importara perder tu amistad. Por si no te diste cuenta, Guillermo vino por vos y en tal caso yo no me voy a interponer. Aunque dudo que variara su propósito… —especuló.
—¡Estás alucinando! —expresé escandalizada.
Se puso seria y no apartó los ojos de los míos. Algo en su mirada me inquietó obligándome a renunciar a la confrontación. Le di la espalda presa de la confusión. ¿Qué insinuaba? Reviví el encuentro con el gurka y las emociones que me sacudieron al rememorar mi lejana adolescencia. Sin embargo, la actual imagen de Guille se empecinaba en sustituir al niño que deseaba recuperar para mi sosiego. Evoqué la figura varonil, la mirada que nos conectó anulando la distancia temporal, la fortaleza de su abrazo, la preocupación por mi bienestar, su perseverancia para persuadirme de acompañarlo… y la deducción de India cobró sustancia.
—¿Estás bien? —preguntó mi amiga.
—No… —dije sin volverme—. Tu sugerencia apunta a descompaginar mi vida. Sabés cuánto me costó aceptar que Noel fuera dos años menor que yo. ¿Cómo asumir una relación con alguien que pudiera ser…?
—¡No sigas buscando figuras parentales! —me interrumpió India—. Esa manía por buscar un papá debieras resolverla con un terapeuta.
—¡Que pretenda que tenga diez años más no denota buscar un papá! —me ofendí.
—Y que tenga cuatro años menos no significa que pueda ser tu hijo —subrayó—. Apuesto a que ha tenido sexo antes que vos.
No le contesté y me hizo cosquillas hasta arrancarme una risa histérica.
—¡Vamos, confesá! ¿Cuántos años tenías?
—¡Veintidós! —grité para que dejara de torturarme.
Se apartó muerta de risa: —¡Sí que sos una milady! ¡El gurka se abriría las venas si supiera que podría haber sido tu primer amante! A sus dieciocho ¡si habrán pasado mujeres por su cama!
—Un verdadero metro sexual, ¿no? —me puse panza arriba y crucé la almohada sobre el estómago para evitar que volviera al ataque.
—Es posible, pero hétero. Viste bien y con prendas de calidad. Igual su calzado. Y ni hablar de su colonia Chanel —recapituló con aprobación.
—No te perdiste detalle para haber renunciado a su conquista.
—A los hombres los incorporo a mi base de datos aunque no estén disponibles. Nunca se sabe cuándo pueden dejar de estarlo —declaró con desfachatez—. ¡Aunque al tuyo no, amiguita! —se apresuró a puntualizar.
—¡Ah… qué alivio! —suspiré—. Ahora puedo dormir tranquila que es lo que pienso hacer. Buenas noches —dije, y apagué la luz.
—No tan rápido, querida. Aún no agotamos el tema —me provocó.
—¿No pensaste en que Guille padezca una obsesión? Es probable que solo quiera quitarse las ganas de estar conmigo —elucubré.
—Liberate de la duda —aconsejó—. Sin embargo creo que lo que busca es algo más que eso.
—Tu análisis es parcial. Te olvidás que tengo una relación con otro hombre que en cualquier momento formalizaremos.
—¡Con más razón, Marti! A esta altura de nuestra vida no podemos equivocarnos —perseveró.
—¡Vos no lo querés a Noel! —interpuse.
—Dejando de lado mi antipatía, vos te merecés algo mejor. Y si en esa búsqueda sufrís un desengaño todo suma para mejorar una futura elección.
—Te empeñás en confundirme… —murmuré.
Me abrazó con fuerza: —Sos mi hermana por elección —dijo conmovida—. Quiero que seas tan feliz como lo deseo para mí. Así que te pido que no te cierres a ningún sentimiento aunque te sorprenda. ¿Me lo prometés? —preguntó con ansiedad.
—Está bien, pesada —dije restándole gravedad a su reclamo—. Y ahora dejame dormir que mañana trabajo.

VI
Me levanté a las ocho porque ese día entraba una hora más tarde. Dejé que India siguiera descansando y salí después de desayunar. A las nueve menos cinco marqué la tarjeta y ocupé mi puesto en la sección dedicada a la atención de clientes de habla inglesa. Mi entrenamiento con la familia de Sami y los cursos posteriores en el Instituto de Lenguas me habían permitido acceder a una posición mejor remunerada que la de telefonista común. Noté un cierto revuelo en el ambiente.
—¡Así que te lo tenías bien escondidito…! —fue el saludo con que me recibió Ivette, la intérprete de francés.
La miré con cara de no entender nada.
—¡A Guillermo Moore! —me espetó como si yo fuera sorda.
—¿Está aquí? —me sorprendí.
—Como si no lo supieras. Preguntó por vos pero fue inmediatamente secuestrado por el segundo de a bordo.
El tal segundo de a bordo era Juanma, el hijo de Bermúdez, responsable del área de cómputos de la empresa. Ese detalle no lo había tenido en cuenta. ¡Él sí conocería a Guille! No quise seguir la charla y me coloqué los auriculares. Estuve atendiendo llamadas hasta que Juanma y el gurka secundados por Lorena, una compañera que dominaba varios idiomas, se plantaron frente a mí.
—¡Martina! —me comunicó el hijo de Bermúdez— Lorena tomará tu lugar. Vení con nosotros, por favor.
Me levanté para recibir el saludo de Guille: —Hola, Marti —dijo y me endosó un beso en la mejilla —, no pasé a buscarte porque debía dejar instrucciones a mi equipo —como si yo lo hubiese cuestionado.
No le contesté. Me limité a mirar a Juanma que nos observaba con una sonrisa atontada.
—Vayamos hasta el despacho de mi papá —reaccionó ante mi escrutinio—. Vas a tener una grata noticia.
Le hurté los ojos a Guillermo por no ver algún destello de triunfo en sus pupilas y caminé junto a ellos hasta el estudio de mi jefe. El segundo de a bordo me abrió la puerta con deferencia y me hizo un ademán galante para que entrara. ¿Es tanta la influencia del gurka?, me pregunté. Por el rostro sonriente de mi superior tuve que reconocer su ascendiente.
—¡Ah, Martina, Martina…! —me regañó con benevolencia— ¿Cómo pensó que no le íbamos a conceder unos días de licencia para acompañar a la familia de su novio?
Lo miré con estupor y luego me volví hacia Guille. Él no me permitió contestar: —Es que me hablaste tanto de la generosidad de Juanpa que no dudé en plantearle nuestro pequeño dilema —me confió mientras cercaba mis hombros con su brazo y sus dedos sacudían con disimulo la manga de mi blusa para que sostuviera la farsa.
Creo que mi sonrisa era tan tonta como la de Juanma y Juanpa. ¡Llamar a Juan Pablo Bermúdez por su nombre de pila abreviado…! Era una irreverencia para cualquier simple mortal. Léase: empleado. Pero el gurka parecía estar exento de esa servidumbre a juzgar por la expresión complacida de mi jefe. Me removí inquieta, sin saber qué decir, con el rostro acalambrado por la mueca estereotipada.
—Debemos irnos ya —declaró Guille al dúo—. Marti tiene que preparar la valija y yo despedir a mi tropa —le estiró la diestra a Bermúdez que se la estrechó calurosamente. Después se dirigió a Juanma: —Nos vemos en marzo, ¿eh?
El muchacho se aturrulló y casi me derriba cuando se precipitó a darle un abrazo, accidente que el gurka evitó sosteniéndome de la cintura con un brazo y respondiendo con el otro al efusivo saludo de Juanma. Cuando estuvimos en la calle compuse mi cara.
—¡Por Dios! ¿Tenés un Hércules para llevar a todos tus simpatizantes a Boston? —dije malhumorada.
Él se echó a reír: —Hasta ahora solo invité a Noel y a Juanma. Cuando se quejó de no haber conseguido entrada para la conferencia usé este recurso que siempre da resultado. Si el padre se hubiera negado a mi pedido el hijo lo hubiese asesinado.
—Tus seguidores son una secta —le solté.
—Así es, milady, y me aprovecho de ello para conseguir lo que deseo —reconoció con desparpajo—. Te dejo en tu casa para que vayas preparando el equipaje. Saldremos mañana a las seis si no te importa madrugar.
Estaba tan seguro de sí mismo que no pude evitar desafiarlo: —Todavía no acepté la invitación —le aclaré.
Se detuvo y me calibró con la mirada: —Lo hiciste anoche, ¿te olvidás? —me recordó con tranquilidad.
—¡Me tomaste desprevenida! —lo culpé—. Además estaba segura de que Bermúdez se iba a negar —dije enfurruñada.
—No creí que ibas a incumplir una promesa —expresó con aire pesaroso—. Sami se sentirá defraudada.
—¿Ya le avisaste?
—Como estaba seguro de que te autorizarían la salida la llamé anoche y mañana nos esperaba para el almuerzo —tenía el mismo gesto contrito que exhibía cuando le reprochaba su vandalismo infantil.
—Está mal que me manipules por el lado de la culpa… —murmuré.
—Marti… —argumentó tomándome de los hombros—, no te vas a arrepentir. Es cierto que Samanta tiene muchos deseos de reencontrarse con vos. Y también que yo aspiro a compartir unos días en tu compañía.
Sus palabras y su acento estaban muy lejos del arrogante empresario que confiaba en sus prerrogativas. Es posible que su tono emotivo me reblandeciera, por lo que me encontré diciendo: —Está bien, todo sea por no decepcionar a Sami.
No cometió el error de mostrarse triunfante. Asintió con formalidad y me propuso: —después de que se vayan mis colaboradores, te paso a buscar para cenar.
¡Lo que faltaba! Que dispusiera de mi tiempo y mis elecciones.
—Te espero mañana a las seis. Por si te olvidaste, debo despedirme de Noel.
Esta vez sus pupilas verdosas se oscurecieron. No dijo nada y viajamos en silencio hasta mi departamento.
—Chau, Guille —me despedí al bajarme del auto—. Que pases una buena noche.

VII
Era temprano. Lavé varias remeras y dos pantalones que deseaba llevar, revisé el guardarropa y separé algunas prendas para acondicionar. Cerca de mediodía me preparé un refrigerio y después llamé a Noel que estaría en la hora del almuerzo.
—Hola, Noel —le dije no bien atendió—. Cenemos juntos esta noche para despedirnos porque mañana a las seis salimos con Guille para San Luis.
—Eh… —vaciló—. Me temo que no podremos vernos. Esta noche tengo una cena de trabajo muy importante.
—Bueno —dije confundida—. Vení a dormir al departamento después.
—Es que uno de los inspectores se va a alojar en mi casa… —explicó al cabo de una pausa.
No sé por qué me sonó como un pretexto. Apremié persuasiva: —Que lo albergue otro. ¿Nos vamos a perder la despedida?
—No me puedo negar, Marti. Ya está todo arreglado.
Reaccioné. ¿Desde cuando le rogaba a un hombre para que ocupara mi cama? Manifesté: —Entonces, será hasta la vuelta.
—Sí, querida —parecía aliviado por mi falta de insistencia—. Cuando vuelvas nos resarciremos.
Dejé el teléfono en la base y me quedé pensativa. Si bien Noel no era un amante muy apasionado, en otro momento no hubiera rehusado la oportunidad de estar a solas antes de una ausencia. Me pregunté si habría otra mujer en su vida e intenté analizar mis sentimientos ante esa posibilidad. ¿Qué me pasaba? Ni siquiera me generaba inquietud. ¿India tendría razón y yo debiera sincerarme acerca de la relación? El timbre me sobresaltó. Atendí el portero.
—Marti… —era la voz de India—, ¿estás sola?
—Pasá —dije, y oprimí el botón de acceso al edificio.
Me alegró que viniera. Tendría alguien con quien compartir mi zozobra. Le abrí la puerta cuando jugueteó con sus nudillos sobre la madera y nos dimos un beso de saludo en silencio.
—Te llamé a la oficina y me dijeron que te habías retirado, así que decidí pasar por tu casa. ¿A qué se debe esa cara de velorio? —preguntó mientras dejaba el bolso sobre un sillón.
Me encogí de hombros. Me sentía insustancial. Ninguna emoción me rozaba: —¿Querés un café? —le ofrecí.
—Sí. ¿Te despidieron del trabajo?
—¿Cómo se te ocurre? —formulé escandalizada.
—Debía despertarte de tu inercia, y como sé que tu trabajo es sagrado… —dejó la frase sin terminar.
—Noel acaba de rechazar la propuesta de pasar la noche conmigo a pesar de que le anuncié que mañana viajo con el gurka —dije de un tirón.
—¡Marti! ¿Te vas con Guille? ¡Es fenomenal! —exclamó omitiendo la primera parte de mi discurso—. Ya sabía que Bermúdez no se opondría a su pedido —afirmó con jactancia.
—Se diría que lo conocés de toda la vida —comenté con desánimo.
—¡Estás de malhumor, amiguita, y tendrías que estar saltando en una pata! —me alentó.
—¿Escuchaste lo que dije de Noel? —insistí.
—Escuché. Sabe que no le vas a reprochar que cuide su trabajo y que por eso lo disculparás —su voz sonó parsimoniosa.
—Detesto ser tan transparente —murmuré.
—¡Basta de auto conmiseración! —me exigió India—. ¿Qué tenés planeado para el resto del día?
—Planchar la ropa que me voy a llevar y rumiar el desinterés de Noel —dije mohína.
—¡Ni loca! Tengo entradas para el preestreno de Her. Planchás cuando volvamos —dispuso autoritaria.
Accedí porque sabía que no me iba a librar de ella. La película me gustó y después fuimos a merendar a la confitería Havanna adonde, frente a una deliciosa porción de torta, participé a India de mis sospechas.
—¡No lo creo, Marti! No le da el cuero para simular. Además, ¿adónde encontraría otra mujer hermosa y talentosa como vos?
Me causó gracia su adhesión amistosa y me largué a reír. India me imitó y no hablamos más del asunto. Se concentró en el estreno, o así me pareció al principio: —Linda historia la que vimos, ¿no te parece?
—Un planteo muy actual a pesar de su ambiente futurista. La tecnología tiende a exacerbar la individualidad y retraer el contacto humano —opiné comprometida con mi fobia a las relaciones virtuales y telefónicas.
—Ya sé, ya sé… Odiás las redes sociales y evitás hablar por celular, por lo cual debieras reconocer el mérito de Guillermo al venir a buscarte en persona siendo que es un tecnólogo —apreció.
—India —dije con paciencia—, anoche dimos por terminada esta charla. Voy a viajar libre de prevenciones, dispuesta a reencontrarme con mi amiga de la infancia.
—Y a olvidar a tu nueva amiga, ¿eh? —se lamentó.
Ni le contesté. A India le gustaba dramatizar, tal vez por su inclinación artística. Le hice un gesto de burla y le anuncié que estaba en horario de retomar mis labores domésticas: —Tengo que ir a planchar y preparar la valija.
—¿Vas a cenar con Guille?
—¿Cómo se te ocurre? —me desconcerté.
—Imaginé que te invitaría —me miró provocadora.
—Para tu conocimiento, sí me invitó. Pero le dije que tenía que despedirme de Noel —aclaré con petulancia.
—Bueno, ahora lo podrías llamar y aceptar la cena…
—¿Y explicarle que Noel me repudió…? ¡Nunca! —exploté.
—Entonces cenaremos juntas —dijo India sin darle trascendencia a mi humor—. Mientras preparás tu valija, encargo la comida y después te vas a dormir temprano.
Pensé que debía tomarme las cosas con tranquilidad. Parecía que todo el mundo quería decidir por mí. Bueno, por todo el mundo me refería al gurka y a India. A ella la disculpaba porque lo hacía en nombre de la amistad. A él, prefería no pensarlo. De modo que me sosegué, le pedí a India que me ilustrara acerca de Merlo ya que ella conocía todos los rincones de Argentina y charlamos animadamente hasta las ocho.
Después de acondicionar la maleta comimos juntas y a las once me acosté. Pese a mis aprensiones descansé con placidez lo que acrecentó mi buen humor mañanero. Ya estaba lista cuando Guille tocó el timbre a la hora estipulada.

VIII
—¿Entro a cargar la valija? —preguntó.
—No hace falta. Yo la bajo —repuse.
Cuando salí del ascensor, lo vi esperando detrás de la puerta de vidrio. Estaba en jean y remera y calzaba zapatillas. Y seguía sin ajustarse a la imagen de chiquillo que me tranquilizaba. Recibió el equipaje apenas abrí, y me saludó con el infaltable beso en la mejilla:
—Buen día, milady, lamento haber turbado tu sueño —dijo con una sonrisa.
—Estás disculpado —le contesté—. Hace tanto que no salgo de vacaciones que madrugaría hasta para ir a Carcarañá.
—¡Oh…! ¿Ningún caballero te ha invitado?
Lo miré con gesto adusto. ¿Quería arruinarme el viaje? Noel nunca me llevaba a sus repetidas escapadas al sur adonde vivía su hermano porque, siempre reiteraba, se dedicaban a la pesca de truchas y yo me aburriría. De modo que, como mi presupuesto era escaso, solo cruzaba a la isla por las mañanas antes de que la invadiesen los rosarinos. Al mediodía estaba de vuelta, me duchaba, comía algo liviano y dormía una siesta. Por la tarde salía con alguna amiga o concurría a los distintos espectáculos gratuitos que promocionaba el municipio. Vacaciones de pobre me enrostraba India para molestarme cuando me negaba a compartir alguno de sus viajes. Yo era así: pobre, porfiada y orgullosa.
¿Y ahora?, preguntó una fastidiosa vocecita interior. ¡Es por Sami!, le contesté y no me cuestioné más. Guille debió haber interpretado mi ceño porque no siguió con la agudeza. Metió la valija en el baúl y abrió la portezuela para que me acomodara en el lugar del acompañante. Subió y, antes de poner el auto en marcha, descansó el brazo sobre el volante y se volvió hacia mí. Me dirigió una mirada intensa, cargada de interrogantes que no quise discernir para que no me robara la calma. Aparté la vista de su rostro y pensé que los años le habían dado carácter a sus facciones armoniosas. El gurka se había convertido en un hombre atrayente. Se enderezó y arrancó con suavidad. Ahí le presté atención al interior del auto. Era tipo camioneta, con dos filas de asientos traseros y tenía el tablero como un avión, lleno de luces indicadoras y la pantalla del GPS. Se deslizaba con una mínima vibración.
—¡Qué hermoso coche! —exclamé—. ¿De qué marca es?
—Mercedes —respondió.
—¿Lo alquilaste?
—Lo traje —sonrió.
—¿Desde Boston? —me asombré—. ¿Cómo?
—En avión de carga —me explicó con paciencia.
—¿No era menos costoso alquilar uno? —insistí.
—Cierto. Pero estoy familiarizado con él y sabía que tenía que viajar.
—¿No podías haber alquilado uno similar? —volví a la carga.
—No creo, Marti. Es muy costoso —aclaró.
—¿Cuánto? —quise saber.
—Ciento setenta mil dólares —dijo sin alarde.
Me quedé muda. Casi dos millones de pesos nuestros. Yo tendría que ahorrar mi sueldo completo durante veinte años para juntarlos. ¿Tanto progresaste, gurka? Bien por vos. Pero sentí una desazón amarga al comprobar en forma concreta la brecha económica que nos separaba. Él pertenecía a una minoría donde mi salario era despreciable. ¿También explotaba a sus empleados como otros oligarcas?
—¿Qué pasa, milady? —preguntó como si captara mi pensamiento.
—Nada —expresé con desaliento y giré mi rostro hacia la ventanilla sin ánimo de charla.
La ruta estaba despejada y llegamos a Villa María en dos horas y media. Guille intentó establecer una comunicación pero desistió ante mis monosílabos. Al entrar a la ciudad me propuso: —Vamos a hacer un alto antes de Merlo, ¿te parece bien?
Me encogí de hombros. Estaba enojada porque había puesto en evidencia el insustancial valor de mi esfuerzo para ganarme la vida. Recién cuando me quedé a solas en la mesa del parador, mientras él buscaba un refrigerio para ambos, caí en la cuenta de lo ridículo de mi rabieta, como si lo hiciera responsable de mi mediocridad.
—Café con leche y medialunas dulces y saladas —dijo apoyando la bandeja sobre la mesa.
Se sentó enfrente de mí y me alcanzó un pocillo mientras ponía la fuentecita con facturas en el medio. Sus ojos buscaron los míos en una pregunta implícita que verbalizó cuando yo los aparté: —Algo te molestó, Martina. Quiero saber qué es —pidió con gentileza.
—No te lo puedo decir… —murmuré avergonzada de mis contradictorios sentimientos.
Estiró el brazo hasta encontrar mi mano que descansaba sobre el mantel y la alojó entre la suya: —Vamos, milady, que no haya ambigüedades entre nosotros. Puedo escuchar cualquier cosa que digas —reclamó con voz grave.
Levanté la mirada hacia sus pupilas francas y dije de un tirón: —Es que vas a pensar que soy una resentida y por un momento lo fui cuando me dijiste el precio de tu auto y yo calculé que necesitaría veinte años de trabajo para llegar a esa suma. Sentí que mi ocupación no valía nada —terminé abochornada.
Apretó mi mano e intentó consolarme: —tu trabajo vale como cualquiera, Marti, pero el mercado laboral se maneja por la oferta y la demanda. Tengo entendido que hay mucha desocupación en este país y por eso los sueldos son bajos.
—¿Les pagás bien a tus empleados? —disparé.
—Estimo que sí —sonrió—. Podés preguntarles cuando los veas.
—Bueno, dejemos el tema. Ya se me pasó —dije para tranquilizarlo—. Si me soltás la mano, voy a poder tomar mi café.
Se largó a reír y me liberó. Nos comimos las medialunas y retomamos el viaje. El silencio inicial fue reemplazado por una charla intimista adonde cada cual se apropió de las vicisitudes y logros del otro. Al confiarle mi historia me hice cargo del precio que tuve que pagar por mi independencia, cuya resultante fue renunciar a una carrera que me prometería un futuro mejor. Sentí que no me arrepentía de esa decisión y me animé a pensar que aún estaba en condiciones de encarar un proyecto de estudio. Guillermo, contradiciendo mis prejuicios, no se vanaglorió de su fama ni prosperidad. El hombre sensible que se expuso a mi reconocimiento privilegió los afectos sobre el trabajo. Habló del apoyo de sus padres y hermana, de la satisfacción por ver que Sami encauzaba su vida, del aprecio que sentía por su cuñado, de la lealtad de sus empleados, de los amigos que había hecho a lo largo de los años. Un nuevo individuo desvanecía la imagen del gurka y se revelaba a mi conciencia como una figura inquietante. Tenía más de caballero andante que de sicario. ¿Habría yo contribuido a su transformación esa lejana noche del cumpleaños?
Antes del mediodía, estacionó el vehículo delante de una casa de dos plantas rodeada por una verja blanca.
—Llegamos, milady —me anunció.
Lo tomé del brazo y me enfrenté con su mirada interrogante: —Hagamos un trato —le dije—. Yo no te llamo más gurka ni vos a mí milady.
Me contempló casi con pena. Acarició mi rostro con suavidad y asintió: —De acuerdo. Pero no te enojes si en alguna ocasión se me olvida.

IX
Demoró sus dedos sobre mi mejilla y sus ojos en los míos. Se inclinó lentamente y por un momento desvarié con que iba a besarme. Un grito imperioso nos sacó de la inercia: —¡Marti! ¡Martina! ¡Amiga…!
Miré aturdida en dirección a la casa y divisé la inolvidable imagen de Samanta corriendo hacia el coche. El pelo rubio ondeaba detrás de ella en tanto la verja se abría hacia el interior del parque. Destrabé el cinturón de seguridad y me lancé del auto. Troté al encuentro de Sami hasta que tropecé con una raíz y aterricé en el césped aparatosamente. Mi amiga, riendo, se desplomó a mi lado para abrazarme. Así rodamos, a pura carcajada, encimándonos en las preguntas, confesándonos cuánto nos habíamos extrañado. Agotadas, quedamos tendidas de costado, con manos y pupilas unidas en la sonrisa perenne del reencuentro.
—Pensé que no iba a encontrar otro ejemplar como mi mujercita —manifestó en inglés una agradable voz varonil.
Levanté la mirada y me topé con el rostro afable de un hombretón de pelo rojo, al menos diez años y diez centímetros más que el gurka. Me agradó no más verlo. Tendió una mano hacia mí y otra hacia Sami y nos levantó como si fuéramos inmateriales.
—¡Darren! ¡Ella es Marti! —exclamó Samanta.
—Si no me lo decías, no lo hubiera imaginado —dijo con placidez—. Encantado de conocerte, Marti —declaró y me dio un abrazo—. Desde que llegamos Sam me ha deleitado hablándome de ti.
Me causó gracia su declaración: —Querrás decir que te aturdió —enmendé con una sonrisa.
Habíamos pasado del castellano al inglés y supuse que el marido de Sami no hablaba nuestro idioma. Yo me sentía cómoda tanto con una lengua como con la otra. Guille se acercó y abrazó a su hermana: —Hace medio año que no nos vemos, desamorada —la regañó al besarla.
Ella se le colgó del cuello y le dio varios besos: —¡Te los merecés por haber traído a Marti! Y ahora entrá el auto así se refrescan antes del almuerzo.
Entre ellos se hablaban indistintamente en ambos idiomas, cosa que no parecía importarle a Darren. Se nos adelantó y cuando entramos en la casa estaba cerrando el portón automático después de que Guille introdujo su vehículo.
—Dile a Bill que suba las valijas —le indicó Sami—. Yo la acompaño a Marti a su habitación.
Subimos a la planta alta adonde se abrían cinco puertas al pasillo. Recordé la excusa de Guille para no invitar a Noel y no pude evitar una sonrisa. Dejé el bolso sobre la butaca y me volví hacia la entrada del dormitorio. Samanta estaba apoyada sobre el marco de la puerta con los brazos cruzados y me miraba con atención.
—¡Estás igual, Marti! El tiempo no pasa para vos —afirmó con naturalidad.
—No creas. Si te fijás bien, ha dejado sus huellas sobre mí —alegué.
—No tanto como en mí —torció el gesto—. Debí salir morena como mamá y no rubia como papi. Así Guille estaría un poco más calvo y yo menos ajada —consideró.
—No creo que al Colorado le importe —dije riendo.
—No. ¿Verdad? He sido afortunada, Martina —expresó ilusionada—. Después de dos fracasos creí que la vida en pareja no era para mí. Y apareció Darren para enamorarme y darme la certeza de que podía aspirar a una familia propia. Y vos, Martí, ¿en que andás? —preguntó con vivacidad.
—Noviando desde hace varios años —respondí.
—No parecés muy entusiasmada —juzgó.
—Es que son años… —dije con despreocupación y rogando que no insistiera.
La llegada del gurka cargando mi valija lo impidió.
—¿Adónde la dejo? —preguntó.
—Sobre la cama —me apresuré a indicar—. Si me permiten pasar al baño, en minutos estaré lista para bajar.
Los hermanos asintieron y me dejaron a solas. Respiré aliviada. Supuse que Sami retomaría en otro momento el tema de mi noviazgo, pero ya estaría yo preparada. Lavé mis manos y mi cara, pasé el peine por mis cabellos y abandoné el cuarto. Abajo esperaba el resto del grupo para almorzar. Samanta nos deleitó con su pollo al horno aderezado con variadas guarniciones, ensaladas y un postre delicioso para el final. Después nos acomodamos en la galería para tomar un café y charlar. Yo estaba distendida, disfrutando del lugar y la compañía. Sami se opuso decididamente a que la ayudara: —Hoy sos la agasajada.
—¿Cambiaron de residencia? —le pregunté a Guille con tono candoroso mientras la pareja preparaba la bandeja en la cocina.
Por un momento me miró sorprendido, después largó una carcajada: —No vas a negar que fue una excusa impecable.
—Sobre todo para un fanático que en lo único que reparó fue en conocer el templo de su divinidad —dije sin rencor.
—Marti —pronunció con calma—, no me reproches el egoísmo de querer disfrutarte sin interferencias…
Buscó mis ojos que aparté para no ceder a su mirada sugerente. Sus palabras iban trasponiendo fronteras que me perturbaban, porque supe cómo hablarle al niño revoltoso pero no atinaba a manejarme con el hombre osado. Mi mente se obstinaba en analizar el significado del mensaje que no acordaba con mi calidad de mujer comprometida. La aparición de los Smith con las infusiones me apartó de esta consideración.
—¡Hace un día espléndido! —expresó Sami—. Como han viajado varias horas, les propongo que descansen un poco y después podremos disfrutar de la pileta. ¿Qué les parece?
—¿Tienen pileta? —pregunté entusiasmada.
—Sí. Después del café les mostraré toda la casa —aseguró mi amiga—. En esta localidad no hay muchos ríos, solo arroyos plagados de piedras y saltos que forman hoyas naturales. Pero el ruido del agua al correr entre las rocas es un sonido musical y sedante. Para nadar, la piscina —afirmó sonriente.
—Yo acepto tu sugerencia, hermanita —abonó Guillermo—. Y creo que a Marti le vendrá bien una siesta; la hice madrugar. ¿Verdad, milady?
Ese tono protector que buscaba complicidad me rebeló. Me encontré diciendo: —Yo estoy bien, prefiero disfrutar de la pileta.
Pesqué una mirada que intercambiaron los dos hombres pero me hice la distraída. Terminamos de tomar el café y Samanta nos guió por el exterior de la residencia. Detrás de la casa se extendía una piscina de tamaño suficiente para nadar con comodidad en cuyos amplios bordes se apoyaban tres reposeras. El césped que la rodeaba descendía hasta un macizo de arbustos y árboles corpulentos bajo los cuales descansaban una mesa de hierro blanca y seis sillones del mismo material. Entre los matorrales dispersos como al descuido, enredaderas y flores de variados colores. Ese rincón encantador no se veía desde el frente de la casa y estaba rodeado por un seto verde cuya altura le proporcionaba privacidad con respecto a las viviendas linderas. Después pasamos al interior de la casa. En la planta baja, una sala amplia rodeada de ventanales, la cocina, un baño y dos habitaciones. Terminamos en la planta alta adonde estaban los dormitorios. Guille y Darren se despidieron y nosotras nos fuimos a poner las mallas. Me recogí el cabello con una hebilla y bajé a encontrarme con Sami. No era la hora adecuada para exponerse al sol pero nos embadurnamos con filtro solar y, confiando en el benigno clima de Merlo, retozamos en la pileta hasta las cuatro. Samanta había traído el equipo de mate y unas masitas caseras de nuez que saboreamos bajo los árboles.
—Estoy asombrada por tu afición a la cocina —dije catando los bizcochitos.
—Es mi pasatiempo cuando Darren está fuera de casa —manifestó—. Le preocupa que salga sola mientras está trabajando, así que para no inquietarlo me distraigo cocinando.
—¡Estás entregada! —me reí.
—Ya vas a ver cuando te toque… —me vaticinó—. Pero ahora que vinieron podremos explorar los alrededores con o sin los hombres —dijo con entusiasmo.
—¿Tu Colorado confiaría en mí? —dudé.
—Te apuesto que sí. Aunque de seguro mi hermano nos acompañará —afirmó con una sonrisa intuitiva.
Ignoré su comentario y le anuncié: —me voy a tirar un rato en la reposera. ¡Me agarró una fiaca…!
Insistió en que volviera a untarme con el ungüento y dijo que ella se quedaría a la sombra. Con un suspiro de alivio me tendí en la poltrona y me quedé dormida.

X
Un leve roce sobre la mejilla me fue sacando del sueño profundo. Abrí lentamente los ojos y entreví sin sobresalto el rostro del gurka inclinado sobre mí.
—¡Al agua, patito! —dijo divertido—. Te estás asando de un solo lado.
—¿Eh? Oh… —atiné a balbucear en mi letargo.
—¿Te ayudo? —hizo ademán de levantarme en sus brazos.
Eso me despabiló del todo. Me senté tan rápido que la reposera se cerró sobre mi cuerpo y tuve que aceptar la ayuda de Guille para salir de la trampa.
—No sé de que te reís —le dije ofendida cuando estuve de pie.
—Es que parecías un bocadillo entre las fauces de un cocodrilo —precisó sin abandonar la risa.
Samanta y Darren corrieron hacia nosotros: —¿Te lastimaste? —se alarmó mi amiga.
—Solo mi orgullo —dije cabizbaja.
—Martina… —Guillermo se me acercó afligido—. No te ofendas, querida. ¡Es que estabas tan graciosa!
Lo fulminé con la mirada y me lancé al agua. Por suerte fue una zambullida impecable, que me reivindicó internamente del anterior papelón. Detrás de mí se tiraron los demás y poco después, como si nada hubiera pasado, estábamos jugando con una pelota inflable que Sami y yo, casi siempre, hurtábamos a los varones mediante argucias estrictamente femeninas. A las seis, Guille salió del agua y renovó la yerba y el agua del termo para seguir con la mateada. Nos envolvimos en los toallones que habían traído los muchachos y nos congregamos alrededor de la mesa sombreada por los árboles.
—¿Cómo está Isa? —preguntó Sami.
Isabel es mi mamá. Pegué un respingo al caer en la cuenta de que no la había puesto al tanto del viaje: —¡Bien! Pero deberé escuchar sus reproches cuando la llame para avisarle que no estoy en Rosario —dije pesarosa.
—Llamala desde la casa así le das tiempo para que se descargue y no te agote el crédito del celu —rió mi amiga.
—Eso haré después de una ducha energética —asentí.
También pensé en que debía llamarla a India. Se lo debía por la compañía que me había brindado. Sorbí el mate y se lo devolví a Guille con un “gracias” para indicarle que era el último.
—¿Me perdonaste? —preguntó demorando sus dedos sobre los míos al tomar el recipiente.
Estábamos inclinados el uno hacia el otro y parecía no tener intenciones de aflojar el apretón. Sus pupilas tenían la profundidad de un mar tempestuoso. No me arredré y le contesté con frescura: —Sí, niño. Solo por ser el hermano menor de Sami —liberé mi mano y me incorporé escuchando su risa baja—: Me voy a bañar —anuncié a los presentes—, y a comunicarme con mi madre.
—¡Suerte! —gritó Samanta a mis espaldas, pues ya estaba en camino hacia la casa.
Atrás, Darren largó una carcajada y supuse que le hacía una broma al gurka porque escuché las risas del trío. Bueno, pensé, que se diviertan aunque sea a mi costa. Me di una larga ducha y cubrí todo mi cuerpo con crema para aplacar los efectos del sol. Elegí una solera sin breteles que evitaría roces sobre mis hombros ardidos y me acomodé sobre la cama para llamar a mamá. La charla fue larga y, para mi sorpresa, se interesó más en mis amigos que en sermonearme. Corté la comunicación con la promesa de llamarla regularmente. Después le hablé a India.
—Hola… —su modulación cadenciosa era inconfundible.
—¡Amiga! —exclamé contenta—, creí que no te iba a encontrar.
—¡Marti! Si no me llamabas te declaraba persona non grata —me informó. Luego, ansiosa—: ¡Contame…!
—El viaje, sin incidentes. La casa, un sueño. Mi amiga y su marido, encantadores. Acabo de darme un baño y ya hablé con mi mami —le relaté en forma concisa.
—Parecés TN dando los títulos de las noticias —alborotó—. ¡Detalles! Quiero detalles…
—Eso es todo. ¿Qué pretendés en tan pocas horas? Aún no hicimos ningún paseo, solo aprovechamos la pileta —reiteré.
—¿Y Guillermo? —preguntó después de un silencio.
—Bien —dije en tono neutro.
—Quiero decir cómo te sentiste —amplió su interrogatorio.
—Normal —aseguré.
—¡Ayayay…! —exclamó—. ¡Cómo quisiera estar ahí para leer en tu rostro los signos de la verdad!
—No te estoy mintiendo —precisé con calma.
—Vayamos a otra cosa, porfiada —arremetió—. Contame cómo es la casa.
—Moderna y amplia. Rodeada de verde y con una piscina fabulosa.
—¿No era que no había espacio? —inquirió la memoriosa.
—Bueno, a lo mejor Guille lo presumió —traté de restarle importancia.
—¡Ja! A lo mejor se quería sacar al rival de encima —me rebatió.
—India… —le advertí—, si seguís con esas insinuaciones aquí termina la conversación.
—¡No dije nada, no dije nada! —aseguró riendo—. Vamos, quiero saber cómo fue el reencuentro con Sami —su voz se había suavizado.
—Como volver a tener diecisiete años —dije soñadora—, como si tan solo nos hubiéramos visto ayer.
—¡Oh, Marti! ¡Cuánto me alegro! ¿Ves? Te hubieras llevado la tableta que te ofrecí y ahora podría estar mirando tu cara de felicidad.
—Era demasiado compromiso, India. Estaría pendiente de que no me la robaran —señalé.
—Me conformaré con que me hables todos los días para compartir tus andanzas —se resignó.
—¡Hecho! Ahora te dejo porque ya les he gastado demasiado el teléfono —dije con prudencia—. ¡Chau, India!
Me calcé las sandalias, cepillé mi pelo y bajé para ver en qué estaban los demás. Abajo no había nadie así que me llegué hasta la piscina. Desierta. Se estarán duchando, pensé. Volví a la galería y me senté en uno de los sillones confortablemente acolchados. El ocaso arrebolaba el cielo límpido y algunas estrellas parpadeaban con timidez. Una brisa fresca mitigaba el calor de mi piel y el silencio del entorno, solo poblado por el tardío piar de los pájaros, acallaba cualquier ansiedad de mi mente. Cerré los ojos para concentrarme en ese oasis de sosiego.
—Bajo el sol o el atardecer te ves siempre hermosa, bella durmiente.
La voz apagada del gurka adulto suspendió ese estado alterado de la conciencia al que me había deslizado para instalarme de nuevo en la realidad. Abrí los ojos.
—No estaba durmiendo. Estaba gozando de un momento de quietud que vos interrumpiste— le aclaré sin resentimiento.
—No te quejes. Te dejé un buen rato porque me regalé los sentidos observando tu plácido abandono —dijo con desenfado mientras se acomodaba en otro sillón.
Curvé el cuello hacia donde se había ubicado y le obsequié una sonrisa apacible. Tenía una notebook apoyada sobre las piernas, aún sin abrir. Me examinó reflexivamente: —Estás cercana esta noche… —murmuró.
Me enderecé y fijé la vista en el cielo. Las sombras habían avanzado ocultando los ojos y el rostro de Guillermo. La oscuridad afectaba mi equilibrio interior. Agudizaba esa sensación de desamparo que nacía de las largas noches de abandono afectivo, en las que mi madre solo podía centrarse en la elaboración de su duelo personal. En estos momentos estaba asequible a cualquier muestra de cordialidad, como las palabras que acababa de pronunciar el gurka. Escuché el sonido de su computadora al encenderse y volví a mi ensimismamiento. Me sentía en paz. La presencia silenciosa de Guille aventaba los temores nocturnos y me permitió aprehender ese singular momento de relax.
—¡Ah… no! ¡En esta casa hoy no se trabaja!
La airada exclamación de Sami, dirigida a Guille, me hizo sonreír.
—¡Pará un momento, atolondrada! Estoy contestando unas consultas. Ya termino —aseguró su hermano impidiendo que Samanta le cerrara la máquina.
—Perdonalo, Marti. Es un desconsiderado —se disculpó mi amiga frotándose la muñeca que le había atenazado el gurka.
—Ah… No hay cuidado. Estaba enfrascada en este soberbio atardecer.
—¿La llamaste a tu mamá?
—Y a una amiga. Me temo que abusé de tu teléfono —confesé.
—Martina, si no lo hacés me voy a enojar. Usalo tantas horas como necesités —me regañó.
—¿Hablaste con India? —inquirió Guillermo.
—Sí. Y me recriminó por no aceptar la tableta que me ofreció. Es una chusma —me reí—. Quería conocerte —le dije a Sami.
—¿Quién es esa India? —me preguntó.
—Digamos que es una amiga que suplió tu ausencia. Es escultora y exponía en el mismo pabellón donde tu hermano dio la conferencia.
—¡Oh! A mí también me gustaría conocerla. ¿Son buenas sus esculturas? —se interesó Samanta.
—Las últimas me gustaron. Son todas formas abstractas —precisé.
—¡Quiero verlas! —expresó con entusiasmo—. Decime, gurka, ¿ese aparato tuyo sirve para algo más que trabajar en momentos incorrectos?
Él la miró con sorna. Me preguntó: —¿Te acordás del nombre de usuario de India en Skype?
Se lo dije y lo vimos teclear con rapidez. Poco después le sonrió a la pantalla.

XI
—¡Hola, India! —amplió la sonrisa.
—Querido Guille, no solo sos el genio de la computación sino el de la lámpara… ¡Me cumpliste un deseo recién expresado! —atestiguó la voz de mi amiga
—A vuestras órdenes, señora —dijo la deidad—. Y ahora podéis pedir lo que se os cante.
Con esa expresión impropia de un genio, le hizo una reverencia, giró la máquina hacia nosotras y nos encandiló con el foco incorporado a la computadora.
—¡Marti! —India nos sonreía eufórica—. ¡Estás al espiedo! ¡Pero espléndida…! —agregó con generosidad.
Me causó gracia. Me incliné hacia la hermana de Guillermo: —Sami, ella es la gran escultora de la que te hablé —hice un gesto ampuloso—. India, esta es mi amiga de la infancia —terminé la presentación.
—Samanta, me alegro de conocerte —afirmó la artista que lucía un soberbio vestido de fiesta.
—¡Y yo! —exclamó Sami—. Ya me estaba poniendo celosa de la nueva amistad de Marti.
—Perdé cuidado —la tranquilizó India—. Martina es la persona más fiel que conozco.
Para que no siguiera alabando mis cualidades, le pregunté: —¿Adónde vas con ese traje tan elegante?
—¡Ah…! A una reunión que organiza papá. Creo que pretende encontrarme un novio. Le está preocupando mi larga soltería.
Largué una carcajada. De lo que estaba segura es que a ella la tenía sin cuidado. No era la primera vez que Bernardo intentaba vincularla con algún candidato.
—Me parece bien que estés preparada para cualquier imprevisto. ¿Quién te dice que ésta no sea tu oportunidad? —le dije burlona.
—Vos, parece. Pero hablemos de otra cosa. ¿Qué planes tienen?
—Esta noche, ninguno —contestó Sami—, los chicos hicieron un viaje largo. Martina me habló de tus esculturas. ¿Me las mostrarías? Me gustaría llevarme alguna a Toronto —pidió.
—Será un placer. Pero mañana. Mi padre se está impacientando —accedió India—. Estaré en pie a partir del mediodía.
—¡Seguro! —aprobó Samanta—. Guille nos conectará. ¡Qué disfrutes de la fiesta!
—¡Chau, India! Mañana nos vemos —la despedí.
Guillermo cerró el programa y apagó el aparato. Cenamos en la cocina y planificamos hacer una recorrida por Merlo al día siguiente. Darren debía volver al trabajo.
—¡No saben cuánto me alegro de que hayan venido! Primero —dijo dirigiéndose a mí—, por conocer a la famosa milady —yo lo miré inexpresiva—, segundo, para que la mía no se muera de tedio y algún día tenga que salir a rastrearla por los caminos —la connotación de “la mía” quedó flotando en la consideración tácita de quien era “la del otro”.
—Después del paseo podemos ir a tomar mate al Rincón —propuso Sami.
Yo la miré interrogante y aclaró: —es un balneario municipal, está a orillas de un arroyo y tiene una hermosa arboleda. Digo… para que no te sigas flechando —añadió solícita—. Fuimos una vez con Darren.
Él le pasó un brazo sobre los hombros y la besó: —Ya sé que te tengo un poco abandonada, mujercita —reconoció al separarse—. Pero Bill y Marti me darán una mano mientras supero la etapa crítica de la obra.
Samanta miró a su Colorado con cara de embeleso. ¡Vaya que estaba enamorada mi amiga! Mis ojos se cruzaron con los del gurka. Él me escrutaba a mí, como queriendo sondear mi pensamiento. Me moví inquieta, porque había imaginado lo excitante que sería una relación adonde me amaran de esa manera. No Darren, por descontado, pero ¿quién? No había evocado a Noel en ningún momento, ya que yo no estaría allí si nuestro vínculo fuera tan apasionado. Aparté la vista y me perdí en  mi copa de helado.
—Los dibujos no, Marti, te podrías indigestar —esta observación de Guille detuvo la minuciosa rascada del recipiente en la que me había abstraído.
—¡No podés con tus modales de gurka! —lo reprendió su hermana.
—¡Le quise evitar un malestar! —se defendió risueño.
—Dejalo, ya estoy acostumbrada a sus chiquilladas —dije abandonando la cuchara con petulancia—. Te ayudo a levantar la mesa y me voy a dormir —le ofrecí a mi amiga—. ¡Estoy molida!
—Ni lo sueñes. Darren y yo la despejaremos y mañana viene Dora para ordenar todo. ¡Andá a descansar!
Me acerqué a Sami y la abracé: —¡Estoy muy feliz por el reencuentro y he pasado un día estupendo! —le expresé emocionada.
Sami prolongó el abrazo y me besó: —¡Y yo, Marti! Vas a ser mi mejor regalo de cumpleaños.
—…¡Es el sábado! —descubrí después de concentrarme.
—¡No te olvidaste! —festejó.
—No me lo hubieras perdonado —reí.
—Buenas noches, Marti —dijo el Colorado tendiéndome los brazos.
Respondí a su abrazo y lo besé en la mejilla: —Que descanses, Darren. Buenas noches a todos —formulé y enfilé hacia la escalera.
—¿Y para mí que soy responsable del regalo, no hay beso y abrazo? —reclamó Guille.
—Que te lo dé tu hermana —respondí sin volverme.
Todavía escuchaba la carcajada de Darren cuando cerré la puerta del dormitorio. Me acosté con una sonrisa satisfecha. No había visto la cara del gurka pero me la imaginaba. Me dormí al instante y desperté a las siete de la mañana descansada y expectante por la nueva jornada. Desde la ventana de mi habitación veía un cielo límpido que pronosticaba buen tiempo. Bueno, India me había dicho que Merlo gozaba de un microclima que lo hacía especial. Vestí la malla debajo de la ropa atenta a la propuesta de Samanta de visitar el balneario. Bajé a las ocho y desayuné con Sami y Guillermo. Darren se había ido a las siete y media.
—Podemos hacer un recorrido por la ciudad así la conocen —dijo Sami—. Guille nos convidará con un aperitivo, ¿verdad? —le hizo un arrumaco a su hermano.
Él asintió con una sonrisa: —Partamos que al mediodía tenés una cita con India —le recordó.
—Sentate adelante —propuso Samanta al llegar al auto.
—No. Sentate vos —denegué—. Yo voy atrás.
—No se peleen por ir conmigo. Ambas pueden sentarse adelante —manifestó Guillermo con tono paciente.
Esperé a que subiera su hermana y yo me acomodé última. Llegamos a la Plaza Sobremonte adonde Guille estacionó y recorrimos a pie el Centro histórico. Visitamos una Capilla del siglo XVIII con muros de adobe pintados a la cal, paseamos entre las casas coloniales de los alrededores, admiramos la colección del museo Kurteff, piezas realizadas en distinto metales como plata, bronce, alpaca y cobre esmaltado. Cerramos visitando al algarrobo abuelo, cuya existencia se calculaba en más de ochocientos años según estudio de sus anillos de crecimiento. Se necesitaban seis personas tomándose de las manos para rodear su contorno. Me quedé ensimismada.
—¿Qué se agita en tu cabecita? —la voz grave del gurka me instaló en el presente.
—Solo pensaba en que fue testigo de la vida humana en armonía con la naturaleza y de su posterior destrucción. Las cosas no cambian, Guille. El más fuerte se cree el dueño de la verdad e impone su ideología a quien considera inferior. Ayer, por la violencia física. Hoy, de manera más sofisticada, sojuzgando la inteligencia de la población a través de dádivas que ni siquiera les alcanza para vivir con dignidad. Pero tienen un ejército sometido por la ignorancia de que un mundo mejor los espera.
—¿Eso te entristece, milady? —preguntó casi con pena.

XII
—¡Qué vas a entender vos que pertenecés a una elite! —estallé enojada por su condescendencia.
—¡Un momento, niña! —Articuló con firmeza pero sin levantar la voz—. Tus apreciaciones con respecto a mis convicciones son peregrinas. Ya me acusaste de abusar de mis empleados y ahora de justificar el vandalismo de los conquistadores. Ni lo uno ni lo otro conforman mi filosofía de vida. La elite a la que pertenezco, según tus palabras, está integrada por personas que evolucionaron a través del estudio y la investigación. Y para tu tranquilidad, te diré que tengo una fundación que beca anualmente a cincuenta alumnos para que sostengan una carrera.
—No serán los de las escuelas marginales —farfullé.
Me tomó de un brazo y no me soltó a pesar de mi mirada colérica.
—¡Cielos, Martina! ¿A qué viene tu menosprecio? —demandó con dureza.
Sea porque me sorprendió su tono, sea porque caí en la cuenta de que le reprochaba el status que yo perseguía y no logré alcanzar, se me licuó la vergüenza en lágrimas. Sin vacilar, me refugió entre sus brazos.
—¡Marti, Marti…! —rogó compungido—. ¡Perdoname, querida, no quise ser brusco! ¡Por favor, no llores, tenés razón, soy un sátrapa!
Esta declaración disolvió mi congoja. No me separé de inmediato, tan consolador era el amparo de su abrazo. Yací un poco más apoyada contra su pecho hasta que la voz de Sami nos hizo reaccionar.
—¿Qué paso? —miró con alarma el rostro conmovido de su hermano y el mío lloroso.
—Nada —contestó Guillermo—. Martina se apenó al recordar el genocidio de los aborígenes. El centenario algarrobo se lo actualizó. ¿Conseguiste el mapa? —le preguntó para apartarla de ulteriores indagaciones.
—Sí, aquí está —le tendió una guía y un mapa con gesto perplejo.
—Perfecto —asintió Guille—. Con esto, chicas, las pasearé por todo Merlo —presumió—. Y ahora vayamos por el vermouth.
Samanta me tomó del brazo: —¿estás bien, Marti?
—Sí, ya se me pasó —la tranquilicé—. ¡Corramos que Guille nos lleva media cuadra de ventaja! —la exhorté.
Volvimos a la plaza y nos ubicamos en una confitería al aire libre. Guillermo, previa consulta, encargó una picada sumamente variada y cerveza, por decisión unánime. En tanto Sami se comunicaba con Darren, me reiteró: —No debí reaccionar de esa manera, Martina. No me perdono haberte herido.
Miré su rostro velado por la inquietud y lo rocé con la yema de los dedos. Sentí que se estremecía y tomó mi mano para llevársela a los labios: —Perdoname vos —murmuré—. Tuve una reacción desmedida como si fueras responsable de las calamidades del mundo. Yo también formo parte de los indiferentes y ni siquiera tengo una Fundación —concluí rescatando mi mano del beso perturbador.
—Oh, nena… —articuló con la misma dulzura con que el dorso de su mano acarició mi mejilla.
—¡Listo! —Exclamó Sami cerrando el teléfono—. Ni siquiera viene a cenar —hizo una mueca—. Tiene un asado con los operarios para festejar la conclusión en tiempo de la primera etapa. Te vas a tener que ocupar de nosotras —le dijo a su hermano.
—Con placer —le contestó—. Ahora dedicate a comer y a pensar en algún lugar que podamos conocer esta noche.
Volvimos a la casa alrededor de la una de la tarde. Guille nos comunicó con India que ya nos esperaba desde el mediodía y se había entretenido enviando mensajitos y caritas. La ví sonriente y como relajada.
—¡Hola chicas! —Principió y largó una risa— y chico —lo incluyó a Guillermo.
Él la saludó con un gesto risueño y se retiró.
—Voy a ir recorriendo el depósito —dijo India moviéndose—. Ustedes me dirán dónde quieren que me detenga.
Caminó despacio entre las bases que soportaban sus creaciones hasta llegar a las de madera. Allí le pedimos que parara y enfocara cada una en detalle.
—¡Me gusta ésta! —expresó Samanta frente a la góndola curvada—. ¿Cuál es su precio?
—Según mi mentor, cincuenta mil. Según yo, te la vendería en veinte mil si te parece adecuado. O en lo que estés dispuesta a pagar, por ser amiga de Marti y por trascender hasta Canadá —declaró esto último con formalidad.
—Estoy segura de que vale los cincuenta mil —afirmó Sami— aunque yo no pueda pagarlos ahora, así que me valdré de la amistad de Marti y te ofreceré treinta mil y lo ubicaré en el lugar más visible de mi sala. ¿Cerramos el trato? —le preguntó con expresión ilusionada.
—¡Seguro, Samanta! Sos mi primer comprador válido —rió India.
—Te ves muy satisfecha —observé—. ¿Cómo te fue anoche?
—Marti la intuitiva… —entonó—. Mejor de lo que esperaba.
—¡No me digas que papito acertó! —articulé con aspaviento.
—Bueno, al menos no lo voceé de entrada —aclaró.
— ¡Contados! —pedí.
—Se llama Román, tiene cuarenta y cinco años y una galería de arte, recorrió mi museo con semblante hermético y declaró que tal vez se podrían exponer cuatro de mis creaciones.
—¡Ah…! —dije con cara de sabihonda.
India inclinó la cabeza y me dirigió una mirada socarrona: —También vos llamaste así mi atención cuando nos conocimos, ¿te acordás Marti?
Largué una carcajada rememorando mi desconcierto ante las extrañas creaciones de mi amiga: —Ahí te empezó a interesar —deduje.
—Después de que aceptó mi desafío de una crítica descarnada —asintió.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Sami.
—Es todo un experto. Me señaló las imperfecciones que empobrecían mis trabajos —hizo un mohín teatral—, claro que tratando de no herir mi susceptibilidad. Fue… compasivo, digamos. Y aprendí más de su opinión que de las lecciones de mi profesor.
—¡Ah…! —dije esta vez encantada—. Intuyo el comienzo de un gran intercambio… ¡de arte! —me apresuré a completar ante la mueca torcida de India.
Samanta no se intimidó: —Vamos, India, ¿quedaron en algo? —preguntó sugerente.
—Esta noche saldremos a cenar —confesó al fin.
Me contuve. ¿Sería éste el comienzo de una relación fructífera para mi amiga? Bajo su apariencia de mujer liberada ocultaba las ansias de un vínculo sincero y amoroso. Tal vez se había acercado a compañías inadecuadas... Este hombre tenía algo a su favor: la había impactado.
—Me encontré con Noel —la declaración de India detuvo mi reflexión.
—¿Ah… sí? —volví a mis monosílabos.
—¿No te interesa saber qué dijo? —deslizó enigmática.
Me encogí de hombros: —Si te apetece contarlo…
—Estaba un poco asombrado de que no te hubieras comunicado con él, aunque en su entusiasmo por Guillermo justifica todo: “¿Quién podría pensar en otra cosa estando en compañía de un pionero de la ciencia?” Sic —precisó sus palabras.
—Bueno, me ahorra una llamada —dije con indiferencia.
No me pasó desapercibido el gesto de Samanta al escuchar la charla. Seguro que pronto se vendría un interrogatorio. La confidencia de India no me había provocado ninguna inquietud. ¿Cuándo se habría originado esa sensación de desprendimiento afectivo con Noel? Pensé que llevaba tiempo, momentos no compartidos, ese rasgo de egoísmo adonde yo quedaba postergada por sus intereses, esa resignación mía incomprensible, como si Noel fuera la única oportunidad de mi vida. ¡Pues no!, me dije. Tengo mucho que ofrecer y recibir; eso quiero.
—¡Chau, Marti, hasta mañana! —saludó India, terminado su diálogo con Sami, tirándome un beso con la mano.
—¡Chau, amiga! Que sea una noche promisoria… —murmuré guiñándole un ojo.
No me impugnó. Se largó a reír y desapareció de la pantalla.
CCI
—¡Guille, terminamos! —voceó Samanta.
El gurka se asomó y apagó la computadora. Antes de salir, nos preguntó: —¿quieren empezar el paseo ahora?
—¡Dale! —Contestó su hermana—. Nos ponemos la malla, preparo el equipo de mate y te avisamos.
Él asintió y salió con su portátil. Ya que estaba lista, aproveché para llamar a mamá y luego bajé a reunirme con Sami. Entre las dos acomodamos el termo y el equipo en una canasta y agregamos unas galletitas. Guille nos esperaba al lado del auto.
—Para hoy les tengo preparada una ascensión al Filo serrano y una visita al Mirador del Sol —dijo imbuido en su rol de guía—. Vayan a buscar alguna campera que subiremos a más de dos mil metros. Al balneario iremos por la tarde, considerando la castigada dermis de Martina.
—¡Gracias, Guille! Tus cuidados son apreciados —entoné burlona.
—Por insolente, te sentencio a un viaje en tirolesa —declaró.
Me largué a reír: —¿Qué querés decir?
Sami intervino: — ¡Canopy! ¡Sí, Marti! ¡Es emocionante!
Yo seguía sin entender. Guillermo me explicó con voz truculenta: —Vas a volar como los pájaros entre los abismos serranos —después, con placidez—: Te va a gustar.
—Todavía no lo capto —insistí.
—Es un sistema de cables extendido entre la sierra y el valle. Vas asegurada a un arnés con poleas. No tenés más que distenderte y disfrutar —aseguró.
—Le vas a ahorrar trabajo a Darren —dijo Sami entusiasmada—. ¡Quiero ir desde que llegamos!
—Los abrigos… —recordó Guille con paciencia.
Obedecimos como boy scout.
—Bueno, niñas —dispuso a nuestro regreso—, partamos. ¡Y no quiero discusiones por la ubicación! Vos, Marti —indicó—, adelante conmigo. Vos, Sami, atrás como corresponde a una hermana incondicional.
Abrió ambas puertas y las cerró después de que obedecimos su mandato. Antes de arrancar, me miró con una sonrisa satisfecha. Me reí; estaba contenta y excitada con la aventura que había propuesto. Mis salidas tenían tan poco de emocionante como subir a un autobús que me acercara al centro o a la orilla del río para cruzar a la isla. Guille conducía con pericia por el sinuoso camino de cornisa y Sami y yo intercambiábamos impresiones sobre el paisaje despertando a veces la risa del piloto. Pasamos El Mirador del Sol hasta llegar al del Filo Serrano. Antes de bajar nos pusimos los abrigos. El viento soplaba con fuerza y el sol no lograba calentar el ambiente. La vista era espectacular. A nuestros pies se extendía el valle del Conlara, emplazamiento de la villa de Merlo, verde como una esmeralda guarecida por las ondulantes sierras. Guillermo descubrió que, en ese día tan límpido, se podían observar los embalses del valle cordobés de Calamuchita. Centrado entre las dos, nos pasó el brazo por los hombros y nos giró hasta que ubicamos el punto al que se refería. Permanecimos en silencio, admirando el majestuoso horizonte. Tenía que compartir mis sensaciones. Me volví hacia Sami. Tenía la cabeza apoyada en el pecho de su hermano y la mirada perdida en el espacio. El gurka capturó mis ojos con la muda elocuencia de sus pupilas. Se apropió de mi deslumbramiento y me perturbó con el reclamo que revelaban sus facciones. Hice un gesto negativo involuntario, como si me hubiese confesado ese anhelo que ardía en la profundidad de su mirada. Me enderecé y ya ni siquiera la belleza del entorno apaciguó mi inquietud. Me despegué de su flanco sin brusquedad y me alejé hacia otra perspectiva.
—¡Marti! —Samanta se me colgó del brazo—.¿Vamos ya para el Mirador del Sol? Así hacemos canopy y pasamos unas horas en el balneario.
—Vamos —contesté sin mucho entusiasmo.
Cuando subimos al auto le pregunté a Guille: —¿Por qué al Mirador del Sol? Aquí también hay tirolesa.
—Porque la otra es la más larga de San Luis —me explicó—. El recorrido se hace entre cinco y seis minutos. Te va a parecer poco cuando pegues la vuelta.
Lo miré con un poco de desconfianza. Se largó a reír y me ofreció servicial: —Si no te animás a ir sola, puedo cargarte sobre mis rodillas.
Mi gesto desafiante incrementó su diversión. Samanta intervino: —A ver si siguen la polémica mientras viajamos, a este paso no llegaremos al mirador ni al balneario.
Me di vuelta y estiré el brazo para hacerle cosquillas. Se atajó con una risa sofocada mientras su hermano ponía el coche en marcha. El recorrido fue corto y, después de estacionar, caminamos hacia la plataforma de despegue. Esperamos turno para el primer lanzamiento que, Sami y yo, insistimos hiciera Guille. Escuchamos con atención las recomendaciones que le hacían Roberto y Manuel, los lugareños que administraban la tirolesa, y lo vimos despegar raudo hacia el valle. Antes de convertirse en un puntito a la distancia, soltó las sogas y estiró brazos y piernas en forma ostentosa.
—¡Se dejó ir el loco! —alabó Roberto con su tonito característico.
A mí el corazón se me había detenido cuando lo vi abrir los brazos, creyendo que se iba a precipitar al vacío. Después del susto, me enojé. ¡No tenía derecho a alarmarnos! En realidad, me dije después de observar a Sami festejando con el dúo, la que se preocupó fui yo. Diez minutos después el gurka estaba de vuelta.
—¿Quién me sigue? —dijo después de desprenderse del arnés.
Un grupo de curiosos se había acercado a la base de salida. Dos muchachos jóvenes se arrimaron a Guillermo.
—¿El doctor Moore? —preguntó uno con expresión exaltada.
Guille lo miró con tranquilidad.
—¡Estuve presente en la conferencia que dio en Rosario! —dijo el joven estirándole la mano.
El gurka se la estrechó: —Bueno, me alegro. Ahora me tengo que dedicar a mis acompañantes —le aclaró con una sonrisa y se volvió hacia nosotras—. ¿Ya decidieron?
El chico que lo había abordado cambió unas palabras con su acompañante y se quedaron en el sitio.
—Marti, ¿irías primero? —dijo Samanta con voz quejumbrosa, intentando postergar su despegue.
Me mandaba al frente, igual que en la escuela secundaria. Guille me miraba con una sonrisa provocadora, lo que espoleó mi decisión.
—Está bien, promotora de chifladuras —acepté—. Que conste que me arriesgo para que vos cumplas tu sueño.
Me acerqué a Roberto y Manuel. El primero me ayudó a colocar el arnés y lo ajustó a mi cintura; el segundo me estiró un casco.
—¿Por qué lo tengo que usar? A él no se lo dieron —dije señalando al gurka.
—No lo quiso —aclaró Manuel—, pero nos recomendó que salieras con el casco.
—Yo tampoco lo quiero —me empeciné—. Se me va a aplastar el pelo.
—Es tu primera experiencia, mamacita. El loco tiene calle —terció Roberto al tiempo que enganchaba el cable al arnés.
—Esto es seguro, ¿no? —inquirí.
—Totalmente —se ufanó el lugareño.
—Entonces no quiero el casco —lo volví a rechazar.
Guille se acercó al ver la cara de indecisión de Manuel.
—No lo quiere, macho —le informó el hombre.
—Marti, si no te colocás el casco no salís —me amenazó el hermano de Sami.
—¿Ah, sí? Ya soy mayorcita para decidir por mí misma, amiguito —le solté—. Ahora díganme qué debo hacer —me dirigí a los muchachos haciendo caso omiso de la contrariedad del gurka.
Roberto reaccionó ante el gesto perentorio de Guille como si estuviera esperando la orden: —Bueno, linda. Sentate sobre el arnés y aflojate. Yo te sostengo. Agarrate de las cintas, te voy a correr un poquito al borde —me instruyó mientras me desplazaba hasta dejarme con las piernas colgando sobre el abismo.
Deslicé la vista sobre la serpentina que dibujaba la ruta circundando las sierras y el verde promontorio de la selva a mis pies. Me aferré a las cintas, inhalé hasta llenar de aire mis pulmones y me decidí: —¡Soltame!

XIV
Grité al cruzar la ruta pensando que mis pies iban a estrellarse contra la cornisa de contención. El ruido del cable de acero por donde se deslizaba el arnés retumbaba en mis oídos como el motor de un avión. A la ida ni siquiera pensé en soltarme para imitar al gurka y estuve más pendiente de alguna catástrofe que del paisaje que se ofrecía a mi vista. Recuperé el sentido de la diversión poco antes de llegar a la primera escala adonde me esperaba el ayudante. Me sujetó del arnés y me pidió que tomara el cable por delante apenas apoyé los pies sobre la tierra.
—¿Y linda? ¿Qué te pareció el viaje? —preguntó mientras desenganchaba la roldana.
—Vos no sos puntano —dije notando la falta de acento.
—No. Trabajo la temporada. Soy Miguel, de Quilmes —sonrió—. ¿Y vos de dónde sos, chica sin nombre?
—Soy Marti, de Rosario —dije divertida.
—¿Estás sola?
Era un apreciable ejemplar masculino. Alto, rostro de barba incipiente, ojos oscuros y vivaces. De los que me gustaban.
Escuchate. ¿Adónde lo dejás a Noel con su aire distinguido, sus facciones armoniosas, su prolijidad, su elegancia irreprochable? No le sentaría un conjunto de jean. Tenía que venir el gurka a sacudirme de mi inercia amorosa. ¿Y ahora te vas a enloquecer por cualquier varón recio? No por cualquiera… —le dije a mi alter ego.
—No —le informé mientras me calzaba el arnés para regresar.
—¡Qué pena! Me hubiera gustado ser tu guía para mostrarte los alrededores.
Sonreí halagada, pero no le contesté. Él terminó de prepararme para el viaje de vuelta y antes soltarme me deseó: —¡Buen viaje, Marti!
Levanté una mano para saludarlo. Después me animé con la otra y abrí los brazos para abarcar el espléndido paisaje que fluía bajo mis pies. Me dirigía vertiginosamente hacia la plataforma de partida, dominada por el vértigo y la adrenalina. Levanté la vista antes de tocar tierra y volví a tomarme de las cintas. Una chica estaba filmando, seguramente parte del equipo que administraba la tirolesa. Guille sonreía abiertamente y Samanta saltaba y aplaudía con entusiasmo. Roberto me atajó y me sostuvo hasta quedar asentada en suelo firme.
—¡Muy bien, niña! —elogió mientras me liberaba del arnés—. Cuando te largues la próxima lo aprovecharás al cien por ciento.
—¡Mmm…! No sé si habrá próxima —dudé.
Mis amigos se acercaron a la plataforma. Samanta me abrazó: —¡Marti, parecías una equilibrista! ¿Cómo te voy a superar?
—Tirándote —declaré y la empujé hacia Roberto.
Guillermo me enroscó el brazo en el cuello y me dio un apretón amistoso contra su costado: —Milady —dijo riendo por lo bajo—, parece que voy a tener que acostumbrarme a tus desplantes. No eras tan rebelde de adolescente.
—Escuece, ¿no? —lo zaherí—. Así eras vos de insoportable —tomé su mano, la elevé sobre mi cabeza y me liberé con un giro. Escuché su risa sorprendida mientras yo me acercaba a la tarima adonde aprestaban a Sami.
Mi rubia amiga atendía las instrucciones de Manuel y Roberto y no desdeñó el casco. Partió entre gritos de susto y admiración y soltó las cintas antes de llegar a la mitad del trayecto. Guille y yo la aplaudimos hasta que se convirtió en una miniatura para la vista. La vuelta fue triunfal, se colgó cabeza abajo simulando una zambullida que culminó en estilo mariposa. Se enderezó para ser recibida por los encargados en medio de felicitaciones.
—¡Te luciste como siempre! —le dije riendo—. No soportabas que te ganara en ninguna competencia, ¿eh?
—Bueno, vos también estuviste bárbara —concedió con benevolencia—. ¡Voy a buscar las filmaciones! —nos avisó exaltada.
El gurka y yo nos miramos con el antiguo entendimiento de la niñez compartida. Sami atropellaba con esa arista de su carácter que nos imponía, a fuerza de rabietas o ardides, su voluntad. Me reí con desenfado, extrañamente alegre de revivir tan lejanos recuerdos. Él me observó con una expresión tan concentrada, como si quisiera absorber mi risa, que me hizo sentir inexplicablemente frágil. Nuestra abstracción terminó con el regreso de Samanta.
—¡Guille, aquí tengo las tres películas! —mostró su hermana con entusiasmo—. Pagalas que me olvidé de traer plata.
Guillermo se apartó para cumplir con el encargo, momento que aprovechó su tenaz admirador para renovar el asedio. Dejé de prestarles atención para embelesarme en el paisaje.
—Marti… —canturreó mi amiga envolviendo mi brazo con el suyo—. ¿La estás pasando bien?
—¡De maravillas! —afirmé y, aún con ciertas inquietudes, no mentí.
—¿Estás distanciada de tu novio? —preguntó al cabo, aprovechando que Guille seguía sitiado por el muchacho.
—Prefiero no hablar de ello, Sami —me excusé en tono de disculpa.
—No quise molestarte, Martina —dijo apenada—. Pensé que te haría bien confiarte con una amiga.
—¡Por favor, Sami! No te enfades. Lo charlaremos mañana. Hoy la estoy pasando de maravillas, ¿te acordás?
Guillermo nos encontró abrazadas admirando el soberbio espectáculo de la serranía.

XV
Después de tomar un refrigerio en la confitería del Mirador del Sol, enfilamos hacia el balneario El Rincón. Ahora íbamos bajando y Guille mostró una vez más su pericia al conducir. La pileta del balneario estaba alimentada por las aguas de un arroyo y sus alrededores poblados de árboles, especialmente sauces. Cada vez que veía un sauce evocaba el verso de un poema de Fernán Silva Valdez: “el sauce es el afiche de la melancolía…”; me parecía una bella metáfora de ese árbol desgarbado cuyas hojas semejaban una larga melena inclinada sobre la tierra o el agua. Nos despojamos de la ropa en el auto y salimos en malla a recorrer el lugar. Después del embalse que conformaba la piscina, seguimos por la orilla del río hasta la zona arbolada adonde había dispuestas mesas para tomar mate y parrillas para hacer asados. Aunque el sol había perdido su virulencia, Sami –por rubia- y yo –por chamuscada-, nos cubrimos con protector solar y volvimos a la pileta. Era espaciosa y pudimos nadar sin colisionar con nadie, pues eran pasadas las cinco de la tarde y el agua estaba bastante fresca.
—¡Paren de tiritar, muchachas! —ordenó Guille a las seis alcanzándonos los toallones—. Vamos a sentarnos al sol y les cebo unos mates.
Eligió una mesa al borde de la arboleda y después de varias rondas Sami y yo estábamos recuperadas. Mi amiga se desplazó bajo la sombra y se durmió al instante. Yo lo miré al gurka a través de las pestañas entornadas. Estaba tendido sobre el pasto, descansando la cabeza sobre los antebrazos cruzados bajo la nuca. Creí que dormía así que me dediqué a observarlo minuciosamente. Tenía un físico armonioso; los músculos trabajados sin exceso sugerían fortaleza y plasticidad. Me reproché estas consideraciones porque si bien no era inmune a los encantos masculinos era impropio que los evocara ojeando el cuerpo del hermanito de mi amiga. ¿Qué percepciones internas había iniciado el encubierto interés de Guillermo por mí? Al menos, cuestionarme la relación con Noel. Hacía tiempo que era insatisfactoria, pero nadie me había sacudido de esa inercia amatoria por la que me deslizaba. Y no era solo cuestión de sexo, sino de ausencia de pasión, de intereses comunes, de vibrar con la presencia del otro… Recordé la definición de Guille de una mujer enamorada: miradas, actitudes corporales, aproximación física… Noel y yo, sin convivir siquiera, estábamos desgastados. Por un momento me tentó endosarle la responsabilidad, pero terminé aceptando mi complicidad en esa apatía poco comprometedora. Miré el cielo despejado y con un suspiro audible aventé estos pensamientos inquietantes.
—La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? —la voz grave del gurka se dulcificó en la pregunta.
Incliné la cabeza con una sonrisa: —Pensé que dormías —dije en voz baja.
—Te miraba —expresó.
—¿Y recordaste una poesía? No creí que estaban incluidas en tu formación académica.
Rió por lo bajo: —Te sorprenderían las que evoqué inspiradas en tu rostro melancólico… Aunque estos versos son los más afines a tu nostalgia, ¿me equivoco?
Confieso que me conmovió esa faceta de hombre sensible a pesar de mi respuesta: —Como de aquí a la China —aseguré con descaro y, para cambiar de tema—: Te vi muy entretenido con tu fan del Mirador, ¿qué te proponía?
—¡Ah…! —reaccionó al terminar de digerir mi contestación—. Me invitó a una fiesta que da su padre para inaugurar un complejo de cabañas en Potrero de Funes. Es el sábado.
—El día que Sami cumple años —le recordé—. No querrás faltar al cumpleaños de tu hermana…
—No, inquisidora —se incorporó y me enfocó desde su postura dominante—: Tengo la sensación de que invalidás cualquier cosa que digo —señaló con calma.
—¡No sé a qué te referís! —reaccioné con intemperancia.
Se inclinó sobre mí, desafiante, impidiendo que le hurtara la mirada. Sostuve su escrutinio con porfía hasta que cedió con una mueca—: ¿Ves? —alegó en tono condescendiente— Si aceptaras que siempre estás a la defensiva…
Me senté para quedar a su altura: —Es que no puedo disociarte del mocoso que nos hacía la vida imposible hace trece años —reconocí disgustada.
Rió como si conjurara pensamientos adversos a través del sonido. Cuando se aplacó, me demandó sin rudeza: —¿No creés que yo también superé etapas a lo largo de los años? Calculo que mi última chiquillada fue apropiarme de tu pañuelo —sonrió—. Crecí, Martina. Maduré física y mentalmente, interpreté mi vocación de trabajo y perseveré para perfeccionarme y, lo más trascendente, regresé para reclamar a mi dama —su voz adquirió un tono solemne y su rostro perdió todo vestigio de risa. Las pupilas verdosas adquirieron el fulgor de un mar turbulento mientras se aproximaba hacia mí.
—No quiero seguir jugando a este pasatiempo medieval —rechacé con angustia.
—No es un juego, milady —murmuró deteniendo su avance—. Tenés miedo…  ¿De qué, Marti? ¿De mí? ¿De dejarte tentar por mis sueños? ¿O de descubrir que podés compartirlos?
—¡Estás loco, gurka! —reaccioné—. ¿Con qué derecho irrumpís en mi vida pensando que el tiempo se detuvo cuando te fuiste? Mientras vos no te preocupabas más que por estudiar yo luché por mantenerme independiente y forjarme un porvenir. Claro que no con tus ventajas —dije ásperamente—, no tuve familiares que me respaldaran —no le permití interrumpirme—: No sé qué te hizo pensar que participaría de tu delirio y aunque subestimes mi relación de pareja, existe, y nadie más que yo tiene la potestad de juzgar si es adecuada o no —me detuve porque me faltaba el aire.
Guillermo me miró con serenidad. Aguantó mi descarga y manifestó al cabo: —Te voy a responder en orden. No me siento con ningún derecho hacia tu persona y esperar que compartas lo que siento es atributo de cualquier enamorado. ¡No renunciaré a conquistarte, Martina, aunque en esta empresa no tenga las mismas prerrogativas que tuve para estudiar! —dijo con arrebato.
Sentí que estaba frente a un completo desconocido. Este hombre exaltado que pretendía seducirme no se correspondía con el gurka o Guille. Por primera vez lo contemplé despojado del recuerdo y reconocí que me intimidaba.
—¿Y si no quiero? —balbucí débilmente.
—Solo dame la oportunidad —suplicó.

XVI
No le contesté. Miré sin fingimientos su figura acomodada en postura de yoga, el semblante esperanzado por ese silencio que no otorgaba pero tampoco negaba. Me pregunté por qué no le había dado una respuesta contundente que le extinguiera la ilusión… Supongo que exigía una refutación comprometedora y por el momento no estaba en condiciones de asumirla, de modo que me incorporé e inquirí: —¿Podemos volver, Guille?
Estuvo de pie al instante.
—¿Estás bien? —se interesó.
—Sí. Nada más que un poco cansada —disimulé mi ambigüedad.
Me contempló con inquietud. Su mano apretó mi brazo con delicadeza: —Martina… —murmuró— No quiero que te sientas presionada ni perseguida, querida. Prometo no perturbar tus vacaciones con ninguna alusión que pueda molestarte, ¿vale? —formuló con ansiedad.
—Te tomo la palabra —dije con una sonrisa apagada.
Antes de soltarme, sus ojos me interrogaron. ¡Ah, no, gurka!, pensé. Ni yo sé lo que quiero, ¿cómo decírtelo a vos? Me separé con suavidad y fui a llamar a Sami.
Guille se había vestido cuando llegamos a la camioneta y esperó afuera hasta que estuvimos listas. Fuimos nula compañía para el conductor, adormecidas por el tibio interior del vehículo y la sorda vibración del motor. Entre la bruma del sueño advertí que Guillermo había detenido la camioneta delante de la casa. Se volvió hacia mí y me observó con una expresión que excedía lo puramente amistoso. Presumo que ese fue el comienzo de mi capitulación y no, como supuse en ese momento, por estar debilitada por el letargo sino por lo que leí en su mirada trascendente. El deseo de ser besada me avasalló y él debió leerlo en mi rostro sofocado porque se inclinó para alcanzar mis labios entreabiertos. Cubrió mi boca con la suya como si quisiera devorarme y deslizó su lengua en una caricia que me estremeció como un torbellino. Estaba conmocionada, jamás nadie me había besado con ese poderío que oscurecía mi raciocinio. Reaccioné cuando me encuadró la cara entre las manos apremiado por la pasión.
—¡No! —impugné apartándolo. Y acusé con un mohín de reproche—: Aprovechaste que estaba dormida…
Del estupor pasó a la hilaridad. Apoyó la espalda contra la portezuela y declaró aún risueño: —Sos deliciosa, milady. ¡En todos los aspectos…! —enfatizó.
No quise averiguar a qué otros aspectos se refería porque era obvio que “deliciosa” estaba relacionado con el sentido del gusto; aún así estaba por echarle en cara que esa aclaración podía considerarse una indirecta, cuando irrumpió la voz de Samanta: —¿Llegamos? —preguntó aturdida.
Respingué y sentí que estaba colorada hasta las orejas. ¡Me había olvidado de que ocupaba el asiento de atrás! Rogué porque no nos hubiese escuchado… ¡Ni visto!
—Así es, marmota —confirmó su hermano con celeridad—. Ya pueden bajar y darse una ducha refrescante.
Salí del auto y le abrí la puerta a Sami. Una ojeada me bastó para comprobar que seguía teniendo el sueño pesado. La tironeé de la mano para ayudarla a bajar.
—¡Gracias, amiga! —Rió— ¿Qué te parece despabilarnos con una buena ducha?
—¡Fantástico! —aprobé.
Me desnudé antes de entrar al cuarto de baño y me miré en el espejo grande. Mi piel estaba perdiendo el tono rojo de la insolación y mutando a un saludable cobrizo. Recorrí mi cuerpo minuciosamente, con la atención que pocas veces le prestaba y sentí que bien podía ser deseable para cualquier hombre. Pero yo era algo más que un cuerpo bonito. Tenía inquietudes y deseaba realizarme en alguna actividad que me significara, así como la habían encontrado Noel y Guillermo.
Bueno, Martina. Dejá de recostarte en la relación cómoda con Noel y abandoná tu papel de víctima del destino. Esforzate para terminar en tres años la licenciatura que abandonaste y podrás concursar para un cargo en la Facultad de Lenguas Modernas.
Evoqué a mi profesora de francés que me auguraba una carrera exitosa dada la facilidad que tenía para los idiomas y decidí, frente a mi imagen tan desnuda como la admisión de mi apatía, que se habían agotado las excusas. La demanda de docentes, intérpretes y traductores justificaba cualquier sacrificio. Premié mi entusiasmo con una amplia sonrisa y tomé un largo y reparador baño.
Provocaste una reacción en cadena, gurka, pensé mientras me secaba. Pasé crema por toda mi epidermis, me perfumé y elegí un conjunto blanco que resaltaba el color bronceado. Acomodé mi pelo humedecido sobre los hombros, me iluminé los labios y bajé, una hora después, esperando no encontrarme a solas con Guille. Estaba tan satisfecha con mi determinación que no quería que mi alegría fuese malinterpretada.
—¡Estás bella, Marti! —Se entusiasmó Samanta al verme— ¿No es cierto, Guille? —involucró a su hermano.
Él me echó una mirada intensa antes de responder: —Absolutamente.
Le pregunté para interrumpir esa contemplación suspendida: —¿Nos vas a comunicar con India?
Sonrió como si hubiera descifrado mi pensamiento y se levantó para buscar la computadora.
—¡Lo tenés a tu merced! —rió Samanta.
—No lo creas —le resté importancia—. El gurka es un virtuoso de la actuación.
Ella me miró de hito en hito con una mueca irreverente que daba cuenta de no acordar con mi hipótesis. Yo no quería alimentar la polémica porque no sabía en dónde podía terminar, coyuntura de la cual me libró Guillermo al reaparecer con su máquina. La instaló sobre la mesa, se conectó y, después de saludar a India, se eclipsó.
—¡Hola, chicas! —Dijo mi amiga del otro lado de la pantalla—. ¿Qué cuentan?
—¡Qué contás vos, simuladora! —le espeté.
Se rió con desparpajo. Era buen síntoma.
—Si te referís a mi salida —contestó—, se repite esta noche.
—¡Ay, India! —Exclamó Sami—, ¡No nos tengas sobre ascuas!
Yo la miré sin insistir. Ella nos contaría lo que le viniera en gana.
—Por ahora —manifestó— he pasado un momento muy agradable con un hombre fascinante. No quiero hacer predicciones porque suelo decepcionarme a menudo.
Esta declaración, en franco contraste con el carácter entusiasta de India, le concedía al tal Román varios puntos a favor. Entreví que una charla confidencial le vendría tan bien como a mí explayarme con ella, ya que con Samanta no podía hacerlo. El resto de la conversación fue trivial y acordamos en vernos al día siguiente. Antes de la cena me comuniqué con mamá y, en un arranque, lo llamé a Noel. Tanto su teléfono fijo como el móvil se acoplaban al contestador automático. Me encogí de hombros: había hecho el intento.
Comimos trucha confitada con champiñones en un restaurante que propuso Sami y regresamos a las once de la noche. Darren nos esperó levantado y soportó con estoicismo las filmaciones de nuestra incursión por la tirolesa. Al finalizar la proyección, sentí que el cansancio me ganaba. Demasiadas emociones para un día.
—Me retiro —anuncié.
—Antes de que te vayas —me detuvo Guillermo— resolvamos lo de la invitación —se dirigió a su hermana—: Sami, un seguidor de mi trabajo me invitó a la inauguración de unas cabañas turísticas. Es el sábado. ¿No querrías tener un cumpleaños diferente?
A Samanta le brillaron los ojos. Lo miró a Darren. Él hizo un gesto risueño: —Es tu cumpleaños, querida, y tu elección.
—¿Qué decís, Marti? —buscando mi aprobación.
—Lo mismo que Darren —avalé.
—Te invitó a vos —le dijo al gurka—. ¿Qué dirá si te aparecés con un ejército?
—Para deshacerme de él le aclaré que estaba con mi familia y mi novia —me miró y redundó—: Para sacármelo de encima… Me contestó que todos serían bienvenidos y me estiró la tarjeta.
—¡A ver… A ver! —pidió Sami.
Guille se la tendió y ella la leyó cuidadosamente. Nos miró después con una sonrisa: —Aquí dice de rigurosa etiqueta. ¿Todavía se estila?
—Supongo —le respondí—. Aunque yo voy a desentonar. No tengo traje de fiesta.
Samanta se quedó pensativa. No podía ofrecerme ninguna prenda porque era más alta y corpulenta. Esperé que no me propusiera comprarla porque tendría que confesar públicamente mi insolvencia. El gurka se mantuvo callado, seguramente recordando mis planteos previos al viaje.
—Bueno —dijo al cabo mi amiga—. Si Guillermo viste informal, a nadie le va a extrañar tu estilo casual.
—¿Te atreverías? —lo provoqué.
—Por ti, milady, desnudo si me lo pides —aseguró con una reverencia cortés.
Habló en inglés, para que Darren no quedara al margen de la charla. El Colorado largó una carcajada contagiosa ante la sonrisa bonachona de Guille. Yo sacudí la cabeza y le dije en tono condescendiente: —¿Sabés? Esta salida es tan propia de un gurka…

XVII
Madrugué puesto que deseaba llegar hasta el centro para comprar el regalo de Samanta. Le dejé una nota al lado de la cafetera avisándole que volvería al mediodía y sabiendo que tendría que buscar un buen pretexto para justificar la ausencia. Ya se me ocurrirá algo, me dije. Salí y cerré la puerta en silencio. A dos cuadras corría una avenida adonde podría conseguir algún transporte.
—¡Buen día, desvelada! ¿Adónde vas tan temprano?
Giré ciento ochenta grados para encontrar al gurka a mis espaldas. Estaba sentado en un sillón de la galería con su predecible computadora apoyada sobre la mesa.
—Al centro —mi voz sonó disgustada por el encuentro inoportuno.
Cerró la notebook y se levantó sin acusar recibo de mi contrariedad: —Son las siete y media de la mañana. Los negocios abren a las nueve. ¿Desayunaste?
—No —dije en igual tono.
—Te llevo y desayunamos juntos —propuso con deferencia.
¡Yo no quería que me escoltara! No necesitaba que fuera testigo de mi cuidadosa selección del obsequio porque, si bien no comprometería mis finanzas por un vestido de fiesta, haciendo cuentas podría encontrar un presente decoroso para mi amiga. Claro que bajo la óptica del triunfador Moore lo decoroso se vería deslucido.
—Te agradezco, Guille —articulé con cuidado—. Pero prefiero ir sola.
—¡Ni hablar cuando te puedo llevar! —dijo amable pero firmemente—. Vamos —y caminó hacia el auto confiado en que lo seguiría.
Lo hice. Lo primero era llegar al centro. Después me desprendería de él.
—Éste parece un buen lugar para desayunar —indicó minutos después.
Estacionó el auto, abrió mi puerta mientras desabrochaba el cinturón de seguridad y nos acomodamos en una mesa al aire libre. Guille encargó medialunas, tostadas y café con leche.
—¿Te parece bien? —me consultó antes de que se fuera la camarera.
Asentí con un movimiento de cabeza. El firmamento diáfano sugería una jornada soleada y cálida. Me recosté sobre el sillón disfrutando del sosiego del día que comenzaba. Mis pensamientos flotaban al resguardo de mis párpados entrecerrados. Hasta el domingo a la tarde fui la dueña de mis circunstancias. Luego: un encuentro fortuito, una pareja obsesionada con la tecnología, una amiga agitadora, un viaje insospechado, el recuerdo de un niño impertinente que se actualizaba en un hombre provocativo. Me sentía como una marioneta manejada por un titiritero perturbado. El ruido de la vajilla depositada en la mesa interrumpió mi disquisición. Abrí los ojos para naufragar en la verde profundidad de las pupilas del gurka. Con esfuerzo, me liberé de la contemplación.
—¿Qué mirás? —me arrebaté.
—A vos —contestó.
¿Me quería fastidiar? Lo miré desafiante. Sostuvo mi obstinado escrutinio con una elocuencia visual que aniquiló mi provocación: era el inequívoco mensaje que el día anterior me había dejado a su merced. Abandoné el duelo para no ser cómplice de su esperanza y, fijando los ojos en el pocillo que estaba levantando, manifesté: —Quiero hacer mi diligencia sin compañía, Guille, así que podés dejarme acá si te molesta mi propósito.
—No dejás de asombrarme con tus ocurrencias, Marti —dijo risueño—. Te voy a llevar hasta el centro, harás tus diligencias sin estorbos y acordaremos un lugar para encontrarnos cuando concluyas. ¿Estás de acuerdo?
Me encogí de hombros sintiéndome muy tonta. ¿Quién aparecía como inmadura en esta relación asimétrica? Terminé de tomar mi café y Guillermo llamó a la camarera para pagar la consumición. Volvimos al auto en silencio y así llegamos a destino. Estacionó en los alrededores de la plaza Sobremonte. Antes de abandonar el vehículo se volvió hacia mí: —¿Convenimos alguna hora?
—Alrededor de las once —respondí consultando mi reloj—. Si termino antes te llamo al celu.
—¿Y a qué número pensás llamar? —preguntó con gesto cándido.
Me mordí los labios. ¡Señor! ¡Tener que soportar sus pullas! Estaba visto que me había levantado con el pie izquierdo.
—Decime —exigí con altivez rescatando mi teléfono del fondo del bolso.
No se animó a sonreír dada mi cara de pocos amigos aunque la diversión chispeara en sus ojos. Me dictó el número para que lo registrara y yo, después de anotarlo, me bajé del auto y me despedí con un gesto. Caminé con paso decidido tratando de librarme de esa sensación de revés ante mis planes frustrados y mi conducta infantil. Me concentré en el posible regalo. Sami tenía de todo, como se dice vulgarmente, por lo cual debía buscar algo original y al alcance de mi tarjeta. Recorrí varios locales de artesanías esperando encontrar esa pieza que la distinguiera de todas; escudriñé cada estantería, cada rincón, cada mesa. Salí deprimida del último. Se me estaban acabando el tiempo y la ilusión cuando entré, por pura corazonada, a un negocito casi olvidado entre dos entradas. Una mujer joven sonrió al verme ingresar.
—Buen día —saludé, y mis ojos exploraron sin fe la heterogénea colección de chucherías exhibidas sin orden.
—¿En qué puedo ayudarla? —la pregunta detuvo mi inspección.
Suspiré desencantada. Nada había que respondiera a mi pretensión. No obstante, le respondí con cortesía: —Busco un regalo para una amiga —y aclaré con una risa partícipe—, algo bueno, bonito y barato.
La chica asintió sin perder la sonrisa. Se agachó y sacó de atrás del mostrador una cajita de madera labrada. En su interior, sostenida sobre un fondo de pana verde, una pulsera de escamas plateadas unida a dos anillos por una cadena larga. La sacó del estuche y me la estiró.
—Es de plata intercalada con algunos eslabones de oro.
La sostuve entre las manos y admiré el refinamiento del trabajo sabiendo que excedía mi presupuesto. Por curiosidad, me la probé. La cadena recorría con gracia el dorso de la mano uniendo la pulsera con los anillos. Era una joya delicada que devolví sin averiguar el precio.
—¿No es de su gusto? —preguntó la muchacha.
—¡Oh, sí! —aclaré—. Es que buscaba algo más económico…
—Se la puedo dejar en trescientos pesos —me dijo—. Es casi el costo del material.
La miré sorprendida. Si era de plata y oro estaría valuada sobre los mil pesos en una joyería.
—Disculpame la franqueza —fundamenté—. ¿Por qué habrías de regalarme tu trabajo? No me conocés.
—Porque lo valoró, precisamente. Observó con atención cada uno de los componentes, se la probó y admiró como lucía —volvió a sonreír y solicitó—: ¿Le parece razonable?
—No dispongo de efectivo… —balbucí sofocada—. ¿Trabajás con tarjetas de crédito?
Nos miramos. Su expresión era de desencanto. Pensé y saqué el teléfono: —¿Guille?
—Hola, milady, ¿terminaste con tu diligencia?
—No. Necesito que vengas. ¿Tenés trecientos pesos? —me atropellé.
—Sí.
—¿Me los prestarías? —formulé, conciente de que era una pregunta retórica.
—¿Adónde te los llevo?
Le solicité la dirección a la chica y se la comuniqué al gurka.
—Voy para allá —declaró y cortó la comunicación.
—Ya me lo traen —le anticipé.
—¿Es su novio? —se interesó.
—¡No! —Más suavemente—: Un amigo… —Y abundé como si ella me pidiera cuentas—: Después se lo devuelvo.
Salí a la calle para vigilar la llegada de Guillermo. Le hice señas cuando estaba a mitad de camino. Me tomó del brazo cuando estuvo a mi lado.
—¡Hola! —dijo con una sonrisa—. Es un honor acudir al rescate de mi dama…
—Es un préstamo que te devolveré apenas pueda ir al banco —aseguré— porque no reciben tarjetas.
Entramos al negocio para completar la compra. La joven evaluó apreciativamente a mi acompañante y nos saludó con deferencia al marcharnos. Yo estaba radiante y apretaba mi cajita contra el pecho.
—Recién son las diez y media. ¿Tomamos algo y me contás en qué me involucraste? —arguyó Guille con humor.
—Te lo merecés —acepté contenta—. Después de que busquemos un cajero para retirar lo que te debo.

XVIII

Sentados a la mesa del barcito, descubrí que deseaba compartir con él mi maravillosa adquisición. Le conté mi periplo por los distintos negocios, el hallazgo del local escondido, la oferta de la artesana y mi desaliento ante la falta de efectivo.
—Hasta que me acordé de vos —señalé.
Rió con ganas ante mi desenfado. Me aboqué a despegar con cuidado la cinta que sujetaba el papel de regalo y saqué la cajita tallada. Retiré la original pulsera y la dejé colgar ante su vista. La tomó y la estudió con detenimiento. Yo lo miraba expectante, esperando un gesto que confirmara mi entusiasmo.
—Es una pieza de buen gusto —opinó al restituirla—. ¿Te fijaste en el detalle de la cadena?
Observé los delicados eslabones y descubrí que estaban entrelazados formando palabras que antes no había identificado. Leí: Merlo, San Luis, Argentina.
—¡No había reparado en esta originalidad, Guille! —exclamé encantada—. Es perfecta como regalo. Falta que sea de plata y oro… —concluí con escepticismo.
—¡Lo es, nena! ¿Por qué lo dudás? —me confortó.
—Por el precio. Además, ¿por qué querría ella beneficiar a una extraña?
—Te lo dijo. La conmovió tu interés por su trabajo —hizo una pausa—. Hablaste de regalo…
—¡Sí! Para Sami. Creo que le va a gustar —dije convencida.
—¿Por qué no quisiste que te acompañara? —preguntó extrañado.
—Porque me avergonzaba arrastrarte por todo el centro hasta encontrar algo que estuviera al alcance de mi presupuesto —hice una mueca—. Eso es todo.
—Oh, Marti… —murmuró cercándome con la mirada—. ¿Tan pobre concepto tenés de mí? 
Contemplé su semblante apesadumbrado y me arrepentí de la confidencia.
—Lo siento —balbucí abochornada—. Soy una calamidad. Lamento haberte ofendido —resistí las ganas de llorar.
Sentí sus cálidos dedos bajo mi barbilla forzándome a levantar la cabeza. Nuestros rostros quedaron peligrosamente cerca. Me mantuvo suspendida de sus pupilas antes de modular bajamente: —Marti, no acostumbro a juzgar a la gente por sus logros materiales. Y menos a vos, que… —se interrumpió—. Cierto que te hice una promesa…
Me eché hacia atrás separándome de su contacto. No me reconocía en esta mujercita temblorosa, fascinada por los ojos verdes de un muchachito, como ave hipnotizada por un ofidio.
—¡Volvamos, Guille! —Rompí el sortilegio—. Le informé a Sami que estaría de regreso al mediodía —guardé el estuche en el bolso y me levanté.
Él me imitó y se acercó a la caja para cancelar la consumición. Otro viaje silencioso. Samanta estaba regando los arbustos del fondo cuando llegamos a la casa.
—¿Se puede saber en qué andan ustedes? —fue su saludo.
—Le propuse a Marti un desayuno en el centro —Guille acudió en mi auxilio.
—¡Ah! Entonces no te vas a enojar porque yo le ofrezca un paseo distinto —dijo su hermana—. Darren me dejó el auto y tengo pensado una salida a solas con Martina —se dirigió a mí—: ¿Qué te parece?
—¡Magnífico! —aprobé.
—¡Mujeres desagradecidas! —Se quejó Guillermo—. ¿De modo que prescinden de mi compañía porque consiguieron transporte propio?
—¡No seas pesado! —Lo reprendió Sami—. ¡Marti y yo no hemos tenido la oportunidad de hablar de mujer a mujer y tenemos que rellenar un hueco de trece años!
—¡Dios me libre de figurar en vuestras confidencias! —Rió el gurka—. ¿Y adónde la pensás llevar?
—A Pasos Malos —informó Samanta.
—¿A qué se debe ese nombre? —pregunté.
—Bueno, hay distintas versiones —señaló Sami—. Algunos dicen que los primeros pobladores asustaban a sus hijos para evitar que sufrieran accidentes entre las rocas, advirtiéndoles que sus pasos estaban condenados si se acercaban al arroyo. Otros remiten a la época colonial. Este sitio era parada obligatoria para que los caballos de los chasquis repusieran fuerzas con las pasturas frescas; era el fin de sus pasos cansados. Por último, que en ese lugar había una taberna frecuentada por maleantes, hombres que andaban en malos pasos.
La aplaudí, ¡no era para menos! Ella hizo una reverencia y terminamos riéndonos a carcajadas.
—¡Ustedes sí que desenrollan el tiempo! —atestiguó un Guille adulto con gesto displicente.
—¡No te la des de superado! ¿Acaso no fueron buenos tiempos? —lo fustigué.
Curvó los labios: —Prefiero el actual.
No le iba a discutir. Me volví hacia Sami que seguía nuestro intercambio: —Voy a llamar a mamá y prepararme para la salida. ¿Qué debo cargar?
—La malla y la pantalla solar. ¿Tenés algún sombrero?
—No.
—Yo te presto —dirimió.
Al llegar al descanso superior de la escalera me detuve a contemplar la gesticulación de los hermanos: el gurka parecía reprochar a Sami y ella defenderse, hasta que él le cercó los hombros con un brazo y le habló al oído. Huí al corredor, por temor a que me sorprendieran, cuando Sami le echó los brazos al cuello. Cualquiera hubiese sido el comienzo de la disputa, era obvio que había sido zanjada para satisfacción de mi amiga.
Hablé con mi madre, desistí de llamar a Noel, pensé en India y decidí comunicarme al regreso si Guillermo no nos conectaba. Ya estaban los hermanos al lado del auto cuando bajé. Samanta me encasquetó una gorra roja con visera blanca y me miró complacida: —¡Te queda de diez!
Yo me enfrenté a la mirada aprobadora del gurka y, ambas, a su interrogatorio.
—¿A qué distancia está ese lugar? —inquirió.
—¿Por qué? —lo desafió su hermana.
—Porque podría ser agotador manejar varias horas —dijo con parsimonia.
—Yo la relevaré —intervine.
—¿Vos? —formuló incrédulo.
—Aunque no tenga auto —acentué—, oficié de chofer para Noel durante los tres meses que le llevó recuperarse de una fractura múltiple de tobillo.
—¡Perdón, milady! No pretendí ofenderte —se disculpó.
Como no le contesté, siguió con los planteos fraternales.
—¿Sabés cómo llegar?
—Darren me instruyó sobre el uso del GPS —respondió Sami con paciencia—. Para tu sosiego, Pasos Malos está a solo cuatro kilómetros.
—¿Se van sin almorzar? —perseveró.
—Darren nos hizo una reserva en Cabeza del Indio —reiteró con igual tolerancia—. Allí podremos dejar el auto para bajar al arroyo.
—¡Joder con el Colorado! —renegó Guillermo.
¡Se había enojado! La reacción fue tan inesperada que Samanta y yo no pudimos contener la risa. Ella abrazó a su enfadado hermano e intentó consolarlo: —¡Vamos, gurka! Organizanos una excursión para mañana. Tenés toda la tarde para elegir el destino de tu preferencia, ¿verdad, Marti?
—¡Dale, Guille, sorprendenos! —le pedí en tono festivo.
—No tomen ningún riesgo y manténganse en contacto —se repuso él separándose de Sami.
—Está bien, plomo —a mi amiga se le había terminado el aguante—. No nos acosés con llamadas. ¿Vamos, Marti?
Lo saludamos agitando las manos y partimos. El camino sinuoso flanqueado de vegetación y corrientes de agua desembocaba en el restaurante y mirador Cabeza del Indio. Estacionamos el coche y antes de ingresar a la casa de comidas, una pintoresca cabaña de troncos, nos quedamos observando el agreste paisaje que la rodeaba. Aspiramos el aire puro que pareció cargarnos de energía y nos sacamos algunas fotos contra ese majestuoso fondo. Nos tenían preparada una mesa al lado de un ventanal doble con vista panorámica al mirador.
—Mi hermano trabaja en la obra vial y me pidió que reservara la mejor ubicación a la señora del ingeniero y su amiga —nos dijo el obsequioso camarero.
—Muchas gracias —respondió Sami—. ¿Cuál es su nombre?
—Luis, para servirla.
—¿Qué nos recomienda para el almuerzo, Luis? —le sonrió.
—Chivito al disco con un buen vino tinto si no van a bajar al arroyo.
—Vamos a bajar, así que lo acompañaremos con agua mineral —me miró y yo asentí.
Luis nos alcanzó un entremés para matizar la espera y nosotras nos dedicamos, al decir de Guillermo, a desovillar el tiempo.

XIX
—Esta mañana mi maridito, aparte de reservarnos el lugar, cargó los datos de India en su computadora y me comuniqué con ella —principió Samanta—. Ya no dependeremos de Guille para hablar con tu amiga.
—Desde ahora nuestra amiga, por lo que veo —reí—. ¿Cómo va su romance?
—Si verse a diario es índice de interés, está más que interesada —me confió Sami.
—¡Qué bien por India! —me entusiasmé—. Es una excelente mujer que merece encontrar un buen compañero.
—¿Y por casa cómo andamos? —aludió Samanta.
No eludí su mirada de interés legítimo. Incliné la cabeza e hice un gesto de apatía. Pensé que analizar mi relación en voz alta ayudaría a esclarecer mis verdaderos sentimientos.
—¿Por dónde empezar? —inicié—. Apenas conseguí trabajo me fui de casa. Los primeros años los pasé en soledad, adaptándome a mis magros ingresos que no me permitían ninguna salida. Los lugares que frecuentaba no me deparaban encuentros interesantes y, aunque te resulte grotesco, soñaba iniciarme en el sexo enamorada. Creí estarlo a los veintidós años, aunque la experiencia anhelada no se acercó siquiera a lo esperado. La relación languideció hasta la separación. Tres años después, conocí a Ignacio. Era el hombre que cubría todas mis aspiraciones: maduro, culto, considerado. A los once meses, supe que era casado. Otra ruptura. Cuando la ansiedad por otra experiencia me había abandonado, conocí a Noel. No convivimos pero supongo que alguna vez lo haremos —concluí.
Sentí la falta de pasión en ese recuento de mi vida amorosa y comprendí el silencio de mi amiga. Luis se acercó con el menú y nos concentramos en degustar el plato. Sumida en la exploración de mi discurso caí en la cuenta de que nada justificaba la expectativa de una vida en común con Noel y deduje que Sami había llegado a la misma conclusión. Después de elegir el postre, Luis nos indicó cómo llegar hasta el arroyo.
—El sendero forma con las piedras una especie de escalinata que va bajando hasta Pasos Malos. Ustedes, calzadas con zapatillas, van seguras.
—¿Podremos dejar la ropa y la cámara adonde nos acomodemos? —averiguó Samanta.
—Ya lo había previsto, señora. Mis sobrinos les cuidarán las cosas. Son los hijos del empleado del ingeniero —aclaró.
Enseguida volvió con dos muchachitos y los presentó como Rolfi y Pedro, con quienes iniciamos el descenso. El camino era maravilloso, un verdadero vergel entre piedras, hoyas de agua transparente, cascadas entre los desniveles rocosos y un increíble arco iris engendrado por los rayos de sol y un salto que se pulverizaba contra las piedras. Allí nos detuvimos para sacar varias instantáneas y diversión de los chicos que rivalizaban por fotografiarnos juntas. Nos costó animarnos a meternos en el agua fría que resultó deliciosa cuando nos adaptamos a su temperatura. Mientras estábamos chapoteando, Rolfi agitó el celular de Sami y le avisó de una llamada.
—¡Dejalo! —le gritó, y me dijo—: Seguro que es Guille. Que se aguante hasta que salgamos.
Me sonreí y seguí haciendo la plancha. El sol calentaba amigablemente el anverso de mi cuerpo mientras flotaba con los ojos cerrados, tan relajada como mi mente.
—¿Vamos a tomar unos mates? —propuso mi amiga al tiempo.
Me dí un último chapuzón y me trepé a la orilla cuidando de no resbalar.
—¡Chicos, vayan a bañarse si quieren! —los liberó Samanta.
Nos acomodamos sobre una roca plana que ofició de asiento. Sami le devolvió la llamada al gurka: —Estábamos en el agua… Todo bien, hermanito… No lo sé… Te aviso, sí… Le digo. Chau —cerró el aparato y me dijo—: Te manda saludos.
—Gracias —expresé mientras le tendía el mate.
—Retomando —principió ella—. No lo conozco a Noel, de modo que ninguna emoción me despierta… Tanto como la que transmite tu relato —acotó—. No te ofendas, Marti, pero tu vida amorosa no le pone la piel de gallina a nadie…
—Falta conocer la tuya —dije un poco resentida.
Se largó a reír y me abrazó: —¡No te enojes, Martilinda, que te auguro un amor como nunca lo soñaste!
—¿Ahora te dedicás a las profecías? —ironicé.
—Mmm… —silabeó misteriosa—. La revelación te deslumbrará como a mí.
—¿Ves a un colorado en mi vida? —me burlé.
—No. Ni a un rubio —afirmó—. No te voy a decir más.
Me devolvió el mate cargado. Sorbí pensativamente la infusión y lo llené antes de retornarlo. Repetimos la ceremonia por un rato hasta que la yerba perdió el sabor. Samanta la renovó y prosiguió la charla pendiente: —Cuando nos mudamos, mamá perdió la brújula. No se podía acomodar a su nuevo hábitat. Papá estaba absorto en su trabajo y el gurka terminando el secundario. Yo me enredé en salidas y diversiones que terminaban en continuos reproches por mi escasa contracción al estudio. Dos años después conocí a Daniel y el resquicio para salir de casa. Nos casamos y seguimos en la juerga como dos irresponsables hasta que su padre nos cortó los víveres. La falta de recursos aceleró la ruptura y como dice el tango, “volví vencida a la casita de mis viejos”.
La escuché con estupefacción. La familia modelo de mi adolescencia tenía fisuras como la mía.
—En nuestros ocasionales contactos ni siquiera me dijiste que te habías casado… —me sorprendí.
—Eras la parte equilibrada de la relación. Supongo que de estar me habrías sacado de la iglesia a los tirones como del cumpleaños de Goyo, ¿te olvidaste?
Este recuerdo desató nuestra risa. Tan pronto remitió, consideré: —¡Pero el gurka sí estaba! ¿No recreó nuestra aventura?
—¡Oh…! En esa época estaba en plena revolución hormonal. Entre la escuela y sus conquistas apenas le quedaba tiempo para la familia. Cuando regresé había entrado en la universidad. Para entonces, mamá se había refugiado en una congregación religiosa a la que dedicaba tiempo completo. Intenté encontrar algún empleo para no depender de papá y descubrí que no estaba preparada para nada práctico. Me alisté como auxiliar en un servicio telefónico de emergencias y así me relacioné con Jason, mi segundo marido. Guille casi cumplía los veinte años y estaba construyendo el software que lo haría famoso. No obstante, se hizo tiempo para acercarse a mí e interesarse por mi boda. Por primera vez se inmiscuyó en mi relación y fue para pedirme que no me precipitara. ¡Pero yo seguía queriendo huir de casa, Marti! —enfatizó.
—No me hubiera imaginado al gurka tan criterioso… —me ensimismé.
—¿Viste? —sonrió—. Al menos, maduró más rápido que su hermana mayor. Y con los años, Marti, se convirtió en un hombre cabal y mi mejor amigo. Será muy afortunada la mujer a quien ame —dijo en tono entrañable.
—No me caben dudas —bromeé—. Es un buen partido, como diría mi mamá.
Sami me dedicó una morisqueta y retomó su historia: —Lo desoí. A los seis meses emprendí mi nueva aventura matrimonial y un año después la segunda separación con denuncia de maltrato por medio.
—¡Sami! ¿Te golpeó? —me indigné.
—Pero él se llevó la peor parte. Cuando Guille me vio aparecer en su departamento con el labio partido me curó, me consoló y después lo fue a buscar. ¡Le bajó dos dientes y le advirtió que si se me acercaba se quedaría sin ninguno! Si alguna parte de su anatomía le importaba a Jason, era su dentadura. Con semejante amenaza, me evitó como a la peste. Yo no quería pedir refugio en la casa paterna, de modo que Guille me alojó con él y me cedió su dormitorio. Fue muy generoso y a pesar de que entorpecí su privacidad, nunca me lo hizo notar.
—Sí —admití—, el antiguo gurka dio paso a sir Lancelot.
—A poco de estar instalada me ofrecí para ordenar sus papeles de trabajo visto el tiempo que le llevaba ubicarlos en la premura de la creatividad. Sin premeditarlo, fui su primera secretaria.
—¡Mirá por dónde te apareció un trabajo! —reí.
—Me contrató, me ofreció un sueldo muy generoso y, para su alivio, lo primero que hice fue alquilarme un pequeño departamento. Para resumir, esta independencia me dignificó: reparé los lazos familiares y me habilitó para el encuentro con Darren.
La pausa que siguió estuvo delimitada por el paréntesis de nuestros ojos enlazados en una sonrisa.
—¡Me alegro tanto por vos…! —dije al fin con regocijo—, aunque voy a ser franca; trece años atrás no hubiera apostado por este final.
—Porque te olvidás de un partícipe necesario: el gurka —me recordó.
—¡Precisamente! —le recordé yo—. Ustedes eran discípulos de Abel y Caín.
—Y vos nuestra mediadora, ¿te acordás?
Nuestro silencio melancólico fue interrumpido por Rolfi y Pedro que nos traían una invitación de su tío. Juntamos nuestras pertenencias y subimos hasta la confitería. Luis nos acompañó a la misma mesa que habíamos ocupado en el almuerzo.
—Mi hermano desea agasajarlas con un servicio de té —nos participó.
—Se lo agradecemos, Luis, tanto a usted como a su hermano por tantas atenciones —aseguró Sami.
Compartimos la pródiga mesa con los chicos cuya charla nos entretuvo hasta darnos cuenta de que había oscurecido. Samanta atendió su teléfono con una sonrisa adelantada: —Estábamos por pegar la vuelta… El auto tiene los faros en condiciones, para tu conocimiento… No seas cargoso, hermanito… ¡Jaja…! Te paso, maniático… —me tendió el aparato—. Quiere hablar con vos.
Lo tomé sin poder evitar un gesto de sorpresa: —Hola —articulé con demora.
—Hola, milady, necesitaba escuchar tu voz —expresó Guille con voz grave.
Sentí que el corazón se me disparaba. La confidencia de Sami me había sensibilizado con relación al gurka. Traté de quebrar esa cápsula emotiva: —¡Ah…! No sé por qué. Apenas hace unas horas que hablamos.
—Para mí una eternidad, acostumbrado a verte desde la mañana hasta la noche —argumentó.
—Andá entrenándote —alegué para romper el clima—, se termina en una semana. ¿Alguna otra observación?
Escuché su risa sofocada. Después, con voz tierna: —No me vas a desanimar, milady, estoy acostumbrado a los desafíos.
—Chau, Guille —me despedí y corté la inquietante comunicación.

XX
Demoramos para ingresar al centro porque el tránsito se había atascado en la Avenida Dos venados. Darren, preocupado por la tardanza, se comunicó con Samanta quien lo tranquilizó asegurándole que estábamos bien. A las diez de la noche estacionamos en el parque profusamente iluminado.
—¡Ya las daba por perdidas! —pregonó el Colorado abrazando a Sami.
—¡Más quisieras! —rió la aludida besándolo.
—¿Huelo a asado? —pregunté olfateando a mi alrededor.
—Iniciativa de Bill para completar vuestro día de esparcimiento—dijo Darren—. No tienen más que pensar en un baño reparador.
—¡Y yo que venía preocupada especulando en cómo alimentar a mis trogloditas! —dramatizó Sami.
Darren le aspiró la risa con un beso y yo los abandoné a sus arrumacos. Duchada y vestida, me acometió el impulso de llamar a Noel. No pretendía definir nuestra relación por teléfono, pero sentía curiosidad acerca del efecto que le producía mi ausencia. Ese intento fue exitoso.
—¡Hola! —contestó Noel al cuarto timbrazo.
—Hola, Noel —saludé—. Por fin te encuentro.
En el lapso que medió entre mi objeción y su respuesta me percaté de que lo había dicho maquinalmente, pues no me sentía afectada por la falta de coincidencia
—¡Marti! Me preguntaba cómo la estarías pasando.
—De lo mejor. El reencuentro con Sami superó todas mis expectativas —aseguré.
—Me alegro. Supongo que estarás paseando. ¿El tiempo acompaña las excursiones?
¡Nada que evidenciara su interés ni su ansiedad por la separación! Si me hubiese detenido a reflexionar, atendiendo a la displicencia de mis sentimientos, no me hubiera dejado llevar por el falso orgullo herido y por el arrebato de hacerlo reaccionar: —El tiempo y mi amigo —acentué—. No hace más que agasajarme.
—¿Te referís a Guillermo Moore? —preguntó con cautela.
—Al mismo —dije con afectación—. Estoy descubriendo bajo el antiguo gurka a un auténtico caballero andante —aguardé su reacción.
—No se podía esperar menos de un iluminado —su voz denotaba entrega—. Yo sabía que iba a terminar por conquistarte.
Me dejó con la boca abierta. ¿Desde cuándo Noel era tan perceptivo como para descubrir las ocultas intenciones de Guille? A menos que…
—¿Cuándo te lo dijo? —me jugué.
—La víspera de tu partida. Esa noche cené en el hotel con Moore y su equipo y terminé compartiendo una copa en su habitación.
—Me explicaste que tenías una cena de trabajo…
—¡Y era así, Marti! No podía rechazar su invitación —sostuvo como dogma irrefutable.
—¿Y después de la cena no podías venir? —insistí.
—No quería ponerme límites, querida. Para mí era una ocasión inesperada.
—¿Te lo propuso el mismo lunes? —yo perseguía descubrir alguna conspiración para echarle en cara.
—No, Marti. A decir verdad nació espontáneamente de nuestra charla del domingo a la noche cuando me dijo que el lunes despediría a sus colaboradores con una comida. ¿Te imaginás? ¡Compartir el núcleo de su actividad era una oportunidad única! —expresó con exaltación.
—Claro… No era igual a tener una deslucida despedida conmigo —señalé.
—Mirá, Martina, creo que nos debemos una charla. Vos, al igual que yo, no ignorás que nunca hablamos del destino de nuestra relación. Acaso por no enfrentarnos a una respuesta que nos arrojaría a la soledad. Ninguna vez mencionaste que te interesaba constituir una pareja estable conmigo; parecés tan cómoda en este vínculo poco comprometido… —esta última observación sonó un poco quejosa.
—Tampoco vos te esforzaste demasiado —dije sin ánimo de enfrentamiento—. Es curioso —le confesé—, también yo hice un balance de nuestro noviazgo y descubrí que tiene tan poca emoción como viajar en triciclo.
—¡Jajá! —estalló después de un segundo—. Es lo que voy a extrañar de vos, Marti. Esas ocurrencias capaces de transformar un melodrama en una comedia.
—Parece que nos estamos despidiendo, ¿verdad, Noel? —dije con dulzura.
—¡Por favor, querida Marti! No ha sido mi intención aprovechar esta circunstancia…
—Quedate tranquilo —lo interrumpí—. No me voy a servir de la amistad con Guillermo para descalificarte.
—¡Eso no me importa ahora! —exclamó con presteza—. ¡Desisto de cualquier contacto que pueda mortificarte!
—¡Oh, Noel! Es tan generoso de tu parte… —manifesté, conocedora del valor de su renuncia—. Pero no te preocupes, esta separación la venía elaborando. Lloraré un poco, ¿por qué no?, pero no voy a languidecer de amor —aseguré—. Ya tendremos oportunidad de hablar más tranquilos cuando vuelva a Rosario. ¡Ah…! Un consejo: a la próxima no la excluyas de tus actividades. Chau, Noel, que tengas buenas noches —colgué porque era demasiado para ese día.
Me senté al borde de la cama con una agridulce sensación de vacío. ¡Cómo necesitaba un abrazo consolador! Las lágrimas se rehusaban a brotar. ¿Acaso un duelo no las exigía? Un discreto golpe en la puerta detuvo mi cuestionamiento.
—¿Marti? —la voz de Samanta sonaba preocupada.
—Pasá —autoricé.
—Como tardabas tanto… —se disculpó al entrar.
Permanecí sentada mientras ella se acercaba. Su patente interés por mi bienestar invocó el llanto reticente. Unos lagrimones rodaron por mis mejillas ardorosas.
—¡Marti! —clamó mi amiga y se sentó junto a mí. Me abrazó y me sostuvo hasta que la aparté con suavidad.
—Rompimos con Noel —comuniqué.
—¿Se lo dijiste por teléfono? —se asombró.
—Agradezco tu confianza, pero es más honesto decir me lo dijo.
—¿Te llamó para ESO? —se indignó.
—Yo lo llamé —corregí.
—Lo siento, Marti. ¿Estás muy afectada?
—Me siento rara. Desapareció un punto de referencia en mi vida… —suspiré.
—Si no era más que eso ¡enhorabuena! —se arrebató Samanta—. ¡Basta de auto conmiseración y a buscar algo por lo que penar realmente!
A pesar del momento, su arranque me hizo reír: —¿Estás deseando que sufra?
—Al menos por un sentimiento que te haya hecho vibrar —dijo empecinada.
Ahora la abracé yo: —No te preocupes, Sami, que Noel no hizo más que anticipar una conversación que se iba a dar en cuanto regresara. Lo único que te pido es que quede entre nosotras. ¿Podrá ser? —pregunté conociendo la adhesión que tenía con Darren.
—Lo prometo —aseveró dándome un beso—. ¿Estarás bien?
—Sí. Me arreglo un poco y bajo.
Asintió y me dejó a solas. Compuse mi aspecto con un poco de maquillaje y bajé a encontrarme con quien sentía, un poco, promotor de mi impreciso futuro.




XXI
Samanta y Darren estaban sentados a la mesa instalada en la galería. Las pupilas del Colorado tenía un dejo de leve compasión, indicio de que Sami no había resistido la tentación de referirle mi crisis. Por efecto transitivo, supuse que Guille también estaría enterado. Sus ojos inquisitivos me lo confirmaron. Tal vez la mirada de los hombres me confortó o, posiblemente, me resistí a interpretar el rol de víctima, por lo que probé y elogié cada una de las porciones que el gurka me ofreció de la fuente. Entretuvimos a los muchachos con el relato de nuestro día en Pasos Malos y Sami le pidió a Darren que bajara las fotos en su computadora, pedido que satisfizo al término de la comida. Nos reunimos alrededor de su escritorio para apreciarlas; los paisajes captados en las instantáneas eran bellos pero no transmitían el encanto que nos había colmado al descubrirlos en el sinuoso recorrido. Después estaban las fotografías que Sami y yo nos sacamos mutuamente y aquellas que nos tomaron los chicos. Ante una se detuvieron los varones, un retrato de nuestros rostros salpicados por el rocío de la cascada e iluminados por el espectro del arco iris. El embeleso resplandecía en nuestros ojos y bocas dotando de vida a la imagen congelada en la pantalla. ¡Bien por Rolfi o Pedro cualquiera haya sido! aplaudí.
—¡Están preciosas! —declaró Darren atrayendo a Sami sobre sus rodillas. Después, murmuró—: Y nosotros tenemos la suerte de contar con los originales…
¿Nosotros? Desvié la vista hacia Guillermo acechando su reacción ante el comentario que lo involucraba, pero estaba absorto en la contemplación de la foto. Mientras Samanta reía abrazada al Colorado, él examinaba el retrato con grave concentración. Me pregunté qué estaría pensando ahora que yo era una mujer disponible. Este interrogante me inquietó, pues contenía la posibilidad de una eventual aceptación. ¡Es el hermanito menor de mi amiga! gritó mi superego horrorizado. Revisté la silueta del gurka a la pálida luz del estudio y admití que coincidía poco con la definición de hermanito menor.
—Si no se enojan, los abandono —dije—. Estoy cansada.
Guille pareció resucitar al sonido de mi voz. Se acercó y tomó una de mis manos entre las suyas: —¿Podrás madrugar mañana? —inquirió con gentileza.
—Sí —asentí turbada—. ¿Adónde iremos? —indagué, liberando mi extremidad.
—A visitar una mina abandonada y una gruta milenaria —sonrió—. ¿Querés más detalles?
—Mañana —especifiqué—, ahora me voy a dormir. ¿A qué hora saldremos?
—A las ocho, y desayunaremos por el camino así no tienen que levantarse tan temprano. ¿Querés que te despierte? —preguntó solícito.
Miré con recelo su rostro impasible: —No hace falta. Pondré un recordatorio —me volví hacia los dueños de casa que seguían mirando las fotografías y le di un beso a Sami. Me abrazó y me dijo en voz baja: —No se te ocurra llorar a solas, ¿eh?
Me largué a reír. Por cierto que ya había pasado mi momento de debilidad: —Tengo pensado dormir hasta que suene la alarma del celu —aseguré.
∞ ∞
Me desperté a las siete y preparé el bolso para la excursión. Dudé en ponerme la malla porque nubes oscuras cubrían la mayor parte del firmamento. Finalmente me arriesgué porque, ¿acaso no tenía Merlo un microclima especial? Antes de las ocho estaba abajo y la única persona a la vista era Samanta.
—¡Buen día, Marti! ¿Dormiste bien?
—Como un lirón. ¿Darren se fue?
—Sí. Tiene pensado avanzar en el trabajo para tomarse el día mañana. ¡Será el primer día entero que me dedique desde que estamos aquí! —dijo radiante. Después, recordando mi infortunio—: ¿Cómo anda tu ánimo?
—Mejor que ayer —reconocí—. No todos los días la abandonan a una.
—¡Estate segura de que será para mejor! —pronosticó en medio de un abrazo.
Así hermanadas nos sorprendió Guille.
—Lindo cuadro mañanero —alabó—. ¿Están listas para salir?
Nos separamos riendo y lo seguimos acarreando nuestros bolsos. Sami se acomodó en el asiento trasero y yo al lado del conductor sin que mediara orden del gurka. Antes de partir le pregunté: —¿Llevás tu notebook?
—Sí. Pero si querés conectarte con tu mamá y con India podés hacerlo desde la pantalla de comando del auto.
Lo miré agradecida porque a ese efecto iba dirigido mi interés. Antes de volverse hacia el frente, manifestó: —Ahora prestá atención a mis instrucciones porque después del desayuno vas a conducir vos.
—¿Me dejarás manejar? —me sorprendí.
—Si querés —sonrió.
¡Claro que quería! Escuché sus indicaciones con absoluta concentración; no estaba dispuesta a desmentir mis dotes de piloto. El parador, adonde Guillermo nos anticipó los pormenores de la excursión, quedaba a quince minutos del centro.
—Vamos a conocer el pueblo minero de La Carolina hoy escasamente poblado. Haremos una excursión por la mina de oro abandonada, conoceremos la casa natal de Lafinur, tío bisabuelo de Borges y, por último, la gruta de Inti Huasi.
—¿Cuán lejos están? —preguntó Sami.
—Cerca de doscientos kilómetros —respondió su hermano—. Viajaremos por el camino asfaltado. Primera parada: La Carolina.
A las nueve me puse al volante del Mercedes. Después de ajustarme el cinturón, le eché un vistazo a su dueño. Me guiñó el ojo con una sonrisa confiada y entonces arranqué. Puse todos mis sentidos en el manejo de la estupenda camioneta que se deslizaba sobre el pavimento como si flotara. Estar sentada en el asiento del conductor, delante del tablero iluminado y el completo GPS me hacía sentir como el comandante de una aeronave. Aceleré de más cuando adquirí confianza y aprecié la templanza de Guille que se abstuvo de intervenir para que retomara una velocidad prudente. Hice mi entrada triunfal en el casco de la antigua ciudad minera y estacioné en las cercanías del restaurante que me indicó. Me liberé del cinturón y miré primero hacia el asiento trasero. Sami hizo la pantomima de estar al borde de la histeria. Riendo, me volví hacia Guillermo: —Creí que te verías pálido como un espectro —observé.
—No sé por qué. Confiaba en vos.
—Mmm… No es lo que dicen los hombres cuando le ceden su auto a una mujer —afirmé.
—Es la primera vez que me reconocés como hombre, ¿te diste cuenta? —dijo sugerente.
No caí en la trampa. Evadí la respuesta e insistí: —Nunca me habías visto manejar.
—No. Pero aparte de vos, confiaba en mi auto —expuso con suficiencia.
—¡Ah…! ¿Tan fantástico es?
—Está programado para detectar la inminencia de un choque. En tal caso, se accionan las bolsas de aire y se posicionan los asientos a modo de aviso para el conductor temerario —curvó los labios en una sonrisa guasona.
Remedé su gesto y le sostuve la mirada hasta advertir que sus ojos adquirían esa profundidad de mar turbulento que me aturdía.

XXII
—Chicos… Voy hasta el parador. Necesito un baño —anunció Samanta.
—Tengo que confirmar el horario de la excursión —se recobró Guille—. ¿Venís conmigo? —me preguntó.
—No te enojes… —dije en tono consentido—, pero ahora quiero conectarme con India.
Milady, ya sabés que tus deseos son órdenes para mí —aceptó con gesto resignado.
Configuró la pantalla y me dejó a solas. Hablé primero con mamá a través de la opción telefónica y después me contacté con India por video llamada.
—¡Te estaba esperando, Martina! —me recibió con entusiasmo. Abrió la boca y los ojos—: ¿Estás en un Mercedes?
—Sí —reí por el gesto y la pregunta frívola—. Es del gurka.
—No me dirás que se lo trajo… —arriesgó después de una pausa.
—Sí. En avión de carga.
—¡Chapó! Ni mi padre se hubiera dado el lujo —se admiró.
—Pasemos a lo importante que no tendremos mucho tiempo de privacidad—apremié—. ¿En qué estadio se encuentran Román y vos?
—Al borde del diez, amiga —confesó con expresión soñadora.
En esa tabla de nuestra propia confección el diez era la etapa a la cual ninguna había llegado: la del enamoramiento incondicional.
—¡Oh, India, creí que nunca me lo ibas a decir! —declaré efusivamente.
Rió con alborozo antes de indagarme: —Y vos… ¿a cuál llegaste?
—Volví a foja cero —revelé.
—¿Estamos hablando de Noel? —articuló cuidadosamente.
—Me dejó.
—¿Dejó? —repitió pasmada.
—Plantó, abandonó, rompió, se largó… Lo que más te guste —redundé con tranquilidad.
Me observó con gesto pensativo. Luego: —Ya decía yo que no todo estaba perdido con ese hombre. Tuvo la entereza de liberarte para que se cumpla tu destino.
—Querida pitonisa, preferiría que me digas qué número saldrá en la quiniela y yo te develaré cuál será mi futuro —me reí.
—No lo tomes a la chacota —se ofendió—. Quiero que me contestes dos preguntas que te hago como hermana —dijo con gesto solemne: —¿La decisión de Noel te dolió?
Me encogí de hombros: —En mi amor propio. Ni siquiera me sorprendió, no fue más que una determinación que veníamos postergando.
—Bien. Ahora la otra: ¿Algo varió con respecto a Guillermo? ¡No quiero evasivas! —me advirtió.
—Algo —dije lacónica.
—¿En cuál estadio estás?
—¡Ni lo pensé! —exploté.
—Pensalo ahora. ¿En cuál? —siguió implacable.
—En el primero —dije al fin. Era el de reconocimiento.
—¡Pucha que estás atrasada, hermana! ¿Una semana empantanada en el uno? Yo, en menos días, arribando al diez.
—No me confundas más de lo que estoy, India. Nada de esto entraba en mis cálculos.
—Tampoco Román en los míos. Pero no me empeciné en impugnar mis sentimientos —señaló reprobadora.
—Estás evolucionando; de adivina a sicóloga —la ataqué.
—Marti… —rogó con afecto—, date una oportunidad. Nadie dice que estás obligada a compartir sus sentimientos, pero ¿cómo saberlo si te metés en el bunker de la negación? Y no me vengas con la perorata de la diferencia de edad porque podría nombrarte cientos de parejas exitosas, como…
No la dejé terminar: —Pará, India. No me interesan las experiencias ajenas. Aprenderé de las mías —declaré con firmeza.
—¡Qué bien! ¡Eso quiere decir que estás a punto de asumir el riesgo! —apostó.
La escaramuza no continuó porque se acercaban Samanta y Guillermo. Me bajé del auto y les hice señas: —¡India quiere saludarlos! —pregoné.
Los hermanos ocuparon el asiento delantero y charlaron un rato con mi amiga. Estábamos cerca del mediodía y las nubes seguían ocultando buena parte del sol. Guille, que ya quería almorzar, se avino al deseo de Sami y el mío que deseábamos recorrer el pueblo y visitar el Museo de la Poesía. La villa minera de callejuelas y casas empedradas nos transportó a la época de la colonia.
—¿Saben cuál es el nombre completo del museo? —nos preguntó Samanta que se había ilustrado con los catálogos.
—¡No! —le respondimos a coro el gurka y yo.
—Museo de la Poesía Manuscrita —dijo con aire de sabihonda—. En Sudamérica es el único museo estatal orientado a preservar textos manuscritos. Los hay de Borges, Sábato, Ibarbourou, Mujica Lainez, del mismo Lafinur y de muchos otros escritores del mundo. El camino de ingreso está bordeado de bustos de bronce de hombres y mujeres de las letras sostenidos sobre pedestales de mármol. Y también hay una réplica del laberinto borgiano.
Nos llevó más de dos horas recorrer el museo, conocer la sala de audiovisuales, el café literario y la biblioteca. Guillermo amenazó con irse a comer solo si seguíamos intentando leer cada uno de los textos exhibidos.
—¡Sos insufrible, gurka! ¡Tan tranquilas que la pasamos ayer! —regañó Sami.
Él la miró con tolerancia y enumeró: —Almuerzo, mina de oro y cueva. Nos queda un largo camino, muchacha.
—Tiene razón, Sami —intervine—. Llegamos hasta acá y no nos vamos a perder lo que falta… —mi tono era conciliador.
—¡Ja! ¡Nada ha cambiado! Siempre lo defendés a él —dijo enfurruñada.
No pude evitar una carcajada que reprodujo mi amiga y nos valieron diversos chistidos de los que revisaban los manuscritos. Guille nos tomó del brazo y nos arrastró hacia la salida. Acabamos el jolgorio en la puerta, ante su mirada condescendiente.
—Si terminaron de divertirse —aventuró—, volvamos al restaurante.
A las cuatro de la tarde, bajo un sol que intentaba asomar entre las nubes, emprendimos la corta caminata hacia la mina. Un guía joven equipado con mochila y acompañado por un perro estaba a cargo de la excursión. Nos proveyó de botas y cascos con luces e hicimos un recorrido por los alrededores antes de ingresar al interior del cerro. La explotación tenía una antigüedad de doscientos años y había sido comenzada por los españoles y continuada por los ingleses contratando mano de obra local y de países limítrofes. Al agotarse el oro, el yacimiento y el pueblo fueron abandonados; hoy no lo habitaban más de doscientas personas.
Sobre el terreno perduraban las pircas, muros de piedra encastradas que delimitaban propiedades o servían de corrales. Me quedé fascinada por un grupo de llamas que pacían mansamente en las cercanías y con las ganas de arrimarme para acariciarlas porque al intentarlo, Guille -que interpretó mi intención- me tomó del brazo y me alertó: —Con ese equipo no vas a poder salir corriendo si no son tan dóciles como parecen.
Miré las pesadas botas inadecuadas para el tamaño de mis pies y tuve que darle la razón. Delante nuestro caminaba un matrimonio joven custodiando y reprendiendo a un niño de unos seis años. Me sonreí al recordar la canción de Serrat: “niño… que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”. Al llegar a la entrada de la mina, el baqueano nos encareció que usáramos los cascos y evitáramos salpicar al caminar por el suelo encharcado. Tampoco debíamos tocar las paredes de la bóveda ni el techo para evitar roturas que dieran lugar a deslizamientos. Tardamos en iniciar el recorrido hasta que el cicerone zanjó la discusión de la pareja acerca de quien se quedaría cuidando al pequeño barrabás para recorrer primero la excavación. Tiró una moneda al aire y salió favorecido el padre. Entramos en fila de dos detrás del guía y su perro dejando a nuestras espaldas los gritos de protesta de la criatura. Nos enteramos de que el túnel principal tenía seis cuadras y había sido excavado con herramientas manuales en forma de bóveda de tal manera que no hubo necesidad de apuntalarlo. La procesión de visitantes escuchaba con atención las explicaciones del lugareño y solo se oían apagados murmullos en la densa oscuridad cribada por las luces de los cascos. Yo tenía plena percepción de la presencia del gurka rozando mi perfil por el aroma de su inconfundible colonia (Chanel, había identificado India). Algunas veces, al detenernos para apreciar detalles que nos señalaba el baqueano, sentí que su aliento rozaba mi pelo como si se volviera para contemplarme. Imaginé que si volteaba la cabeza hacia el costado sus labios rozarían mi frente. Peligroso, pensé, porque las sombras me hacían vulnerable a los abrazos. Así avanzamos, yo siempre mirando al frente y perdiéndome, cada tanto, algunos pormenores ubicados a mi diestra. En esas oportunidades, escuchaba el susurro burlón de Guille a quien no le pasaba desapercibida mi actitud: “A la derecha, milady”, sin que yo me diera por aludida. Lo que sí pude apreciar, a la izquierda, fue la galería cavada en un cruce para seguir la veta de cuarzo que –suponían- acompañaba una de oro. El ingreso estaba cerrado al paso por una reja. Cerca de la salida, anunciada por el resplandor exterior, escuché a mis espaldas los alaridos de una mujer: —¡Pedrito! ¡Volvé! ¡Mi hijo! ¡Agarren a mi hijo!
Atrás se mezclaban los gritos de sorpresa con las puteadas a madre e hijo. Distinguí ruidos de caídas y yo misma grité cuando un bulto se estrelló contra mis piernas haciéndome perder el equilibrio. Un brazo vigoroso me sujetó de la cintura a la par que me proyectaba sobre un cuerpo que olía a Chanel.
—¡Quieto, fiera! —rugió el gurka atrapando a Pedrito.

XXIII
El pibe, amedrentado por la orden de quien lo sostenía, se dedicó a lloriquear en voz baja. Distinguí la voz de Samanta entre el bullicio: —¡Marti, Guille! ¿Están bien? —preguntó en inglés.
—¡Sí! —Le contestó su hermano en el mismo idioma—. ¡No te muevas de dónde estás!
El guía gritó: —¡No se vuelvan! ¡Caminen hacia la salida que está cerca!
Atrás continuaban los clamores de la mujer y los improperios de los paseantes. Un hombre se abrió paso hacia nosotros voceando el nombre del chico. Guillermo lo detuvo y le entregó al mocoso: —Hacete cargo vos —le dijo.
Me ciñó entonces con ambos brazos y me preguntó: —¿Estás bien, querida?
Yo suspiré contra su pecho: —Sí… —y como no me soltaba, murmuré—: Ya puedo caminar sola.
Aflojó el cerco despacito pero me mantuvo sujeta a su costado hasta que cruzamos la salida. Allí me tomó de los hombros y escrutó mi rostro buscando algún signo de conmoción.
—Me asusté cuando te oí gritar, Martina —dijo conmovido.
—El chico me sorprendió. Gracias por evitar que cayera al agua —reconocí sosteniendo su mirada.
Todavía estábamos absortos el uno en el otro cuando se acercó Sami.
—¡Qué travesía, chicos! El crío casi me tira al piso y la madre desde atrás no ahorró empujones. ¡Varios cayeron al suelo como bolos! —rió—. Y después, los que salieron de estampida atropellaban en sentido contrario… ¡Ufff! —resopló—. ¿Ustedes bien?
—Bien —confirmó Guille—. Vayamos a devolver el equipo y las invito a un refrigerio antes de visitar la gruta.
El guía nos interceptó al salir del depósito: —¡Compadre, no se vayan! Queda probar suerte en el Arroyo Amarillo —le dijo a Guillermo.
Él nos consultó con la mirada y ambas denegamos con un gesto amable. El baqueano se refería a la búsqueda de oro zarandeando el sedimento del arroyo. Hoy en día, con los filones agotados, no era más que un entretenimiento que podía terminar con el cuerpo acalambrado.
—Gracias, viejo —contestó Guille—. Otra vez será. Las chicas están cansadas.
El joven levantó el pulgar y enfiló hacia el grueso del contingente. Nosotros, en un silencio lánguido y amistoso, caminamos hacia el restaurante adonde estaba estacionado el auto. El gurka nos agasajó con una torta exquisita y un aromático café para luego transitar unos veinte kilómetros hacia el este en busca de Inti Huasi. En quechua significa “casa del sol” y tiene una antigüedad de ocho mil años. Guillermo me relevó en la conducción de modo que me dediqué a observar el paisaje. Una formación de nubes grises opacaba el brillo del sol y acentuaba la serranía allende la ruta. Las formaciones rocosas se hicieron más profusas conforme nos acercábamos a nuestro destino en tanto la niebla engullía la cresta de las más altas. La gruta estaba atravesada por pasarelas a cuyo costado estaban expuestas distintas piezas de las culturas aborígenes que la habían ocupado por milenios. En las paredes, erosionadas por el paso del tiempo, quedaban rastros de antiquísimas pinturas. Nos llevó más de una hora recorrerla. Regresamos a Merlo anocheciendo.
A las once de la noche me despedí de Sami y familia después de haber compartido la pizza y las empanadas caseras que le habían obsequiado a Darren. Necesitaba procesar los acontecimientos de los dos últimos días con la cabeza despejada y lejos de la mirada del gurka. Porque mi análisis poco tenía que ver con la disolución del vínculo con Noel; tenía que ver con los cimientos de mi vida que la aparición de Guillermo Moore había debilitado.
             ¡Dinamitado, Martina! —Vociferó mi otro yo—. Tu metódico devenir entre el trabajo, la casa de tu mamá, la relación sin premuras con Noel, la estoica resignación a no progresar, carecía de sustento.
             ¡Yo vivía tranquila —me defendí.
             ¡Ja! Vivías en la inercia y, aunque te espante, un ejercicio de sinceramiento podría abrirte las puertas a una existencia con significado.
             ¿Pensar en proseguir la licenciatura en idiomas no te parece un cambio?
             Es solo el comienzo. No solo de títulos vive el hombre… —dijo pomposamente.
Me estiré en la cama con un largo suspiro. Sabía adónde quería llegar mi sabueso interior: no se conformaba con huesos, quería sangre. Pretendía que me quitara la máscara con respecto a Guille, que confrontara sentimientos con dogmas, que aceptara que su intrusión era cada vez más consentida. Las circunstancias que me obstinaba en negar me atravesaron como dardos: el beso, su confesión, la sensación de amparo al abrigo de su cuerpo, cada gesto con el que afirmaba su designio de seducirme.
             Dale, Marti… —de nuevo mi fastidiosa voz interior—, aceptá que su actitud te fue ganando. Si se hubiese acercado a vos sin ese conocimiento previo, ¿lo habrías descalificado?
Lo pensé despojado de su antecedente temporal y concluí que me hubiese fijado en ese hombre de físico y carácter atrayentes. No había hecho el intento de imponerse por su posición social o económica lo cual no era muy común en personas exitosas y lo favorecía en mi escala de valores.
             ¿No es hora de darle la razón a India y dejarte llevar por tu instinto en lugar de melonear cada una de tus reacciones…?
Me dormí sin resolver el conflicto. La alarma del celular me despertó a las ocho de la mañana. Una hora después, bajé ocultando la cajita detrás de la cintura. Sami estaba sentada tras la barra.
—¡Buen día y feliz cumpleaños! —la abracé, la besé y le dí un tirón de orejas antes de ofrecerle el regalo.
—¡Marti! ¡Gracias! —dijo con una risa sorprendida.
Rompió el envoltorio y admiró el estuche. Luego lo abrió y emitió una exclamación de deleite al ver la pulsera. La ayudé con el broche y estiró la mano para admirarla.
—¡Marti! —repitió—, ¡es preciosa y original! —me abrazó—: Sos muy generosa —dijo agradecida—. Y no quisiste gastar en un vestido de fiesta…
—Importa que te guste, y pienso pasarla bien aunque no vaya de largo —aseguré.
—No es lo que me preocupa —dijo convencida—. Vas a estar hermosa con cualquier atuendo.
—Todo un cumplido —reí. Miré a mi alrededor—: ¿Y los muchachos adónde están?
—Una mala y una buena —me comunicó Sami—: lo llamaron a Darren porque una máquina computarizada quedó fuera de servicio y Guille lo acompañó. La buena: que me valí de mi ventaja como la mujer del ingeniero y nos esperan en el mejor salón de centro para una sesión integral de estética —declaró con entusiasmo.
Fruncí el ceño. Si no podía invertir en un vestuario menos en algo tan efímero como un tratamiento de belleza.
—Yo paso, Sami —me disculpé—. Te acompaño y te espero.
—Te vas a aburrir… —se lamentó.
—Ni lo pienses. Si va para largo, voy a buscar la manera de ocupar el tiempo.
Desayuné en tanto Samanta se pertrechaba para salir. A las nueve y media ingresamos al Instituto “Afrodita”. Como mi amiga se iba a someter a todos los cuidados que ofrecían, le obsequiaron un tratamiento capilar gratuito que insistió yo aprovechara. Por no discutir, seguí a la empleada hasta el sector de estética del cabello adonde insertaron un turno para el cual debía aguardar una hora. En tanto, pusieron a mi disposición un box equipado con una computadora y conexión wifi. Hablé con mami y me vi con India quien se manifestó inexorablemente enamorada de Román y evaluando la posibilidad de mudarse con él. Explotando mi declaración de alegría por su estado de gracia, intentó sonsacarme con respecto a Guille.
—No hay novedades —transmití.
—Martina, he desnudado mi alma frente a vos, ¿y me retribuís con un comunicado lacónico? —se indignó.
La aparición de una empleada requiriéndome para pasar al salón acabó con la polémica. Me despedí con la promesa de llamarla al día siguiente. Simpaticé de inmediato con la encargada, que estudió mi pelo y me aconsejó acerca del tratamiento, color y corte. Salí tres horas después con unas espectaculares mechas californianas que doraban las puntas desparejas y onduladas. Estaba famélica y después de averiguar que a Sami le quedaba más de una hora, me dirigí a la confitería del Instituto adonde habíamos acordado en reunirnos. La vi venir mientras terminaba un tostado de pollo, jamón y queso. Estaba espléndida con su pelo rubio brillando bajo la sutil iluminación del local. Se acercó a la mesa y me observó antes de sentarse.
—Martina, si fuera posible diría que te quitaste diez años de encima —su apreciación sonaba sincera.
—¡Dios me libre! —exclamé—. Porque en cualquier momento el gurka aparecerá correteando por aquí.
Largó una carcajada antes de sentarse que me transportó a los despreocupados años de nuestra adolescencia. Le hizo una seña a la camarera: —¡Me muero de hambre! ¿Está bueno el tostado?
Asentí y encargó uno para ella. Después nos estudiamos con afecto.
—Darren me avisó que llegarían alrededor de las nueve de la noche y eso gracias a mi hermanito que pudo destrabar un programa —me informó. A continuación—: Debieras mantener siempre ese corte y ese color, Marti. ¡No sabés cuánto te favorecen!
—Sí, claro, si no pagara el alquiler de mi departamento —dije divertida.
—El tiempo dirá —dijo enigmática—. ¿Te parece que ocultaron mis arrugas con el maquillaje?
—Son indicadores de carácter —atestigüé.
—Pero a vos no se te marcan —puchereó.
—Porque no tengo una piel delicada como la tuya —traté de convencerla.
Volvió a reír y se abstrajo en su comida. Al salir, hizo algunas compras por el centro antes de regresar a la casa. Eran las ocho cuando entramos a nuestros dormitorios para cambiarnos. Me duché cuidando de no mojar el cabello y elegí un vestido blanco que dejaba mis hombros y espalda al descubierto. Bajo el ceñido talle, la amplia falda caía a mitad de muslo. Calcé unas sandalias altas y blancas, aros, brazalete y tobillera del mismo color y me contemplé en el espejo. La mujer de piel bronceada que me enfrentaba se veía fascinante. Terminé mi arreglo, me cubrí con la torera de mangas hasta el codo y bajé al encuentro de cualquier reto que me propusiera el destino.

XXIV
Los hombres, que habían llegado mientras nos estábamos vistiendo, esperaban en la sala listos para salir. Se volvieron al escuchar el repique de mis tacos sobre los escalones. Guillermo se movió hacia mí y esperó al pie de la escalera. Me detuve en el primer peldaño, mis ojos a la altura de su mirada deslumbrada. Estaba tan estático que liberó una risa espontánea de mi parte. Él recobró la compostura y distendió los labios en una sonrisa de dientes perfectos.
Milady… —pronunció tendiéndome la mano.
La tomé y bajé el escalón con su asistencia.
—Hola, Darren —me acerqué al Colorado y le dí un beso.
Me lo devolvió y dijo con gesto malicioso: —Hola, bonita. Acabas de quitarle el habla a un individuo.
No lo nombró pero ambos sabíamos a quien se refería, por lo cual me puse tontamente arrebolada. Sami, bajando la escalera como una reina, me rescató de las pullas de su marido. Lucía con donaire el exquisito vestido de fiesta –que yo le había ayudado a elegir- cuyo azul profundo contrastaba con el color de su cabello. Darren la abarajó al pié de la escalera con un beso y se volvió hacia nosotros: —Billy —afirmó—, vamos a ser los hombres más envidiados de la fiesta.
Billy no respondió. Se limitó a mirarme con avidez y me ofreció el brazo para salir. De lo que tenía conciencia, es que no deseaba que esa noche fuera como cualquiera. Me sentía hermosa, deseada y quería llevarme al mundo por delante. Como viajamos en el auto de Darren, Guille y yo ocupamos el asiento trasero.
—Te ves distinta, milady —susurró—, pero irresistible.
—Obsequio de Sami —respondí con frivolidad—. Me benefició con un cupón para la peluquería.
La risa le burbujeó en la garganta: —Hasta tus desplantes te llenan de encanto, linda Martina —murmuró buscando mis ojos.
Apoyé la cabeza contra el respaldo y sonreí suavemente. Si lo aceptaba, quedaría al borde de un cortejo. Aún no…
—¿Cómo se llama tu admirador? —le pregunté a quemarropa.
Sacó la tarjeta y, condescendiente, leyó: —Milton Prado Pérez tiene el agrado… —se interrumpió y concluyó—: Debe ser el nombre del padre.
—Nombre extranjero y doble apellido. ¿Serán peruanos?—colegí.
—Salvo en Argentina, creo que en los países latinoamericanos se usan los dos apellidos —aventuró.
—Sí. Pero yo conocí a un médico peruano que se llama Milton —insistí.
—¡Ah…! ¿Cómo paciente o pretendiente? —averiguó.
Me largué a reír: —¿Es que para vos todos los hombres revisten en esa categoría?
—Con vos y hasta recuperar mi prenda debo estar en guardia, milady.
—¡Quedamos en que no me nombrarías más con ese mote y nunca tuviste una prenda sino que me la robaste! —mascullé indignada.
—Siempre junto a mi corazón e inspirándome para conseguir lo que deseaba brindarte —afirmó con vehemencia.
Me inquieté. ¿Estarían escuchando los de adelante? Estaban muy silenciosos.
—Darren, ¿cuánto falta para llegar? —necesitaba remover esa zona de intimidad que amenazaba someterme.
—Una hora si la ruta sigue despejada —contestó.
Me apoyé sobre el asiento de Sami y la involucré en la charla más tonta que recuerde sobre el instituto de belleza y otras banalidades. Mi inspiración alcanzó justo para llegar. Cuando Darren anunció el fin del viaje me eché hacia atrás con un suspiro de alivio para aterrizar sobre el cuerpo de Guillermo.
—¡Ay! —exclamé mientras me desequilibraba hacia la portezuela por no aplastarle la cabeza.
Reaccionó con un gruñido y me atrajo con violencia hacia él. Siempre me juró que estaba profundamente dormido. Forcejeé para desprenderme mientras repetía su nombre. Samanta, que ante el alboroto se había incorporado para informar al conductor, colaboró: —¡Gurka! —lo zamarreó para despertarlo.
Guille abrió los ojos con esfuerzo y aflojó el cerco. Nos miró como si no nos reconociera. Sus pupilas se aclararon y dijo: —Un sueño hecho realidad…
—¿Qué tal si me soltás? —manifesté con calma—. Así mi vestido lucirá con menos arrugas.
Rió con parsimonia, me liberó y se enderezó: —¡Perdón, perdón! Nada más alejado de mi intención que arruinar tu perfección.
Le lancé una mirada torva: —Estabas fingiendo —acusé.
—¿Para abrazarte? —infirió en tono provocador.
—¡Sos…! —me exalté sin poder comunicarle lo que era, de puro enfadada.
—¡No te enojes, Marti! Fue una broma —aclaró ante mi rostro alterado.
—¡Haya paz, chicos! —pidió Samanta asomada a su asiento—. Es mi cumple…
—¡Tenés razón, Sami! Lo siento… —dije contrita.
—¡Y vos dejá de portarte como un pendejo! —le espetó a su hermano antes de volver a sentarse.
Él hizo el gesto de la paz y nadie habló más hasta que estacionamos delante del hotel adonde se festejaba la inauguración. El incidente del auto había pasado y mi ánimo recobrado su buen humor de modo que me colgué, con una sonrisa, del brazo que me ofreció Guille. Antes de exhibir la tarjeta en la entrada se detuvo y recorrió mi figura de pies a cabeza: —Y conste que no te arrugué como hubiera deseado… —me dijo en voz baja.
No lo eludí. También medí su estampa y tomé nota, por primera vez en la noche, de su vestimenta. Se había puesto un jean azul, una remera blanca con discreto escote en V y un blazer negro que llevaba desabotonado.
—Hubieras tenido la obligación de plancharlo —le aseguré.
Esbozó una sonrisa maliciosa que contenía cualquier metáfora en torno a mi declaración. Me dí vuelta y avancé hacia la entrada. En dos zancadas me alcanzó y volvió a tomar mi brazo: —Quieta, preciosa… —murmuró.
El responsable del ingreso miró dudoso a Guillermo y paseó la vista entre él y Darren que vestía un elegante traje gris con camisa clara y corbata.
Así estábamos, como en un cuadro, nosotros distendidos y el empleado de seguridad indeciso hasta que apareció el hijo de Milton.
—¡Doctor Moore! —exclamó con entusiasmo—. ¡Creí que no iba a contar esta noche con su presencia!
Guille sonrió, le tendió la diestra y dijo: —Guillermo y de vos. ¡Ah…! Y me debés tu nombre. No sabía por quien preguntar.
—Joaquín —dijo el muchacho. Miró hacia nosotros esperando la introducción.
—Ella es Martina, mi prometida —señaló Guille ante mi consternación.
Joaquín se estiró para darme un beso en la mejilla. A continuación, les presentó a su hermana y su cuñado.
—Vengan conmigo, por favor, que quiero que mi padre los conozca —pidió nuestro anfitrión.
Esta vez me colgué yo del brazo del gurka y musité: —¿Qué fue éso?
—El pasaporte para sacudirme algunas féminas insidiosas —dijo entre dientes.
—Ah… —¿La exclamación había sonado desencantada? Me apresuré a clarificar: —Claro que si hay alguna que te guste, considerate libre de compromisos.
No me contestó. Se limitó a presionar mi brazo contra su cuerpo. Así llegamos ante el padre de Joaquín. El joven no ahorró elogios para con Guille aunque Milton, sin duda, estaba al tanto de su trayectoria. Departió con nosotros con amabilidad y nos acompañó hasta la mesa que nos estaba reservada. Joaquín, que no quería separarse de su icono, nos acompañó. Nos despojamos de los livianos abrigos asistidas por nuestros acompañantes. Guillermo demoró sus manos sobre la prenda deslizando con delicadeza los dedos sobre mis hombros, al tiempo que susurraba: —Estás para comerte, milady  —lo que le valió una mueca insolente de mi parte.
Terminamos de cenar y el muchacho se dirigió a mí: —Martina, ¿me cederías por un momento a tu prometido? —lo preguntó como temiendo una negativa.
—Lo que necesites —respondí sin poder contener la risa que encubrí tras una observación—: ¡Ah… Guille! Acordate de nuestra charla —le refresqué volteando hacia él.
—Lo tengo bien presente —aceptó—. Gracias por tu cooperación, querida —y se inclinó sobre mí para besarme suavemente en la boca.
Aún me duraba el asombro cuando fue engullido por un enjambre de admiradores. Samanta y Darren me miraban con la expresión de quienes se mueren por preguntar pero su educación los contiene.
—Parece que se tomó a pecho su excusa para zafar del acoso femenino —comenté con despreocupación.
—¡Era lo que nos imaginábamos! —asintió el Colorado y ratificó su dicho meneando la cabeza.
Lo contemplé con suspicacia buscando un atisbo de burla en su rostro, pero sostuvo el gesto de naturalidad sin variaciones.
—¿No tienen ganas de bailar? —promovió la cumpleañera.
—¡Sí! —aceptamos a coro Darren y yo.
Un mozo nos guió hasta la confitería flotante donde estaba ubicada la pista de baile. Nos sacudimos casi una hora hasta que comenzó el ritmo lento.
—No puedo satisfacer a las dos —se excusó Darren—, de modo que les buscaré una bebida.
Yo suspiré aliviada: —Acerquémonos a la baranda —le propuse a Sami, ansiosa por un poco de aire fresco.

XXV
La vista al lago y las montañas era espectacular, acompañada por la suave música melódica que demandaba una compañía amorosa. Una mano fuerte se apoyó sobre mi hombro al tiempo que una voz masculina, para evitar el sobresalto de la sorpresa, declaraba: —Las dos chicas más hermosas de la fiesta a mi disposición. La suerte me sonríe.
Guille nos abrazaba desde atrás. Samanta se volvió y le dio un beso: —¿Qué hacés por acá? Te creía capturado por alguna de esas amazonas ostentosas.
—Te olvidás que vine con mi prometida —observó él con decoro.
—Bueno —me entrometí—, podés dejar la ficción porque no hay moros en la costa.
—¡Error, milady! Ahora es cuando más te necesito. ¿Ves? —señaló hacia atrás con un leve movimiento de cabeza.
Miré y tropecé con la mirada de Joaquín quien me saludó con una sonrisa. Estaba acompañado por dos jovencitas cuyos ojos estaban clavados en nosotros. Guillermo me tomó de la cintura y me apremió: —Vamos a bailar.
Lo seguí como un autómata. Tomé contacto con mis sensaciones cuando levantó mis brazos sobre sus hombros y rodeó mi talle con los suyos. Yo deslicé las manos sobre su pecho.
—Así no, Martina. Se supone que estamos enamorados —me murmuró al oído.
—Estás yendo demasiado lejos, gurka —lo empujé—. Si querés continuar con la farsa, hasta aquí está permitido.
—Martina… —no intentó acortar la distancia—, que haya recurrido a un eufemismo para sentir que eras un poco mía no invalida lo que siento por vos —dijo con firmeza.
—¿Y qué es lo que sentís? —lo fustigué.
—Lo sabés. Te amo.
—Usás esa palabra de manera caprichosa —recriminé.
—Marti, animate a mirame y comprobarás que no te miento —me incitó.
Si lo miraba leería en mis ojos esas ansias que yo no me atrevía a identificar. ¿Era hora de asumir el riesgo? Alcé la cabeza. El mensaje de las pupilas glaucas era indudable y me provocó una suerte de conmoción que me quitó el aliento. El primitivo deseo que las agitaba coincidía con mi negado anhelo de amar y ser amada por este hombre que se había exteriorizado en tan pocos días. Él interpretó mi emoción y emitió un hondo suspiro mientras me estrechaba contra su cuerpo. Cerré los ojos y recliné la cabeza sobre su corazón, solo concentrada en su olor, el calor de su aliento contra mi pelo, la suavidad de sus labios sobre mi sien. Me dejé aturdir por la música, sus brazos y las palabras que la pasión le inspiraba. ¿Había sentido alguna vez esta exaltación con Noel? Con nadie, me respondí.
—No quisiera soltarte nunca, Martina … —murmuró—, pero si no paramos de bailar me veré en una situación muy comprometida.
Detuvo el desplazamiento y me besó antes de aflojar el abrazo y escoltarme hacia el exterior. No tenía necesidad de preguntarle la razón de su propuesta, conciente como era de la transformación de su cuerpo. Nos apoyamos sobre la baranda hombro contra hombro y cercada por su brazo cristalizó la aspiración romántica que añoré en compañía de Sami. El paisaje era el mismo, pero mis ojos lo apreciaban bajo el prisma del esplendor afectivo. Poco después, Guillermo volteó hacia mí y enmarcó mi rostro entre sus manos. Sentí que iba a ser el primer beso determinado por el deseo mutuo. Nuestros labios se aproximaron lentamente y se unieron en una gozosa caricia que convocó a las bocas en plenitud. Labios, lenguas y dientes en húmeda sintonía con la temblorosa emoción del reconocimiento. Guille se separó con una especie de lamento y me urgió con voz enronquecida: —¡Vayámonos ahora, Marti!
—¿Adónde? —balbuceé aún magnetizada por el beso.
—¡Al paraíso! —dijo haciendo tintinear una llave que sacó del bolsillo del pantalón.
Me dejó helada. Atiné a preguntarle: —¿Dé dónde es la llave?
—De una suite del complejo —respondió eufórico.
—¿La conseguiste antes de saber que iría con vos?
—¡Por Dios, Marti! Me la obsequió Joaquín.
—Y supongo que lo cargarás en tu Hércules al igual que a Noel y a Juanma.
—¡Sí! ¿Qué querés sugerir? —me interpeló.
—Que sos muy bueno comprando voluntades. La de mi novio para que no objetara un viaje en tu compañía, la de mi jefe para que me concediera otro período de vacaciones, la de tu fan para que pusiera a tu disposición un cuarto.
—¿Y con qué objetivo, si se puede saber? —inquirió con sarcasmo.
—Para pasar una noche conmigo —me lancé.
—Yo no quiero pasar una noche con vos…
Lo interrumpí: —¡En una semana te vas!
—¡Con vos, Martina! —casi gritó.
—Estás delirando… Cuando vuelvas a tu mundo ya no seré más que el recuerdo de una aventura —dije abatida.
Me contempló anonadado: —Tenés el don de transformar la realidad tergiversando los hechos. En primer lugar, acostumbro a invitar a mi empresa a gente entusiasta con la especialidad; en segundo lugar, la llave me la ofrecieron, y en tercer lugar este sería el comienzo de nuestra convivencia. Todos eventos normales que bajo tu análisis se vuelven conspirativos —enjuició.
—Oh, sí… ¿Una semana de convivencia aquí garantiza que podríamos continuarla en tu país? —pregunté incrédula.
—¡No lo puedo creer, Martina…! —Y recalcó—: No puedo creer que hayas convertido una aspiración amorosa en un cálculo matemático.
—¿No son las matemáticas la materia prima de tus exitosos sistemas? —lo hostigué.
Lo saqué de sus casillas. Apretó los labios y sus ojos chispearon al tiempo que se aproximaba a mí. Retrocedí contra la baranda convencida de que me iba a golpear. Se frenó con expresión aturdida y ladeó ligeramente la testa para observarme con ojos entrecerrados. No supe si el gesto de rechazo tuvo que ver con su arranque iracundo o si lo provocó mi persona, porque me dio la espalda con una risa destemplada y se fue. Allí quedé. Mirando el lago y tratando de descifrar mi calamitoso arrebato. ¿Perdí la oportunidad de conocer el amor por puro miedo a salir decepcionada? Hurgaba en mi cerebro la comprensión del impulso cuando se me impuso con manifiesta claridad que debía confrontarlo con mis sentimientos. ¡Basta de especulaciones racionales!, diría India. ¡Cómo la necesitaba para disipar la anarquía de mi mente! En estas elucubraciones estaba sumida cuando escuché la voz de Sami.
—¡Marti, Marti! —dijo un poco agitada—. Acaban de llamar a Darren desde la oficina de control. Parece que una excavadora se descompuso y originó un accidente. Guille lo acompañó, pero antes de irse arregló que Joaquín nos llevara a casa cuando dispusiéramos. ¿Querés quedarte un rato más?
La ví un poco angustiada y, además, ¿qué haríamos nosotras sin nuestros hombres? Saboreé el interrogante porque esta idea de propiedad me abarcaba cada vez más.
—Prefiero irme —le contesté, animando una expresión de alivio en su rostro.
Nos arrimamos a la mesa adonde aguardaba Joaquín como un soldadito. Aceptó nuestro deseo de abandonar la fiesta y, a pedido de Samanta, nos condujo hasta su padre para que pudiéramos despedirnos. Antes de subir a su auto, estiró la mano y me ofreció una llave.
—El doctor Moore me encargó que se la diera —expresó.
La atesoré en mi mano como una joya. Era la prueba del perdón del gurka.
—Gracias, Joaquín —le sonreí—. La pondré a buen recaudo.
El muchacho asintió complacido, como si hubiera cumplido una misión exitosa. Nos trasladó hasta la casa de Sami y esperó a que abriéramos la puerta desde donde lo saludamos. Mi amiga se desplomó en un sillón con un suspiro ruidoso.
—¿Estás preocupada? —me inquieté.
—Un poquito. Parece que las máquinas se han vuelto locas. ¡Menos mal que está el doctor Guille para atenderlas…! —se rió—. Y a propósito de Guillermo, ¿qué pasó entre ustedes? No me mientas, porque eran un espectáculo en la pista de baile y después él volvió a la mesa solo y como un basilisco… —me advirtió.
—Me quedé con ganas de tomar algo —dije—. Busco unas bebidas y vuelvo.
—No te me vas a escapar… —canturreó mientras se sacaba las sandalias y recogía los pies en el sillón.
Regresé con dos copas y una botella de champaña mediana. La descorché, la escancié y me senté frente a Sami: —Salud, amiga. Porque los muchachos no tengan grandes problemas.
Las copas tintinearon al chocar. Samanta me observaba en silencio, sin apremiarme, esperando la confidencia reclamada. Me recosté sobre el respaldo y observé las minúsculas burbujas al trasluz, buscando las palabras adecuadas para contarle a Sami que posiblemente estuviera enamorada de su hermano menor.
—Te voy a ayudar —dijo—. Sé que Guille te ama. Pero vos, Marti, me desconcertás. A veces parece que compartís lo que siente y otras, que estás tan lejana como esa milady que persigue sin poder alcanzar.
—¿Te parece natural una pareja entre el gurka y yo? —me sorprendí.
—Aunque no juzgo la orientación sexual ajena, todavía soy apegada a la relación heterosexual y ustedes son un hombre y una mujer, ¿no?
—¿Y la edad, Sami? Le llevo cuatro años —le recordé.
—Para serte franca, él parece mayor que vos. Por todo, desde lo físico hasta lo intelectual.
—¿Querés decir que soy una retrasada? —rezongué.
—Quiero decir que te lleva kilos y centímetros, y que tiene un carácter más reflexivo que cualquiera de nosotros. Darren incluido —aclaró como testimonio definitivo de la madurez de su hermano.
No pude contener una risotada ante su apelación, porque se me presentó la imagen del gurka blandiendo la daga entintada y gritando como loco en ese nicho temporal del pasado. Samanta sonrió con desconcierto y acompañó mi carcajada cuando le transmití mi evocación.
—¡Sí que se jugó por vos! —se desternilló.
—Lo hizo para salvar a su hermana —corregí.
—Vamos… Lo hizo para quedar bien con su dama —me retrucó.
—Aún no había alcanzado la categoría de caballero andante —le refresqué la memoria.
Permanecimos en un silencio introspectivo que interrumpió Samanta: —¿Entonces no seremos cuñadas, Marti? —sintetizó afligida.

XXVI
Me incorporé para abrazarla. ¿Podía contestar su pregunta? En cinco días había perdido el control de mi vida y los prejuicios me dificultaban ponerme en contacto con mis sentimientos. Le dí un beso en la mejilla, me acomodé a su lado y la tomé de las manos: —Sami, ojalá supiera descifrar lo que siento por Guillermo. Desde el reencuentro, mis creencias acerca de la pareja, el esfuerzo y la realización han sido duramente cuestionadas…
—¡Ay, Marti…! Tu parrafada aparenta un ejercicio de oratoria. ¿Qué tenés que analizar? ¡Lo querés o no lo querés! —me refutó.
Me hundí en el asiento. ¡Vaya si tenía razón! Pero no podía confesarle que me hubiera ido con Guille hasta la China de no haber mediado el desafortunado incidente de la llave; ni que el beso me estremeció de solo conjeturar el momento de estar a solas. Eran confidencias para India, no para la hermana de mi potencial amante. Tomé una bocanada de aire y me levanté.
—No te puedo rebatir, Samanta, pero necesito adecuar mi arcaica filosofía existencial con la que irrumpió esta semana en mi vida. Ahora me voy a dormir y tal vez amanezca iluminada —le dije con afecto al tiempo que la despedía con un beso.
Sostuvo el abrazo y me exhortó: —Consultalo con la almohada ¿eh…? Pero más con tu corazón.
∞ ∞
Un rayo de sol se escurrió debajo de la persiana alzada a medias y se enredó en mis pestañas. Abrí los ojos con pereza porque había conciliado el sueño muy tarde por deliberar -a sugerencia de Sami- con mi músculo cardíaco. El citado no aceptó ningún razonamiento lógico relacionado con edad, amistad o tiempo. Se limitó a repetir “pero te gusta” ante cada reparo que esgrimí. Me ganó por cansancio. Me dormí convencida de que estaba enamorada de Guillermo y que no había impedimentos para aceptarlo.
Estiré los brazos hacia el cielorraso y la boca en una sonrisa. Me bañé, me cambié y bajé atesorando en el bolso la llave y el pañuelito bordado. Pensaba regresar ambas cosas, segura de que él interpretaría su significado. Mi amiga no estaba a la vista aunque sí levantada, pues el café estaba casi listo y había una bandeja de medialunas sobre la barra. Me instalé en un sillón dispuesta a esperarla. Poco después se hizo presente.
—¡Buen día, Marti! —exclamó al verme y se acercó para darme un beso.
—¡Hola, Sami! ¿Hay noticias de los chicos?
—No muy buenas. Darren me avisó que aún tienen para varias horas. Si estás de acuerdo, me propuso que vayamos a almorzar a Pasos Malos y los esperemos allí para no perdernos el día. Habló con Luis para que nos reserve una mesa —me miró ansiosa—. ¿Consultaste con la almohada?
—Con mi corazón, como deseabas.
—¿Y…? —el interrogante otorgó a la simple conjunción una cualidad azarosa.
Le sonreí provocadora: —No pretenderás saberlo antes que el interesado…
—¡Tramposa! —escandalizó y agregó, riendo, ante mi gesto de censura: —¡No voy a agregar nada más…! —me tomó del brazo: —¿Aceptamos la oferta de los muchachos?
—¡Dale! —aprobé.
Desayunamos y después le anuncié que subiría a preparar la mochila. Cargué la malla, filtro solar, toallones y varios accesorios que podría necesitar además del bolso. Sami estaba lista. Partimos en el auto de Darren que me ofreció manejar, pero preferí oficiar de acompañante. Luis nos recibió con toda deferencia y, como en la anterior visita, puso a nuestra disposición a sus sobrinos para que nos escoltaran. Los jovencitos, ya familiarizados, charlaron hasta por los codos.
—¿Van a tomar sol todo el día? —preguntó Rolfi.
—¿Qué nos proponen? —averiguó Samanta.
—¡Trekking a la Cascada Olvidada o mountain bike hasta Merlín! —intervino Pedro.
—¡Y conocemos guías para cada circuito! —se entusiasmó Rolfi.
Sami me interrogó con la mirada. Pensé que una caminata no nos vendría mal.
—¿Cuánto dura la excursión hasta la cascada? —indagué.
—Dos horas —aseguró Pedro.
—También a mí me atrae más la idea de un paseo —aprobó Sami—, y podremos salir después del almuerzo.
—¿Le avisamos a Martín? —se atropelló Rolfi—. Es el mejor y está habilitado como baqueano.
—¡Vayan! —autoricé—, nosotras ya subimos.
—¡Qué comedidos! —exclamó mi amiga observando trepar a los chicos.
—¡Qué interesados…! —corregí—. Seguro que les darán una comisión por el contrato.
Mi celular sonó mientras acomodaba las pertenencias en la mochila. Me brincó el corazón al reconocer al remitente: —Hola… —mi voz sonó suave.
—Marti… ¿Todavía estás enojada conmigo?
Me sentía absurdamente feliz: —Vos debieras estarlo —disentí.
Rió grave y bajito: —¿Sabés que raramente pierdo la compostura? Pero con vos no me funciona la lógica —y concluyó con voz sofocada: —Siento haberte dejado sola…
—Me lo tenía merecido —acepté con modestia.
Volvió a reír: —¡Corazón…! Nos debemos una larga charla.
Me dejé envolver por el sonido de su risa y la expectación que comunicaba su anhelo: —Apenas nos veamos, ¿sí? —murmuré.
—Muy pronto, querida. Apenas termine de ajustarle las clavijas a estas máquinas díscolas —sobrevino un breve silencio. Luego: —Quiero verte, Martina. Te necesito. Sé que resolveremos este equívoco…
—Lo sé —lo tranquilicé—. Te espero, Guille. Y volvé al trabajo —mandé para disimular la emoción que me producían sus palabras.
—Lo que ordenes, milady —susurró transportado.
Cerré el aparato, segura de que nuestra despedida podría eternizarse.
—¿Terminaron? —Sami me miraba risueña.
—Estoy lista —evité la respuesta y me lancé a escalar.
Luis, informado de nuestros planes, ya había dispuesto el lugar para comer. Aceptamos la sugerencia gastronómica y a las dos de la tarde nos reunimos con el guía. Era un hombre joven, delgado, de estatura media y bastante lacónico. Nos instruyó acerca de la vestimenta y calzado más adecuados y nos hizo una serie de recomendaciones antes de partir. Nos despedimos de Luis y los chicos con la convicción de que estaríamos de regreso alrededor de las siete de la tarde. Seguimos el curso del arroyo que ascendía entre hoyas de agua cristalinas y bordeado de su autóctona vegetación. El baqueano nos fue dando sus nombres a medida que lo interrogábamos, más atento al camino que a los detalles turísticos. Concentradas en el ascenso y la belleza del paisaje avistamos la cascada que, según Martín, caía desde treinta y siete metros de altura. Nos sentamos a descansar y grabar el entorno en nuestras retinas antes de sacar varias fotos y comer unos bocadillos que nos había preparado Luis. Antes de que los zorros pasaran a nuestro lado sin mirarnos sentí que algo había cambiado en la cualidad de la atmósfera. El calor había aumentado mientras parecía haber disminuido la visibilidad. A Martín el alerta se le activó a la vista de los animales que huían. Se estiró en toda su estatura, oteó el horizonte, dilató sus fosas nasales y se volvió hacia nosotras con expresión preocupada.
—Señoritas, debemos volver. Algo se está quemando y no está lejos.
Creo que ninguno de los tres nos alarmamos demasiado en ese momento, por lo cual bajamos tomando todas las precauciones. El guía aceptó detenerse un momento para que Samanta intentara comunicarse con Darren.
—¡No me escucha, Marti! —me inquietó el dejo desesperado de su voz.
—Debe ser por la estática —intenté tranquilizarla—. Mandale un mensaje.
A Sami le traicionaron los nervios y, ante la impaciencia de Martín, borró texto más veces de las que escribió. Reanudamos la bajada cuando la humareda era notoria y ya asomaban algunas lenguas de fuego sobre las murallas de piedras. Caminamos aprisa y en forma ordenada hasta que nos atropelló un grupo de gatos monteses que escapaban de las llamas. El guía y yo logramos aferrarnos a unos arbustos, no así Samanta que fue arrastrada por la estampida. Rodó río abajo hasta quedar trabada entre las rocas. Ella no gritó. Mientras corría hacia su cuerpo desmadejado, caí en la cuenta de que era yo la que gritaba.

XXVII
La Providencia fue mi aliada para no terminar como Sami. Estaba inconciente y con la pierna izquierda doblada en ángulo forzado cuando la alcancé. Detrás de mí llegó Martín, quien le acercó a la nariz un frasco que sacó de su mochila. Ella reaccionó con un quejido.
—¡Sami, Sami! —llamé con angustia—. ¿Qué sentís?
—La pierna… —se quejó.
El guía le revisó la cabeza y le preguntó si le dolía. Ante su negativa, le pidió que tratara de mover brazos y extremidades inferiores. Ella obedeció y lanzó un grito de dolor cuando lo intentó con la pierna izquierda. La sentamos con cuidado y Martín le hizo preguntas para comprobar que estaba ubicada en tiempo y espacio. Me pidió que la sostuviera mientras él buscaba algún elemento que le sirviera de soporte.
—La cagué, ¿eh? —dijo Samanta, doliente.
—Nos hubiera pasado a cualquiera —aseguré—. Te sujetaremos la pierna para que puedas moverte.
—¿Te parece que volverá?
A mí no se me había cruzado la idea. Le respondí con firmeza: —Estoy segura. De no ser así, nos arreglaremos solas.
—¡Tenés que irte, Marti! Conmigo no podrás llegar arriba…
—¡No digas pavadas! —la regañé—. De ésta salimos las dos o ninguna.
Para nuestro alivio, vimos regresar a Martín acarreando una rama gruesa y larga. Se agachó junto a Samanta y le explicó: —Señorita, le voy a rociar la pierna con un analgésico antes de vendarla.
—Sami, llamame Sami —pidió ella.
—De acuerdo —acercó el aerosol y la pulverizó con prodigalidad.
Revolvió en su mochila y sacó una soga. Menos Sami, absorta en su dolor, él y yo vigilábamos el avance del incendio. Lo vi mover la cabeza contrariado.
—¿Qué pasa, Martín? —le pregunté.
—Antes de afirmarle la pierna, tendría que vendársela para no lastimarla con la soga o la rama… —me clavó la mirada.
—Decime que estás pensando —lo insté.
—Su camisa serviría —aseveró.
No era momento para andar con remilgos. Me la quité y se la tendí. Envolvió con ella la extremidad magullada antes de alinearla con la improvisada tabla y la amarró con la cuerda. Sami lloraba y gemía por el dolor. Martín volvió a rociarla con el anestésico.
—Ya va a pasar, Sami —le dijo—. Sos una mujer muy valiente. Te vamos a incorporar para continuar el recorrido. Tenemos que llegar a las cascadas. Ayúdeme señorita —me pidió.
Entre los dos logramos que Sami se pusiera de pie. El humo había ocultado la claridad de la tarde y escocía nuestros ojos y gargantas. Avanzamos lentamente llevando a mi quejumbrosa amiga casi a la rastra. Por sobre nuestras cabezas escuchamos ruidos de motores.
—¡Deben ser los aviones hidrantes! —exclamó Martín— y seguro que los brigadistas deben estar cerca. Si alcanzamos los saltos de agua tenemos muchas posibilidades de zafar.
Esta manifestación o, tal vez, el efecto del calmante movilizaron a Sami y adelantamos con más celeridad. Pronto el humo y el calor nos sofocaron y Samanta se transformó en una carga dolorosa.
—¡Déjenme aquí! —pidió con voz rasposa—. No quiero seguir…
—¡Un esfuercito más, Sami! —exigió Martín—. Las cascadas están cerca.

(Debido al abuso de los que copian y pegan en su blog adjudicándose la autoría de las novelas a pesar de estar registradas, enviaré el final en forma gratuita a quienes estén interesados en leerla. Solicitarlo a cardel.ret@gmail.com)