lunes, 20 de febrero de 2012

AGENCIA DE ACOMPAÑANTES - Registrada en S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores)



Romina terminó de vestirse y revisó la billetera. No le quedaban más que quince pesos y unas monedas: insuficientes para tomar un taxi y colaborar con la comida que seguramente pedirían en casa de Sandra. Todavía conservaba dos tarjetas de transporte que sumaban cuatro viajes en ómnibus. Una fortuna, se dijo con disgusto. Estuvo tentada de pedirle un préstamo a su hermano, pero rechazó ese impulso porque anticipaba sus palabras: “¿Por qué no aceptás ese puesto en English Time? Tendrías un sueldo mensual fijo”. Sí, lo tendría, pero a un miserable salario la hora y con obligaciones que excedían las cuatro de trabajo ofertadas. Prefería sus alumnos particulares. En cambio él había abrazado la profesión paterna y se había recibido de ingeniero agrónomo con un futuro garantizado: los clientes de papá cuando el viejo se retirara. Por los comentarios de su progenitor estaba al tanto de que Luciano se estaba ganando su lugar a fuerza de competencia y simpatía. Bueno, mejor para él, pensó. Hoy hubiera preferido que Lucho, como lo llamaban familiarmente, estuviera pendiente de alguna novia para que no se concentrara tanto en su hermana menor, es decir, ella. Los veintiocho años del muchacho lo autorizaban, según su criterio, a suplantar al padre en ausencia. Y ella tenía hoy un importante asunto que resolver y no quería darle explicaciones. Bajó la escalera en silencio, una puerilidad porque tendría que pasar delante de él para salir a la calle.
-¿Adónde vas?
-A una reunión con las chicas. ¿Necesitás algo?
Luciano miró a su hermana y después, la hora. Estaba desparramado en el sillón de la sala de estar esperando que comenzara un partido de fútbol.
-Ya está oscureciendo. ¿Pediste un taxi?
-¿Qué te creés, que soy una potentada? Me tomo el ómnibus en la plaza.
-¡Ni loca! A estas horas ya están merodeando los chorros y los faloperos. Llamá un taxi.
-Pagámelo vos, o mejor, llevame -dijo Romina caminando hacia la puerta, segura de que él no se perdería el partido por llevarla.
Luciano rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un billete que le tendió:
-Tomá, tramposa, para la ida y la vuelta. Y que no me entere que andás por las calles a cualquier hora.
Romina miró el billete de cincuenta pesos y pensó en darle un empleo más adecuado que el de pagar taxis. Total, él no se movería del sillón para asegurarse de sus pasos. Levantó el teléfono y fingió que llamaba a un servicio a domicilio. Después, se inclinó para darle un beso en la mejilla y se despidió:
-Chau, Lucho. Y gracias…
-Chau, Romi. Cuidate.
Ella salió a la calle, se quedó un momento en la puerta por si él se asomaba y después caminó hacia la plaza. No veía la hora de que regresaran sus padres de las cortas vacaciones porque Luciano se había tomado muy a pecho la recomendación de cuidarla. Y le controlaba horarios y salidas el muy pesado. Vio el cartel luminoso del ómnibus y corrió hacia la parada. Subió a un coche casi vacío, pasó la tarjeta por la lectora y se sentó por la mitad del vehículo. El asiento trasero estaba ocupado por cinco o seis muchachos que escuchaban cumbia a todo volumen y se gritaban entre ellos. Había uno que se entretenía escarneciendo a cuanta persona caminara por las calles o estuviera esperando en las paradas o en las esquinas en que los detenía el semáforo. Romina casi deseó haber obedecido a Lucho cuando uno de los alborotadores se colgó de los pasamanos y se balanceó en el pasillo hacia atrás y hacia adelante coreado por la rechifla de sus compinches. Debía bajarse a cuatro cuadras y no se animaba a dirigirse a la puerta trasera. Se levantó y avanzó hacia delante hasta llegar al asiento del impasible conductor:
-¿Me puedo bajar en Sarmiento? -le preguntó en voz baja.
-Sí. Pero es preferible que te bajes en San Martín. Está más concurrido y hay una garita policial.
-¡Ah! Gracias -le respondió sorprendida por la atención del chofer.
Para su tranquilidad, la pandilla siguió viaje. Retrocedió una cuadra y poco después estaba tocando timbre en el departamento de Sandra. Su amiga, que se había independizado de la familia hacía cuatro meses, bajó a recibirla:
-¡Hola, Romi! Sos la primera en llegar.
Subieron al segundo piso por la escalera y accedieron a la vivienda de Sandra que constaba de un amplio comedor, dos dormitorios, baño, cocina y lavadero. Había preferido el contrafrente del edificio para beneficiarse con una habitación más. Se sentaron en un sillón grande mientras esperaban a Margarita, Liliana y Abril. La dueña de casa lucía suelta su larga cabellera que constituía la envidia declarada de todas sus amigas. Romina le contó el incidente del ómnibus y el gesto de su hermano. Sandra largó una carcajada:
-¡Codito de oro se muere si se entera de que su dádiva cambió de destino! -conocía cuán cuidadoso era Luciano con sus ingresos por frecuentar por años la casa de Romina.
-No se va a enterar. Espero que mis viejos vuelvan pronto porque ya me subleva su rol de guardaespaldas. Está decidido a velar por mi castidad -dijo Romina con una mueca.
-¿Son tan ingenuos los hermanos mayores? -preguntó Sandra.- Yo no hubiera soportado uno…
Un timbrazo anuló la respuesta de Romina. Sandra bajó a recibir a las invitadas que faltaban. Las jóvenes mujeres se saludaron con alegría y por indicación de la dueña de casa se acomodaron alrededor de la mesa. Ella, por su personalidad y por ser la mayor, abrió el debate:
-Bueno, henos aquí cinco mujeres jóvenes, algunas con título, de buena apariencia, pero ¡sin posibilidades de trabajo! A no ser empleos temporarios de promociones, publicidad, reemplazos y otras yerbas. ¿Me siguen? -miró los rostros de sus cuatro oyentes en busca de consenso.
-Sí -manifestó Margarita.- Ya estoy harta de que me llamen para suplencias de tres meses por un magro sueldo y tener que cubrir el faltazo de los titulares.
-Y yo de hacer guardias interminables en los servicios de emergencia para que me manden a los lugares más riesgosos -dijo Liliana que se había recibido de médica hacía un año.
-Creo que todas tenemos historias similares -intervino Romi.- El asunto es resolver cómo cambiamos esta realidad.
Abril, que en ese momento cubría una vacante en la recepción de un hotel, adujo:
-Un cambio sería conseguir un tipo de mucha guita que te rescate de esta afrenta de mendigar cualquier trabajo. ¿Para qué me recibí de contadora si ahora tengo que estar detrás del mostrador de un hotelucho? Si fuera de cinco estrellas, podría tener la expectativa de cruzarme con un potentado…
-Yo no quiero depender de nadie -protestó Romina.
-No nos reunimos para poner en manos de un macho nuestro destino -se fastidió Sandra- sino para tratar una posibilidad que se nos ocurrió a Romi y a mí. -Hizo un silencio.
-Está bien, chicas -accedió la recepcionista.- Oigamos la propuesta.
-Sabemos que vivimos en un mundo donde el individuo se aísla cada vez más, donde los diferentes son marginados, donde establecer lazos de amistad no es fácil. La necesidad de compañía para realizar distintas actividades es la materia prima de nuestra idea. Así como existen organizaciones de acompañantes con fines sexuales, nosotras pensamos en ofrecer una compañía amistosa. -Se levantó y le habló a un interlocutor imaginario:- ¿Te gusta ir al teatro y no tenés con quien ir? Nosotras te acompañamos. ¿Tenés que rendir tu última materia y no te podés concentrar? Nosotras te ayudamos. ¿Querés ir al cine, a caminar, a tomar un café y no tenés con quién? Aquí estamos nosotras.
-¡Pará, pará, prima donna! Ese rubro ya existe y se denomina acompañante terapéutico -intervino Liliana.
-Error, doctora. Los acompañantes terapéuticos cumplen un rol de contención y se incorporan a la vida cotidiana del enfermo. No es nuestro caso. Nosotras trabajaremos con gente sana, sin necesidad de supervisión sicológica -afirmó Sandra.- ¡Imagínense, amigas! ¡Será una tarea gratificante, elegiremos a nuestros clientes y apuntaremos a la clase alta. Con nuestra preparación tenemos muchos contactos que tocar!
El discurso entusiasta de la muchacha encendió la imaginación de las oyentes. ¿Y si la idea no era un disparate y resultaba? Abril miró a Romina con gesto de duda:
-En nuestro caso lo ocultamos por un tiempo y ya está, pero ¿qué pasa con el guardabosque de tu hermano que no te pierde pisada? Él no será fácil de convencer…
-Dejá que yo lo resuelva -dijo la nombrada resueltamente.- Así que si el plan les parece posible, es hora de generar una tormenta de ideas. ¿Quién empieza?
-¡Avisos en los diarios, volantes, tarjetas de presentación! -voceó Margarita.
-Lo haremos -intervino Sandra- pero creo que la primer tarea será confeccionar una lista de todos nuestros conocidos para ponerlos al tanto del emprendimiento y que se vaya originando la difusión boca a boca. Así estaremos seguras de que no se confundirá el sentido de nuestra oferta. En ese momento, le entregaremos las tarjetas para que las ofrezcan a quienes les interese. ¡Debemos ser muy elocuentes para despertar su interés, amigas!
-Aquí tengo un cuaderno -ofreció Margarita.- Empecemos por hacer la lista de cada una. Romina: ¿a quién pensás entrevistar?
Durante una hora estuvieron registrando los posibles candidatos de cada una y después diseñaron la tarjeta de presentación y los afiches. Sandra se ocuparía de llevarlos a una imprenta para tenerlos cuanto antes. Se comprometieron a visitar a sus contactos apenas contaran con el material publicitario. A las nueve y media de la noche Margarita cerró el cuaderno y dijo:
-Me estoy muriendo de hambre.
-¡Encarguemos unas pizzas! -propuso Liliana.
Sandra las pidió por teléfono y a las diez estaban comiendo y barajando con entusiasmo las posibilidades de su emprendimiento. A las once sonó el teléfono. Sandra atendió y contestó con frialdad:
-Ah, sí, ¿cómo estás? Ya te la paso. ¡Romi! -gritó.- Tu hermano.
Romina habló brevemente y colgó con gesto contrariado. Abril, que había prestado atención a la llamada, consideró:
-¿No tiene otra mujer en la que pensar el hombrote de tu hermano?
-Ninguna fija, para mi desgracia. Y porque me lleva cinco años todavía me considera una cría. Podrías hacer un acto de caridad, Abril. ¡Conquistalo!
-Por mí, encantada. Pero me mira como si fuera un mueble. Y eso que me gusta y trato de que trascienda… -señaló con gesto compungido.
-Luciano busca una mujer de la época victoriana -intervino Sandra.- No creo que tu perfil se adapte.
-Si me diera bola -contestó Abril- yo me adaptaría a él. Es un buen partido. Ingeniero agrónomo, atractivo y con futuro.
-¡Aj! - censuró Sandra.- Las mujeres como vos sustentan el perimido machismo. ¿Y para qué tantos años desperdiciados en estudiar una carrera si te vas a regalar al primer descerebrado que te corteje?
-¡Eh, che! Que no soy un convidado de piedra -protestó Romina.- Al fin y al cabo Luciano es mi hermano y no es un descerebrado precisamente.
-¡Perdón, perdón! -aclaró Sandra.- Yo no hablaba de él en particular, sino de cualquiera al que Abril apunte.
-Bueno. Ahora me tengo que ir si quiero que Lucho no sospeche que viajo en colectivo. ¿Nos hablamos mañana?
-Sí -confirmó Sandra.- Pero mejor te llamo un taxi. Es más seguro a esta hora.
-No pienso malgastar los treinta pesos que me quedaron. Mis alumnos recién empiezan a pagar el fin de semana.
-Te presto -insistió su amiga.- Es por el bien de todas. No quisiéramos escucharlo a tu hermano si pasás un mal momento.
-¿Ves? -dijo Romina divertida.- Empezás a razonar como Lucho. ¿Soy una persona tan patética que inspira la conmiseración de todo el mundo?
-No -refutó Sandra.- Pero es mejor prevenir que curar. Cuando cobres me lo devolvés.
La chica se encogió de hombros y aceptó el dinero que le tendía su amiga. Las demás anunciaron que también se retiraban y Sandra solicitó tres móviles por teléfono. Los esperaron en la calle adonde se despidieron llenas de esperanza.


Sandra llevó los bosquejos a la imprenta a primera hora de la mañana. Desplegando su encanto logró comprometer al dueño del taller para tener listas las pruebas para el día siguiente. El plan que había pergeñado con Romina y la adhesión de sus amigas la llenaba de excitación. Estaba convencida de que funcionaría y les procuraría un ingreso que ninguna de sus profesiones les aseguraba. De las cinco, las únicas que no tenían estudios universitarios eran ella y Romina. Su amiga era profesora de inglés y subsistía con alumnos particulares de asistencia fluctuante y ella, con su título terciario de analista de sistemas, colocaba de vez en cuando un desarrollo contable y administrativo siempre que su precio fuera muy inferior a los de sus competidores masculinos. Esta parcialidad la sublevaba porque consideraba que su trabajo era igual o superior al de los hombres, lo que la obligaba a dar clases de computación para mejorar sus ingresos. Harta de la haraganería de los más jóvenes, limitó la enseñanza a gente mayor. Tenía cinco discípulos pertenecientes a la clase alta que la requerían por su carácter sociable y su ilimitada paciencia. Sería a los primeros que les comunicaría el nuevo emprendimiento. Miró su reloj y apuró el paso para no llegar tarde a la casa de Elena. Hacía una semana que tenía el auto en el taller esperando un repuesto que nunca llegaba. Si podía evitar el transporte público, impuntual y deteriorado, lo prefería. A las nueve en punto se asomaba a la pantalla de control de la casa de su alumna. Desde adentro abrieron la verja y caminó por la senda de automovilistas hasta la puerta de la mansión. Elena en persona la recibió:
-¡Sandra! No veía la hora que llegaras. Hoy es el cumpleaños de Danny y no me acuerdo cómo conectarme para verlo.
La joven sonrió. Era lo usual. Sus alumnos no se destacaban por la memoria precisamente. Eran mayores de ochenta años y tendían a olvidar los aprendizajes recientes. Pero ella disfrutaba de la vasta cultura que tenían y de las anécdotas del pasado que estaban grabadas indeleblemente en sus recuerdos. Pensó que su trabajo era un paradigma de la empresa que habían concebido con Romina porque sus discípulos perseguían, más allá de adecuarse a un mundo de novedosa tecnología, el contacto humano que les brindaba con su paciente escucha e incansable repetición.
-No te preocupes, Elena. Lo vamos a hacer paso a paso para que puedas ir practicando.
Después de que la mujer habló con su pariente, Sandra la instó a que completara la ejercitación que le había apuntado en un cuaderno. Bajo su guía, la resolvió con un entusiasmo que siempre la emocionaba. ¡Cuánta perseverancia para sobreponerse a la rigidez de un cuerpo acosado por el tiempo! A las diez y media, Elena apagó la computadora y la exhortó a tomar un café en el jardín de invierno. Sandra adoraba ese lugar saturado de verde y de colores, tanto por las flores como por el reflejo de los vitraux que se intercalaban en el techo y las ventanas. Se sentaron en los confortables sillones de hierro almohadillados y una doméstica les alcanzó café y unos dulces.
-Elena -inició la muchacha.- Quería hablarte de un proyecto de trabajo que consideramos con unas amigas. A fin de mejorar nuestros ingresos, hemos decidido montar una agencia para ofrecer compañía amistosa a quien le pudiera interesar -elegía las palabras para no provocar ninguna confusión.- Pensamos que hay muchas personas que podrían resolver necesidades puntuales con la compañía adecuada y nosotras estamos dispuestas a brindársela.
Elena la escuchó en silencio y después la miró con ese brillo de inteligencia que a menudo destellaba en sus ojos y anticipaba algún comentario agudo:
-Supongo que tus amigas deben tener una edad cercana a la tuya -la joven asintió- y que son atractivas y preparadas, -otro gesto de asentimiento- y que deben enfrentar la vida sin compañía…
-Por ahora sí -aceptó Sandra.- Pero no se trata de eso…
-¡Ah, sí, querida niña! Porque si así no fuera, no se expondrían a un ensayo que en esta época conlleva grandes riesgos.
-¡Pero Elena! Trabajaríamos con personas recomendadas por gente de confianza y aclarando los términos de la prestación. Están excluidas de esta propuesta las salidas con hombres solos… -aclaró un poco contrariada por las objeciones de la mujer.
-Entonces, querida, si te recomendara a mi amigo Ignacio que siempre busca compañía para ir al teatro, y de latoso que es nadie quiere acompañarlo, ¿te negarías?
Sandra, que conocía a Ignacio, visualizó al anciano cargado de achaques y pedantería y pensó que sería un buen cliente aunque hubiese que tolerar su petulancia.
-No. Estaría dentro de los estándares requeridos.
-Porque es un viejo que no supone más peligro que su lengua afilada -aprobó Elena.- Pero ¿qué tal si se engañan con alguna persona de intenciones aviesas? Vuestra juventud es muy tentadora -afirmó con seriedad.- Tal vez Ignacio pueda hacer un comentario inocente, alguien lo escuche y planifique un engaño que las tome desprevenidas.
-¡Estás hablando de una conspiración! -exclamó Sandra escandalizada.
-No, no. La gente no vive aislada y un viejo puede ser cómplice involuntario de un abuso.
-¿Sabés? Me arrepiento de que hayas sido mi primera interlocutora. ¿Adónde fue a parar tu mente abierta de las épocas del oscurantismo?
-Yo luché contra un medio hostil a la independencia de las mujeres, pero eso no aparejaba más que la desobediencia a la prohibición de estudiar. Ustedes se enfrentan al peligro de la droga y a la disolución de los mandamientos sociales. Creo que se exponen demasiado, querida.
-Hay recursos para protegernos - refutó Sandra con porfía.
-Después de una vida de enfrentamientos la mejor etapa la viví junto a Victorino, aunque desaproveché los mejores años. Tenía más de cuarenta cuando reparé en que mi fiel amigo podría ser mi amante y tuvimos la fortuna de convivir durante quince años.
-Me alegro por vos, pero no veo cómo se relaciona con nuestro proyecto - replicó la joven.
-En que antes de pensar estrategias tan riesgosas, ¿por qué no se abocan a buscar un compañero que pueda compartir los gastos con ustedes?
Sandra se cruzó de brazos con un gesto obstinado y no contestó. Estaba decepcionada por los argumentos de una mujer que creía liberada de prejuicios y que le proponía una solución inaceptable. Ella debía probarse a sí misma que no necesitaba la tutela de un hombre para sostenerse dignamente. Si mañana conocía a un individuo con el cual compartir su vida, lo haría por amor y no por necesidad. Estaba visto que debería repensar sus motivos antes de volver a plantearlos. Elena respetó su silencio y ella trató de recomponerse. Rompió el mutismo con una pregunta:
-¿Por qué dijiste que desaprovechaste tus mejores años?
-Porque a Victorino lo conocí cuando jovencita, pero estaba tan ensimismada en mi rebeldía que no caí en la cuenta de su devoción. A los veinticinco tenía una matriz sana capaz de procrear. A los cuarenta me invadió un fibroma por lo cual me la extrajeron. Fuimos felices, pero lo privé de tener descendencia.
-Lo siento, Elena. Pero ¿habrías tenido hijos sólo por complacerlo?
-Cuando te enamores comprenderás que la maternidad no es un mandato sino una ofrenda más de amor hacia tu pareja. Pero dejemos de lado mi vida -sugirió con una sonrisa.- La tuya es más interesante. ¿Se puede saber por qué todavía no tenés un novio?
-Porque ninguno de los que conocí reúne los atributos para ostentar ese título -dijo Sandra con humor.
-Se te habrán cruzado hombres inadecuados. Dejame pensar… -se llevó el índice a la barbilla y quedó abstraída.
-Elena -declaró la joven incorporándose.- Me voy, y no se te ocurra presentarme a nadie. ¡Odio las citas concertadas! Ya me las ingeniaré para conocer a mi media naranja. -Riendo, se inclinó para darle un beso en la mejilla.- Hasta mañana, Elena.
La mujer la vio caminar con la decisión y flexibilidad que la caracterizaban. De la charla que habían tenido sólo le interesaba lo más reciente: que esa jovencita estaba sin pareja. 


Luciano madrugó para realizar el levantamiento topográfico de un campo ubicado a ciento cincuenta kilómetros de Rosario esperando terminarlo en el transcurso la mañana. Mientras se afeitaba sintonizó un informativo que vomitó accidentes en la ruta, asaltos, caminos cortados por los piqueteros y allanamientos de moradas con fines de robo. Le preocupaba dejar a Romina sola en la espaciosa vivienda pero no podía eludir este compromiso. ¿Cuándo tuvieron que enrejar toda la casa y vivir como reos? Se deslizaron inadvertidamente a medida que crecía la inseguridad en las calles y, faltos de protección, recurrieron a la iniciativa personal que los delincuentes se encargaban de burlar. Nada los detenía, ni alarmas, ni rejas, ni puertas blindadas. Sólo la buena suerte de los desprotegidos. Terminó su aseo personal y se vistió declinando desayunar. Pararía en el camino. Escribió una nota para su hermana y salió de la casa en silencio para no despertarla. A las dos de la tarde estaba de regreso y encontró a Romi a punto de comer un sándwich.
-¡Hola, nena! Estoy famélico así que te invito a almorzar.
-¡Qué suerte! ¿Adónde me vas a llevar? –dijo Romina que gustaba de comer bien amén de la compañía de su hermano.
-Elegí vos.
-¡A la Herradura!
-No sos tonta ¿eh? –rió Lucho.- Pero mi hermanita se merece lo mejor. Vamos.
En el auto la chica barajó la conveniencia de comentarle a su hermano el proyecto que compartía con sus amigas. Decidió que lo haría pero después de comer. No iba a arruinarse un buen asado. La comida transcurrió entre platos y amable charla. Cuando volvieron a la casa Lucho le informó que iba a tomar una siesta. Romina tampoco creyó prudente arruinarle el descanso. Además, a las cuatro recibiría la primera tanda de alumnos y a las seis la última. Se lo diría antes de la cena. Luciano pasó a saludarla a las siete de la tarde y le avisó que cenaría con un amigo.
-¿Por qué no invitás a comer a tus amigas? Así no te quedás sola.
Ella se levantó y lo llevó a un aparte:
-No tengo plata para comprar nada. Recién voy a cobrar este fin de semana.
-¿Cómo no me dijiste antes? No te pregunté porque pensé que papá te había dejado efectivo. –Sacó la billetera y separó tres billetes de cien pesos.- ¿Tirás con esto?
-¡Sos un rey! –exclamó y lo abrazó estampándole un beso en la mejilla.- ¡Te juro que te lo voy a devolver!
-¡Ja…ja...! Para ahorrarte conflictos morales, consideralo un obsequio. Pero no te quedes sola.
-Apenas se vayan los chicos, curso la invitación –aseguró con una sonrisa.- Chau y que te diviertas.
Él le hizo un gesto de saludo y salió de la sala de clases. Cuando se fueron los últimos alumnos, Romina llamó a Sandra. A pesar de que no se veían con frecuencia, había una afinidad entre ellas que no requería alimentarse con la asiduidad. Se hablaban por teléfono cada tanto y desde esa coincidencia se permitieron, aunque hiciera varios meses que no se frecuentaran, planear una estrategia para resolver la crisis económica y convocar a las amigas comunes. Después de confirmar la presencia de su amiga, llamó a la rotisería para encargar la cena. Revisó la bodega paterna y seleccionó un vino Malbec para acompañar la comida. Sandra llegó a las nueve y media junto con el repartidor. Romina le pagó y juntas entraron los paquetes hasta la cocina.
-Tomá –dijo la anfitriona.- Te devuelvo los veinte pesos que me prestaste.
-¡Pero no! Dejalos a cuenta de la comida.
-Agarralos. Esta noche invito yo.
-¿Te pagaron los alumnos?
-No. Mi hermanito se compadeció de mi pobreza y me regaló trescientos pesos.
-¡Ése en un Lucho que desconozco! ¿Desde cuándo tan desprendido? –rió Sandra.
-Desde hace varios años. Es que te queda el recuerdo de cuando empezó a trabajar y ahorraba para comprarse el auto. Ahora tiene auto, departamento… y una hermana indigente –agregó con gesto de desánimo.
-Bueno, no te pongas así. Que si lo nuestro funciona vendrán épocas prósperas. –Se quedó pensando.- ¿Tan poco tiempo le llevó a Luciano hacerse dueño de un auto y un departamento?
-Años, nena. ¿Cuándo lo viste por última vez?
-Dejame pensar… ¿Cuando terminamos el secundario? ¿Hace cinco años? –se quedó perpleja.
-Hace más –aportó Romi.- Cuando estábamos en cuarto él empezó a trabajar con papá, así que no venía a casa en todo el día entre las visitas a los campos y las clases en la Facu. Me acuerdo que mami renegaba para que cenara antes de que se tirara en la cama, porque lo único que quería cuando llegaba a la noche era dormir.
-Sí. Me acuerdo lo flacucho que era. Alto y puro hueso.
-Épocas pasadas –dijo Romina risueña.- Ganó en peso y en algunas canitas que le quedan muy bien. Así que sacando cuentas, hace seis años que no lo ves, porque cuando nos graduamos estaba enfermo y no vino a la entrega de diplomas ni a la fiesta. Después cada una siguió por su lado… -agregó con nostalgia.
-Como dijiste: épocas pasadas –citó Sandra terminante.- La realidad es que permanecimos en contacto aunque no nos viéramos tan seguido y por eso estamos embarcadas en una empresa común. Hice un sondeo con una de mis alumnas y si no te conociera, no te contaría la charla que tuve porque te desalentaría…
-Entonces –resolvió Romina- contámelo mientras comemos y delante de un vaso de vino.
Se acomodaron en la mesa de la cocina, calentaron la comida y cuando degustaban las supremas a la napolitana, Sandra le relató el diálogo con Elena.
-Estoy decepcionada. Yo, que la consideraba una adelantada y que iba a ser nuestra mejor promotora… -dijo con pesadumbre.
-Tenés que comprenderla, -alegó Romina- Elena te aprecia y ve con preocupación un proyecto que relaciona con el riesgo y la inseguridad.
-Ahí está el meollo -atajó Sandra.- Que el único argumento que esgrima para corregir nuestras finanzas esté atravesado por la presencia de un hombre.
-No de cualquiera -connotó su amiga.- Sino de un compañero de vida como el que tuvo ella. ¿Qué ves de censurable en su razonamiento? El amor y la realización personal no son incompatibles sino complementarios.
-En tanto no encontremos a nuestro peor es nada, niña romántica, tenemos que subsistir por nuestra cuenta -entonó Sandra. La miró con suspicacia y le preguntó:- ¿Acaso estás arrepentida?
-¡Qué va! Sólo resaltaba el aspecto más positivo de la contradicción. Pero esto me lleva a pensar en por qué, con tantos tipos dando vuelta, estemos más solas que una ameba.
La carcajada de Sandra desencadenó la risa de Romina e hizo preguntarse a Lucho, que estaba entrando en la casa, qué era lo que divertía tanto a las chicas. La socia de Romi, enfrentada a la puerta, fue la primera en verlo. La hilaridad dejó paso a la huella de una sonrisa al contemplar al recién llegado. Ese hombre que la observaba con callada seriedad distaba años luz del recuerdo que tenía de Luciano. Su mirada la descentró de la familiar reunión que compartía con su amiga y la arrojó a una espiral de sensaciones inquietantes. Romina fue testigo de cómo la amplia sonrisa de su hermano se transfiguraba en una solemne gravedad que suspendió el tiempo en una muda interrogación. ¿No reconocía a Sandra en la mujer que parecía haberlo conmocionado? Lucho reaccionó y entró a la cocina:
-¡Hola a las dos! -dijo- ¿Vos sos…? -dejó la pregunta en suspenso.
-Sandra -respondió la chica, recuperada.- Y vos Lucho, si no me equivoco.
-La última vez que te ví tenías un aparato en los dientes y… ¿algunos kilitos de más? -arriesgó con una sonrisa que intentaba disculpar una probable ofensa.
La muchacha no se alteró. Una límpida carcajada acompañó su declaración:
-Y parece que los kilos te los endosé a vos. En cuanto al aparato -aclaró recuperando la seriedad- ya no lo tenía cuando acabé la secundaria.
-¿Cómo es que volviste tan temprano? -interrumpió Romina que trataba de ubicarse en el nuevo paisaje que había configurado la aparición de su hermano.
-Porque a Gonzalo lo llamaron del hospital. Lo requería un bebé que asomaba a este mundo. ¿Y ustedes en qué andaban?
-Madurando nuestro proyecto -reveló Sandra. Y al ver el gesto de extrañeza de Lucho:- ¿No te contó Romina?
-No hubo oportunidad -explicó la nombrada internamente mortificada por la infidencia de su amiga.
Sandra captó al vuelo la contrariedad de Romi. ¿Temía la opinión de Luciano? De todos modos ella ya lo había soltado. Su voz tenía un matiz decidido cuando se hizo cargo de la explicación:
-Un grupo de amigas, Romi, y yo, nos asociamos para brindar un servicio de acompañantes amistosas -dijo de un tirón.- Así que contamos con tu colaboración para dar a conocer el emprendimiento. -Lo miró con gesto retador.
Luciano no acusó el desafío. Le devolvió la mirada con parsimonia, se tomó tiempo para asimilar la noticia y después opinó:
-¿Una agencia de acompañantes? No les cuadra a chicas universitarias.
-¡Amistosas, Lucho! -terció su hermana.- Para personas que necesiten compañía para realizar una actividad recreativa, o de estudio, o simplemente tomar un café con un amigo que no tienen.
-¿Contratar un acompañante para tomar café? -el hombre las miró entre asombrado y divertido.
-¡Es una manera de decir! -se sulfuró su hermana.
-Pará, Romina -pidió Sandra. Se enfrentó con Lucho y le explicó con el talante de una maestrita ante un alumno obtuso:- La idea es reemplazar un vacío por una presencia amistosa. Hay muchas personas que resignan actividades por falta de compañía, por no poner en compromiso a sus familiares o por no encontrar un amigo que comparta sus intereses. Nosotras estamos abiertas a cualquier propuesta -afirmó, sin que su declaración hiciera desaparecer la exasperante mueca del rostro del hombre.
-¿A cualquiera…? -le insinuó.
-¿Viste por qué no le dije? -estalló Romi.- Porque convertiría un inocente proyecto en una absurda aventura.
-¡Ah, no, no, jovencitas! -reaccionó Lucho.- Yo no quiero desanimarlas ni tergiversar sus planes. Pero este emprendimiento puede ser riesgoso si tropiezan con el cliente equivocado.
-Los clientes que tomaremos serán recomendados por gente conocida. No veo qué peligro supone esta elección -dijo Sandra enfurruñada.
Luciano se quedó absorto en el rostro contrariado. Pensó en ofrecerse como único comprador de los servicios de la muchacha. ¿Por qué no? Tenía el perfil adecuado: conocido, recomendado... Controló la sonrisa que pugnaba por asomar a la sombra de la idea. Sandra y Romina se habían encerrado en un silencio antagónico y él no deseaba ganarse la hostilidad de su hermana ni de la mujer que lo había sacudido. Suavizó el timbre de su voz buscando la reconciliación:
-Entiéndanme, por favor. Sólo me preocupa la seguridad de ambas, de que se encuentren frente a una situación que las ponga en apuros. Si me hubieran hablado de instalar una boutique o una perfumería no hubiera puesto reparos…
-¡Sí, claro! -dijo Romina.- Y tampoco si hubiéramos estudiado peluquería o corte y confección. -Se volvió hacia su amiga:- Tenías razón, lo que este energúmeno necesita es una mujer del siglo pasado.
Luciano, además de darse cuenta de que había esgrimido el argumento equivocado, se sorprendió de que Sandra y su hermana hubiesen discutido acerca de sus inclinaciones amatorias. Porque atribuirle un arquetipo de mujer connotaba una presunción amorosa.
-¿No quisieras conocerme mejor antes de resolver qué tipo de mujer me gusta? - moduló bajamente clavando sus ojos en la hacedora de hipótesis.
Sandra desvió la mirada y se preguntó qué jugarreta del destino la colocaba en posición tan desairada delante de ese presuntuoso. ¿Qué se creía? ¿Que porque les llevaba algunos años estaba autorizado a inmiscuirse en sus decisiones? Ella no se lo permitiría ni a su padre. “¡Ay, Romi! ¿Por qué no te callaste la boca?”, pensó. Se mordió el labio inferior y aclaró, por no dejar sin respuesta la pregunta intencionada:
-Fue una chanza.
Lucho no quiso ir más lejos. Percibió el malestar de la muchacha y se reprochó por haber malogrado el primer acercamiento. Debía atenuar la irritación de las chicas aunque tuviera que deponer momentáneamente sus reservas. Se escuchó decir:
-Romina. Sandra. Soy un desubicado. Es que la sola idea de que puedan ponerse en peligro me trastorna. ¿Podrán perdonarme si las invito con el postre? -ofreció con una sonrisa de disculpa.
Su hermana se le quedó mirando. No era propio de Lucho abandonar una discusión hasta agotar el tema. Era obvio que la presencia de su amiga operaba como freno. Resolvió explotar la ventaja para que declarara ante ella su adhesión al proyecto:
-¿De modo que si tomamos todos los recaudos te parece viable? -le preguntó con tonito mordaz.
Luciano sonrió ante la treta de Romi. No podría desdecirse si expresaba su conformidad públicamente, pero aún tenía algo que manifestar:
-Uno de los recaudos será registrar los pormenores de cada salida para tranquilidad de todos, ¿vale?
-¿Pensás supervisarlos? -averiguó Sandra.- Porque te aclaro que no vamos a contratar empleados por ahora.
-Lo haré ad honorem -manifestó Lucho riendo francamente.- Ahora, ¿quieren que vayamos por el postre?
-No hace falta -dijo Romina.- Tenemos helado y nosotras te vamos a convidar. -Lo sacó del freezer y trajo copas y cucharas.- ¿Qué gusto preferís?
-Chocolate y frutilla -indicó Lucho.
-Frutilla no hay. ¿Otro?
-Vainilla.
-No hay. ¿Otro?
-El que haya. Se va a derretir si me seguís preguntando -dijo con paciencia.
Su hermana rió y completó la copa con sabayón.
-Te estaba cargando. No hay más que estos dos gustos. Yo elegí el chocolate y Sandra el sabayón. -rellenó las otras copas y le entregó una a su amiga.
Los tres comieron en silencio. Los ojos de Luciano no se apartaban de Sandra que degustaba su helado despaciosamente, y los de Romina fluctuaban entre el rostro concentrado de su amiga y el abstraído de su hermano. ¿Habría asistido a un flechazo? Apostaba que sí para Lucho, pero no estaba tan segura con Sandra. El atrevimiento de su hermano la había fastidiado y probablemente conspiraba contra cualquier acercamiento. Suspiró, porque le habría encantado que formaran pareja. El anuncio de su amiga, que había terminado con el helado, la apartó de sus pensamientos:
-Bueno, me voy. Mañana temprano tengo que pasar por las tarjetas y los folletos. ¿Me pedís un taxi?
-Yo te llevo -ofreció Lucho.
-No. Gracias. -denegó la joven con firmeza.- Por favor, Romi, pedime un taxi.
-¿Todavía estás enojada? -indagó el hombre.
-¿Debería? Es que no quiero molestarte -agregó.
Él hizo un gesto de aceptación y Romina solicitó un móvil. Cuando sonó el timbre la acompañó hasta la puerta y se despidieron con un beso. Su hermano la esperaba en la cocina.
-Linda y cascarrabias tu amiga -dijo.- ¿Cuánto pensás que le durará la bronca?
-Conociéndola, un buen rato. Empezaste con el pie izquierdo si entendés lo que quiero decir.
-¿A qué viene esa advertencia?
-Te gustó, tarado. Y vas a tener que hacer mérito para que se olvide de tu desplante machista. Por cierto que nunca te ví tan cautivado por una mujer. ¿Encontraste la horma de tu zapato, don Juan?
Sólo chispearon los ojos de Luciano en el tranquilo rostro. Le pasó un brazo por los hombros y la condujo hacia la escalera que llevaba a los dormitorios.
-Es hora de dormir, chiquita. Y sosegá esa prolífica imaginación.
-Como digas. Pero estoy segura de que si te esforzás, podrás reivindicarte. Siempre pensé que no hay mujer que pueda resistir el encanto de mi hermano -afirmó dándole un beso de despedida.
-¿Ni Sandra? -dijo él con un matiz de ansiedad.
-¡Ni Sandra! -confirmó Romi alegremente.


A las siete de la tarde del miércoles volvieron a reunirse en casa de Sandra. Preparó el equipo de mate, galletitas dulces y saladas, y acomodó tarjetas y volantes sobre la mesa. Para no hacerla bajar más de una vez, sus amigas se dieron cita en la puerta y cuando estuvieron todas reunidas tocaron el timbre del departamento. Sandra, con su largo pelo recogido en cola de caballo, saltó con destreza los últimos peldaños y corrió a abrirles.
-¡Tengo todo, chicas! -les informó con entusiasmo.- Las tarjetas están fantásticas y los folletos muy comprensibles.
Mientras ella se ocupaba del mate, las demás se dedicaron a estudiar los impresos. En las tarjetas figuraba el nombre de cada una, sus profesiones y un número de celular que Sandra habilitó especialmente para el negocio.
-Bueno -dijo al cebar el primer mate,- cuéntenme que hizo cada una.
-Yo lo comenté con mi familia y me dijeron que era una locura -principió Abril.- Pero pienso entrevistar a mi cuñado que tiene un hotel cerca de la Terminal adonde paran muchos turistas de los alrededores.
-A mí en casa me dijeron lo mismo -siguió Liliana,- al final papá se ablandó y me prometió que lo va a comentar en el Jockey.
-Mm… -dijo Abril.- Allí abundan los tipos prepotentes y con guita. Podrían confundirse sobre el tipo de compañía…
-Papi cuida a su nena -puntualizó Liliana.- Seguro que lo difundirá entre las mujeres de sus compañeros de golf.
-Por mi parte, -aportó Margarita- misma reacción familiar. Así que estoy confeccionando un listado de alumnos que no sean de Rosario para entregarles las tarjetas y los folletos.
-Folletos, por ahora, no. -dijo Sandra- Se los daremos a los integrantes de nuestra familia para que les quede claro el emprendimiento y más adelante, cuando la agencia esté funcionando, los distribuiremos entre los clientes para que nos recomienden.
-¡Eso es lo que me encanta de vos! -señaló Romina apretándole la mano.- Tu invencible optimismo.
-¿Y ustedes qué cuentan? -preguntó Abril.
-Yo hablé con mi hermano y prometió colaborar -afirmó Romi.
-¡No…! -exclamó Liliana.- La primera respuesta familiar atípica. ¿No opuso ninguna resistencia?
-Al principio un poco -contestó mirándola a Sandra con una sonrisa.- Pero después cedió como un manso corderito.
-No me lo imagino a Lucho manso -declaró Abril.- ¿Segura de que no le dijiste que ibas a instalar una consultora o algo así?
-Sabe a lo que nos vamos a dedicar -recalcó Romina.- Y se ofreció a darnos una mano… ¡gratuitamente! -terminó con una risa.
-Cosas veredes, Sancho -murmuró Abril. Se dirigió a Sandra:- ¿Y vos, directora?
-Hablé con tres alumnos. Un fracaso con Elena, pero Torcuato y Miguel se interesaron por el proyecto y se comprometieron a difundirlo entre sus amigos. Tienen todos arriba de setenta y ¡plata! Serían los mejores postulantes. Me falta comentarlo con Horacio y Lalo.
-¿Y qué hay de tu familia? -insistió Abril.
Romina se puso tensa. Ella conocía muy bien la conflictiva vida familiar de Sandra.
-¡Ah! Ya saben. Mamá está ocupada con su nueva conquista y papá en el Sur con su flamante esposa. Les falta tiempo para frustrar mis desvaríos -dijo con displicencia. Después agregó:- Vayamos a lo nuestro.
Iniciaron un intercambio de ideas que duró hasta las nueve y donde acordaron hacerse cargo del celular una semana por vez, durante la cual transmitirían a la portadora cualquier posibilidad de empleo para confeccionar la planilla correspondiente. Cada una volvió a su casa con la ilusión de un objetivo concretado.
El resto de la semana fue inexistente en novedades de trabajo. Sandra encontró mayor aceptación entre sus discípulos masculinos y, aunque estaba tan ansiosa como sus amigas de que se produjeran novedades, se tranquilizó y las tranquilizó alegando que todo emprendimiento tenía su tiempo de maduración.
El viernes a la tarde regresaron los padres de Romina circunstancia que aprovechó Lucho para pasar el fin de semana en la isla con amigos. Su hermana lo quería mucho, pero respiró con alivio al perder de vista a su custodio. Ayudó a su mamá a deshacer las valijas y se ocupó temprano de la cena para que los recién llegados fueran a descansar. A las diez, aburrida, la llamó a Sandra para charlar. Quedaron en encontrarse en el centro a la mañana siguiente. Se dio una ducha y encendió el televisor para quedarse al poco tiempo dormida. A las ocho sonó el despertador y se levantó de inmediato para no rendirse a la fiaca. Se puso su conjunto de jean con una remera estampada y se calzó con zapatillas. Pensaba persuadir a su amiga de realizar una caminata por la costa. Cuando bajó fue derecho a la cocina adonde sus padres ya estaban desayunando.
-¡Buen día! -saludó con alegría repartiendo sendos besos.
-¡Buen día, madrugadora! -contestó su papá abrazándola.- ¿Adónde vas tan temprano?
-A las nueve nos veremos con Sandra. ¿Descansaron?
-Como unos benditos -dijo su mamá.- No hay como la cama de uno para dormir. ¿Te preparo una tostada?
-¡Dale! -asintió mientras se servía una taza de café y le agregaba un poco de leche.
-¿Y cómo anda Sandra? Hace años que no nos visita.
-Está bien. Hace varios meses que vive sola. Estuvo en casa hace unas noches. Al bobo de tu hijo se le cayó la mandíbula cuando la vio.
-¿Está tan cambiada? -preguntó su mamá riendo.
-Y sí… Perdió como doce kilos desde que terminamos el secundario y no los volvió a recuperar. Además, tiene ese pelo tan hermoso… Y el hecho de haberse independizado le fortaleció el carácter. A propósito -informó.- Entre Sandra y algunas amigas organizamos una empresa de servicios.
-¿Ah, sí? -intervino su padre.- ¿Y a qué se van a dedicar?
-Verás. Es un servicio de acompañantes amistosas para posibilitar que la gente sola realice actividades gratificantes…
-¿Acompañantes? -la interrumpió su padre con el ceño fruncido.
-Amistosas, papá. ¿Será posible que nadie entienda el significado de amistosas? -recalcó.
-No lo tomes así, nena -dijo su madre, conciliadora, alcanzándole dos tostadas.- Es que los hombres las únicas acompañantes que conocen son a las que ejercen la prostitución.
Romina desmenuzó para sus progenitores todas las posibilidades que contemplaba el plan hasta conseguir que ambos le prometieran hablar con todos los contactos confiables que conocían. Les entregó tarjetas y folletos y salió a la calle con la sensación de haberse quitado un peso de encima: su familia estaba al tanto de sus aspiraciones y la apoyaban.
Sandra ya la estaba esperando en la intersección de las dos peatonales. Le propuso la caminata que su amiga aceptó sin reparos y mientras bajaban hacia el río la puso al corriente de la charla con sus padres.
-¡Qué bien, Romi! -dijo su amiga.- No esperaba menos de ellos. Siempre los consideré evolucionados en comparación con los otros y es una tranquilidad tenerlos de nuestro lado. -A continuación:- ¿Desayunaste?
-Sí. ¿Y vos?
-Pensaba hacerlo en el centro, pero será más grato al lado del río.
Continuaron bajando por la peatonal charlando y mirando algunas vidrieras, se detuvieron para curiosear la mesa de una librería adonde Sandra adquirió una novela de Saramago y después cruzaron la plaza rumbo al Monumento a la Bandera. Desde allí se acercaron a la Estación Fluvial para terminar acomodándose en una mesa protegida por una sombrilla y con vista al río. Romi pidió un café y Sandra café con leche y dos medialunas. Era un día de cielo despejado y sol deslumbrante. En una mesa cercana dos turistas de habla inglesa intentaban hacerse entender por la camarera. Sandra le guiñó el ojo a Romina y le dijo:
-¡A tu juego te llamaron!
La chica sonrió y se levantó para acercarse a la desalentada moza.
-¿Querés que te sirva de intérprete? -le preguntó.
-¡Ah, sí! Lo único que entendí es café, pero no sé cómo lo quieren y con qué desean acompañarlo.
-¡Hola! -se presentó:- Mi nombre es Romina y le transmitiré a la camarera su pedido.
Los hombres sonrieron aliviados. Le agradecieron e hicieron el pedido que ella comunicó a la empleada. Mientras la muchacha se alejaba, los turistas se dieron a conocer:
-Yo soy Thomas Anderson -dijo el más joven levantándose y tendiéndole la mano. Su acompañante lo imitó:
-Y yo Michael Lemacks -le estrechó la diestra.- Y sería un honor para nosotros que compartieras nuestra mesa.
-Les agradezco, pero estoy con una amiga. -se excusó con una sonrisa.
-¡Las dos, por supuesto! -insistió el llamado Michael.
Romina titubeó. Los jóvenes le parecían confiables pero no quería decidir por ambas.
-Voy a preguntarle -dijo, y volvió a su mesa.
Sandra, que había estado observando la escena, le lanzó una mirada interrogante.
-Esos yanquis quieren que nos sentemos con ellos para agradecer mi intervención. -señaló Romi.- ¿Te parece bien?
-Lo que vos decidas -contestó su amiga.
-Entonces, vamos. Porque el tal Michael está más que interesante.
-Sí, vamos porque los pobres no han vuelto a sentarse desde que te saludaron.
Una vez presentada Sandra, los cuatro se instalaron alrededor de la mesa. Romi conversaba con soltura en tanto su amiga pescaba de vez en cuando una palabra. Cuando se dirigían a ella, Romina hacía de intérprete. Se enteraron de que Michael residía en Nueva York y Thomas en Boston. El primero tenía una cadena de restaurantes y el otro era profesor de Matemáticas. Estaban disfrutando de dos semanas de vacaciones y conociendo las principales ciudades de Argentina. Sandra observó el interés recíproco entre Michael y su amiga y lamentó que se hubiese disparado entre dos personas que vivían en países tan distantes. Thomas se esforzaba por chapurrear en castellano y ella en inglés, aislados uno y otro del personal diálogo practicado por la otra pareja. Pasado el mediodía consultó su reloj y se dirigió a Romi:
-Ya son las doce y media. ¿No tendríamos que pegar la vuelta?
-¡Cielos, sí! -exclamó su amiga. Le dirigió una parrafada a Michael y él le respondió pidiéndole el número de celular que inmediatamente agendó en el suyo. Se despidieron rechazando la oferta de ser llevadas a sus casas. Las dos estaban ansiosas por hablar del encuentro por lo que Romina llamó a su madre para avisarle que almorzaría con Sandra. En el restaurante le confesó:
-Michael quiere que cenemos juntos.
-Me parece estupendo, Romi. Aunque sería bueno que no te entusiasmés demasiado porque pronto volverá a su patria.
-Es verdad. Pero me gustó apenas lo ví. ¿Es tan malo querer disfrutar de su compañía aunque sólo sea por esta noche? -dijo lastimera.
Sandra meneó la cabeza con una sonrisa:
-No es malo, pero aceptando que es pasajera.
Cuando se les agotó el tema de los turistas hablaron de sus proyectos. Se separaron a las tres de la tarde, una ilusionada con su salida nocturna y la otra planeando la lectura del libro que había comprado.

Romina volvió a su casa animada por la posibilidad de un encuentro con Mike. Siempre que cumpla con la promesa de llamarme, pensó. Se llevó una sorpresa al ver a su hermano instalado en la sala de estar.
-¿No te ibas a pasar el fin de semana en la isla? -preguntó.
-Gracias por tu interés, hermanita. Estoy bien -le contestó con ironía.- A tu pregunta, terminamos remando hasta la costa porque el velero de Luis se descompuso. Y vos, ¿de dónde venís?
-Salí con Sandra.
-¡Ah…! ¿Qué dice tu linda amiga? - averiguó con interés.
-Nada de vos, precisamente. ¿Dónde está mamá?
-En la terraza. ¿Segura que ni siquiera me mencionó?
Romina le hizo una mueca y salió al patio trasero que accedía a la azotea. Encontró a su madre arreglando las plantas y le hizo señas para que entrara al quincho. La mujer, sonriendo, ingresó quitándose los guantes.
-Hola, Romi. ¿Cómo te fue? -Luisa le dio un beso y ambas se sentaron en los cómodos sillones de hierro.
-No vas a creer, mami -le dijo con entusiasmo.- Esta noche voy a salir a cenar con un comerciante de Nueva York.
-¿Y dónde lo conociste?
Romina le narró el encuentro, la charla posterior que propició el acercamiento y la demanda del hombre para verla más tarde. Su mamá la escuchaba entre la aceptación y el reparo. Conocía a su hija pero no al individuo que la pretendía. No quería privarla de su salida pero tampoco dejar en manos del azar su seguridad. Cuando la joven acabó su relato, Luisa le hizo una propuesta:
-Estoy de acuerdo en que salgas, pero no sola. Sugerile que traiga a su amigo así Sandra puede acompañarte.
Romina advirtió que no podría hacer nada para que su madre cambiara de idea. Una protesta salió de sus labios:
-Pero mamá…
-Sé que sos mayor de edad y no puedo exigirte obediencia, así que te pido, en nombre de la sinceridad que siempre sostuvimos, que me complazcas. -Sus facciones se suavizaron:- ¡No me perdonaría hijita, por ser indulgente, si algo te pasara!
El timbre del celular de Romina malogró la respuesta. Luisa supo con quien dialogaba cuando la escuchó hablar en inglés. Poco después cerró el aparato y le aclaró a su madre con expresión maliciosa:
-Mike se aviene a cualquier capricho para verme, pero te aclaro que si Sandra se niega, tendrás que convertirte en la pareja de Thomas. ¡Y ahí te quiero ver…! -concluyó con una carcajada.
Luisa rió con alivio y la conminó:
-Avisale a Sandra… ¡ya!
Romina no tuvo mucho que insistir. Su amiga no tenía compromisos pero sí un espíritu solidario. Además se había divertido mucho improvisando con Thomas. Acordaron que la pasarían a buscar a las nueve y media.
-¿Estás satisfecha, mami? -preguntó después de colgar.
Luisa se acercó y la abrazó. Ella respondió al arrumaco de su madre que le dijo:
-¿Sabés cuánto te quiero?
-Lo mismo que yo a vos, insufrible. Ahora me voy a tirar una horita para relajarme. ¡Llamame a las cinco!
-Descansá tranquila.
Romina estaba exultante. ¡Las cosas se habían resuelto con tanta facilidad! Se acostó y durmió sin sobresaltos hasta que su madre la despertó. Se dio una ducha y bajó a merendar enfundada en una bata y con el pelo envuelto en una toalla. Saludó a su padre y escuchó el reproche de Luciano:
-¡Flor de hermanita, tengo! Parece que las atraen más los cowboys que los gauchos…
-Mamá, sos un estómago resfriado -la acusó Romi.
-¿No quedamos en que yo iba a supervisar a los clientes? -dijo Lucho.
-¡Éstos no son clientes, gil! Lo único que falta es que también te quieras meter en mis citas.
-Basta… -intervino su padre.- La idea de tu madre está bien encaminada -le dijo a Luciano.- Además cuando las vengan a buscar los haremos pasar para formarnos una impresión.
-No lo voy a tolerar. ¡Me pondrán en ridículo! -gritó Romi.
-¿A qué hora viene Sandra? -indagó su hermano.
-¡No viene! La pasaremos a buscar.
-¿Te vas a subir a un auto con dos tipos extraños? -bramó Lucho.- ¡Ni lo soñés! Y hasta me parece un desatino aunque vayan las dos.
-Díganme que esto es una pesadilla -dijo la joven con voz lastimera.- ¡Se han confabulado todos para que no salga!
-Tiene solución, hija -aportó su mamá.- La llamás y le decís que Lucho o papá la pasarán a buscar así salen juntas de casa.
-¡Lucho, no! Ahí es cuando Sandra deja de ser mi amiga. Acabemos -dramatizó.- No la voy a llamar ni a salir. Ustedes ganaron. Me voy a la cama.
-¿Y si la llamo yo? -perseveró Luisa.
Romina se encogió de hombros y esperó al comienzo de la escalera. Su madre se comunicó con Sandra y después de una charla, colgó con una sonrisa:
-Dijo que no tenía inconveniente en aprontarse más temprano. Rafael -pidió con gentileza.- ¿La irías a buscar?
Su marido asintió y Luciano no intervino. Bastante furiosa estaba su hermana con él. Romi subió a cambiarse y se esforzó por recuperar la calma. No todo está perdido, pensó. Por un lado agradecía el celo con que su familia velaba por ella, por el otro, la sublevaba ser tratada como una chiquilla. Al que debo pararle el carro, se dijo, es a Lucho. Su hermano invadía roles que no le incumbían. Comenzó a revisar su guardarropa y se concentró en el atuendo que luciría. Terminaba de maquillarse cuando Luisa le avisó que había llegado su amiga. Al bajar, tuvo una vista panorámica del grupo que la esperaba: su mamá departía con Sandra que lucía un vestido de falda corta ceñido al cuerpo, sandalias de altos tacones y suelta la larga cabellera que le caía despareja sobre la espalda. Lucho la miraba con la misma avidez de la noche anterior y su papá observaba con gesto benévolo al trío sacando -con seguridad- sus propias conclusiones. Fue el primero en reparar en su presencia y emitió un silbido de admiración. Ella bajó riendo los últimos escalones y se abrazó con Sandra.
-Romi -le dijo su amiga.- Me parece que Michael no vuelve a Nueva York.
Las dos prorrumpieron en carcajadas. Luciano abandonó la sala con brusquedad, maniobra que no pasó desapercibida para Rafael. Ya voy a buscar el momento de hablarte, pensó. Se acercó al grupo de mujeres y estudió a Sandra con disimulo. La rellenita adolescente se había transformado en una bella mujer y dedujo -por la expresión de su hijo, los dichos de Romi y el tibio saludo que Sandra le dispensó a Lucho cuando ingresó a la casa- que la joven estaba vinculada con la atípica conducta de su hijo. El sonido de un celular lo apartó de su reflexión. Romina atendió y apagó el aparato después de una breve comunicación:
-Michael viene solo -comentó con gesto resignado.
-¿Qué pasó? -se interesó su amiga.
-No me dio detalles. ¿Qué vamos a hacer ahora?
-Tendrá que escoltar a dos lindas chicas -dijo Rafael.
Sandra esbozó un gesto de contrariedad que disimuló al ver la cara contrita de su amiga. Si tenía que hacer de chaperone para resolver esta complicada cita, lo haría.
-¿Y si es un subterfugio que esconde alguna intención? -preguntó Luisa preocupada.
-¡Mamá! Estás convirtiendo una inocente salida en una historia siniestra -se indignó la hija.
Rafael quedó pensativo. Su propuesta, al menos racionalmente, no tuvo que ver con favorecer a su hijo:
-¿Y si Lucho los acompañara?
Romina se sintió precipitada al vacío. Ella no podría obligar a Sandra, que aún conservaba una clara antipatía por la conducta de su hermano. Estaba visto que debería resignar el encuentro. Las palabras de su amiga la sorprendieron:
-Por mí no hay problema. Habría que preguntarle a Luciano -argumentó con displicencia.
Rafael salió disparado a buscar a su hijo. Romina cruzó su mirada agradecida con la resignada de Sandra. Poco después ingresaron a la sala padre e hijo. Romi imploró que su hermano contuviera los desplantes a los cuales era tan afecto. Lo vio acercarse a Sandra.
-¿Estás de acuerdo? -le preguntó.
-Cualquier cosa para no frustrarle la salida a tu hermana -le contestó.
Él aceptó el reto con un gesto y subió a cambiarse. No había hecho más que bajar cuando sonó el timbre. Contuvo a Rafael con un ademán y salió a recibir al pretendiente de su hermana. Poco después ingresó a la casa con Michael. Introdujo a sus padres en fluido inglés y esperó a que el hombre saludara a las jóvenes. Mike se disculpó por Thomas que ya estaba viajando en avión hacia Rawson. Explicó que completarían las vacaciones por separado porque él había decidido quedarse en Rosario hasta el día de la partida. No hacían falta explicaciones atendiendo al modo en que miraba a Romina. Se despidió de los padres de la chica en un esforzado español y los cuatro salieron rumbo al problemático paseo. Michael abrió la puerta del acompañante para que subiera Romi y Luciano hizo lo propio para que atrás se acomodara Sandra. El conductor anunció que había reservado una mesa en Los Tilos, un restaurante que le habían recomendado. Lucho aprobó su elección porque había concurrido al exclusivo comedor en otras ocasiones. La conversación discurría en inglés y Luciano, apreciando que Sandra quedaba aislada, se preocupó en oficiar de intérprete. El establecimiento, rodeado de un extenso parque, estaba a media hora de Rosario. Un maître los condujo, ni bien llegaron, hasta su ubicación al lado de un ventanal que asomaba hacia un lago artificial. Las mujeres, que no conocían el lugar, lo elogiaron con tanto entusiasmo que Mike se congratuló por haberlo escogido. Luciano se esmeró en su rol de traductor favoreciendo una metamorfosis positiva de Sandra hacia su persona. Al final de la velada ella se dio cuenta de que hacía rato departía amigablemente con Luciano y que Romina y Mike estaban enfrascados en una charla personal que no requería intérpretes.
A la hora de pagar la cena Michael se negó rotundamente a compartirla con el hermano de Romi.
-Entonces tendrás que aceptar que los convide con una copa en la confitería del restaurante -dijo Lucho con firmeza.
-Será un placer -aceptó el comerciante.
Luciano los guió por un sendero del parque que convergía en un pórtico custodiado por personal de seguridad. Exhibió una tarjeta que comprobaron los guardias para franquearles luego el paso hacia la confitería. Tuvieron que habituar los ojos a la luz tenue del lugar hasta divisar varias mesas bajas flanqueadas por sillones simples y dobles. Un empleado se adelantó para acomodarlos y tomarles el pedido. La pista de baile era una medialuna iluminada con leds y bolas de cristal que cambiaban suavemente de color al compás de la música melódica. El centro de la mesa imitaba un hoyo de fuego que avivaba los rostros con una pátina cobriza y el camarero acomodó a su alrededor las bebidas.
-¡Qué hermoso lugar! -alabó Sandra.- Nunca lo oí nombrar.
-Es sólo para los clientes del restaurante -aclaró Lucho.
-Mm… Parece que sos un buen cliente -sonrió la joven.
-He venido de vez en cuando -minimizó el hombre.
Gradualmente la música fue creciendo en intensidad, momento en que Mike se levantó e invitó a bailar a su pareja. Los vieron alejarse hacia la plataforma tornasolada para entregarse a las contorsiones de los ritmos de moda. Lucho, ensordecido por el estruendo, le hizo señas a Sandra para sumarse a los bailarines. La muchacha lo siguió y momentos después estaban sacudiéndose al lado de Romina y Michael que los recibieron con júbilo. Luciano se extasió observando los armoniosos movimientos que la muchacha imprimía a su cuerpo despertando en su mente imágenes de alto contenido erótico. La imaginó ondulando entre sus brazos mientras le hacía el amor y entendió que no descansaría hasta conquistarla. El volumen decayó lentamente hasta enganchar con el primer tema romántico al amparo de la penumbra. Luciano no dudó: enlazó a su pareja y la atrajo hacia sí forzándose a no estrecharla como quería. Sandra se dejó llevar procurando abstraerse de la sugestiva letra de la canción que le despertaba sensaciones primitivas. Tenía plena conciencia del cuerpo masculino peligrosamente cerca del suyo, del vigor de sus brazos y del cálido aliento que rozaba su pelo. Sus palmas, apoyadas sobre el pecho de Luciano, contuvieron el latido de un corazón desbocado. Cuando él pronunció su nombre con voz estrangulada, supo que si le respondía olvidaría que Lucho era el hermano de su mejor amiga. Lo empujó suavemente y le dijo con voz temblorosa:
-Volvamos a la mesa.
El hombre la siguió conmocionado. La tomó de los hombros y expresó:
-Sandra, por favor, no quise molestarte. Si mi conducta te ofendió, te pido perdón.
Ella negó con un movimiento de la cabeza. Se sentía vulnerable porque en un momento deseó tanto el acercamiento como él. Se oyó decir:
-No digas más, Lucho. Estoy avergonzada de haberme portado como una tonta. ¿Seguimos amigos?
-Seguimos -respondió él, y omitió el título que le había adjudicado la joven porque sus expectativas superaban esa calificación.
Bebieron sus copas en silencio y esperaron el regreso de Romi y Michael.
Luciano, apesadumbrado por el mutismo en el que se había encerrado Sandra, propuso abandonar la discoteca a las tres de la mañana. Antes de subir al auto de Mike Romi le cuchicheó a su amiga:
-¿Puedo quedarme en tu casa?
La joven asintió, por lo que Romina les comunicó a los hombres que pernoctaría en casa de Sandra. Las dejaron en la puerta del edificio adonde Romi se despidió de Mike y de su hermano con un beso. Su amiga besó a Michael en la mejilla y le dedicó un “buenas noches” a Luciano. Los jóvenes esperaron hasta que las chicas subieron la escalera y volvieron al coche.
-Vayamos a tomar un trago - propuso Lucho.
Su acompañante aceptó. Preveía que el interés de Luciano estaba en interrogarlo acerca de su hermana. Y no lo censuraba. ¿Cómo no entender su preocupación por el bienestar de esa adorable criatura que había alterado los planes trazados con Thomas? Su amigo declaró comprenderle, pero no quiso variar el itinerario. Él sólo deseaba relacionarse con ella. Siguió las instrucciones de Lucho hasta desembocar en el paseo costero y después de estacionar el auto se dirigieron a una confitería cuya terraza cubierta daba al río. Esperando las bebidas, Luciano lo interpeló:
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y cuatro.
-Romina sólo veintitrés. ¿Estás comprometido con alguna mujer?
-Soy divorciado. ¿La edad y el estado civil no me permiten salir con tu hermana?
-No te permiten herirla -aclaró Lucho con parsimonia.- Es una joven crédula y no querría que la engañaras.
-Mira, muchacho -dijo Michael con calma.- No me quedé para seducir a Romina. En realidad, ella me sedujo a mí desde que se acercó a la mesa para ofrecernos su ayuda. Quiero que me conozca mejor y pienso aprovechar los días que restan antes de volver a mi país. Si tengo que verte en cada salida, bienvenido. Y si la convenzo de que me acompañe, pagaré con gusto tu pasaje.
-¿Llevarte a mi hermana? - exclamó Luciano.- ¿No estás yendo demasiado lejos?
-Hasta Nueva York. -Admitió Michael con una sonrisa.- Claro que si ella lo acepta.
Lucho estudió el semblante sereno y comprendió que no estaba bromeando. Una sensación de desgarro lo asaltó cuando las palabras de Mike connotaron la posible ausencia de su hermana. Ni él ni sus padres estaban preparados para semejante separación. Y este hombre, tan seguro de sí mismo, desafiaba la estructura de su equilibrada familia. Pensó que peor no podría terminar su día. Dos ausencias lo ensombrecían: la concreta de Sandra y la posible de Romina. Michael se compadeció del rostro sombrío de Luciano:
-Lucho, no voy a empezar enemistándome con el hermano de la mujer que quiero. Y aunque no deseo abandonar tu tierra sin ella, me comprometo a esperar un tiempo prudencial para que tu familia consienta la separación.
A Luciano las palabras del hombre le sonaron condescendientes. De pronto recuperó la seguridad evocando las imágenes de las jóvenes. Sandra y Romina pertenecían a una casta de mujeres independientes que tomaban sus propias decisiones. Él había sido chasqueado por la primera, ¿qué le hacía pensar al yanqui que su hermana iba a salir corriendo tras él? La deducción cristalizó en una risa que azoró a su par.
-Mike -dijo cuando se calmó- te deseo la mejor suerte. Si haces feliz a Romina, tendrás en mí a un aliado, si no, a tu peor enemigo. A tu salud -dijo levantando el vaso de whiskey.
Michael estaba desconcertado por el cambio operado en Lucho. El muchacho enojado se había transformado en un hombre seguro de sí mismo. Sospechó que algo le había pasado desapercibido del carácter de estos lugareños e infirió que su conducta de hombre mundano podría ser inapropiada con la joven que lo había cautivado.
-Tú sabes algo que a mí se me escapa -alegó Michael con llaneza.
-Creo entender algo del temperamento de nuestras mujeres -asintió Lucho.- Son impredecibles. Piensas que las tienes conquistadas y se descuelgan con un desplante que te deja perplejo.
-¿Lo dices por experiencia? -sonrió Mike.
-Así es viejo -le confió como a un amigo.- La sentí a punto de abandonarse a mis brazos y de pronto me empuja con esas manitas que pensaba enredar en mi cuello y decide que el baile ha terminado. Ni siquiera la besé… -dijo con pesar.
-Entonces mi destino es incierto -aventuró Michael.
-Sólo te digo que no des nada por sobrentendido -certificó Lucho.- Y te estoy dando recomendaciones en contra de mis intereses.

Mientras los varones afianzaban el terreno de la camaradería, Romina aseguraba:
-Mirá, Sandra, este hombre me interesa y aunque piense verlo todos los días que permanezca en Rosario, no me borro de nuestro proyecto.
-No tenés por qué darme explicaciones -le dijo su amiga con afecto.- ¿Cómo adivinar que una buena acción tuviera tal recompensa? -sonrió con malicia.
Estaban sentadas en la cama de la habitación de huéspedes. Romina, ataviada con el camisón prestado por la dueña de casa, apoyaba el mentón sobre sus rodillas abrazadas. Una expresión soñadora remató el interrogante de Sandra.
-Te gusta, ¿eh?
-Mucho -asintió Romi con seriedad.- Dejando de lado su atractivo, hemos hablado de tantas cosas que por momentos no parecíamos pertenecer a dos sociedades distintas.
-Es que la atracción de los sexos no tiene nacionalidad. A todos nos mariposea el estómago, nos late el corazón y se nos aflojan las piernas... ¿A que sí? -rió su amiga.
-Sos muy gráfica -asintió con una sonrisa.- Y perdoname por abusar de tu paciencia, no quería endosarte a mi hermano.
-Está bien -dijo Sandra encogiéndose de hombros.- Me dí cuenta de que si me negaba, ¡adiós tu cita! Y eso era imperdonable.
Romina la abrazó. Después preguntó:
-¿Te molestó de alguna manera?
-¡No! ¿Por qué lo decís?
-Porque cuando volvimos de bailar no hablaste una palabra.
-Estaba cansada. Hace tiempo que no muevo el esqueleto -dijo impasible.- Y ahora contame, ¿quedaron en algo?
-Que mañana a las diez nos pasa a buscar para ir a desayunar.
-¡Qué considerado! Contando que son las cuatro… -Sandra se quedó pensativa y después manifestó:- Mirá, Romi. Yo no voy a ser tu eterna acompañante, pero aún no me quedo tranquila. Entendé que mis reparos derivan de no poder evaluar a Mike por desconocer su idioma. Y aunque te enojes, primero estás vos que sos la hermana que no tuve. Por lo tanto te propongo que vayamos al hotel más temprano, nos aseguremos de que se aloja allí y que efectivamente Thomas se fue.
-¿Y qué le decimos?
-Que nosotras lo invitamos a desayunar. ¿Adónde para?
-En el Ros Tower. Si te deja tranquila hagámoslo. Aunque me parecen excesivas las precauciones porque creo haber juzgado muy bien a Michael.
-Estoy segura. Te prometo que si mis averiguaciones son positivas, no me verás más el pelo hasta que se vaya.
-¡Ah, no! Tu hermoso pelo, no -declamó Romi con exagerado aspaviento.
-¡Vayamos a dormir, payasa, que tenemos que madrugar! -dijo Sandra riendo y se fue para su cuarto.
Se levantaron a las ocho. Romina cambió su vestido de noche con prendas que le prestó su amiga, tomaron un café y salieron para el hotel. A las nueve y media estaban preguntando por Michael en la recepción.
-El señor Lemacks todavía no bajó -les informó el empleado.- ¿Desean que les comunique con su habitación?
-¡No, gracias! Lo esperaremos -afirmó Sandra.- ¿Y el señor Anderson?
-Dejó el hotel anoche. No volverá -aclaró mirando a la joven con aire compasivo.
-Te agradezco la información -dijo la muchacha.- ¿Vamos a sentarnos, Romi?
Se acomodaron en los cómodos sillones y Sandra se largó a reír.
-Debe creer que me hizo la pera -le cuchicheó a su amiga.- ¿Viste con qué piedad me miró?
-Sí. Un poco más, te invita a salir con él -bromeó Romina. Se puso seria y preguntó:- Hablaste de averiguaciones. ¿A qué te referías?
-Hablar con Abril para que indague con los empleados de este hotel acerca de Mike. Siendo colegas, no le negarán ninguna información -dijo resuelta.
Sacó el celular y estuvo conversando varios minutos con la contadora. Colgó con aire de satisfacción:
-Antes del mediodía, si las referencias son favorables, te verás libre de mi presencia.
Romina no respondió porque divisó a Michael saliendo del ascensor. Se levantó y alzó el brazo para llamar su atención. El rostro del hombre permutó de la confusión a la alegría. Caminó con soltura hacia ellas y les dio un beso en la mejilla.
-¿A qué debo esta espléndida sorpresa? -preguntó sin apartar los ojos de Romi.
-Queremos retribuir tus atenciones e invitarte a desayunar -respondió con una sonrisa. Le tradujo a su amiga que asintió con un gesto.
-¿Aquí o debo sacar el auto?
-Cerca. Iremos caminando -dijo Romina en inglés. Se volvió hacia Sandra y la consultó:- Estamos a tres cuadras de Quillahua, ¿te parece bien?
-Perfecto -aceptó su amiga.- Y charlá tranquila con tu yanqui que no me voy a aburrir.
Romi se rió y le indicó la ruta a Mike. Caminaron bajo un sol primaveral que prometía una tarde calurosa. Romina hacía de profesora entre Sandra y Michael. Les explicaba por turno cómo preguntar y responder en el idioma que ignoraba cada uno para poder entenderse. Entre risas entraron a la confitería. Ellas encargaron el desayuno típico argentino: café con leche, medialunas dulces y saladas, tostadas con manteca y mermelada. Michael, aparte de comer con apetito, también se comía con los ojos a Romina. Sandra sospechó que en ese momento de la pareja, se estaba transformando en la tercera en discordia. Una hora después vibró su celular anunciando un mensaje. Era de Abril. Se disculpó con sus acompañantes y salió fuera del local para hablar sin oyentes. Su amiga le confirmó la identidad de Michael, el buen concepto que tenían del empresario y la dirección y teléfono de su residencia particular. Sandra le prometió que apenas se vieran le iba a contar el motivo de su petición. Se despidieron cuando le dijo que se quedaba sin crédito. Volvió a la confitería con semblante festivo y le anunció a Romi:
-Te aviso que desde ahora me van a extrañar.
A su amiga se le encendieron los ojos. Michael no comprendió las palabras de Sandra pero supuso que encerraban un mensaje satisfactorio para las jóvenes.
-Hablé con mamá y, como hoy es su día, comeremos en casa. Quiere que vengas con nosotros -añadió Romina.
-¡Ah…! Ya sabés. No me da por festejar el día de la madre. Pero agradecele y dale un beso de mi parte.
-No quiero que almorcés sola…
-¿Qué diferencia hay con cualquier otro día? -dijo Sandra con cierta amargura. Cambió el gesto y manifestó:- Es casi medio día y no querrás hacer esperar a tu mami. Me voy y mañana nos hablamos. -Se levantó y saludó a la pareja.
Los dos la vieron bajar por la escalera que accedía al bar y cruzar el camino pavimentado hacia el espacioso terreno que comunicaba con el parque.
Sandra volvió a ser presa de ese interrogante que la perseguía desde su niñez. ¿Por qué era ella tan diferente a los demás? O más bien ¿por qué no tenía una familia como los demás? Hija única de padres separados y con una madre que se empeñaba en convivir con cada nueva conquista -de algunas de las cuales tuvo que defenderse-, recién logró independizarse este año. La tirante relación que mantenía con su progenitora se había convertido en indiferencia y estaba segura de que su lejano padre, con el tercer matrimonio en su haber, apenas recordaba su existencia. Abrumada por un sentimiento de amargura, no reparó en el adolescente que desde atrás tiró de su larga cabellera para hacerle perder el equilibrio. Cayó con un grito y atinó a aferrar la carterita que llevaba colgada en bandolera.
El muchacho la insultó y le dio un golpe de puño en la cabeza ante su resistencia mientras ella le gritaba que la dejara y sujetaba el bolso. Cuando sacó la navaja se cubrió instintivamente la cara con el antebrazo. Escuchó a lo lejos el llamado de Romina y un agudo dolor en el hombro antes de que el arrebatador saliera corriendo. Su amiga se agachó sobre ella sollozando y Mike, observando la herida que sangraba, se sacó el cinturón y se lo ajustó debajo del pecho.
-Voy a buscar algo para vendarla y después la llevaremos a un hospital -le dijo a la conmocionada Romina.
Ella asintió y le habló a su amiga temiendo que perdiera el sentido:
-¡Sandra! ¿Cómo te sentís? ¿Te duele mucho? ¡Yo tengo la culpa por haberte dejado ir sin acompañarte…! -volvió a gimotear.
-¡No seas zonza! Yo me distraje -la consoló.- Ayudame a levantarme.
-¡Esperá que vuelva Mike! No vayas a provocar una hemorragia.
El nombrado apareció corriendo con un rollo de tela y le practicó un vendaje de emergencia mientras varios curiosos se congregaban alrededor del trío. Un empleado del bar traía una silla que colocó cerca de la víctima.
-¿Puedes levantarte? -preguntó Mike en castellano. Ella asintió y él la sostuvo hasta que estuvo incorporada.- Siéntate -le pidió guiándola hacia la silla. Se volvió hacia Romina y le dijo:
-Voy a traer el auto. Vigila que no se caiga.
Romi se instaló al lado de su amiga preocupada por la palidez de su semblante. La joven no había proferido ninguna queja pero a ella le parecía que estaba en estado de shock. Con alivio, divisó el rodado de Mike que avanzaba sobre el pasto. Lo estacionó cerca de la silla y ayudó a Sandra a entrar en el coche. Romina le indicó como llegar al sanatorio más cercano adonde le dieron unos puntos y la vendaron. El médico elogió los primeros auxilios prestados por Michael que impidieron una hemorragia importante. Le recetó un calmante y le dijo que volviera en dos días para una curación.
-Ahora vendrás a casa -señaló Romina- porque no te vamos a dejar sola.
-Pero si ya estoy bien… -protestó Sandra.- Este vendaje es como un yeso, no hay peligro de que me sangre.
-Elegí -dijo su amiga con firmeza.- O nos quedamos con vos y adiós el festejo de mamá, o venís a casa, comés y después te acompaño a descansar.
-Me estás chantajeando -rezongó Sandra.- No quiero que tu madre prescinda de la presencia de su hijita. Pero almuerzo con ustedes y después vuelvo a casa.
-¡Bien! Después lo discutimos -aceptó Romi y se lo transmitió a Mike.
Durante el trayecto a la casa de su amiga Sandra cayó en la cuenta del peligro que había corrido, del ensañamiento del joven frustrado por no poder robarle y de su alocada resistencia. Cuando entró al hogar de Romina escuchó reír a Luisa y su vacío afectivo la llenó de congoja. Antes de ingresar al comedor, apareció Lucho que se sobresaltó al verla vendada y con la remera ensangrentada. Sin saludar a su hermana ni a Mike se plantó frente a Sandra, apoyó la mano sobre su hombro sano y pronunció conmovido:
-¿Qué te pasó?
Sandra se desmoronó. Los sollozos que había contenido irrumpieron ante la preocupación de Luciano. El joven la sostuvo contra su pecho mientras le acariciaba la cabeza y le prodigaba palabras de consuelo que iban licuando la angustia sofocada. Romina intentó acercarse pero las palabras de Mike la disuadieron:
-Déjala que necesita desahogarse. Se contuvo demasiado y el llanto la aliviará. ¿Vamos a saludar a mamá? -le propuso con humor.
Romi intuyó que su amiga estaba bien protegida entre los brazos de su hermano, de modo que tomó a Mike de la mano y entraron al comedor. Después de los parabienes les relató el incidente sufrido por Sandra y detuvo a sus padres que querían verla:
-Ya la está confortando Lucho y no les agradecerá que lo interrumpan -advirtió con un guiño.- ¿Qué tal si tomamos una copa hasta que vengan?
Luciano la cobijó hasta que ella, aplacada su tribulación, se separó sin violencia.
-Perdoname -murmuró.- No sé que me pasó. No lloro a menudo.
La mirada del hombre fue acariciante y la hizo sentir inerme, emoción a la que una muchacha solitaria no podía abandonarse. Lucho se inclinó hacia ella y le requirió:
-Contame que pasó.
Más calmada, le refirió el asalto y el posterior auxilio de Romina y Mike. Después le anunció que deseaba refrescarse y pasó al baño de la planta baja.
El joven entró al comedor adonde estaba reunida la familia.
-¿Y Sandra? -preguntó su madre, afligida.
-Se está arreglando. -Miró a su hermana y a Michael y dijo anonadado:- ¡Podrían haberla matado!
-¡Sí, Lucho! Y no me lo hubiera perdonado. Debí insistirle para que viniera a casa, pero ella se negó porque este festejo la deprime.
Dejaron de hablar porque Sandra hizo su aparición. Se veía tan frágil con el hombro vendado, los ojos enrojecidos y brillantes por las lágrimas recientes y la cara pálida y sin maquillaje, que Luciano hizo un esfuerzo por no arrebatarla entre sus brazos y besarla hasta borrar de su rostro todo vestigio de tristeza. Su mamá corrió hacia ella y la abrazó cuidando de no apretarle el brazo:
-¡Sandra querida! ¡Qué disgusto! Pero hay que agradecer que no fue más grave… -dijo con la resignación de los que viven bajo la inseguridad.
Rafael se acercó para darle un beso. La escoltó hasta la mesa y corrió la silla para que se sentara:
-Me alegra que estés con nosotros aunque deba lamentar el motivo.
-Gracias, Rafael -dijo con una sonrisa pálida.- Yo también me alegro siempre de verlos.
Luisa, ayudada por Romina, fue sirviendo los platos. Se despreocupó de su hija porque la vio ilusionada con el inglés que le había caído bien y que no ocultaba el interés por Romi. Pero Luciano… Algo había cambiado en el carácter de su hijo desde que volvieron de las vacaciones. Parecía haber adquirido una madurez más profunda y, observando la concentración con que miraba a Sandra, no dudó que la joven era responsable de la transformación. Una leve inquietud la dominó por conocer el entorno en que se había criado la chica con unos padres desamorados y egoístas que no le habían brindado el mejor modelo de relación de pareja. ¿No era que uno tendía a repetir los esquemas? ¿Cómo afectaría a Lucho un fracaso sentimental? Se reprochó por atribuirle a la castigada muchacha conductas que sólo su temerosa alma de madre suponía. Observó que habían terminado de comer y se levantó para llevar los platos a la cocina. Sus hijos la ayudaron y volvió con el postre. Poco después pasaban a la sala para tomar un café. Sandra rechazó la infusión alegando que deseaba volver a su casa.
-Yo te llevo -afirmó Luciano.
La joven no intentó oponerse. Saludó a la familia, y Romina y Mike la acompañaron hasta la puerta adonde ya estaba estacionando Lucho el auto. Abrazó a su amiga y le agradeció a Mike el auxilio mientras Luciano mantenía abierta la puerta del acompañante. Se volvió a saludar cuando el coche arrancó.
-¿Tenés el calmante que te recetaron? -preguntó el conductor.
-No. Lo tengo que comprar.
-Pasaremos por una farmacia.
Se bajó en la primera que encontró para informarse de las que estaban de turno. Cuando volvió al automóvil le pidió la receta que Sandra sacó de su bolso. Condujo varias cuadras, estacionó, y volvió poco después con el medicamento.
-Gracias -dijo la muchacha al recibirlo.
Vivía la inusual experiencia de ser sujeto de cuidados cuando había tenido que aprender a protegerse a sí misma. ¿Por qué no abandonarse por un momento a la fantasía de que alguien se ocupara de su bienestar? Luciano se comportaba como si fuera su novio. No… Más parece un marido compartiendo las contingencias de la vida cotidiana, pensó. Observó el perfil de su acompañante y permitió que los ensueños, asiduos compañeros de su soledad afectiva, la sumergieran en sensaciones que su razón objetaba. Cuando lleguemos a casa cuidará de que me tome el calmante. Me dirá que hubiera querido estar conmigo para defenderme y me abrazará con delicadeza. Nos acostaremos a dormir la siesta y no haremos el amor porque la pastilla que tomé me dará mucho sueño. Descansaré acurrucada contra él, me besará suavemente para no despertarme y también se dormirá. Después se levantará y me traerá la merienda a la cama. Me despertará…
-¡Un centavo por tus pensamientos! -la voz de Lucho la sacó de su abstracción.
Sandra se sonrojó como si él los hubiera leído. Giró la cabeza hacia la ventanilla para ocultar su turbación y contestó contra el vidrio:
-¡Ah…! Plata malgastada. No pensaba en nada.
Escuchó la risa profunda del hermano de Romi y su impugnación:
-No te creo. Las mujeres no le dan tregua a su cerebro. Pero si no me querés decir en qué estabas absorta, vale.
Ella sonrió y volvió a mirar al frente. Poco después llegaban a su edificio. Luciano se bajó y la siguió hasta la puerta. Cuando estaba abriendo, le dijo:
-Te acompaño hasta que entrés a tu departamento.
-Y entonces yo tendría que bajar para abrirte la puerta -le contestó riendo.- Voy a estar bien. Y gracias, Lucho, por aguantarme. -Se paró en punta de pies y le dio un beso en la mejilla. Se metió en el palier antes de que él reaccionara y le sonrió detrás de la puerta vidriada. Después, le dio la espalda y subió la escalera hasta desaparecer de la vista de un hombre anonadado por el beso imprevisto.
Lo primero que hizo cuando entró a su departamento fue tomar el calmante. Después se quitó la remera que le había devuelto Romina para reemplazar la salpicada con sangre y terminó de desvestirse. Se higienizó como pudo y se puso el camisón. Un confortable sopor la ganaba. Se acostó segura de que pronto estaría dormida. El sonido del celular le anunció una llamada.
-Hola, Romi -dijo con voz lánguida.- Estoy a punto de entregarme a los brazos de Morfeo.
-¿Y qué ha hecho él más que yo para merecer semejante privilegio? -la voz masculina sonó acariciadora.
-¡Lucho! ¿Qué hacés con el teléfono de Romi? -gritó escandalizada.
La agradable carcajada del joven acompañó su respuesta:
-Me lo prestó porque yo no tengo tu número y quería saber cómo estabas.
-Estoy bien. Y eso de usar el celu de tu hermana no lo está. Yo podría haber contestado algo que hiriera tu sensibilidad -expresó enfadada.
-Veo que te estás reponiendo -dijo él risueño.- Te paso con Romina que está colgada de mi brazo para que le devuelva el teléfono.
-¡Sandra! ¿Estás bien? ¿Querés que vaya a quedarme con vos?
-Sí a lo primero y no a lo segundo. Ahora sólo quiero dormir y vos… dedicarte a Mike, si mal no recuerdo.
-¿Me prometés que me llamarás si necesitás algo?
-¡Sí, madre Teresa! Hablame cuando vuelvas. Chaucito. -Cerró el celular y se tiró en la cama con un suspiro. Su postrer pensamiento fue para el reclamo de Luciano.
A las ocho de la noche se despertó. Había dormido apoyada sobre el costado lastimado y unas punzadas dolorosas se difundían desde el hombro hasta el brazo. Se levantó para aliviar la presión pensando en tomar otra pastilla, pero no habiendo transcurrido las ocho horas decidió postergarlas. El hambre la acometió. Su estómago le recordaba haber comido frugalmente en casa de Romina. Se vistió y fue a revisar la heladera. Nada de lo que había le apetecía. Tendría que salir a comprar algo. Mientras buscaba la cartera, sonó el celular. Desconocido, indicaba.
-¡Hola!
-Pensé que te despertarías con hambre y para aliviarte te invito a cenar.
-Decime, Lucho, ¿no tenés una novia que atender? -le preguntó incisiva.
-A la de Morfeo, nomás. ¿Bajás?
-¿Adónde estás?
-En la puerta de tu edificio. Te espero.
Sandra cerró el teléfono y se preguntó si Luciano la estaba rondando. ¿Era sólo el interés de un amigo o la pretensión de un hombre? Está bien que yo haya fantaseado con él, se dijo. Pero lo mío era un juego personal que no lo comprometía. No quiero perder a mi amiga por rechazar a su hermano. ¿A qué viene esto de rechazar si nada me ha ofrecido? Conque no le de oportunidad… Tomó un abrigo y la cartera y salió de su departamento. Iría a comer con él y lo observaría. Estaba decidida a desbaratar cualquier principio de acercamiento. Cuando abrió la puerta del edificio y lo saludó con formalidad, Lucho intuyó que su vehemencia la inquietaba. Despacio, se dijo. No es cuestión de perder la ventaja ganada. Hoy se centraría en el rol del amistoso hermano mayor de Romi preocupado por el bienestar de su mejor amiga. Abrió la puerta del acompañante para que ella se acomodara en el auto y antes de arrancar le preguntó:
-¿Tenés preferencia por algún lugar?
-Lo que tengo es hambre. Elegí vos.
Él hizo un gesto de asentimiento y puso el coche en marcha. Eligió una parrilla cercana y a las ocho y media estaban encargando la comida. Sandra guardaba silencio, alerta a las palabras que pudiera pronunciar su acompañante. El sonido del celular de Luciano quebró el impasse.
-¿Qué pasa Romi? -preguntó y fue sonriendo a medida que escuchaba a su hermana.- Quedate tranquila que está conmigo -hizo una pausa:- Sí, sí, ya te la paso.- Le extendió el teléfono a Sandra.
-¡Sandra! ¡Te llamé al fijo y al celu y me asusté porque no atendías…!
-Lo siento, Romi. Me olvidé el teléfono en casa. Tu hermano tuvo la gentileza de invitarme a cenar y ya sabés, con tal de no cocinar salgo corriendo del departamento -rió.- ¿Y a vos cómo te va?
-De diez… -susurró. Y en tono normal:- Bueno, si estás con Lucho me despreocupo. ¿Vas a trabajar mañana?
-Seguro. Después de buscar el auto.
-Te llamo al móvil cerca del mediodía. Tal vez podamos encontrarnos para almorzar.
-Si tus compromisos te lo permiten… -dijo Sandra con picardía.
La risa fresca de Romina, antes de cortar, la indujo a sonreír. Luciano la miró con expresión interrogante cuando le devolvió el aparato.
-Estoy de parabienes -declaró ella.- Un hermano me invita a cenar y otro a almorzar. ¿Qué te parece?
-Que te lo debés merecer -dijo Lucho. Después:- ¿Romina estaba con Mike?
-Sí. Pero está en buenas manos. Hicimos un pequeño trabajo de investigación para recabar datos sobre su persona y todos coinciden en que es de fiar.
-¡Vaya! ¿Y por qué no pusieron una agencia de detectives en vez de acompañantes? -bromeó el joven.
-Todavía no te tomás en serio nuestro proyecto -Sandra ladeó la cabeza y lo miró con reproche.
Él tardó en contestar abstraído en la contemplación de la carita enfadada que invitaba al beso. Reaccionó al recordar el comportamiento que se había impuesto.
-No te enojes -dijo calmoso.- Fue una broma. ¡Claro que tengo en cuenta la nueva actividad de mis chicas! Y me ocuparé de difundirla -afirmó.
-Eso de mis chicas suena paternalista -acusó la muchacha.
-Sandra, Sandra... Está visto que todo lo que digo es desafortunado. Si me das letra, prometo responder lo que mandes.
A ella se le impuso lo absurdo de su enfrentamiento y de la propuesta de Lucho. Se largó a reír francamente mientras el hombre la miraba entre sonriente y desconcertado. En su vida de macho adulto no se había cruzado con una mujer tan imprevisible. ¿Sería por eso que no habían prosperado sus relaciones? Había llegado el momento de comprobarlo si superaba los desentendimientos en su interacción con Sandra.
-Disculpame. No sé por qué estoy tan susceptible y sobre todo con vos que no tenés más que atenciones conmigo -murmuró ella en tono conciliador.
-Hoy no tuviste el mejor día -respondió él comprensivo.
Sandra bajó los ojos y por un momento su rostro exhibió una conmovedora orfandad. Luciano desfallecía por tomarla en sus brazos y consolarla a fuerza de caricias y palabras amorosas. ¿Cómo explicar este sentimiento que se había gestado en tan poco tiempo? No lo sabía, pero de algo estaba seguro: quería estar con ella, hacerla vibrar con sus besos, rendirla a esa pasión que había prorrumpido en su vida nada más verla. Se forzó a silenciar sus anhelos para ceñirse a la figura amigable por la que había optado.
-¿Cómo va tu hombro? -le preguntó.
-Me duele un poco, pero me tomaré el calmante después de comer.
-Tal vez mañana te convenga guardar reposo para acelerar la cicatrización.
-¡Ni soñando! A primera hora iré a buscar el auto y de allí a trabajar. La herida no me impide mover el brazo, así que podré manejar.
-Una chica decidida -rió Lucho.- ¿Y cuál es tu trabajo?
-Como cosa fija, tengo cinco alumnos de computación. Una mujer y cuatro hombres.
-Los envidio. ¿No querrías darme clases?
-Sólo tomo mayores de setenta -dijo divertida.- Son constantes y agradecidos.
-Yo también puedo serlo -insinuó él buscando su mirada.
Sandra sacudió la cabeza con una sonrisa. La llegada de la comida la exceptuó de una respuesta.
-¡Ah, era hora! -exclamó.- Me muero de hambre.
Luciano se ocupó de trozar la carne asada y repartirla mientras ella condimentaba la ensalada. Comieron en silencio. La muchacha concentrada en su plato y el hombre concentrado en ella. Se sentía inexplicablemente feliz por compartir ese momento. Desechó el pensamiento de que pronto debería dejarla para disfrutar de esa oportunidad única. Sandra dejó los cubiertos y tomó un sorbo de vino.
-No comiste nada, Lucho. ¿Estás inapetente?
Cómo explicarte que vos me completás, pensó él. Dijo en cambio:
-Es que comí demasiado al mediodía. ¡Pero vos sí que tenías hambre…! -aseveró.
-Y ahora estoy maravillosamente satisfecha -declaró. A continuación:- Ahora te toca el turno de contarme algo acerca de tu trabajo.
-En este momento estoy planificando un monte de frutales para un hacendado de Santa Fe -explicó Lucho gratamente sorprendido por su interés.
-¡Debe ser fascinante…! -dijo Sandra acodada en la mesa y sosteniendo la cabeza en el triángulo formado por sus palmas.
-Lo es, especialmente a medida que prospera. -sonrió el joven.- Ya tengo uno en crecimiento en Arancibia. Lo diseñé hace seis años, antes de recibirme. Una dama encantadora confió en el entusiasmo de un novato y me estimuló a proyectarlo.
-¡Ah…! ¿Una dama encantadora? ¿Y vive en Arancibia? ¿Adónde queda? -preguntó la muchacha.
A Luciano le sonó como el reclamo de una novia celosa y, aunque fuera nada más que una figuración, se congratuló por ello.
-¿Qué te respondo primero? -dijo con humor.- A ver… Arancibia queda a cuatrocientos kilómetros de Rosario, es una pequeña ciudad agrícola ganadera, y la dama vive en una estancia.
-La dama encantadora -subrayó Sandra.
-Debieras conocerla -dijo él con despreocupación.- Estoy seguro de que congeniarían.
-¿Por qué lo decís?
-Porque es terca, expeditiva y seductora. Siempre se sale con la suya.
-Congeniar remite a coincidir. ¿Es así como me ves?
La respuesta del hombre fue una mirada insondable que la mujer rehuyó con inquietud. Él reforzó las razones para visitar el lugar:
-Te gustarán los árboles florecidos y podrás disfrutar de una cabalgata por la hacienda. Tengo que ir la semana que viene. ¿Me acompañás?
-Yo no sé cabalgar -fue lo único que se le ocurrió a la muchacha para rechazar la propuesta.
-Seré tu maestro -aseguró Lucho.
-Tengo toda la semana ocupada con mis alumnos.
-No es problema. Por la distancia, suelo ir los fines de semana.
¿Pero este hombre no se desalienta con nada?, pensó Sandra. Recuperó el dominio y respondió:
-No sé, Luciano. Te agradezco la invitación. Pero todo depende de los resultados de nuestra empresa.
-Entonces -dijo él inclinándose hacia ella- si no tenés compromisos el fin de semana que viene, cuento con vos.
-De acuerdo -dijo ella para concluir el tema.- Ahora quisiera volver a casa. Me espera un día agitado.

Sandra no podía conciliar el sueño. Se preguntaba adónde quería llegar Luciano. Se comportaba como un pretendiente. ¿Y si no era más que una actitud amigable? No, tonta. Su mirada te perturba porque percibís un interés que sobrepasa el límite de la amistad. Y vos no podés reaccionar porque en el fondo él también te atrae. ¡Pero justo en ocasión de un proyecto de autonomía! ¿Y qué significa ésto? ¿Que si lo hubieras experimentado antes ni se te habría ocurrido el tal proyecto? ¿Debo darle la razón a Elena? No. Lo que debo hacer es no renegar de lo que siento y seguir adelante con lo planeado. Sí, señor, eso debo hacer. Esta conclusión le produjo un agradable relax que la sumió en el ansiado descanso hasta la hora en que sonó el despertador. Se levantó de inmediato; se higienizó y desayunó antes de llamar al mecánico que le confirmó que podía retirar el auto. A las nueve y media estaba conduciendo hacia la casa de Elena. Se había tomado un calmante con el desayuno y el hombro apenas le dolía. Se sentía exultante esa mañana. Su alumna la recibió con el entusiasmo de siempre.
-¡Querida Sandra! Estás resplandeciente hoy. ¿Qué cambio hubo en tu vida?
-Ninguno hasta ahora -dijo con una sonrisa y admirándose de la perspicacia de la anciana.- ¿Vamos a trabajar?
La práctica le llevó dos horas al cabo de las cuales Elena insistió en que, dada la demora, almorzara con ella. Sandra aceptó porque había olvidado la oferta de Romi. La empleada acomodó la mesa en el jardín de invierno que tanto gustaba a la joven. Habían terminado de sentarse, cuando sonó el nuevo celular. La muchacha lo atendió esperanzada.
-Agencia Sus Amigas -enunció con tono profesional, y siguió una charla que terminó con una despedida hasta el día siguiente.
-¡Elena! -dijo con euforia.- ¡Nuestro primer trabajo!
-¿Y de qué se trata, querida?
-Hacerle compañía a dos niños mientras su madre asiste a un té canasta en Rosario. La señora es de Entre Ríos y llega mañana a las tres de la tarde. Hay que cuidarlos hasta las siete, hora en que regresan a su casa. Nos recomendó el padre de Romina. -hizo una pausa.- Y a propósito de Romina…, qué raro que todavía no me haya llamado.
Su alumna la miró interrogante. Sandra le refirió el encuentro del sábado y la posterior salida. Algo en su expresión motivó el comentario de Elena:
-Parece un joven generoso el hermano de tu amiga. ¿De qué se ocupa?
-Es ingeniero agrónomo. Lo curioso es que lo conozco desde el secundario, pero hacía seis años que no nos veíamos. Si lo hubiera encontrado en la calle no lo hubiera reconocido.
-¿Dirías que ha mejorado? -le preguntó con interés.
-¡Ya lo creo! De un flacucho hermético pasó a ser un hombre apuesto y decidido.
-Veo que te ha impresionado… -deslizó Elena.
-Nada más que porque tengo ojos en la cara -dijo indiferente. E insistió:- Qué extraño el silencio de Romi… Le voy a mandar un mensaje. ¿Me disculpás, Elena? -tomó por afirmativo el gesto de la mujer y escribió dos mensajes: uno particular para Romina y otro general para todas sus socias anunciando al primer usuario y convocando a una reunión para esa tarde.
Un minuto después recibía las respuestas. Sonrió ante las manifestaciones de sus amigas y el provocativo “súper” de Romina. Centró su atención en Elena que la esperaba pacientemente.
-Esta tarde nos vamos a reunir en casa para compartir este primer llamado y decidir quién lo atenderá. Además, estoy ansiosa por saber cómo le fue a Romina con su Mike -dijo con una risita.
-Hay que ver… -reflexionó su alumna.- La semana pasada no contaban con ningún pretendiente y ahora aparece uno de la nada y otro asoma desde el pasado. ¿No es providencial?
-Elena… -regañó Sandra.- Te estás dejando llevar por tu imaginación. Lo de Romi es temporario y lo que me atribuís no existe. Lo concreto es el resultado de nuestro plan. ¡Funciona! -exclamó alborozada.
-Estoy segura de que así será -ratificó la mujer con afecto,- pero esa historia pertenece al futuro. Ahora a esta vieja curiosa le interesa más saber algo más del hermano de tu amiga. ¿Cuál me dijiste que era su nombre?
-No te lo dije. Se llama Luciano y le dicen Lucho -contestó la joven.
-¿Y Luciano no te hace siquiera cosquillas? -los ojos de Elena brillaban juguetones.
Sandra inclinó la cabeza y cruzó los brazos tomándose de los codos. Una sonrisa silenciosa distendía apenas sus labios.
-¿Sabés qué? -dijo por fin.- Necesito un confidente y sé que te distinguís por tu discreción. -Se desenlazó y subrayó su discurso levantando el índice- ¡Por eso nomás!
-Por lo que sea -dijo Elena con mesura.- Estoy ansiosa de escucharte.
-No sé que me pasa, Elena. -Hizo una pausa.- Luciano me atrae pero a la vez siento que amenaza este mundo que construí con tanto esfuerzo. Cuando estoy con él tiendo a olvidarme de mi autonomía y siento la tentación de abandonarme a sus decisiones.
-¡Vaya que te hace cosquillas! Me parece que si te dejaras llevar descubrirías emociones que todavía no has vivido.
-Me da un poco de miedo. ¿Y si él no responde a mis expectativas o yo no respondo a las suyas? Es el hermano de mi mejor amiga y no quiero que nada interfiera entre nosotras.
Elena la escuchaba y en sus ojos se reflejaba una suerte de conmiseración. Acarició la mejilla encendida de la muchacha y le dijo:
-Estás tratando de negar lo que sentís. ¿Quién te dijo que la vida es el mañana y que nos podemos cubrir de todas las alternativas? Vale la pena arriesgarse a vivir un sentimiento formidable aunque después termine en decepción. -Sonrió y la animó:- ¡Vamos, muchacha! Tengo la intuición de que estás frente a tu pareja. ¿O es que no lo ha dejado trascender?
-Sí. Creo que desde que nos reencontramos -confesó.- Y cuando estuvo a punto de besarme en la confitería bailable, o cuando aguantó mi desconsuelo el día de la madre, o cuando se preocupó por mi bienestar… -su mirada se perdió en la lejanía.- ¿Sabés? Haciendo el recuento no puedo negar que sus atenciones delatan sus sentimientos.
-¡Ah, niña! Se necesitan sólo dos dedos de frente para advertir eso. Y que yo sepa, tu coeficiente intelectual es mayor que la media. ¿Así que todavía no has probado el sabor del primer beso?
-Bueno, estaría lejos de ser el primer beso -aseguró Sandra con humor.- No pensarás que con mis otros pretendientes no me he besado…
-Con cada uno es el primer beso. Y si ha de ser con el que estés enamorada, no será comparable a ningún otro.
-¡Habló la voz de la experiencia! -rió la joven.- ¿Fue así con tu Victorino?
Las facciones de la mujer se iluminaron a la luz del recuerdo. Pareció rejuvenecer y su voz se dulcificó:
-Una noche que volvíamos de un concierto en El Círculo Victorino se cansó de mi oscurantismo. Me atrapó entre sus brazos y me plantó un beso que me dejó con la boca abierta, ocasión que aprovechó para volver a besarme. Esa noche descubrí que el hombre que consideraba mi amigo había soportado mis veleidades fraternales con la esperanza de convertirse en mi amante. Y lo fue desde ese momento porque me transformé en una mujer apasionada al calor de su caricia. Nada es comparable a ese primer contacto, querida. El mundo se abre en un caleidoscopio de emociones que te permiten entrever la existencia de Dios.
-Dicho así -murmuró Sandra- nunca lo experimenté.
-Tenés la fortuna de esperarlo en la mejor etapa de tu vida. No lo desaproveches. Además, ¿qué tan terrible puede ser intercambiar un beso? Si no te tiemblan las rodillas, será un beso más en tu colección.
-Sos terrible, Elena. Toda una dama induciéndome a una aventura -jaraneó la muchacha.
-Mmm… Después me dirás si mis consejos fueron válidos.
Terminaron de almorzar a las dos de tarde, momento en que Sandra se despidió. Manejó hasta su casa excitada por la charla mantenida con Elena y por el encuentro con sus amigas. Preparó el equipo de mate e intentó descansar hasta la hora de la reunión. Sólo estuvo tendida en la cama pero se concentró en relajarse como había aprendido en las clases de yoga. A las cinco se levantó y se lavó cuidadosamente tratando de no mojar el vendaje del hombro. Al día siguiente la curarían y posiblemente pudiera darse un baño. Se cambió y fue a la cocina a calentar el agua. Evocó a Luciano y pensó en la sorpresa que se llevaría cuando supiera del primer trabajo. Sonriendo, llevó el termo y las bandejas con galletitas al comedor y esperó el arribo de sus socias. Poco después sonó el timbre. Miró el reloj de pared pensando que se habían adelantado. Cuando bajó, vio a Romina que le sonreía desde la puerta.
-¡Vine más temprano para poder charlar a solas! -le dijo mientras le daba un beso.- ¿Cómo estás?
-Fantástica y muriendo por escucharte. ¡Corramos! -invitó mientras enfilaba hacia la escalera.
Romi la siguió y entraron riendo al departamento. Sandra observó un brillo inusual en los ojos de su amiga y un talante de placidez que daba de baja a la exaltación del día anterior. Se cruzó de brazos y le espetó:
-¿A que te diste un buen revolcón?
-¡El mejor de mi vida! Y conste que yo lo provoqué -alardeó alborozada.
-No me digas que a Mike no se le cruzó por la cabeza…
-Desde que me vio, me dijo. Pero estaba temeroso de espantarme.
-No vislumbraba con qué doncella se había topado -rió su amiga. Luego, con ansiedad:- ¿Fue como lo soñaste?
-Sí, Sandra. -dijo transportada.- Apasionado y dulce. Y la segunda vez, mejor que la primera.
-Esto último sobraba. Es como contar dinero delante de los pobres -rezongó la dueña de casa con fingido enojo.
Romina lanzó una sonora carcajada.
-Si entro en detalles es porque espero lo mismo para vos. Y algún día te voy a decir con quién… -insinuó.
-Mejor me das cátedra de cómo lo convenciste -dijo Sandra ignorando el comentario.- Así me instruyo…
-Bueno, alumna. Fuimos a cenar, después a bailar, nos besamos y cuando subimos al auto le dije con naturalidad que me encantaría conocer el hotel por dentro, porque me lo habían descrito como de muy buen gusto. Si era cierto que tenía pinturas originales en las habitaciones. Me miró como si le estuviera hablando en castellano, pero enseguida reaccionó y enfiló hacia el Ros Tower. Dejó el auto en la cochera y subimos hasta el décimo piso. La suite tiene una vista al río espectacular, pero ahí nomás, cuando la estaba contemplando, cedió su templanza y me llevó hacia la cama. Lo demás lo dejo librado a tu imaginación.
-¿Te cuidaste?
-Por las dudas yo tenía una caja de forros en la cartera, pero todo está previsto en ese alojamiento -sonrió y abrió el bolso. Sacó varios profilácticos enfundados en sobres con la marca del hotel y se los tendió a su amiga:- Tomá. Porque en breve puedas disfrutarlos -agregó con travesura.
Sandra rió con ganas. Esta Romina tenía un encanto desinhibido que le envidiaba. Se volvió para guardar los preservativos en un cajón del modular cuando sonó el timbre. Antes de atender, abrazó a su amiga y declaró:
-¡Estoy tan feliz por vos que ni siquiera me molesta mi vacío amoroso! Tu epopeya es inimitable.
-Andá a atender, farsante -dijo Romi empujándola cariñosamente.
La anfitriona volvió poco después con las amigas que faltaban. Estaban tan exaltadas por el llamado, que Abril se olvidó de indagar el extraño encargo de Sandra, y por ser ésta la única que disponía de la tarde libre, acordaron que ella se ocupara del primer trabajo. A las ocho Mike, que venía a buscar a Romina, interrumpió la charla y la mateada. La joven se despidió del grupo que terminó de disolverse media hora más tarde. Sandra se acostó a las once sin cenar, saciada por los mates y las galletitas. Antes de dormirse, le dedicó un pensamiento al ausente Luciano.


Lucho y su padre volvieron de Santa Fe a la una de la mañana del martes. La breve parada que habían planeado para cenar se prolongó en una charla de tres horas. Rafael, que venía registrando los cambios anímicos de su hijo, su inusual distracción, sus silencios colmados de inquietud, lo encaró sin rodeos:
-¿Qué es lo que te preocupa, Lucho?
-¿Por qué lo decís? -contestó el joven poniéndose en guardia.
-Para ser franco, no sos el mismo desde que esa muchacha reapareció en tu vida.
-No sé a quién te referís -dijo molesto.
-A la única, hijo. ¿Tengo que nombrártela?
Luciano observó el afable rostro de su progenitor y tuvo la certeza de que iría hasta el fondo para desentrañar su comportamiento. Con el tiempo descubrió que bajo esa corteza autoritaria se encubría un verdadero amigo. Se relajó y le preguntó con una sonrisa:
-¿Es tan evidente mi interés?
-Más para los de afuera que para vos -asintió Rafael. Y agregó:- ¿Qué te impide concretar la relación?
-No lo sé, papá. Me desconcierta su comportamiento. Por momentos parece rechazarme y otras veces se muestra tan adorable que me la comería a besos -dijo con ardor. -La única vez que intenté besarla me apartó y se encerró en un silencio impenetrable. Pero ayer se abandonó a mis brazos cuando la ganó la congoja y aceptó mi compañía sin discusiones. ¿Qué deducís de esta conducta, viejo?
-Que te entusiasmaste con una mina jodida, muchacho. Aunque yo no sea un experto en tácticas femeninas discurro que está interesada en vos, porque de otra manera ya te habría dado el raje -declaró al mejor estilo lunfardo.
A Luciano le arrancó una carcajada el discurso de su padre. Rafael lo miraba con placidez y apoyó el recuperado humor de su hijo con otra consideración:
-Si la conquistás, te auguro un vínculo estimulante. Pienso que detrás de esa fluctuación hay una mujer deseosa de ser amada pero temerosa de sufrir un desengaño. No te olvidés del abandono parental que padeció en su adolescencia. Todavía recuerdo con qué alegría visitaba nuestra casa. Al menos, hasta que terminó el secundario, le brindamos la ilusión de ser parte de una familia -se quedó pensando:- ¿No será que te ve como un hermano?
-¡Dame cinco minutos que la convenzo de lo contrario! -afirmó Lucho. Buscó los ojos de Rafael:- No lo dirás en serio, ¿verdad?
Su papá rió con descaro. Después respondió:
-Quería que terminaras de reaccionar. No. Ni aún dentro de su ambigüedad te consideraría un hermano. No se me escapó como evitaba cualquier acercamiento que se prestara a confusiones. Como los habituales saludos con un beso en la mejilla. Besa a todo el mundo menos a vos. ¿Caíste?
-No soy un lelo, papá. Claro que me dí cuenta. Pero mejor así, porque acabaría el beso en su boca antes de tiempo -dijo con presteza.
-Bueno, yo colaboré con el negocio de tu amada. La recomendé a la señora de Páez.
-¿Para qué necesita esa mujer compañía? Que yo sepa, se autoabastece sola.
-Para distraer a los gemelos. Tiene un evento en Rosario y Aldo no se puede quedar con los chicos. De modo que la inspiré para que venga con ellos y los deje al cuidado de esta agencia.
-¿Que las mujeres se hagan cargo de esos sátrapas? No sabés lo que decís. Las volverán locas.
-A vos te obedecen…
-Porque los amenacé con bajarles los dientes. Es el único idioma que entienden.
-Bueno. Ya está hecho. Rosa me avisó que había contratado el servicio.
-Espero que no recaiga en Sandra. Aunque te diré que ni las cinco juntas podrían domarlos. Te advierto: si ella tiene que hacerse cargo, no contés conmigo mañana.
-Ya estás liberado, paladín. Es un trabajo de rutina que puedo hacer solo. Y espero que aproveches la oportunidad -dijo Rafael con humor.
-Necesito estar a solas con ella pero alejado de situaciones problemáticas. Le propuse una visita al monte de frutales de Arancibia. Estoy seguro de que en ese lugar estará más distendida y disfrutará de la compañía de Leonor.
-¿Aceptó?
-Con reservas. Todo dependía de que no apareciera un trabajo sábado o domingo. No se te ocurra otro encargo hasta la semana que viene -le recomendó.
-Perdé cuidado. No me perdonaría frustrar tu romance. Pero ¿por qué Arancibia? Está muy lejos para ir y volver en el día.
-La idea es quedarnos hasta el domingo. No te olvides que tengo mi casita de fin de semana…
-Ah… Ya leo tu intención. ¿Y te bastarán unas horas para llevártela a la cama?
Luciano sonrió y se abstrajo en su ensoñación. Estaba seguro de que sin interferencias podría guiar a Sandra para admitir los sentimientos que ella se empecinaba en ignorar. Su padre lo estudiaba con seriedad.
-No importa cuándo la lleve a la cama, papá. Sólo quiero reducir la brecha que parece agrandarse entre nosotros. Si tengo que cortejarla un año entero lo haré -declaró.
Rafael sacudió la cabeza. Recién ahora comprendía la naturaleza de la emoción que embargaba a su hijo. Iba más allá de un simple deseo.
-Estás enamorado… -dijo en voz alta para hacer constar su descubrimiento.
-Sos una luz como siempre, papaíto -ironizó Luciano. Y agregó:- Si me la gano, la quiero siempre en mi cama: al acostarme y al levantarme. La quiero compartiendo mis logros y mis fracasos. La quiero a mi lado donde sea. La quiero madre de mis hijos. ¿Hai capito? -terminó.
-Io capisco -respondió Rafael siguiéndole el tren.- Y ahora que lo tengo claro, hablemos de tu hermana. ¿Qué opinás de su nuevo pretendiente?
-Parece un buen tipo. Vas a tener que prepararte. Si la relación prospera, se la llevará a su país.
Su padre hizo un gesto de resignación. Pensó en el hogar vacío de la presencia de sus hijos y un roce perceptible de angustia arañó su garganta. Lucho interpretó su gesto y lo animó:
-No es tan grave, pa. Si la extrañás mucho te hacés un viajecito o ella vendrá a visitarte. Además están las videoconferencias con las cuales podrás verla todos los días.
-Es que pensaba en que a los dos se les dio por enamorarse al mismo tiempo. Así que regulen la salida de casa para que nos vayamos acostumbrando -rezongó Rafael.
Luciano le apretó el brazo riendo y después se dedicaron a terminar la comida. Cuando llegaron a la casa las mujeres se habían acostado. Él puso el despertador a las siete de la mañana decidido a indagar a su hermana quién se haría cargo del contrato. A las siete y media bajó a desayunar con sus padres.

-¡Buen día a los dos! -saludó besando a Luisa y palmeando a su padre.
-Creí que te ibas a levantar más tarde ya que no vendrás conmigo -dijo Rafael.
-No quería que se me fuera Romi -contestó.
-En un momento bajará. Mike la pasará a buscar a las ocho para desayunar -informó su madre.
-El yanqui no afloja, ¿eh? -comentó Lucho.
-Es un señor. Anoche, para no dejarme sola, cenaron en casa y después vimos una película -presumió Luisa.
-De lo que no me cabe duda es de su astucia. Sabe con quién congraciarse -dijo Rafael riendo.
-¿Estaban calumniando a Mike? -terció Romina entrando a la cocina.- ¡Buenos días a todos! -exclamó con alegría y repartió besos. Lo abrazó a Lucho por la espalda y le comunicó:- Hombre desconfiado, ¡hoy se concreta nuestro primer trabajo! ¿Qué me decís, eh?
El hermano le apretó los brazos que le había cruzado sobre el pecho y preguntó:
-¿Y quién será la encargada de ejecutarlo?
-Sandra. Porque las demás no tenemos la tarde libre.
Rafael respondió a la mirada de su hijo levantando una ceja.
Sandra concurrió al sanatorio para la curación a primera hora de la mañana. El médico le cambió el vendaje por uno más pequeño y le anunció que la herida estaba en pleno proceso de cicatrización. Llegó a la casa de Torcuato a las nueve, ansiosa de que se hicieran las tres de la tarde. Había combinado con la señora de Páez recogerla en la Terminal junto a sus hijos. Las dos horas de clase se le hicieron interminables y se despidió a las once en punto. El único dato que tenía de los niños era que se llamaban Bruno y Diego y que tenían once años. Una edad bastante manejable, pensó. Encendió el celular cuando subió al auto y enseguida comenzó a sonar. ¡Era Luciano! Había ingresado su número el domingo cuando estaban en el restaurante. Devolvió la llamada y experimentó un agradable estremecimiento al escuchar su voz. Le explicó que lo desconectaba cuando estaba con algún alumno y aceptó que él fuera a su casa a entregarle unos objetos que formaban parte de su acuerdo de supervisión. Al mediodía bajó a recibirlo. Estaba vestida con una camisola roja de mangas largas elastizada en puños y escote. Los puños terminaban en voladitos y el escote dejaba al descubierto uno de sus hombros por donde asomaba un bretel rojo. Luciano la miró encandilado, conviniendo que ese atuendo combinado con unas calzas negras y ajustado a la breve cintura por una faja de cuero, la convertían en una deliciosa aparición. La tira roja que cruzaba el hombro destapado bastó para que la imaginara sólo cubierta con las prendas íntimas de color escarlata. Ella lo invitó a ingresar al departamento plenamente conciente de la presencia y la mirada masculina. Abrió la puerta y quedaron frente a frente. Se apartó turbada y le hizo un gesto para que tomara asiento.
-Te traje un microchip gps para que lo agregués al celular -dijo Lucho- además de esta linterna con descarga eléctrica y este anillo que lanza gas pimienta. -Colocó todo sobre la mesa.
Sandra abrió los ojos y la boca y no pudo contener una carcajada. Luciano la contempló con expresión risueña y esperó a que le pasara el ataque de hilaridad.
-Esto no es broma, señorita -dijo cuando ella paró de reír.- Te enseño cómo se usa cada dispositivo. Dame tu mano izquierda.
Ella obedeció y trató de no volver a reírse como antes. Luciano deslizó el anillo en su dedo anular con la gravedad de quien está adquiriendo un compromiso -al menos así lo imaginó la joven-. Después le subió la manga de la camisa y colocó la pulsera con la pequeña linterna hacia arriba, de modo que cuando volvió a cubrirla sólo se veía la ajorca. A continuación, quitó el celular de su funda, le adhirió el microchip y volvió a guardarlo. Sacó su blackberry y lo manipuló con un gesto de aprobación:
-Listo, ya te tengo ubicada -dijo satisfecho.
A Sandra la risa volvió a burbujearle en la garganta y la expelió a riesgo de quedar ahogada. Lucho la miró y le dijo con voz queda:
-No te rías así que te ponés demasiado linda…
Ella se tapó la cara sin poder dominarse hasta que se pudo controlar. El hombre esperó con paciencia y le dio las instrucciones finales:
-El anillo tiene un seguro que tenés que deslizar para que funcione. Hay que apuntarlo a la cara y preferiblemente a los ojos. El botón de la pulsera está al costado. Lo apretás y expulsa la linterna hacia delante. Basta con que los electrodos se pongan en contacto con el cuerpo para que se produzca una descarga que lo atontará. ¿Entendido?
-Ssí… -silabeó ella pugnando por no reír.
-Espero que nunca tengas que usarlo, pero llevalos ahora para irte acostumbrando -pidió Luciano.- Y ahora, muchacha reidora, ¿por qué no vamos a comer juntos antes de que empieces a trabajar?
-¡De acuerdo! -aceptó ella sin cuestionamientos.- Me voy a preparar.
Se metió en el baño para peinar su cabellera y le advirtió a la imagen que le devolvía el espejo que debía comportarse con decoro. Se puso seria y salió en busca de la cartera. Al llegar a la calle Lucho ofreció ir en su auto pero ella se rehusó porque necesitaba disponer del suyo.
-Entonces nos encontramos en la parrilla de Santa Fe y Cafferata. ¿Te parece bien? -propuso el hermano de Romi.
Sandra aceptó y cada cual se dirigió a su coche. Ya instalados en el restaurante, Luciano abordó el tema que le interesaba:
-¿Qué tal si te acompaño en esta primera experiencia?
-¿Qué? Ni loca… Sólo se trata de cuidar dos chicos y si no soy capaz de eso, más vale que olvide el negocio.
-No son dos chicos comunes -afirmó el hombre.- Los conozco porque tenemos a cargo el control y planificación de siembra de los campos de su familia. Suelen ponerse pesados.
-¡Vamos, Lucho! Tienen once años…
-Está bien… -hizo un gesto conciliador.- Pero si me necesitás no tenés más que llamarme, ¿de acuerdo?
-De acuerdo -manifestó ella para cerrar la discusión. Después preguntó:- ¿Y vos no trabajás hoy?
-No. Papá me dio permiso -sonrió. Observó la parte superior del blusón y formuló en tono interesado:- ¿Cómo está tu hombro?
-Bien. Hoy me hicieron una curación y está cicatrizando sin problema. Por cierto agradecele a tu padre el apoyo a nuestro emprendimiento. Aunque esta noche lo voy a llamar por teléfono para darle las gracias.
-Se lo diré -aseguró Lucho, para plantear seguidamente:- Entonces quedamos que si no aparece otro trabajo este fin de semana me acompañás a Arancibia ¿verdad?
Sandra lo miró perpleja. Había olvidado la invitación del joven y su aceptación renuente. Sos un verdadero perro de presa, pensó halagada. Él tenía una manera de sitiarla que no denunciaba sus verdaderas intenciones. La inofensiva invitación encubría aspiraciones no declaradas que esperaban su momento para revelarse. Su instinto femenino intuía la peligrosidad de estar a solas con él, situación que le provocaba una inconfesable atracción. Lo dejaría librado al azar.
-Ya te dije -le respondió.- Si no se presenta ningún compromiso.
Luciano asintió con un gesto de complacencia. Mientras daban cuenta del almuerzo rellenaron los huecos del tiempo en que no se habían visto. Sandra, sentada frente a una de las ventanas, vio el arribo de varios coches de línea que se dirigían a la estación. Miró su reloj y exclamó con inquietud:
-¡Son las tres menos cuarto! Debo estar en la plataforma 42 a las tres.
Luciano hizo una seña al mesero para que trajera la cuenta. Cinco minutos después se despedían en la puerta.
-Acordate -dijo él.
-Sí -dijo ella.- Esta noche tendrás noticias mías. Chau y gracias, Luciano -y cruzó hacia la estación de colectivos.
El hombre la siguió con la vista hasta que cruzó el paso peatonal para ingresar en la zona de estacionamiento.
Sandra se ubicó junto al público que aguardaba el descenso de pasajeros. Sentía una ligera excitación ante la nueva tarea. Reconoció a la mujer por los dos niños de igual fisonomía y con idénticas gafas de sol que se emparejaron con ella. Se adelantó para presentarse:
-¿Señora de Páez? Mi nombre es Sandra, de la Agencia Sus Amigas -dijo tendiéndole la mano.
Su clienta debía rondar los cuarenta años y estaba vestida y maquillada con elegancia. Estrechó su diestra mientras la estudiaba sin disimulo:
-Creí que iban a mandar a una mujer más madura -dijo. Se dirigió a los chicos:- Ya escucharon las indicaciones que les dí en el ómnibus. No hagan renegar a la señora y podrán asistir al estreno de la última de Harry Potter. -A continuación le ordenó a Sandra:- Busquemos su coche así nos ponemos de acuerdo mientras me lleva al Club Alemán.
Ella asintió y los guió hasta el estacionamiento. Ante de que arrancaran, la mujer abrió su cartera y le entregó tres invitaciones:- Aquí tiene las entradas para las salas del complejo Alto Rosario. Según se comporten, verán o no la película. ¡Ah! Y también unos pesos para que tomen un refrigerio y les compre algo que se les antoje -le tendió cuatro billetes de cien pesos.- Puede gastarlo. Cuando me venga a buscar arreglaremos sus honorarios. Si tiene alguna duda pregunte por el camino. Sandra puso el coche en marcha luchando contra la sensación de desagrado que le provocaba la mujer. Es un empleo, se dijo, y no es necesario simpatizar con tus clientes. Tenía razón quien dijo que hay que desafectivizar el trabajo. Estacionó delante del club y su clienta se bajó haciendo las últimas recomendaciones a los niños. Una vez que se perdió tras la puerta, la joven se volvió hacia los gemelos:
-Bueno, chicos, -dijo con una sonrisa- ¿quién de ustedes es Bruno?
-¡Yo! -dijeron al unísono.
-¡Ah…! ¿Y quién es Diego?
-¡Yo! -volvieron a contestar.
Sandra miró a los dos pelirrubios con el mismo corte de pelo y renegó de la detestable costumbre de vestir a los gemelos con las mismas prendas. ¿Cómo los reconocería su madre? Se tranquilizó pensando que ya descubriría un detalle que los diferenciara.
-¿Quién quiere pasarse adelante? -preguntó.
Se cruzaron de brazos y no contestaron.
-De acuerdo -expresó ella.- Vamos a ir directamente al Alto Rosario y allí podrán pasear y comer algo hasta que comience la película. ¿Qué les parece?
Doble encogimiento de hombros. Sandra intuyó que la tarea no sería fácil. Había trabajado como celadora los primeros años de su carrera y las relaciones con los chicos de la edad de los mellizos se le daban con naturalidad. Claro que habían pasado varios años y no eran iguales las condiciones de enseñanza en una gran ciudad que en una pequeña localidad rural. Ya vería la manera de romper el hielo. Entró a la playa del Shopping y estacionó cerca de la entrada. Indicó a sus mudos pasajeros que bajaran y seguida por ellos ingresó al complejo. Los dejó caminar sin hacerles ninguna sugerencia esperando que ellos delataran su interés por algún negocio o actividad.
-Queremos ir a la librería -dijo Bruno o Diego.
-La Araucana está al final de este corredor -contestó la joven sorprendida por la elección. Era un lugar donde tenerlos a la vista y que ella también disfrutaría.
Entraron al local y ambos se dirigieron a la sección de libros para adolescentes. Cuando los vio hojear varios ejemplares y elegir uno con el cual se sentaron en un sillón, se dedicó a recorrer mesas y leer contratapas. Unos gritos masculinos la sacaron de su abstracción. Vio salir corriendo a los mellizos perseguidos por un empleado. Se precipitó tras ellos voceando sus nombres mientras no dejaba de sonar la alarma del negocio. Un guardia de seguridad atajó al chico que llevaba el libro y lo arrastró de un brazo hacia el negocio.
-¡Bruno! ¡Diego! -gritó Sandra acercándose al guardia.- ¿Qué hacen? -y dirigiéndose al hombre:- Estos chicos están a mi cargo. Suéltelo.
-Se acaban de robar un libro -dijo el empleado jadeando por la corrida.
-Si están a su cargo, señora, es mejor que los vigile -expresó el guardia sin soltar al niño.
-Déjelos por mi cuenta -replicó altiva. Se dirigió a los mellizos:- Volvamos a la librería a pagar lo que se llevaron.
-Pero es que no lo queremos… -dijo el que tenía las manos libres.
-Lo mismo lo compraremos ya que han cometido una falta -le respondió con firmeza.
El grupo, seguido por la mirada de los paseantes, entró al negocio donde Sandra abonó el libro que le costó la mitad del dinero que le había dejado la mujer. Abandonó el lugar seguida por los hoscos muchachos y las recomendaciones del vigilante. Miró la hora. Faltaba una hora y cuarto para el comienzo de la película.
-Vayamos a comer algo -decidió.
Se sentaron en una mesa ubicada en el patio de comidas. Intentó una charla con los niños:
-Si no querían el libro -dijo- ¿por qué se lo llevaron?
-¡Era una broma! Para divertirnos… Lo hubieras devuelto y listo -alegó Bruno o Diego con suficiencia.
-¿Ustedes no saben que a éso se lo llama robar? Podrían haberlos detenido y llevado a la cárcel.
-Somos menores y el abogado de papá dice que los menores no van a la cárcel.
-Lo mismo es un delito -insistió la joven.- La falta de castigo no es una excusa para que se porten mal. Si de ahora en más se comportan, no le mencionaré a su madre el incidente de la librería. Y si mal no recuerdo -agregó en tono admonitorio- de su buena conducta depende que vean la película. Y ahora, ¿qué quieren comer?
-Un tostado con mucho Ketchup -dijo uno en nombre de los dos.
Sandra pidió un tostado y gaseosas sólo para los chicos. A ella se le habían quitado las ganas de comer. Pensó en la advertencia de Lucho y reconoció que los gemelos eran pesados. Un perro flacucho estaba merodeando entre las mesas. Cuando se acercó vio que los niños se miraban. Uno de ellos le estiró la mano con un trozo de sándwich y gritó al tiempo que el animal huía con un quejido:
-¡Me mordió! ¡Me mordió! -y agitó su mano cubierta de sangre.
-¡Dios mío! -exclamó la joven tratando de restañar la herida con un puñado de servilletas mientras algunos curiosos se acercaban a la mesa.
Lo fue limpiando con delicadeza para no hacerle daño y a medida que enjugaba la sangre escuchó algunas risitas de los mirones.
-Tiene dos chicos bromistas, señora -dijo uno.- Se deben haber gastado toda la salsa.
Sandra olió el tufo dulzón apenas acercó las servilletas a su nariz. Miró indignada a los mocosos que se reían:
-¿Cómo se atreven? ¿Y qué le hicieron a ese pobre animal para que saliera corriendo?
-Era un perro sucio que no tenía por qué estar molestando. Le dí una patada, nomás -dijo uno de los insensibles monstruitos.
-¿Saben qué? -explotó la muchacha.- ¡No sé ni me interesa saber el por qué son tan maleducados, pero están suspendidos! No van a ir al cine.
-¡Mi papá te va a demandar! -gritó Bruno o Diego.- ¡Pagó las entradas al doble!
-Y ustedes tendrán doble castigo cuando se entere de su conducta -dijo inflexible.
Mientras los gemelos cuchicheaban la ganó el desaliento. ¿Por qué se había tropezado con estas criaturas? No había logrado establecer el mínimo de comunicación. Debía ser su culpa, su escasa práctica en el trato con niños. Algo pesado y blando aterrizó en su hombro. Giró la cabeza y no pudo contener el alarido ante la peor araña que había visto en su vida. Ganada por el pánico no prestó atención a uno de los mellizos que hurgó en su cartera hasta encontrar las entradas y las guardó en un bolsillo. Una camarera golpeó con su servilleta al arácnido para desprenderlo del hombro y después lo pisoteó con saña. Sandra, asqueada, apartó la vista de la masacre.
-¡Es de goma! -exclamó la empleada.- ¡Es una araña de silicona!
Los gemelos exhibían una expresión de triunfo en sus rostros mirando a la joven encargada de su custodia. Ella se les aproximó con gesto destemplado y ambos corrieron hacia la escalera que subía hasta la planta alta. Sandra, abatida, se sentó y buscó el celular.
-Lucho -dijo-. Vení antes de que electrocute a uno y rocíe con gas pimienta al otro.
-Ya voy -escuchó su voz transmitiéndole seguridad.- ¿Adónde estás?
-En el patio de comidas, cerca de la escalera.
El hombre llegó casi al instante, como si hubiera estado alerta al llamado.
-Salieron corriendo para la planta alta. Ya no tengo energías para perseguirlos -dijo ella con un gesto de impotencia.
Luciano estudió el rostro sombrío de la muchacha y trató de tranquilizarla:
-Recuperate mientras voy a buscarlos. Después me contás, ¿querés?
La joven asintió. Con la llegada del hermano de Romi sentía que las cosas se enderezarían. Los revoltosos miraban desde lo alto al joven que subía hacia ellos. Sandra observó que les hablaba y se sacaban las gafas de mala gana. Después el trío bajó.
-¿Por qué no nos dijiste que eras la novia de Lucho? -acusó uno.
Ella no respondió porque les estaba escrutando los ojos. Uno los tenía negros y el otro celestes. ¡Por eso no se sacaban los anteojos! Era lo único que los distinguía.
-Te presento a Bruno -dijo el hombre empujando hacia ella al de pupilas oscuras.- Comprenderás lo obvio de su nombre.
Ella, respaldada por la presencia masculina, le tendió la mano y sonrió:
-Hola, Bruno. Encantada de conocerte.
El chico se la estrechó con seriedad. Después le tocó el turno a Diego que imitó a su hermano.
-Bien -dijo Lucho.- ¿Cuáles son los planes hasta las siete?
-¡Queremos ver la peli de Harry y ella no nos deja! -denunciaron a coro.
-Sus razones tendrá -argumentó Luciano.- ¿Se lo pregunto o me lo dicen ustedes?
-No tiene sentido del humor -se defendió Bruno.- Le hicimos algunas bromas.
-Del estilo de ustedes -aseguró el joven.- Como no quiero desautorizar a Sandra, dejaré que ella tome la decisión final. Querida, ¿creés que se merecen otra oportunidad?
Los chicos la miraban expectantes. ¡Por fin parecen humanos!, pensó ella al punto de suscitarle lástima. ¿Pero por qué habían arriesgado un plan que tanto les interesaba por hacer bromas pesadas? Sin decir una palabra tomó el bolso y buscó las entradas. Frunció el ceño al no encontrarlas y antes de que rebuscara en la cartera, Diego se las tendió.
-¡No te tocamos ninguna otra cosa! -le dijo.- Queríamos las invitaciones.
Sandra se las pasó a Lucho junto con un billete de cien pesos, e indicó:
-Por mí estará bien lo que decidas.
Él se enfrentó a los mellizos y expresó con voz tranquila:
-Van a entrar al cine, se sentarán para ver la película sin provocar desórdenes mientras Sandra y yo tomamos un café tranquilos; si no, les daré vuelta el culo de una patada y adiós a Bonny y Clyde. Aquí los esperamos cuando termine la función. ¿Entendido? -Los mocosos movieron la cabeza afirmativamente y tomaron lo que les estiraba Lucho.- Y ahora ¡largo! -ordenó.
Los gemelos salieron de estampida rumbo a la sala.
-¿Así pensás domesticar a tus hijos? -preguntó Sandra risueña.
-Los nuestros serán bien educados -contestó él con desenfado. Y al ver el gesto de protesta de la joven se apresuró a aclarar:- ¡Era una broma!
-Parece que las bromas están al orden del día. ¿Cómo llegaste tan rápido y por qué mencionaste a Boni y Clyde?
-A lo primero, te tenía ubicada y estacioné cerca. A lo segundo, son dos póneys que les regalé para el último cumpleaños. Los adoran y es el arma más efectiva para coaccionarlos -sonrió e hizo un gesto de disculpa.- ¿Qué querés? Dentro de poco las amenazas de poco servirán con estos delincuentes. Pero ahora contame qué te hicieron.
-Me da vergüenza -declaró con un mohín.- Y más, que haya tenido que pedirte auxilio.
-No a mí, chiquita -dijo él con voz tierna.- Te lo quise evitar.
Sandra rehuyó la mirada del hombre que le provocaba una suerte de desamparo que buscaba la fortaleza viril. Las expresiones cariñosas de Luciano eran cada vez más explícitas y hasta encontraba natural que les hubiera dicho a los chicos que era su novia, o las veces que la había llamado “querida”, o esa chanza de los hijos comunes. De lo que era conciente era de la frecuencia de los encuentros y de que esa contingencia no le disgustaba. Tomó aire y le relató escuetamente desde que los recibió en la estación hasta el episodio de la araña.
-¡Es el único bicho que me espanta! -declaró.- Como si lo hubiesen sabido…
-Al noventa por ciento de las personas les impresiona -la consoló.- ¿Lo olvidamos con un café y un trozo de torta?
-¡Ahora sí que tengo hambre! -aceptó.- Quiero una porción de la torta más repugnante que haya.
Luciano rió y llamó a la camarera. Poco después Sandra se deleitaba con un pastel de mouse de chocolate y él, mirándola comer. A pesar de las desventuras sufridas por la chica se congratulaba por los salvajes mellizos que les habían permitido reunirse. Retomaron las confidencias del mediodía y, como entonces, la joven consultó el reloj.
-Son casi las siete -dijo.- ¿No convendría ir a buscarlos?
-Quedate tranquila. Estos trastornados van a volver, ya sea por los póneys o por la madre, que es más trastornada que ellos.
Como si los hubieran invocado, vieron correr los mellizos hacia ellos. Tenían aspecto alborozado y cada uno agitaba el rollo de un afiche gigante. Se sentaron y contaron sin solución de continuidad:
-¡La peli fue súper!
-¡Nos dieron un póster a cada uno!
-¡Yo lo voy a poner en la puerta del placar!
-¡Y yo en la puerta del dormitorio!
-¡Los cagamos a los de Santo Domingo!
Lucho consideró oportuno intervenir:
-¡Eh, muchachito! Que hay una dama presente.
-Quise decir que les ganamos a todos los compañeros de la escuela porque ninguno consiguió invitación -rectificó Diego.
-Es hora de ir a buscar a su mamá -dijo Sandra.- ¿Quieren tomar algo antes de salir?
-No. Compramos pororó y coca en el cine -informó Bruno. Y agregó con seriedad:- Con Diego queríamos disculparnos por las bromas. Fuiste buena al dejarnos ver la peli. Cuando volvamos a Rosario le diremos a mami que te vuelva a contratar -la miró esperanzado.- Y prometemos portarnos bien -enfatizó buscando una respuesta positiva.
Luciano se pasó la mano por la boca para ocultar una sonrisa. Esperó la contestación de la muchacha que reaccionó a su gesto con una mirada de reconvención. Después se dirigió a los hermanos:
-Tengo que reconocer que me han matado de susto, así que me deben un buen descanso con sus bromas. Si vuelven a Rosario no es fijo que yo los acompañe, porque trabajo en una agencia que tiene varios empleados. Pero seguramente estarán conformes con cualquiera -aclaró pensando que se los endosaría a alguna de sus socias.
-¡Vamos a pedir que seas vos! -aseguró Diego con fervor.
-Bueno -aceptó ella- se verá en su momento. Y ahora partamos. -Se levantó de la mesa y le dijo a Luciano que la había imitado:- Gracias, Lucho. Te debo varias me temo.
Él la traspasó con la mirada al tiempo que se inclinaba hacia ella susurrando:
-Los melli están esperando una despedida de novios…
Sandra comprobó que el hombre no le mentía. Bruno y Diego estaban pendientes de ellos. ¿Qué hacer?, se preguntó. Sostener la farsa conducía a un beso; evitarlo, implicaba desmentir la declaración de Lucho. ¿La seguirían respetando en tal caso? ¿Qué era menos peligroso? Aún debía cargarlos en su auto, ir a buscar a la madre y trasladarlos a la Terminal. Este pensamiento la decidió. Levantó la cabeza y presentó su perfil balbuceando:
-Está bien. Pero sólo un beso de mentira.
-¿Acaso están catalogados? -musitó Luciano rodeándola con sus brazos y deslizando sus labios desde la tersa mejilla hasta la boca. Sandra se sobresaltó y apretó los labios. Después lo empujó con suavidad para separarlo.
-Suficiente -declaró.- ¿Vamos, chicos?
-¿Lucho se queda? -preguntó Bruno.
-Sí, macho -contestó el aludido.- Tengo que hacer. No hagan renegar a mi novia -recomendó mirando a la joven con regocijo.
-Estoy segura de que no necesitan amenazas para comportarse, ¿verdad, niños? Es que Lucho algunas veces suele ser bastante desmedido -dijo ella devolviéndole la mirada con descaro. Agitó la mano para saludarlo y caminó airosamente hacia la salida.
Luciano atesoró la deliciosa sensación del beso ficticio anticipando la plenitud de un beso incondicional. Volvió a su casa insatisfecho por haber tenido que separarse de la joven pero conciente de que debía obrar con mesura.
Sandra hizo el viaje hasta el club Alemán con dos irreconocibles pasajeros. Agradeció haber visto la saga de Harry Potter porque le dio material para intercambiar con los mellizos. Bruno se sentó junto a ella después de haberlo decidido por sorteo. La señora Páez los estaba esperando en la entrada y permitió que Diego ocupara el lugar del acompañante. Los chicos relataron a su madre el espectáculo con entusiasmo y, mientras esperaban la llegada del ómnibus, la mujer le abonó a Sandra los honorarios.
-Me debe cuatrocientos pesos, señora. Restaron cien del fondo para gastos.
-Si los ahorró, son suyos -dijo la dama con gesto categórico.- ¿Cómo se comportaron?
Los gemelos parecieron achicarse esperando una represalia. La muchacha los tranquilizó con una sonrisa y declaró:
-Como dos hombrecitos. Estuvimos en una librería y compraron esta hermosa enciclopedia -le tendió la bolsa a la madre que la revisó con gesto asombrado.
-¡Mamá! -gritó Diego para desviar su atención:- ¡Sandra es la novia de Lucho!
-¿Del ingeniero Méndez? -preguntó olvidada del contenido de la bolsa.
-¡Sí, mamá! -aportó Bruno.- Él la besó en la boca para despedirse -afirmó para dar veracidad a su informe.
-Qué raro que Rafael no me lo hubiera comentado… -consideró la mujer.- En fin, la felicito porque ese muchacho es un buen partido.
-Gracias, señora -respondió con modestia.- Espero que se vaya conforme con nuestro servicio y pueda recomendarnos a sus relaciones.
-Lo haré, lo haré. Hijos, saluden a la señorita que ahí viene el ómnibus.
Sandra les sonrió y les tendió los brazos. La señora Páez, ahora que era la novia de un buen partido, la abrazó y la besó en la mejilla. Los tres la saludaron desde la ventanilla y ella se quedó hasta que el vehículo abandonó la estación. Después dejó aflorar la risa que contuvo en presencia de su cliente. Entró a su departamento con una sensación de triunfo. Puso sobre la mesa del comedor los billetes, se despojó del anillo y la pulsera, y se dedicó a llamar a sus socias.
El primer llamado fue a casa de Romina. Lo atendió su amiga:
-¡Sandra! ¿Cómo te fue?
-Mejor de lo que esperaba -contestó riendo.- Ya nos vamos a reunir. Y vos, ¿qué novedades tenés?
-Salí por la mañana con Mike y dentro de un rato me pasa a buscar -dijo satisfecha.
-Novedades, dije. Novedades… -se burló Sandra.
-Tenemos que vernos. Algo de eso hay. Pero requiere una larga charla.
-Pienso citarlas a todas para comentar este primer trabajo. Si vos te podés desprender una noche de Mike, te quedás y hablamos.
-De acuerdo. Mañana me voy con el camisón. Papi estaba preocupado porque dijo que los chicos eran insoportables. ¿Te dieron mucho trabajo?
-Ya te voy a contar. ¿Me pasás con tu papá?
-Bueno. Besitos y nos vemos.
Rafael se puso al teléfono y Sandra le agradeció su recomendación. El hombre se disculpó por no haberla puesto en antecedente de las características de los muchachos. Ella dedujo que Lucho no le había contado nada y esa reserva fue un mérito más que él acumuló en su haber.
El resto de las amigas acordó encontrarse a las siete de la tarde del día siguiente. Se dio un largo baño y, mientras se le secaba el pelo, preparó unos bocados para cenar. Sacó la cuenta de que últimamente había compartido varias comidas con Luciano y echó de menos su placentera compañía. Dejó limpia la cocina y cepilló su cabello delante del tocador. Estudió su rostro y detuvo la mirada en los labios. Los entreabrió como no se había permitido ante el beso del hombre y se conmovió ante la audacia de su pensamiento que le reprochaba el rígido control de sus deseos. ¿Y qué?, se rebeló. Quiero que me bese a solas, no en medio de una galería de compras. Bueno, ya lo había confesado. Le gustaba este Lucho que iba descubriendo ante las distintas alternativas que habían aparecido últimamente. No el sobre protector convencido de las incapacidades femeninas, sino un varón sensible capaz de cobijarla en momentos de angustia o de ofrecer su colaboración cuando lo necesitara. Pero bajo estos atributos ansiaba conocer al hombre apasionado que le ayudara a descubrir los goces del sexo. Sus experiencias poco satisfactorias sofocaron su libido hasta preguntarse si alguna vez lograría la plenitud de la que hablaban los tratados amatorios. Todo a su debido tiempo, concluyó. Tras el último cepillado puso el reloj y se acostó. 

El timbre del despertador le anunció la llegada del nuevo día. Preparó el desayuno y salió a las ocho y media para la casa de Miguel. Su alumno de los miércoles vivía en un edificio señorial ubicado en pleno centro de la ciudad. Estacionó el auto en las cocheras del subsuelo y subió al sexto piso en el ascensor privado. Como siempre, Miguel la esperaba con una bandeja de facturas y el servicio de café ya preparado en la mesita baja. El ritual consistía en la insistencia de él en que probara las facturas, su negativa hasta comer una y la posterior degustación de un pocillo de café acompañado de amable charla. Después, ella le recordaba gentilmente el motivo de su encuentro. Esa mañana su alumno le tenía una sorpresa:
-Mi querida Sandra, nunca más oportuno el negocio que ha montado con sus amigas. Este viernes vendrá a visitarme mi hermano para pasar el fin de semana en casa. Y llega con entradas para asistir a la apertura de gala del ciclo de óperas del Círculo. Ya sabe cuánto detesto la ópera, así que pensé que Jorge no se ofendería si en lugar de mi compañía disfrutara el espectáculo con alguna bella jovencita. ¡Está contratada!
-Será un placer, Miguel. Sólo tiene que hablar con su hermano y pedirle que se comunique con nosotras para acordar los horarios.
-Me saca un peso de encima, querida. Y ahora dígame, ¿sigue la acampada en Plaza Pringles?
Estuvieron hablando de temas de actualidad hasta las nueve y media momento en que dio comienzo la clase de computación. Sandra se despidió a las once y decidió transmitirles el nuevo trabajo a sus socias en la reunión de la tarde. Aprovechó para hacer algunas compras en el centro y a las doce retiró el auto de la cochera de Miguel. Pasó por el supermercado para almorzar y completar sus víveres. Ayer, a esa hora, estaba comiendo con Luciano. Evocó la figura del joven con nostalgia y pensó en que se había aficionado a su compañía. ¿Adónde estaría? Un impulso que tildó de descabellado la acometió: llamarlo por teléfono. Lo sacó del bolso y lo colocó sobre la mesa. Lo estuvo mirando un rato como si fuera una alimaña peligrosa. Después, contra todo pensamiento racional, buscó el número de Lucho.
-Hola, princesa -surgió el saludo después de un tiempo que le pareció eterno.
-Hola -dijo casi con timidez.- Quería saber cómo estabas.
-En este momento, en la gloria. ¿Debo presumir que vos también me extrañabas? -preguntó con voz acariciante.
-Bueno. Estaba comiendo y me acordé de vos. Ya que te has preocupado tanto por mí, pensé retribuirte -dijo con displicencia.
Luciano rió en voz baja. Estaba visto que su chica era un hueso duro de roer, pero esa llamada era un regalo inesperado que lo conectaba a la esperanza.
-¿Y qué estás comiendo que te acordaste de mí?
-Una ensalada.
-Por cierto que yo te alimento mejor, así que podrás resarcirte en la cena ¿querés?
-No. Hoy tenemos una reunión de trabajo en casa porque apareció un nuevo cliente -anunció con presunción.- Y Romi se queda a dormir a la noche.
-Afortunada hermana mía… -entonó Lucho. Después insistió:- ¿Quedamos para mañana a la noche?
Sandra vaciló. Tenía la sensación de que estaba precipitando los acontecimientos. Pero si yo quiero verlo. Esto es simple matemática: los dos queremos vernos. Además, ¿qué riesgo implica comer juntos?
-Está bien. Salvo que se presente algún impedimento… -se cubrió.
-Lo entenderé -dijo él con serenidad.- Pero si la suerte está de mi lado, todo indica que no va a ver inconvenientes. ¿Adónde te gustaría ir?
A terminar el baile de la otra noche.
-Dejame pensarlo. Mañana te digo. ¿Adónde estás ahora? -preguntó con curiosidad.
-En Diamante.
-¿Y qué estás haciendo?
-Un estudio de suelos para recuperar terrenos anegados -explicó con voz risueña.- Pero no te voy a aburrir con detalles porque hay otros trabajos más atractivos.
-¿Cómo el monte de frutales? -rió Sandra.
-Vos lo dijiste. Y espero otro golpe de suerte para el fin de semana así me acompañás a Arancibia.
-Te vas a aburrir de verme tan seguido.
-¿Qué apostamos? -el tono de Lucho era retador.
Esta charla se está poniendo demasiado personal.
-Nada. Y ahora corto porque mi teléfono está sin batería. Chau, Luciano.
-Chau, querida.
El hombre cerró el celular con ilusión. La llamada de Sandra lo había tomado desprevenido y como suceso tenía una lectura implícita que hablaba de un interés mutuo.
-¿A que adivino con quién hablabas? -el tono de Rafael era socarrón.
-Y ella me llamó -dijo Lucho con cara de satisfacción.
-Me pareció escuchar que mencionabas Arancibia.
-Mejor decí que no te perdiste una palabra de lo que hablaba -apreció su hijo con ironía.
-No hacía falta oírte porque tu cara de tonto hablaba por vos. Pero te voy a adelantar una noticia que me reservaba para el almuerzo. Sabés que tenemos un fin de semana largo por el feriado del viernes y que el del martes que viene lo pasan al lunes… -hizo una pausa para que Lucho lo asimilara.- Cuando estabas recorriendo el terreno recibí un mensaje de Leonor. El sábado cumple setenta y nueve años y nos invita en familia a festejarlo.
-¿En familia?
Rafael abrió la netbook, buscó el mensaje y lo leyó:
-“Querido Rafael: me place invitarlo a compartir con su familia y sus futuros integrantes los agasajos organizados para festejar mi cumpleaños número setenta y nueve, ya que llegar a esta edad merece celebrarlo en presencia de los mejores amigos. Los espero desde el viernes a la mañana y serán mis huéspedes hasta el lunes. Cuento con su inestimable presencia. Suya: Leonor.”
Lucho emitió un silbido agudo.
-Parece que va tirar la casa por la ventana. ¿Y quiénes se supone que son los futuros integrantes? -preguntó en tono de burla.
-Si te dedicás, ya sabés cuál será tu aporte. Porque si en cuatro días no la conquistás, olvidate de ella -dijo su padre en tono inequívoco.- Además pensé en invitar a Mike para que disfrute de una verdadera fiesta campestre.
-La que va a disfrutar será tu hija -carcajeó Lucho. Se compuso:- Te voy a decir, viejo, que aparte de no tener en cuenta los feriados contaba pasar con Sandra sábado y domingo. Pero esta ocasión parece llovida del cielo. Si de mí depende, volverás con grado de suegro a Rosario.
-Estoy seguro, patán. Terminemos el trabajo así vamos a comer algo y de paso anoticio a tu madre y a Romina de la fiesta. Las mujeres no me perdonarían que les avisara sin tiempo para inspeccionar el guardarropa.
-Dale, papá. Y recomendale a Romi que se asegure de cualquier manera que Sandra acepte la invitación.
Rafael puso los brazos en jarra, observó el gesto ansioso de Luciano y meneó la cabeza.
-¿Sabés que nunca te ví tan timorato? No vas a ganar esta batalla si ya tenés miedo a perderla. El hijo que conozco no aceptaría un no por respuesta y cargaría a esa muchacha en el auto para llevarla a Arancibia.
-Y el padre que yo conozco se convertiría en un cavernícola para animar a su pusilánime hijo -declaró Lucho vuelto en sí y dándole un estrecho abrazo a su risueño progenitor. 


Romina, para sorpresa de Sandra, tocó timbre a las cinco de la tarde. Apenas entraron al departamento le dijo:
-¡Sentate! ¡Te tengo una noticia sensacional! -y sin darle tiempo a preguntar:- ¡Estamos invitadas a una fiesta de la gran puta!
Sandra la miró divertida. Romi no acostumbraba a utilizar un lenguaje procaz, pero entendió que en este caso enfatizaba el carácter de la fiesta. No pudo interrogarla porque continuó:
-¡Es en Arancibia! La dueña del campo cumple años y dedica este fin de semana largo para festejar con amigos y parientes.
-¿Y yo qué tengo que ver si no entro en ninguna de esas categorías? -aprovechó para preguntar mientras Romina tomaba aire.
Aleccionada por su padre, contestó:
-Es que papá te considera como parte de la familia y pensó que te gustaría participar con nosotros de este evento. ¡Quiero que vengas, por favor! ¡Decí que sí! -exclamó Romi con exaltación.
-¡Bueno! Si me lo pedís así… ¿Pero no sería mejor que vaya Mike? -adujo con una sonrisa.
-¡También va! ¡Serán cuatro días espectaculares!
-¿Cuatro días? -repitió su amiga sobresaltada.- ¿Y adónde pararemos?
-En la estancia de Leonor que tiene como veinte habitaciones. Tendremos que llevar algún vestido de fiesta para el sábado. No sabés cuánto perseguí a Lucho para que me llevara a conocer la mansión, pero nunca me dio bola. Claro, como sólo soy su hermana… -se quejó.
-No rezongues. Que ahora tenés la oportunidad de conocerla. ¿Vestido de fiesta, dijiste? -Sandra se había quedado colgada del comentario anterior.- Mi ropa es de carácter informal…
-Mañana te acompaño a comprar algo al Portal -ofreció Romi. Su mirada se detuvo en el anillo y la pulsera que la dueña de casa había dejado sobre la mesa:- Qué pulsera rara… -dijo investigándola.
Sandra largó la risa y le refirió el aporte de Lucho.
-Bueno, bueno… Si se trata de protegerte no escatima ingenio -afirmó Romina.
-Me lo dio a mí porque me encargué del primer trabajo -aclaró su amiga.- Es para todas las que lo quieran usar -puntualizó.
-¿Y cómo te fue con el primer trabajo? -preguntó Romi haciendo caso omiso a las justificaciones de Sandra.
Ella suspiró. No podía ocultarle a su amiga las desventuras sufridas. La puso al tanto de la advertencia de Luciano, de su incredulidad, de las farsas de los mellizos y de cómo había recurrido a la ayuda de su hermano. Romina la escuchó con expresión neutra. Cuando terminó el relato, Sandra le dijo con estoicismo:
-Podés reírte todo lo quieras.
-No me voy a reír. Pero quiero que me contestes una pregunta que involucra a dos personas que amo sin pensar en que quiero inmiscuirme en tu vida -hizo una pausa hasta que su amiga hizo un gesto de aceptación:- ¿Vos sentís algo por Lucho?
Sandra reconoció en el rostro ansioso de Romina un interés desprovisto de cualquier otro sentimiento que no fuera el afecto. Podía sincerarse con su amiga:
-Me gusta, Romi. Y lo paso bien cuando estamos juntos. Pero me asusta la posibilidad de un fracaso más. ¡Y no con él, que es el hermano de mi mejor amiga! -dijo con pasión.
Romina la estrechó contra ella y declaró:
-¡Nunca! ¿Entendés? Nunca habrá malentendidos entre nosotras. Yo sería la mujer más dichosa del mundo si Lucho y vos formaran pareja, pero mis sentimientos no son más que una aspiración de deseo. Pero si en algo te atrae, me juego entera por mi hermano. Y no te voy a decir más, porque me basta con saber que no te es indiferente.
Permanecieron abrazadas hasta que Sandra la empujó con una risa.
-Soltame. Que si Mike nos ve pensará que somos tortis. Ayudame a preparar el mate.
Romina se sentía eufórica. Estaba convencida de que Lucho aventaría los fantasmas de la frustración que perseguían a su amiga y ahora, que tenía la custodia de sus declaraciones, se prometió guardar lealtad a los confidentes. En cuanto terminaron de acomodar la mesa del comedor, sonó el timbre. Sandra bajó y volvió a poco con el resto de las socias. Se saludaron alegremente y se sentaron esperando escuchar las novedades. Liliana se hizo cargo de la mateada mientras la dueña de casa, sin entrar en detalles, refería su primer trabajo, la contribución de Lucho a la seguridad y el anuncio de la segunda contratación.
-¿Quién se hará cargo? -finalizó.
-¿Cuántos años tiene el tal Jorge? -preguntó Abril.
-Como ochenta -contestó Sandra.
-¿Es soltero y sin compromisos? -insistió su socia.
-¿No pensarás…? -exclamó Margarita con cara de asco.
-Si lo es, yo tomo el trabajo -la miró a Sandra esperando la respuesta.
-Es viudo y creo que no anda noviando con nadie -le contestó.- Creo que será un buen partido para vos. En la primera estira la pata y te quedás con todos sus bienes.
-¡Aj! -expectoró Margarita.- ¿Cómo le podés proponer esa inmundicia?
-¿Y qué? Abril busca una rápida y suculenta salida a su situación financiera. Y Jorge puede ser su oportunidad -declaró con seriedad y después, sin poder contenerse, lanzó una carcajada.
El resto de las amigas, salvo Abril, la miraron con alivio.
-Desaceleren, chicas -dijo la contadora- que la idea de Sandra no es tan chocante. ¿Acaso Chaplin no tenía ochenta años cuando se casó con una mujer que podía ser su nieta?
-Sí, pero era un genio -aclaró Liliana.
-Yo no busco la genialidad, precisamente. Así que arreglado si ninguna se opone.
Le contestaron a coro su consentimiento en medio de bromas disparatadas a las que Abril no se dignó contestar. Margarita las participó de una posible clienta madre de un alumno de Coronda que deseaba conocer los centros de compra de Rosario. Las jóvenes se sentían entusiasmadas por el regular avance de su negocio. Sandra propuso que los primeros ingresos fueran depositados en una cuenta de ahorros y todas decidieron que estuviera a nombre suyo y de Romina por ser las artífices del proyecto. A las nueve se despidieron llevándose Abril las señas para contactarse con Miguel.
-Si me das un voto de confianza -dijo Sandra no bien estuvieron a solas- preparo la cena.
-¡Adelante! Después yo lavo los platos -aceptó Romi.- Y ahora, me retiro al comedor a charlar con Mike.
-Por lo que yo entiendo de inglés, bien podés hacerlo aquí -bromeó su amiga mientras Romina salía.
Condimentó unas pechugas de pollo y las puso al horno con cebollas, papas y pimientos. Después dejó preparada una ensalada de lechuga y tomate y pasó al comedor adonde Romi todavía hablaba con su pretendiente. Preparó la mesa y encendió el reproductor de CD. La música melódica le disparó el recuerdo de Luciano. Mañana a la noche cenarán juntos y después compartirán cuatro días. Si pudiera ser tan espontánea como Romi... Lo conoció a Michael, le gustó y no se hizo ningún cuestionamiento. ¿Adónde iré a parar yo como soy? Que porque es el hermano de mi amiga, que porque tengo miedo a una desilusión, que…
-¡Listo! -dijo Romina.- Ya arreglé con Mike para que pase a buscarme mañana por la mañana. Y ahora, la novedad de la que ayer te mofabas: me pidió que me fuera con él a Nueva York.
Sandra estudió el rostro satisfecho de Romi antes de declarar:
-No me extraña, se lo nota enamorado. Pero vos, ¿qué querés?
-Que se quede aquí. Le dije que aún no estoy preparada para alejarme de mi familia y espero que con el tiempo Mike piense seriamente en instalarse en nuestro país. Yo lo amo, Sandra, pero la idea de alejarme de mis raíces me aterra. Él pareció entenderlo, así que veremos cómo opera la distancia en nuestra relación.
-Es una decisión valiente, amiga, pero si realmente se quieren no debería afectarlos como pareja.
-Yo pienso lo mismo y estoy dispuesta a correr el riesgo. Peor sería que tuviera que volverme si el sostén de nuestro vínculo sólo está en la relación física -se acercó a Sandra y la tomó de las manos:- Sos la única que conoce esta oferta y me alegra coincidir con tu opinión. Por ahora, como no va a haber cambios, no lo voy a compartir con nadie más.
-Lloraría a moco tendido si te vas tan lejos pero si tu realización amorosa está en Nueva York, trataría de visitarte lo más seguido posible -dijo Sandra abrazándola.
Las muchachas se separaron en medio de risas y terminaron de acomodar la mesa. Romina encargó helado como postre mientras su amiga sacaba la comida del horno y condimentaba las verduras. A las diez y media daban cuenta de la cena y a las once y media se prepararon para acostarse. La anfitriona se sentó en la cama de su invitada para intercambiar los últimos comentarios de la noche:
-Mañana me tengo que ir a las ocho y media -le aclaró.- Si Mike viene más tarde te dejo un duplicado de las llaves.
-No hará falta. También él me pasa a buscar a esa hora. -Con acento entusiasmado:- ¡Creo que nos esperan cuatro días fantásticos! Mamá fue una vez a conocer la estancia y volvió maravillada. Dijo que la casona es enorme, antigua y bien conservada. Está en el centro de un predio rodeado de árboles, en contacto con la cuña boscosa santafesina. Una gran parte del campo está destinado a la explotación agrícola y otra al pastoreo de ganado. Tiene un corral con caballos y una especial predilección por su monte de frutales.
-¿El que diseñó Lucho? -se le escapó a Sandra.
-Ah… ¿Te contó esa parte de su vida? -preguntó Romi interesada.
-A decir verdad, hace varios días me invitó a conocerlo este fin de semana. Claro que parece que no sabía lo del cumpleaños.
-¡Ajá! Y se lo tenían bien guardado… -rió su amiga.
-¡No seas tonta! Yo ni siquiera le había dicho que sí -dijo Sandra molesta.
-No te enojes conmigo, por favor… -dramatizó Romina.- Este es uno de los trabajos que más enorgullece a mi hermano y a pesar de ello nunca logré que me lo mostrara. Viniendo de él, consideralo como una galantería.
-¡Qué palabra más anticuada! -exclamó Sandra aflojando la risa.- ¿La reflotaste con Mike?
-Es un hermoso vocablo -dijo Romina con petulancia.- Y habla de atenciones e intenciones de hombres bien inspirados. -Miró a su amiga con cariño:- A nosotras nos faltaba esa experiencia y creeme, cuando la vivas te vas a acordar de mis palabras.
-¿Nunca te galanteó un hombre?
-Hasta que me llevó a la cama. Pero con Michael el galanteo es permanente: cuando me ve, cuando se despide, antes y después de hacer el amor. Te juro que te levanta la autoestima hasta el infinito y despierta tus más ignorados apetitos sensuales.
-¡Guau! En cualquier momento te lo arrebato… -declaró Sandra con gesto provocativo.
-¡Probá con el tuyo, desfachatada! -replicó Romi con una carcajada. Y para que su amiga no hiciera deducciones suspicaces, continuó proyectando el imaginario fin de semana:- Podremos cabalgar, comer asado con cuero, ver una doma de potros y reunirnos de noche alrededor del fogón para tocar la guitarra y contar cuentos de aparecidos.
-Sos una trastornada. Lo más probable es que llueva todo el fin de semana y tengamos que encerrarnos entre cuatro paredes -dijo Sandra con voz lúgubre.
-¡Eso es lo que me gusta de vos! Tu insuperable optimismo - palmoteó Romina.- En tal caso Mike y yo no tendremos más alternativa que encerrarnos para hacer el amor. Y vos, ¿cómo te vas a distraer? ¿Jugando a las cartas?
La dueña de casa, estimulada por la maliciosa sonrisa de su amiga, le contestó con desparpajo:
-Ya me las ingeniaré. Seguro que no faltará un gaucho salvaje para que me entretenga. -Miró la hora y se levantó de un salto.- ¡Me voy a dormir! Mañana tengo un alumno a quien fastidia la impuntualidad -le dio un beso a Romina y se fue a su dormitorio. Desde el pasillo escuchó las socarronas palabras de su amiga:
-¿Así que un gaucho salvaje…? ¡Jajaja!


Las jóvenes se levantaron a las ocho menos cuarto. Una desayunó con tostadas y café con leche y la otra tomó un café para completar su ingesta mañanera en compañía de Mike. Antes de las ocho y media estaban en la puerta del edificio.
-Entonces nos encontramos a las tres en el Portal -recordó Romina mientras subía al auto de Michael.
Sandra hizo un gesto de asentimiento y fue a buscar su vehículo a la cochera. Trató de concentrarse en el trabajo pero su mente convergía en el recuerdo de Luciano y las divagaciones de su amiga. A las once dio por finalizada la clase y un hormigueo de excitación la recorrió al pensar que era su última obligación laboral de la semana. Se preparó un almuerzo ligero y después se dio una ducha. Mientras se secaba el pelo recibió la llamada de Lucho:
-Hola -saludó con satisfacción contenida- ¿adónde estás?
-Haciendo un alto para el almuerzo antes de pegar la vuelta. ¿Ya comiste?
-Sí.
-¿Y cuáles son tus planes?
-Encontrarme con Romi a las tres en el Portal.
-¿Qué van a comprar?
-¿Por qué comprar? Podríamos ir a pasear.
-Mm… Las mujeres no van a pasear a un Shopping -la risa grave del hombre arrulló sus oídos.
-Me voy a comprar un vestido para el cumple. ¿Satisfecho?
-Ah… Yo estoy satisfecho de verte vestida con lo que sea -le dijo en voz baja. Hizo una pausa para recuperarse y cambió el tema:- Esta noche te paso a buscar a las ocho y media. Mañana tenemos que salir a las seis para llegar a Arancibia antes del mediodía. ¿Te parece bien?
-Me parece estupendo. Corto porque está entrando una llamada. Nos vemos, Luciano. -Enredada en la charla con Abril, se perdió la despedida del hombre.
-Nos vemos, mi amor - manifestó Lucho al aparato sin interlocutor.
-¿Tanto hemos avanzado? -se interesó su padre.
-No, ya había colgado -le contestó riendo- así que me saqué las ganas.
-Estás demasiado tranquilo para una situación sin desenlace.
-Lo tendrá, papá, pero mi chica necesita ser cortejada. Cada vez que nos vemos la siento un poco más cerca y cuando la tenga en mis brazos será porque lo desea tanto como yo.
-En mi época no éramos tan considerados para ir a los bifes. No creo que te cueste nada convencerla de que sos el hombre indicado. Mirá que por confiado al mejor cazador se le escapa la liebre…
-Sos un dechado de sabiduría, pa -le dijo largando la carcajada- pero te estás contradiciendo. Ayer no dudabas de mi idoneidad y hoy la impaciencia te obnubila. ¿Así la atropellaste a mamá?
-En realidad, ella me atropelló a mí. Por eso te lo advierto -lo aconsejó.- A punto estuve de perderla por andar con tantos miramientos. Así que una noche en que la llevaba de vuelta a su casa, me preguntó sin rodeos qué tipo de relación pretendía; que si no era para casarme ella tenía otro candidato.
-¡Mamá Luisa! -exclamó Lucho.- ¿Y qué le contestaste?
-Que no se atreviera a pensar siquiera en el fulano. Y ahí mismo le pedí que se casara conmigo -dijo Rafael.
-Mirá vos... No sólo nos trajo al mundo sino que eligió con quien. Una genia, mamá.
-¡Si ellas nos eligen, hombre! Podrás desplegar todo tu encanto pero si no fuiste detectado por ese mecanismo extraordinario, todo lo que hagas será vano.
-Lo tendré en cuenta, papá -asintió Lucho con seriedad.- Y ahora terminemos de comer, no sea que llegue tarde a la cita.
Rafael amagó golpearlo con el puño y su hijo lo esquivó riendo. Poco después se encaminaban hacia Rosario adonde Sandra ya salía para encontrarse con Romina. 

-Vamos a la boutique de Jean Paul Gautier -le dijo apenas se vieron.
-Me estás hablando de alta costura. No voy a invertir en un vestido cuando todavía no terminé de pagar el auto.
-Te digo que vayamos. Acaban de instalarse y deben querer promocionar el local. ¡Tienen una ropa hermosa!
-Así ha de costar. Prefiero ir a Rosa y Canela. Tienen cosas lindas y a buen precio.
-Después -insistió Romi.- Quiero conocer ese lugar y esta es una ocasión única. Dame el gusto ¿si?
Sandra se encogió de hombros y la siguió. Después de todo, se dijo, probarse alguna prenda no obligaba a comprar. El negocio estaba en la planta alta, montado con detalles decorativos que lo distinguían de los demás locales. Empujaron la puerta de cristal y fueron atendidas por una obsequiosa empleada. Impuesta de lo que buscaban las jóvenes, les pidió que la siguieran a la trastienda. Sobre un maniquí estaba presentado un vestido largo color violeta cuya falda se abría al costado para exhibir parte de la pierna y con un bretel de flores bordadas un tono más suave cruzando desde el hombro a un pecho. Las amigas lo miraron embelesadas. Sandra fue la primera en reaccionar. Abrió la boca con la intención de preguntar el precio:
-¿Cuánto…? -alcanzó a decir antes de que Romina le apretara el brazo y la interrumpiera.
-Es precioso y seguro que a mi amiga le quedará muy bien. Se lo medirá -dijo sin dejar de presionarle el brazo.
La empleada asintió y lo retiró del exhibidor. Le indicó una puerta a Sandra para que entrara a probárselo. Romina la siguió al vestidor.
-¡Estás loca! Este vestido debe costar una fortuna -gimió Sandra.
-No importa. Por unos minutos te verás como una diosa -argumentó Romi sentándose en un sillón tapizado de pana bordó.
Su amiga movió la cabeza resignada y se sacó la ropa para probarse el vestido.
-Sin corpiño… -indicó Romina.- Tiene los hombros descubiertos. -La observó hasta que le quedó perfectamente calzado. Abrió una bolsa de compras y sacó un par de sandalias de taco alto compuesta por tres tiritas de piedras.- Ponete éstas -le dijo- son el complemento adecuado.
Sandra sonrió resignada. Se miró en el espejo y se asombró de la imagen que le devolvía. Su amiga se levantó y le soltó el pelo que tenía recogido con una hebilla. Las dos estuvieron admirando a la bella joven que las observaba desde el cristal.
-Me siento como La Cenicienta -rió Sandra- cinco minutos antes de que la carroza se convierta en calabaza -hizo ademán de sacarse el atuendo.
-¡No, no, no! -exclamó Romi.- Antes le mostraremos a la empleada.- Se asomó a la trastienda y le hizo una seña a la mujer para que entrara.
-¿No le queda perfecto? -le preguntó.
La empleada asintió. Sandra, que se sentía sumergida en una situación incongruente, volvió a la realidad con una pregunta:
-¿Cuánto cuesta el vestido?
-Cinco mil dólares -respondió la aludida.- Es un modelo exclusivo y le aseguro que no encontrará por este precio nada mejor.
-Seguramente -dijo Sandra.- Porque busco algo que no salga más de mil pesos que es lo mucho que puedo pagar. Si me permite, me voy a poner la ropa que traje.
-¡Esperá! -mandó su amiga. Se dirigió a la empleada:- ¿Qué opina de llamar al señor Gautier?
La mujer observó la soberbia estampa de la modelo y, después de una breve vacilación, hizo un gesto de asentimiento y salió del probador bajo la mirada complacida de Romina.
-¿Me querés decir a qué viene esta conspiración? -explotó Sandra.
-A que tenés la posibilidad de comprar el vestido por lo que puedas pagar. Es una política de la casa cuando una creación se adapta perfectamente a una persona que no puede cubrir su precio. Pero si te lo decía antes, no hubieras entrado, ¿no es cierto?
-Lo cierto es que nunca hubiera pensado que mi mejor amiga me expusiera al ridículo -declaró Sandra.- Aunque esté fuera de mis posibilidades semejante erogación, no me hubiera prestado a esta absurda prueba.
-¡Ahora dame vos un voto de confianza! -rogó su amiga.- Si hubiera dudado un momento del resultado no te habría propuesto venir.
Jean Paul Gautier encontró a una joven de porte altanero que realzaba la prenda que lucía. La midió de pies a cabeza, como quien evalúa una obra de arte mientras ella parecía desafiarlo con la mirada.
-Este modelo ha sido hecho para usted -dijo por fin.
-Es magnífico, pero yo no puedo pagarlo aunque me lo diera en cien cuotas -le aclaró esperando que no insistiera demasiado en hacer la venta.
-¿Y cuánto estaría dispuesta a pagar? -preguntó el hombre.
-Nada que pueda interesarle -dijo con una leve sonrisa. Vio llegar a otro masculino con una cámara fotográfica y levantarla apuntando hacia ella:- ¡Un momento! -exclamó- no puede sacarme una foto sin mi consentimiento.
El fotógrafo dudó y miró al dueño del local.
-Por lo visto usted ignora nuestro procedimiento, mademoiselle -explicó Gautier.- Esta instantánea es para nuestro archivo ya que se ha hecho acreedora, según nuestros cánones, a la propiedad de este modelo original. Si lo acepta, usted se lleva el vestido y nosotros lo justificamos con la fotografía.
-¡Sandra, esta oportunidad es única! -intervino Romina.- El señor te hace una oferta inestimable que está dentro de las reglas de su negocio.
-Pero yo no puedo aceptarla. Lo que puedo pagar es irrisorio comparado con su precio.
-Usted debe pagar un precio de buena fe -dijo Gautier.- Lo que estaba dispuesta a gastar hoy en su prenda.
-No más de mil pesos y en cuotas -declaró segura de que el hombre se le reiría en la cara.
-Perfecto -dijo contrariando su convicción.- ¿Ahora nos permite tomarle algunas fotos?
Sandra interrogó a Romi con la mirada. Su amiga asintió con vehemencia.
-Si es una operación lícita, está bien -consintió la joven.
El poseedor de la cámara le tomó una serie de instantáneas y se retiró de la trastienda. Gautier le comunicó que la esperaba en el local y salió tras el fotógrafo. Sandra se quitó el vestido y volvió a colocarse las prendas con las que había llegado. Mientras la empleada se hacía cargo de la indumentaria para acomodarla en una caja, buscó a Romina con la vista. Supuso que se había adelantado y pasó al salón principal adonde la esperaba el dueño que había instruido a la cajera sobre el monto y la forma de pago. Vio a su amiga charlando con el fotógrafo y cuando tuvo la bolsa con la compra en su poder, fue a buscarla. Se despidieron de Gautier y los empleados y entraron a una confitería para tomar un café y charlar. 

Sandra volvió a su departamento a las seis de la tarde. Tenía más de dos horas para preparar la valija antes de que Luciano pasara a buscarla. A las ocho la había cerrado dejando para último momento los productos de higiene personal que acomodaría en un bolso por la mañana. El resto del tiempo lo pasó reflexionando sobre los impensados sucesos de la tarde. Romi la había arrastrado a un reto que ella no habría aceptado de haberlo conocido porque se tenía menos confianza que su amiga. Abrió la caja y admiró el vestido perfectamente acondicionado para el viaje. Se proyectó luciéndolo en brazos de Lucho y la sofocó la ola de sensualidad que le despertó la imagen. El timbre la sorprendió. Tomó el bolso y un abrigo ligero antes de atender.
-Lucho -respondió la voz del hermano de Romi a su pregunta.- ¿Estás lista?
-Ya voy.
Lo vio mientras bajaba los últimos escalones. Abrió la puerta y lo saludó con una sonrisa. Subieron al auto que estaba estacionado frente a la puerta para dirigirse a la misma parrilla cercana al edificio. Sentados frente a frente se miraron satisfechos por la presencia del otro.
-Me estoy acostumbrando a comer con vos -dijo el hombre fijando sus ojos en las pupilas huidizas. -Podríamos establecerlo como una rutina -sonrió.
-Las rutinas aburren -declaró ella con suficiencia.- Además, vamos a compartir las comidas durante cuatro días, ¿no te parece bastante?
-Veremos -expresó él sin comprometerse. Y cambiando de tema:- ¿Compraste tu vestido?
-¡Ah, sí! -contestó Sandra sin poder contener la risa al recordar los detalles de su adquisición.
-¿Qué es tan chistoso? -preguntó él intrigado.
-A su tiempo te lo contaré -dijo divertida.- ¿Cuántas horas de viaje hay hasta Arancibia?
-Entre cuatro y cinco por la ruta nueva. La idea es llegar antes del mediodía para instalarnos y compartir el asado de bienvenida. Intuyo que será un fin de semana especial -pronosticó Lucho buscando su mirada.
Ella no se abandonó. Aún no. Sin comentarios, siguió comiendo conciente de ser observada por el estoico varón. Yo también lo intuyo, es más, lo deseo. Dos veces estuve a punto de ceder a tu beso y me negué, porque sabía que de hacerlo no habría vuelta atrás. Tengo tantas expectativas que me aterra que seas como los demás. ¿O acaso lo que me aterra es que seas tan distinto que me precipites en un abismo del que no pueda salir sin vos?
-… te van a gustar.
-¿Eh? -sólo había escuchado las últimas palabras absorta en su monólogo interno.
-Que tanto la dueña de casa como los festejos y el entorno te van a gustar -repitió el hombre con paciencia.- ¿A qué paisaje interior te retiraste? -indagó con una sonrisa afable.
Esta vez no podía disimular el rubor. Levantó la copa para ocultar, al menos, parte de su cara al inquisitivo sondeo masculino.
-Pensaba en tu monte de frutales -mistificó.- ¿Están todos los árboles florecidos?
-Casi todos están adaptados para florecer en esta época. Espero que tu imaginación no supere mi humilde trabajo -arguyó.
-No lo creo. Romina me habló de cuánto te satisface esa obra.
-¿Y qué más te dijo mi hermanita?
-Me pasó la queja de que nunca la invitaste a visitarla…
-Era otra presencia la que yo deseaba entre mis árboles -reveló Lucho con voz solemne.
-¿A quién te referís? -preguntó, segura de la respuesta.
-A vos, bien lo sabés -contestó bajamente.
Estoy coqueteando con él. Provocándolo para que confiese que nadie le importa más que yo. ¿Y después? ¿Saldré corriendo para no padecer una nueva decepción? Me parece que esta vez no, Luciano. Estás ocupando demasiado espacio en mis pensamientos y la única salida es asumir el riesgo.
-Bueno -replicó con displicencia.- Vas a matar dos pájaros de un tiro. Dejarás conforme a Romina y me harás conocer tus frutales.
La contestación del hombre fue interrumpida por el sonido del celular de Sandra.
-Disculpame -pidió mientras atendía:- ¡Hola, Romi!
-¿Adónde estás?
-Terminando de cenar. ¿Y vos?
-A punto de acostarme. Mirá que mañana te pasamos a buscar a las seis. Mamá, vos y yo viajamos con Mike porque papá y Lucho llevan un aparato de riego en la camioneta. ¿Ya preparaste la valija?
-Ajá. Dormí tranquila que estaré lista.
-Hasta mañana, entonces. ¿Me pasás con Lucho?
Sandra se despidió y le tendió el teléfono a su acompañante.
-¿Qué pasa, aguafiestas? -saludó Luciano.
-Que papá me dijo que no te olvidaras de poner la caja con los picos y los filtros sobre los soportes. Y largala a mi amiga para que pueda descansar.
-¿Eso también te lo dijo papá? -ironizó el hermano.
-Va de parte de los dos, descerebrado, porque la vas a tener a tu alcance durante cuatro días.
-Gracias por recordármelo, tesoro. Ya mismo la llevo a la cama.
-¡Si serás estúpido…! -se indignó Romina, y cortó.
Luciano, riendo, le devolvió el aparato a Sandra.
-¿A quién vas a llevar a la cama? -preguntó ella con recelo.
-A vos, a pedido de mi preocupada hermanita -declaró con naturalidad.
Sandra le echó una ojeada esperando advertir un gesto de malicia, pero el rostro del joven permanecía impasible.
-Tiene razón -dijo por fin.- Es hora de retirarnos.
Lucho pagó la cuenta y la llevó hasta su casa acatando el silencio en el que se había aislado. Lamentó haber molestado a las muchachas pero la intrusión de su hermana disparó la respuesta inconveniente. Y aunque debía reconocer que se adecuaba a su deseo, a Sandra no la había complacido. Mala suerte, pensó. He perdido varios puntos. Estacionó y ella estiró la mano para abrir la portezuela. Él la tomó con delicadeza por el brazo para que se volviera y encontró un mudo reproche en sus ojos.
-Lo que le contesté a Romina fue un desplante pero no lo tomes como un agravio porque constituye el supremo anhelo de mi vida -le aclaró el hombre con voz sofocada.
Sandra se desasió suavemente y salió del auto.
-Hasta mañana, Luciano -dijo cuando cerró la puerta. Entró al edificio sin volver en ningún momento la vista atrás.
Él pegó un puñetazo al volante cuando ella desapareció en la escalera. Se quedó un rato con la frente apoyada sobre la mano y después arrancó. Se sentía doblemente idiota. Primero se había excedido con su hermana. Después le había confesado a Sandra las ganas de acostarse con ella como si fuera la única aspiración para vincularse. Por ahora es la principal, admitió, pero no la única. Guardó el auto y dejó acomodada la caja en la camioneta. Después subió a su dormitorio y se dispuso a dormir.


Sandra abrió la puerta de su departamento dominada por sentimientos contradictorios. La inesperada confesión de Lucho no la había ofendido pero sí inquietado. Si tenía alguna reserva sobre sus intenciones, debía darle de baja. Por el momento estaba claro que la deseaba y ella sintonizaba con ese deseo. Miró la hora y dudó entre acostarse inmediatamente o después de ducharse. La aceptación de sus sentimientos la había relajado, por lo que decidió dormir hasta las cinco y tomar el baño en la mañana. A las seis, puntualmente, Romina tocaba el timbre. Le preguntó si necesitaba ayuda para acarrear la valija. Ella declinó el ofrecimiento y bajó con sus bártulos. Mike y su amiga la esperaban al otro lado de la puerta. Los saludó con un beso y el hombre cargó el equipaje en el baúl. Saludó con la mano a Lucho y Rafael que estaban estacionados delante del auto de Mike. Después se acomodó atrás, al lado de Luisa.
-Te hemos hecho madrugar, ¿eh? -dijo la mujer sonriendo y la besó en la mejilla.
-Según el programa, creo que vale la pena -contestó devolviendo el saludo.
Mike arrancó detrás de la camioneta que le serviría de guía. La ruta estaba despejada y en buen estado, de modo que dos horas después de la partida Rafael le avisó a Luisa que harían una parada de media hora. Romi le advirtió al conductor que estuviera atento a la señal del otro vehículo para desviarse hacia el parador. Poco después estacionaban delante del establecimiento anexo a una estación de servicio. El padre de Romi y su hijo se acercaron para saludar a Sandra.
-¡Hola, niña bonita! Qué bueno que hayas venido -dijo Rafael pasándole un brazo por los hombros.
Sandra rió y le dio un beso en la mejilla. Ese hombre afectuoso había ocupado un lugar paternal durante los años de su adolescencia. Lucho, cruzado de brazos, los miraba risueño.
-¿Y para mí no hay nada? Me hacen sentir discriminado -dijo con tono quejumbroso.
-Yo no pienso besarte, grandulón. No sé si tendrás suerte por otro lado… -manifestó Rafael sin soltar a la muchacha.
Sandra miró a Luciano y se le acercó. Pese a su altura, él le llevaba varios centímetros y ella estaba calzada con chatitas. Se paró en punta de pies y le dio un beso en la mejilla.
-Para que no digas que hago diferencias -dijo provocativa, y se apartó antes de que la retribuyera. Vio a Romi y Luisa dirigirse al tocador y avisó a los varones:- Voy al baño. Después nos vemos.
-¿No es divina? -observó Lucho embobado por la perdurable sensación del beso.
-¡Quién se animaría a afirmar lo contrario! -se mofó su padre.- Vamos, tarambana. Busquemos a Mike y reservemos una mesa.
Su hijo lo siguió suspendido en la agradable divagación de que la muchacha simbólicamente lo había perdonado. Encontraron ubicación al lado de un ventanal y Rafael se sentó mientras los jóvenes iban a buscar café y gaseosas. Cuando volvieron las mujeres todo estaba dispuesto sobre la mesa. Ingirieron rápidamente las bebidas y retomaron el itinerario. A las once y media de la mañana estaban atravesando los portones de la finca de Leonor. La mujer en persona los esperaba a la entrada de la casa. Abrazó al matrimonio y a Luciano y esperó la presentación del resto.
-Esta es mi hija Romina -dijo Rafael con orgullo.
-¡Feliz cumpleaños, Leonor! ¡No sabe cuántas ganas tenía de conocerla! -dijo la chica con una amplia sonrisa.
-Gracias, querida. Por cierto que tus padres deben sentirse orgullosos de tener dos bellos retoños.
-Ella es Sandra, una querida amiga de Romi y la familia -continuó el hombre.
-¡Feliz cumpleaños! -saludó la joven con viveza.- Y gracias por la invitación.
-Es un placer tenerte en mi casa, Sandra -declaró Leonor a la que no se le había escapado la mirada cautivada de Lucho.
-Y este es Michael Lemacks, nos visita desde Nueva York y es nuestro huésped -finalizó el padre de Romi.
Filiz cumplaños, señora! -batalló Mike con el idioma.
La anfitriona sonrió y le agradeció en perfecto inglés, tras lo cual intercambiaron una breve charla.
-Ahora María les indicará sus habitaciones para que puedan acomodarse y refrescarse. Después los espero en la galería -indicó Leonor.
Los seis siguieron a la empleada que les fue señalando los dormitorios. Uno estaba destinado al matrimonio y en los otros se acomodaron las dos mujeres y los dos hombres respectivamente.
-Una mina piola, esta Leonor -dijo Romina al quedar a solas.- Pensando en que Lucho y yo vendríamos con pareja, dejó librado a nuestra elección el reparto de los dormitorios.
-Si necesitás ocupar éste, no tenés más que avisarme -le aclaró su amiga.- Yo desapareceré discretamente.
-¡No quiero unas horas de hotel! Quiero amanecer con él. Por lo que tendrías que pasar la noche a la intemperie. A menos, claro, que compartas la habitación con mi hermano… -insinuó Romi.
-No me fastidies, ¿querés? Conformate con mi oferta -advirtió Sandra.
-¡Está bien, está bien! Me portaré como una colegiala. A lo mejor -reflexionó- puedo quitarle a Lucho las llaves de su cabaña… Porque dudo que se las dé a Mike si se las pide.
-¿Lucho tiene una cabaña?
-Sí. Ese fue el trato que hizo con Leonor. Él le planificaba el monte de frutales y ella le pagaba con la casa que había desocupado el viejo guardaparques. Como a mi hermano le pareció poco el precio que iba a pagar, ella le propuso que se lo mantuviera tantos años como los necesarios para completar la tasación. Y el muy honrado aceptó a cambio de atenderlo mientras ella viviera.
-¿La conocés?
-No. ¿No te dije que nunca me invitó? Pero sé por papá que la recicló y la amplió, así cuando viene los fines de semana se aloja en su propia casa.
Un golpe en la puerta interrumpió la conversación.
-¿Puedo pasar? -era Luisa.
-¡Sí! -dijeron a coro.
La madre de Romi inspeccionó el ambiente con aprobación. Era amplio y el mobiliario se adecuaba al estilo del caserón. Se volvió hacia las chicas:
-Veo que han estado chusmeando porque todavía no desarmaron las valijas. Pero podrán hacerlo más tarde, porque ahora llegaron varios invitados y están disponiendo los lugares en las mesas.
Las chicas se aprontaron para salir. En la galería saludaron a los nuevos huéspedes y se dirigieron hacia el predio adonde ya estaban sus compañeros de viaje. Romina se emparejó con Mike, y Luisa y Sandra se acercaron a Rafael y Lucho que estaban charlando con un hombre vestido al estilo gauchesco. El padre de Romi lo presentó al grupo como Braulio, el capataz de la estancia. Después del saludo, el encargado los invitó a que se acomodaran en la mesa que estaba ocupada por Leonor y tres de sus parientes. Sandra quedó enfrentada a Luciano quien le dirigió una mirada tan honda que le hizo apartar la vista. A Braulio, situado al lado del joven, como a la dueña de casa no les pasó inadvertido el intercambio. Conocían a Lucho desde que su padre lo llevara como ayudante al comienzo de la carrera. En diez años lo habían visto recorrer las distintas etapas de la adolescencia a las de una plena juventud. Mucho habían hablado de él con la señora Leonor quien se asombraba de que el patroncito no tuviera hembra fija. “Es un hombre estupendo, Braulio”, le decía. “Pero le falta la alegría del amor”. Él pensaba que lo importante no pasaba por tener mujer fija sino que le interesaran las mujeres, y ahora no le cabían dudas de que el muchacho se bebía los vientos por la linda joven que tenía enfrente. Si los ojos de él buscaban y los de ella huían, era seguro que todavía no se habían conocido como hombre y mujer, y a juzgar por la tensión que había entre ellos se dijo que pronto lo concretarían. Desvió su atención hacia el ayudante del asador que recorría con diligencia las mesas para atender a los invitados y aceptó una porción del costillar que le ofrecían.

(para envío gratuito del resto, correo a cardel.ret@gmail.com)

 FIN

2 comentarios:

  1. Muchas gracias Carmen por enviarme el final de esta hermosa historia
    Bibiana

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  2. Recibí el final, muchas gracias Carmen !

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