jueves, 20 de octubre de 2011

RELATOS BREVES - Registrados en S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores)


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Contenido: LA BICI-EL SUBTE-LA PROMESA-REENCUENTRO-DECÁLOGO-DOS NOCHES DE TANGO-AMANECERES-BÚSQUEDA.

LA BICI

Tenía que comprar esa bicicleta. Me levanté con la idea fija y me vestí con el jogging nuevo y las zapatillas más cómodas. Bajé las escaleras sigilosamente, no sea que mi madre se despertara y empezara a indagar adónde iba a esa hora de la mañana. Mamá es acérrima enemiga de las bicis. Dice que estás siempre expuesta a accidentes, que nadie te respeta en las calles, que te abren las puertas de los autos sin fijarse y terminás estampada en el pavimento. Pero ella siempre fue muy conservadora. ¡También, con mi papá que siempre la anuló! Aunque lleva muerto diez años ella nunca se pudo despegar de sus mandatos. ¡La pobre…!
Pensaba tomar un café a solas y después ir a concretar mi ansiada compra. Pero alguien se me había adelantado. Mi hermano estaba dando cuenta de un copioso desayuno consistente en un enorme jarro de café con leche y una parva de tostadas.
-Hola –saludé en voz baja para no despertar a la durmiente.
-¡Hola, marmota! ¿Qué hacés levantada tan temprano? Mirá que tengo un torneo de tenis y no quiero que el mundo se venga abajo –vociferó.
-Callate, estúpido –siseé- que vas a despertar a mamá.
-¿Se puede saber a qué obedece tanto misterio?
Decidí participarle mi propósito antes de que siguiera preguntando en voz alta.
-Me voy a comprar la bicicleta y, pese a vos, estoy intentando salir sin que se entere mamá. Ya sabés qué opina de las bicis.
-¡Ah! ¡Desobediencia en puerta! –rió el desgraciado. Me miró un momento con sorna y dijo:- Entonces esta noche vas a salir con nosotros y Ferdi…
Giré ciento ochenta grados para fulminarlo con la mirada. “Nosotros” eran él y su novia Alejandra; y Ferdi un amigo que me quería presentar para matarle la depresión de un abandono. Aparte de que me negaba rotundamente a ser el paño de lágrimas de nadie, el nombre Fernando me parecía horrible y su diminutivo, Ferdi, peor. Antes de que pudiera mandarlo a la mierda, levantó la voz:
-¡Así que te vas a comprar…! –le tapé la boca y farfullé con tono fratricida:
-¡Está bien! Pero ya me las pagarás. No habrá sido mamá quien te enseñó a vender a tu hermana…
Esta acusación le dolió. Empezó a enumerar las virtudes de su amigo pero yo, sin pararme a tomar el café, le hice un gesto con el dedo medio de la mano y salí sin mirarlo. Abrí la puerta y me apresuré hasta la parada del cole que estaba a la vuelta de casa. Le dediqué un último pensamiento a la cita nocturna pensando que había cosas peores, como que mamá se hubiera levantado y me malograra la compra. Al fin y al cabo, la extensión de la tarjeta de crédito me la había dado ella con la promesa de que yo aceptaría cualquier veto materno sobre adquisiciones no aprobadas. Lo sufrí cuando quise comprar la máquina de hacer pan, porque ella opinó que era un capricho que me duraría menos que el tiempo de pagar la primera cuota. En fin…
El ómnibus venía lleno hasta el tope, pero me colgué como pude de los pasamanos porque sabía que el próximo tardaría media hora. Era el único que me dejaba cerca de la bicicletería y se descongestionaba frente al FONAVI. Allí podría sentarme. Otro de los tabúes de mamá. ¡Tomá otra línea, nena! ¿No sabés que esos barrios están llenos de chorros? Claro, ella porque tiene auto y no debe caminar cinco cuadras para tomar otro cole. Dicho y hecho. Al llegar a los monobloques, se bajó casi todo el pasaje. Quedamos los que íbamos al centro. En la tercera parada subieron cuatro muchachones. Uno se acercó a la máquina electrónica mientras los otros se quedaban detrás del conductor. El que iba a marcar la tarjeta, se volvió de pronto y nos amenazó con un arma:
-¡Esto es un asalto! ¡Nadie se mueva del asiento!
Yo me quedé boquiabierta. ¿Mamá tenía razón? ¡Y las cosas que llevaba en la cartera aparte de la tarjeta de crédito! Documento, llaves, credenciales, agenda, el celu. Plata no, apenas para puchos, porque mi sueldo era el de convenio y se agotaba la segunda semana. El colectivero desvió el vehículo hacia un camino de tierra y lo paró a una cuadra, más o menos, de su ruta oficial. Mientras un delincuente vigilaba al chofer, los otros recorrieron los asientos y nos arrebataron los objetos de valor. ¡Adiós a la cadenita de oro que me regaló la abuela para los quince, a la alianza que me encontré en un taxi y que pensaba cambiar por un dije nuevo, al reloj que me obsequiaron en el último cumpleaños, a la bici…! Esto último era lo que más me mortificaba. Y los múltiples reproches de mamá. Uno por cada cosa robada. El atraco fue veloz. Cuando los maleantes se bajaron, destrozaron las cubiertas del colectivo para demorar el desplazamiento del coche. De los diez pasajeros que fuimos asaltados, sólo yo acompañé al chofer a la comisaría. Los demás opinaron que era una pérdida de tiempo hacer la denuncia porque nadie le daba pelota. ¿Y los documentos? ¿Y las tarjetas de crédito? –pregunté. Los denunciaremos en las comisarías del barrio –contestaron. Y allí marché, solidaria con el conductor. Nos tuvieron hasta el mediodía para asentar ambas denuncias y cuando estuve en la calle todo mi malestar se concentró en Ferdi. ¡Ferdi, por Dios! Si no hubiera sido por tener que prometer que lo iba a ver esa noche, habría tomado mi desayuno, salido más tarde y perdido ese ómnibus. Definitivamente, él tenía la culpa. Y ahora, ¿qué iba a hacer? Tenía que avisarle a mamá para que denunciara el robo de la tarjeta e hiciera cambiar las cerraduras. ¡Hasta la llave de la terraza tenía en el llavero! Traté de ubicarme espacialmente mirando el nombre de la calle y la altura. Estaba a cuatro cuadras de la peatonal. No tenía un centavo y no quería volver a casa. ¡Debiera ese Ferdi pagarme un taxi y la llamada telefónica! ¿No trabajaba en el negocio del padre? Mi hermano, para convencerme de sus cualidades, me había dicho que tenían un negocio familiar muy próspero que seguramente heredaría. Electrónica Morales, se llamaba, y estaba en Córdoba y San Martín. Ahí nomás. Caminé raudamente hacia esa intersección y en la ochava tropecé con el negocio. La puerta automática se abrió y me encontré en un amplio salón que exhibía una colección de aparatos de última generación. Una empleada se acercó amablemente:
-¿Puedo ayudarla en algo?
-Busco a Fernando –dije.
-¿Padre o hijo?
-Hijo.
-No lo vi entrar. Permítame averiguar si llegó –manifestó mientras se alejaba reservándose el derecho a una negativa.
Miré los teléfonos, los reproductores, las pantallas de LCD, las PC, los equipos de aire acondicionado… ¡Pero nada como mi bici perdida!
-¿Me buscabas?
Otro giro de ciento ochenta grados. Mis ojos acusadores se detuvieron en un rostro varonil y agradable en cuya mirada chispeaba un interrogante. ¿Éste era el amigo de mi hermano? No. El tarado carecía de buen gusto.
-¿Vos sos Ferdi? – indagué, no obstante.
-¿Y vos?
-Sole, la hermana de Sergio –e insistí:- ¿Sos Ferdi?
-Sí. Creí que te iba a conocer esta noche, pero me alegro de que pasaras antes por el negocio –dijo con una sonrisa que desmentía su feo nombre.- ¿Qué te trae por acá? ¿Algún aparato en especial?
-Sí. ¡Una bicicleta! –Estallé antes de largarme a llorar.
Creo que necesitaba esa descarga ante tantas calamidades. Léase: las explicaciones que tendría que darle a mi madre. Ferdi atinó a arrastrarme hasta una oficina adonde me hizo sentar y me prestó un pañuelo para que descargara mi nariz congestionada. Después me alcanzó un vaso con agua y arrimó una silla a mi lado.
-A ver, Sole. Contame que te pasó. Seguro que lo solucionaremos.
Lo dijo con tanta seguridad y ese “lo solucionaremos” fue tan inclusivo, que le conté de un tirón el asalto, la desazón por enfrentar a mi madre y el desconsuelo por no haber podido comprar la bicicleta. Claro que me reservé la extorsión de mi hermano y mi loco arrebato sobre su responsabilidad. Cuando terminé mi relato me sentí como si me hubiera desprendido de una losa de granito. Él me miraba tranquilo y casi alegre.
-¡Uf! ¿Eso es todo? Pensé que te había pasado algo grave.
-Eso lo decís porque vos no tenés que vértelas con mi mamá –me levanté y le pedí:- ¿Podrías prestarme para un taxi? Esta noche te lo devuelvo.
-¡Esperá! Achiquemos el pánico. ¿Qué tarjeta te robaron?
-La de Visa. Pero no sé el número.
-Veamos –dijo, y levantó el teléfono.
En diez minutos y con el nombre de mi progenitora y el mío y algunas preguntas personales, estuvo hecha la denuncia. Yo lo miraba encandilada. ¡Le debía una! Después insistió en llevarme hasta la bicicletería y me convenció de que era lo mismo que le devolviera las cuotas a él que a mi mamá, porque yo pensaba devolverlas, ¿verdad? Además eso me comprometería a verlo durante doce meses, dijo el descarado. Ahí nomás me subí a la bici y después de varios tumbos, le aseguré que estaba en condiciones de volver a casa sana y salva.
-¡Cargamos la bicicleta en el auto y te alcanzo hasta tu casa! –ofreció poco convencido.
-Gracias, Ferdi. Llegaré bien. Que mi hermano no se entere que nos conocimos antes. ¿Me lo prometés?
-Como quieras. Pero por favor, asegurate de no faltar a la cita.
-¡Hecho! – dije alegremente y pedaleé con seguridad hasta mi casa.
Toqué el timbre rogando que me abriera Josefina, la empleada doméstica. La suerte me acompañó y pasé a la cocina adonde mamá y mi hermano almorzaban. Yo había dejado mi nuevo vehículo en el garaje de la vecina y me senté a comer con ellos. Ya habría tiempo para las consabidas explicaciones. Mientras mi madre me servía la comida, Sergio me dirigió una sonrisa guasona:
-¿Preparada para esta noche?
-¡Ni que lo digas! –exclamé, y me sumergí en mi plato.
EL SUBTE
Llegué a la terminal de Retiro a las nueve de la noche y caminé hasta la entrada de la línea C de subterráneos. Tenía tiempo de sobra hasta las veintitrés en que dejaba de funcionar el servicio. Lo suficiente para hacer la conexión con la D y llegar holgadamente a Congreso. Porque uno de mis temores recurrentes era la de quedar encerrada en la estación durante la noche. Los túneles me amedrentaban. Sobre todo después de que mi prima me contó lo del fantasma de la novia y del degollado del baño. Y los quejidos que se escuchan a las cinco de la mañana y a las once de la noche. Claro que esto pasaba en la línea A, pero uno nunca sabe. Para no pensar en pavadas, fijé la vista en un hombre que se paseaba impaciente por el borde. Debía ser un corredor de seguros por el maletín que portaba. Era joven y de buena apariencia, pero llevaba alianza. El sordo traqueteo del tren me hizo levantar y olvidar mis cavilaciones. Subí al vagón que sólo tenía un asiento desocupado y, para mi sorpresa, él tuvo un gesto caballeresco y me cedió el lugar con un ademán. Le agradecí y me puse a contar las estaciones hasta Diagonal Norte. El joven también bajó allí y me precedió en la combinación. Aunque no habíamos cruzado ninguna palabra yo me sentía más tranquila fantaseando que no viajaba sola. Pudimos sentarnos en el último vagón porque había varios asientos vacíos. Viajaban una viejecita que sostenía sobre su falda una canasta con flores ajadas por el calor, un chico punk abarrotado de piercing, una mujer elegantemente vestida, un anciano aferrado a su bastón de caña y una pareja con un niño a quien su madre reprendía para que permaneciera sentado. Cuando llegamos a Palermo, la luz comenzó a opacarse y, antes de la próxima estación, se apagó del todo. Aparte de mi exclamación de sorpresa –porque esta situación nunca la había imaginado- escuché la de otros pasajeros: “¡Dios nos ampare!” (por la voz cascada, debía ser la viejecita), “¡Puta madre!” (creo que era el padre del niño revoltoso), “¡Qué sistema limado!” (seguro el chico punk), “¿Tardará mucho en reponerse el servicio?” (la mujer elegante), “¡Tranquilos, que enseguida volverá la luz!” (éste debía ser mi supuesto acompañante, ya que era una voz que no condecía con la del viejo del bastón). El niño comenzó a llorar a los gritos y fueron vanas las palabras de sosiego que pronunciaba la madre. El chasquido de un cachetazo (sin duda propinado por el padre) lo acalló. ¡Cómo querría no haber dejado de fumar! Me había desprendido hacía dos meses de un cartón de cigarrillos y del encendedor que tanta falta me hacía en ese momento. “¿Nadie tiene un encendedor, o una caja de fósforos?”, pregunté esperanzada. “No, no, no…” fueron las respuestas. Desde el fondo del vagón fue creciendo una luz que antecedió a un guarda uniformado. “El corte va a durar varias horas”, dijo con tono neutro, “Van a tener que caminar hasta Ministro Carranza”. “¡Pero yo no sé cómo llegar después hasta Congreso!”, exclamé desesperada. “No te preocupes, yo voy al mismo destino”, precisó la voz tranquilizadora del corredor de seguros. El empleado del subte ya estaba abriendo la puerta y nos instó a bajar. “¡Si vuelve la luz de golpe nos electrocutaremos!”, lloriqueó la viejecita. “No va a pasar nada, señora. Los carriles están desconectados”, afirmó el guarda con impaciencia. Alumbrados por su linterna, bajamos ayudando a los ancianos. La caminata era lenta al ritmo de los dos viejos. Seguramente por eso parecíamos los únicos ocupantes del subte. Yo no perdía de vista a mi compañero, porque las sombras parecían contaminar en forma creciente el resplandor del foco que sostenía el guarda. “Creo que llegamos a la estación”, dijo más tarde. “Esperen hasta que abra la puerta del andén”, y se alejó hacia el costado de las vías. La luz osciló hacia la izquierda hasta que el muro lateral de tinieblas la tragó. Mi mano buscó instintivamente la del joven del portafolio y se guareció en el seguro refugio de su puño. Ahora, hace una eternidad que el guarda se marchó. Ya no se oyen las protestas de los otros viajeros. Un ominoso clamor se expande desde el fondo del túnel. ¿No debería ocurrir en la línea A?
LA PROMESA
Mi vecina, a quien le debo varios favores, me pidió que le cuidara a su hijo. Como es un chico de características hiperkinéticas, no tuve mejor idea que llevarlo a la estancia de mi abuelo paterno. En el campo quemará sus energías, pensé. En la estación nos esperaba Zoilo que servía a mi abuelo desde antes de que yo naciera. Y por cierto, a su parco modo, fue un celoso guardián de mi deambular de niña por la extensa propiedad. Le di un abrazo y le presenté a Jorgito. Zoilo movió la cabeza y el niño lo miró desafiante. Subimos al auto adonde resonaba la voz de Atahualpa, pero la estridente voz de Jorgito no me permitió concentrarme en la canción.
-¡Tía, tía! –vociferó instruido por su madre quien pensaba que, al no tener yo hijos ni sobrinos, llenaría un vacío en mi corazón.- ¿Qué hacen esos cuervos en la rama del árbol?
-Deben estar esperando para comer –dije.
-¿Quién les tiene que avisar? –insistió.
-Nadie. Todavía no es su hora –respondí lanzada al tobogán de preguntas y respuestas.
-¿Y cuál es su hora?
-La que ellos quieran –recité con paciencia.
-¡Vamos a avisarles que ya es mediodía! –exigió solidariamente.
Mis ojos captaron por el espejo retrovisor la mirada divertida de Zoilo. En lugar de disgustarme, me disparó el recuerdo de Julián. Así me miró cuando, enternecido por mi enamoramiento de niña, me prometió: Cuando crezcas, serás mi novia. Ahora tenés que juntarte con los chicos de tu edad. Me engatusó el hijo mayor de Zoilo. Yo lo esperé algunos meses y me fui olvidando de él. Hace quince años que no lo veo aunque sé que se recibió de veterinario y está por marcharse al extranjero.
-Está bien –le respondí a Jorgito desechando la evocación - Zoilo les avisará después que nos deje en la casa.
-¡Yo también quiero ir! ¡Yo también quiero ir! –repetía el crío para dar énfasis a su deseo.
Cuando bajamos del auto, mis oídos pedían clemencia. Norma, la hija tardía de Zoilo y compañera de la infancia, salió a recibirnos afectuosamente. ¡Sos mi salvación!, pensé. La abracé, la besé, y le pedí que atendiera a Jorgito mientras yo iba a saludar a mi abuelo. Sin esperar respuesta, entré a la amplia biblioteca adonde, con seguridad, lo encontraría enfrascado en su colección de estampillas. Me recibió con tanta alegría que por un momento me arrepentí de la visita que le había traído. Me mostraba con entusiasmo sus últimas adquisiciones, cuando la luz que entraba por los grandes ventanales se fue amortiguando como una linterna gastada. ¡Era el anunciado eclipse de sol! Aprovechando el evento, Norma me restituyó a Jorgito con la excusa de que tenía que volver a su casa. ¡Desagradecida!, rumié. Y yo que le había cubierto las escapadas cuando estaba de novia con Roberto. Jorgito me atormentaba interrogándome por el oscurecimiento, al tiempo que varios peones alumbraban la gran habitación con lámparas de aceite. Traté de explicarle lo de la superposición de los planetas, de que era temporario y fantástico, pero él empezó a chillar que un monstruo lo espiaba por la ventana. Mi abuelo abandonó subrepticiamente el salón y yo miré esperanzada hacia afuera, esperando alguna aparición que me librara de Jorgito. Abrí la puerta ventana, y grité. Un encapuchado caminaba hacia mí, amenazando entrar a la casa. Corrí hacia Jorgito y lo abracé tratando de protegerlo del maleante. El susto me había enmudecido, pero el niño berreaba de sobra por los dos. El intruso se acercó y se inclinó para observarnos. Después de un momento se arrancó la máscara y reconocí al instante el semblante varonil.
-¿Julián…? –aventuré con mi sonrisa más seductora.
Me miró largamente, hurgando en sus recuerdos para actualizar mi rostro lejano y familiar. Una chispa de reconocimiento le iluminó los ojos:
-Has crecido, por cierto –declaró tontamente.
Me reí de su confusión, lo que detuvo los gritos de mi vecinito el cual enseguida lo interrogó:
-¿De qué estás disfrazado?
-Es un traje de apicultor –le respondió sin dejar de contemplarme- Estaba revisando los panales de tu abuelo.
Yo no le había preguntado nada, de modo que sobraba la aclaración. La luna estaba separándose del astro rey y una creciente claridad revelaba nuestras figuras. Reviví los sentimientos de mis diez años y, para ocultar la turbación, le comenté:
-Me dijo Zoilo que te vas a España.
-No creo –declaró con tono risueño.- Como soy un hombre de palabra, voy a quedarme para cumplir una promesa.
Jorgito se defendió de mi beso y de mi abrazo. Las efusiones lo fastidian. No podía explicarle que si no fuera por él, la promesa no se hubiera cumplido.
REENCUENTRO
Ayer se oscureció el cielo cuando estaba poniendo flores en la tumba de mi tío. Fue un hombre de carácter irascible y yo sólo estaba cumpliendo un deseo de mi madre que, por estar postrada, no podía concurrir personalmente en el primer aniversario de su muerte. Con la luz que desaparecía aceleradamente, me alejé del epitafio de bronce que él había elegido para su tumba: “Aquí estoy contra mi voluntad”. No nos habíamos llevado muy bien. Lo recordaba maltratando al personal de su fábrica y, especialmente, a su pobre hijo Lucas. Mi primo tenía una especial inclinación por las artes, pero su padre le impuso la obligación de continuar con la empresa. Lucas abandonó la Escuela de Música y se convirtió en un melancólico ingeniero. Esta fue la razón más importante por la que dejé de apreciar a mi tío. Entre Lucas y yo había un acercamiento muy especial que languideció cuando renunció a la Escuela. Podríamos habernos enamorado y, de hecho, yo lo estaba; pero no podía perdonarle esa debilidad de carácter que aceptaba sin cuestionamientos la voluntad paterna. Nos seguimos viendo en reuniones familiares y, últimamente, me dio en pensar si no lo habría juzgado con demasiada dureza. Un sonido interrumpió mi meditación. ¿Alguien me sigue? Apreté el paso y aceleré la marcha hacia las puertas del cementerio. En la creciente oscuridad, las figuras de mármol y de bronce que custodiaban los panteones parecían cobrar vida. Las pisadas ya no eran producto de mi aprensión. Se habían acomodado a mi carrera y escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Asediada por los fantasmas de mis pesadillas infantiles, corrí espantada hacia las luces de la entrada. Mis piernas me traicionaron y aterricé en el suelo hecha un ovillo. Cuando los pasos se detuvieron a mi lado, no me atreví a mirar. Me defendí a los gritos de las manos que me asían hasta reconocer la voz de Lucas solicitándome calma. Abrí los ojos y miré ese rostro añorado que se acercaba al mío con innegables intenciones. Mientras nos besábamos, tuve la certeza de que aquí estábamos por nuestra propia voluntad.
DECÁLOGO
La primera vez que lo vio, ella fijó la modalidad de su relación. Formal, constreñida al ámbito laboral. En sucesivos contactos de trabajo no se le escapó que el hombre -con la excusa de volver- asumía, sin reparos, el papel de idiota. Como era un excelente cliente sus jefes le exigieron que le brindara tantas explicaciones como fuera necesario. El dúo patronal le endilgó una clase magistral de contracción a la prosperidad de la empresa ante el evidente fastidio que ella demostraba cada vez que tenía que atenderlo. Apeló a distintos métodos de disuasión en su afán de demostrarle su desprecio: esperas prolongadas, aspecto desaliñado, comentarios irónicos acerca de su percepción, miradas fulminantes. Pero nada de eso desalentó al execrable varón. A veces pescaba una chispa divertida bailoteando en sus ojos detrás de la absorta contemplación que caracterizaba cada encuentro.
Ocultó la irritación que le provocaba la tenaz estrategia masculina para evitar fisuras en su escudo protector. Largos años de desencantos y frustraciones moldearon la impermeable textura que la mantenía a salvo de nuevos desengaños. Esta impenetrable materia expulsaba sistemáticamente a cualquier hombre a quien no amedrentara su abierta frialdad. Ella se había convencido de los beneficios de la soledad y confeccionó un decálogo que diariamente le recordaba lo afortunada que era:
1-nadie la hacía sufrir; 2-nada perturbaba su libre albedrío; 3-no debía deponer costumbres adquiridas para contemporizar con otro; 4-tomaba libres decisiones; 5-disponía de su tiempo como le venía en gana; 6-no estaba obligada a preparar la cena para nadie (podía saltear esta ceremonia si lo deseaba); 7-se iba a dormir cuando quería; 8-salía con sus amigas sin rendirle cuenta a nadie; 9-no estaba obligada a disimular sus estados de ánimo y 10- no debía aceptar ningún ataque a su bienestar.
Este decálogo, gestado después del último duelo, se constituyó en el dogma de su vida y en la expectativa con que esperaba cada amanecer. Sus amigas, no muy convencidas de las bondades del sistema, solían objetar varios puntos, especialmente el número siete, porque el dormir por dormir y especialmente sola, carecía de atractivos.
Haciendo caso omiso a las críticas, ella se ajustó a él y nada perturbó su existencia durante largos meses. Sus sentimientos estaban perfectamente controlados y lo fortuito era una definición académica. ¿Podía permitir entonces que ese pérfido enemigo alterara su plácida y familiar rutina? Parecía generar anticuerpos ante cada una de sus actitudes y alteró su sueño poblándolo de pesadillas en donde cada puerta que abría la enfrentaba a su abominable presencia. Desvelada, pergeñó las secuencias de un operativo que le aseguraría la victoria final. Él no estaba preparado para lo inesperado y ese día se encontró con una atractiva, bien dispuesta, cordial y comprensiva joven, que lo atendió solícitamente, le ofreció por primera vez un café y le explicó estoica y por enésima vez los vericuetos comerciales en los que tan vulnerablemente parecía transitar. Una sonrisa de satisfacción se le colgó el resto del día cuando la sombra del desconcierto desplazó la chispa burlona y la expresión de arrobamiento se transformó en confusa. Lo despidió atónito y sintió que había ganado el encuentro. Esa noche durmió si sobresaltos y se levantó fortalecida para proseguir con el plan. En la espléndida mañana de primavera se miró al espejo antes de salir, satisfecha con la imagen devuelta. El nuevo día le podría deparar agradables sorpresas. Una vocecita maliciosa le recordó que las sorpresas no estaban incluidas en el decálogo. Sacudió la cabeza rechazando el aviso y reemplazó 'sorpresas' por 'acontecimientos esperables'. Salió alegremente y recogió miradas y palabras de admiración en el camino. Llegó a su lugar de trabajo y desplegó todo su encanto sin posturas. Se sentía vital. Su interlocutor perseveró cerca del mediodía. Esta vez osó invitarla a almorzar. Ella aceptó pero no permitió que la charla se apartara de lo laboral. Durante ese mes hubo varios cafés y algún que otro almuerzo de trabajo. Al comenzar el segundo, durante la frugal comida del mediodía, hablaron de cine, de música, de libros, del pueblo donde él vivía, de la actividad médica que ejercía con pasión, de los animales que alojaba en su amplia casa. Ella esbozó generalidades acerca de sí misma. No estaba en sus planes involucrarse personalmente. El cambio de táctica sólo apuntaba a desconcertar y destruir el empecinamiento del individuo. El tiempo voló y él la comprometió para una cena el fin de semana. Ella asintió segura de que sería el encuentro final. El viernes regresó a su casa, se duchó, elegió cuidadosamente su vestimenta y se preparó para la cita. Él llegó puntualmente. Ella lo miró y descubrió que tenía un cuerpo fornido, una sonrisa de blancos dientes, ojos y pelo oscuros, ropa informal que lucía con soltura y sobre todo, una mirada expresiva apoyando ahora una sonrisa de complacencia. ¿Ella se había ruborizado? No. La primavera venía sofocante. Sólo eso. Por un momento, mientras le franqueaba la entrada al auto, estuvieron muy cerca y pudo oler su agradable colonia. La miró a los ojos cuando se inclinaba para cerrar la puerta. Ella clavó la vista contra el parabrisas. El sonrió más abiertamente y rodeó el coche para ubicarse frente al volante. Esperaba una consulta para elegir un restaurante que él no hizo. Se dirigió hacia las afueras de la ciudad y luego bordeó la costa para acceder a un camino que desembocaba en el muelle. Ella coincidió tácitamente con la elección. Le abrió la puerta para que bajara y la escoltó hasta la entrada. Un obsequioso maitre los recibió y los precedió hacia una mesa instalada en un balcón saliente sobre el río. Amplios macetones con plantas y flores daban un toque agreste e intimista al acogedor rincón. El permaneció de pie mientras ella se acomodaba. Se sentía extraña. No reconocía en este nuevo hombre a su viejo rival. Su seguridad se esfumaba. Le pidió que eligiera una copa de su preferencia. Precavida, optó por un trago sin alcohol. El mozo trajo las bebidas acompañadas por una bandejita llena de exquisitos bocados. Comió con prudencia y mantuvo una actitud de alerta permanente. Él hizo el gasto de toda la charla. El momento culminante, que precedió al abandono de sus defensas, se produjo cuando el hombre extendió el brazo y encerró con su manaza la de ella crispada en un puño. La sobresaltó y sus ojos agrandados por la sorpresa miraron la tranquilizadora expresión de él, mientras su voz y su mano le infundían el sosiego necesario para disfrutar la velada. Quedó claro que el decálogo se iba al cuerno y se dio cuenta que le importaba otro tanto. Fue ella sin ocultamientos, sin estar pendiente de la aprobación del otro. Él la observó deleitado, como a una mariposa que hubiese roto el capullo y exhibiera todo su esplendor. Su femineidad fluyó abiertamente ante el toque masculino y se sintió libre y distendida por primera vez. Aceptó una copa de champaña y sostuvo brevemente su mirada cuando brindaron. Brevemente. Porque la intensidad del deseo en los ojos del hombre y su propia aquiescencia, la asustaron. Avanzó la madrugada y la necesidad de no separarse. Él la llevó a su casa, bajó del auto para acompañarla y esperó a que abriera la puerta del departamento. Ella se volvió para despedirse y lo encontró tan cerca que percibió el calor de su cuerpo. Esbozó una sonrisa y un saludo de despedida, y antes de que pudiera reaccionar estuvo estrechamente alojada entre los brazos varoniles y su boca cubierta por un beso que hacía un milenio esperaba para materializarse. Él avanzó hacia el interior de la casa sin soltarla y cerró la puerta detrás de ellos. Desbordado, la levantó en andas y encontró el dormitorio. Se desnudaron mutuamente y se confundieron en un apretado abrazo para deleitarse con el contacto de sus cuerpos. Por un fugaz momento ella pensó que algo no estaba bien, pero las caricias masculinas vencieron su resistencia. Para cuando llegó al paroxismo sexual, si hubiera podido pensar, hubiese reescrito su famoso decálogo. Relajados, sin separarse aún, él le recorrió con los labios el rostro, las sienes, los párpados, se detuvo en la boca, volvió a su oreja y le dijo en voz baja y profunda cuánto y desde cuando la amaba, cómo la deseaba y necesitaba, que la realidad del amor concretado superaba sus fantasías, que sólo sería feliz si ella compartía sus mismos deseos. Y ella, devolviendo sus besos y caricias, le confesó sus reparos por este momento que ansiaba y temía, porque se había jurado no sufrir más. Él le renovó sus promesas de amor y la pasión se volvió a encender. Mientras ella se abandonaba al reclamo amoroso, su decálogo se inmolaba entre las llamas de la confianza renovada.
DOS NOCHES DE TANGO
Ricardo colgó el teléfono con resignación. ¿Por qué a su despistada hermana se le había dado por tomar clases de tango sin buscar previamente una pareja? ¿Y por qué él había tenido la desacertada idea de hacerlo hace dos años? Nada ocurre al azar, reflexionó. Y prefería servirle de comparsa antes que soportar los reproches de su hermanita y luego los de su madre. Pulsó el intercomunicador:
-Diana, ¿podés venir a mi oficina? -pidió.
Su secretaria tocó la puerta antes de entrar. Era una mujer de mediana edad, vestida sobriamente y de aspecto eficiente. Traía un block de apuntes y una lapicera. Diana era la madre de su fallecido socio y trabajaba para él, tanto como para ganarse la vida como para sobrellevar la muerte de su único hijo. El recuerdo de Gabriel los unía con un afecto filial.
-Te escucho, Ricardo -dijo la mujer sentándose frente a él.
-Tengo que irme antes de las ocho. ¿Podrías quedarte hasta las ocho y media para recibir la bolsa? Para compensar, vení mañana a la hora que quieras -le dijo con la esperanza de una negativa.
Como siempre, Diana le demostró su incondicional devoción:
-No hay inconvenientes, querido. Mañana vendré como siempre y me reservaré tu ofrecimiento para el viernes que tengo que hacer varias diligencias -hizo una pausa y le preguntó con afabilidad:- ¿Se puede saber qué es lo que te aleja de tus obligaciones?
-Mariela. Quiere que le oficie de pareja para su clase de tango. Es sólo por hoy, porque ya le dije que se buscara acompañante o que practique con su amiga Laura.
Diana sonrió y le dijo mientras se levantaba:
-No te quejés, que tu hermana vive pensando en vos. Además, te gusta el tango y será más entretenimiento que sacrificio. Claro, que si buscaras otra compañía femenina… -se detuvo ante el gesto de censura de su jefe y terminó mientras salía:- ¡Está bien, está bien! Hacé de cuenta que no dije nada.
Ricardo resopló. ¿Por qué todas las mujeres lo apremiaban para que tuviera una relación formal? Alguna vez asomaría quien le interesara, y mientras tanto no se podía quejar de la variedad de sus conquistas. Entre su trabajo, la práctica de tenis y la pesca de los fines de semana ahuecaba el tiempo para salir con mujeres atractivas. Sentía que todo se acomodaba confortablemente a sus necesidades. Apagó la computadora, la metió en el estuche y la guardó en la caja fuerte. Hacía dos años le habían robado el equipo grande con la información de todos sus clientes y decidió no correr más riesgos. Descolgó el saco, cerró la puerta de su privado y se despidió de los empleados hasta el día siguiente. Bajó al subsuelo adonde estaban ubicadas las cocheras del edificio. El Peugeot estaba estacionado desde la mañana porque hoy no había vuelto a su departamento. Cayó en la cuenta de que tampoco había comido al mediodía y pensó que haría una escala en el bar de Rolo antes de acudir a su compromiso. Una ojeada al reloj lo disuadió. Tenía apenas diez minutos para llegar al Club Español adonde lo esperaba Mariela. Dejó el auto en un estacionamiento y pisó la entrada del club a las ocho en punto. Preguntó por las clases de tango y le indicaron que siguiera por el pasillo de la derecha hasta ver el cartel de los cursos. Antes del cartel, vio a su impaciente hermana que lo esperaba en la puerta:
-¡Menos mal que viniste, Ricardo! -dijo echándose en sus brazos y dándole un beso.
-¿Cómo te iba a fallar? -repuso devolviéndoselo.
-Vení que te presento al profe. Ya pagué tu clase -le aclaró mientras lo acarreaba al salón.
El profesor era un hombre larguirucho, de mirada tristona y pelo largo. Mariela los presentó:
-Elio, él es Ricardo, que me va a servir de pareja. Aprendió a bailar hace unos años.
Los hombres se tendieron la mano y Elio se alejó hasta una mesa donde tenía el equipo de música. Los compases de un tango silenciaron las voces de los concurrentes dando por iniciada la clase. Las parejas se armaron con escasa presencia masculina. La mayoría de los alumnos eran mujeres y sólo unas pocas privilegiadas gozaban de un asistente del sexo opuesto. Mariela se pavoneaba en brazos de su hermano:
-¿Ves a esa rubia descolorida? Ya me tenía podrida preguntándome si no podía conseguir un tipo. ¡No se te ocurra decir que sos mi hermano! -le advirtió.
-¡Ni por las tapas, preciosa! -jaraneó Ricardo mientras la reclinaba en una quebrada.
Lo alegraba ver a su hermanita disfrutar del baile después del desengaño amoroso que la mantuvo deprimida varios meses. Había estado de novia durante cuatro años y el fulano se había largado un día con todos los regalos de compromiso. Él había intentado averiguar su paradero pero fue como si lo hubiera tragado la tierra. Sin embargo, no abandonaba la idea de encontrarlo alguna vez y darle el puñetazo que se merecía.
-Aguantame, Riki, que voy al baño -le pidió Mariela.
Se dirigía hacia un costado para esperarla, cuando una mujer aterrizó en sus brazos. Se detuvo, sorprendido y ella cuchicheó:
-¡Movete, por favor, que estamos en medio de la pista!
Ricardo se movió maquinalmente intentando reaccionar. La joven no le prestaba atención sino que parecía vigilar a una pareja que bailaba cerca de ellos. Le llamó la atención el color platinado de su pelo y que llevara gafas oscuras dentro del salón. Intentó hablar:
-Perdoname, pero…
-¡Shhs! -recibió como respuesta- Andá acercándote a la salida.
Ricardo ya estaba impaciente por aclarar la situación, en especial porque su hermana había vuelto del baño y lo miraba cruzada de brazos y con el ceño fruncido. Se detuvo y la mujer, sin una palabra, lo abandonó para dirigirse a la salida. Mariela estuvo inmediatamente a su lado:
-¿Qué te pasa? ¿No podés controlar tu instinto de Don Juan? Un minuto y ya tenés una mujer entre los brazos -se quejó.
-No seas tonta -replicó- ¿Quién es esa mina loca?
-Si vos no sabés…
-Es la primera vez que vengo a tus clases, Mariela. Si alguien tiene que conocerla sos vos -le aclaró con impaciencia.
-No la tengo registrada. Creí que ibas a cambiarme por otra rubia artificial. ¡Espero que cuando elijas tu pareja no sea rubia! -enfatizó su hermana, y curioseó:- ¿Por qué la invitaste a bailar?
-¡No la invité! Apenas te fuiste se me tiró encima. ¡Y con qué prepotencia!
-¡Ay, Riki! Es que sos un masculino muy atractivo, hermanito -dijo con cariño.
-Y un imán para todas las piantadas que vienen a esta clase, por lo que veo.
-¿Lo de piantada también va por mí? –se ofendió Mariela.
-¡No, tesoro! Y concentrate en los pasos que ya me pisaste diez veces.
Los hermanos siguieron danzando hasta las nueve de la noche en que Elio anunció, para alivio de Ricardo, que era la última pieza. Después toleró una aburrida charla teórica con la mente dispersa en múltiples pensamientos, como el de preguntarse quién era la platinada y las razones de su insólita actitud. Reparó en que le estaba dedicando mucho espacio de reflexión a una extraña que había tenido sólo un momento entre sus brazos, pero ¡qué bien lo acompañó en esos pocos pasos de baile aunque estuviera atenta a la otra pareja! ¿Lo molestó la franca indiferencia que mostró por él? Porque era obvio que no lo eligió por interés. Lo usó de pantalla. ¿Qué buscaba la rubia? Si acompañaba a Mariela la próxima clase, a lo mejor la veía y podría aclarar el episodio.
-.... comer a casa?
-¿Eh… qué dijiste?
-¿Estás dormido? Te pregunté si querías venir a comer a casa. Te lo merecés por el sacrificio, y mamá preparó un pastel de carne –aclaró su hermana sabiendo que esa comida era su debilidad.
-Que conste que sólo voy por el pastel –le dijo revolviéndole el pelo.
La joven rió alborozada. No era común que su hermano les concediera su compañía por la noche. Pensó en la alegría de sus padres ante la mesa completa. Lo tomó del brazo y salieron en busca del auto. En el camino Mariela lo eximió de convertirse en su pareja de baile el próximo lunes.
-Ya sé que para vos fue un martirio, Riki. Pero tenía que taparle la boca a esa desagradable. Con esta vez basta para que se calle varias clases, así que te dispenso de la obligación de acompañarme.
-¡Pero si fue un gusto, hermanita! ¿Cómo no servirte de escolta? Además los lunes por la noche no tengo compromisos. Decime, ¿siempre van los mismos alumnos?
-Sí. Salvo la que se quiso quedar con vos. Los demás, no faltan. No me digas que cambiaste de idea por la rubia… -acotó Mariela con perspicacia.
-Ya ni me acordaba… -Apuró el paso y le gritó:- ¡El último cola de perro! –Y corrió hacia el estacionamiento.
Llegaron al mismo tiempo entre risas y bromas. Ricardo esperaba que Mariela olvidara el asunto. ¡Era sagaz su hermanita! Y a él, ¿qué bicho le había picado? Casi se arrepintió de haberse comprometido para la próxima clase. Pero ya no tenía remedio. Estacionó frente a la casa de sus padres y puso la alarma del auto cuando bajaron. Entró detrás de su hermana que ya había anunciado a viva voz la visita.
-¡Querido! –exclamó su madre apretada en un abrazo- Es un milagro tenerte un lunes por la noche. ¿Cómo te convencieron?
-Ya le dije a Mariela que venía por el pastel de carne –le dijo dándole un sonoro beso.
La mujer rió y lo dejó en libertad. Su padre se había acercado al grupo y le dio un abrazo. Era un hombre de pocas palabras, pero su rostro traslucía la satisfacción de ver a su hijo.
-Me alegro que estés aquí aunque sea por el pastel de Amanda –siempre se refería a su mujer por su nombre, de modo que muchas veces sus hijos también la nombraban así.
-Por eso me fui a vivir solo, papá. Si me hubiera quedado, no habría mujer que reemplazara la comida.
-¿Hay una mujer? –interrumpió su madre, ilusionada.
-¡Qué va a haber una! ¡Decenas, mamá! Precisamente hoy una desconocida lo abordó en la clase de tango y yo casi me quedo sin pareja -dijo Mariela.
Horacio, su padre, le lanzó una mirada interrogativa. Para salir del paso, Ricardo exclamó:
-¡Tengo hambre! Todavía no almorcé, mamá.
Amanda los arrastró hacia el comedor. ¿Cómo salteaba su hijito una comida? Eso no pasaría si tuviera una mujer que lo atendiese. No entendía por qué, en tanto, se había mudado solo. Comprobó con placer que no había perdido la mano en la cocina viendo a Ricardo repetir el plato. Cuando terminaron de cenar pasaron a la salita adonde tomaron café y charlaron hasta las doce de la noche. Su hijo, al mirar el reloj, anunció que se iba porque le tocaba abrir la oficina a la mañana siguiente. Hizo todo el camino rememorando la extravagante conducta de la mujer en la clase de tango. Había despertado su curiosidad y, a pesar de la peluca y las gafas, le resultó extrañamente atractiva. Lástima que no tenía más datos para encontrarla que el salón de baile. Paciencia, se dijo. Esperaría al próximo lunes.
Los días subsiguientes lo sumergieron en un vértigo adonde no había más espacio que los compromisos laborales. Alcanzó con alivio el fin de semana decidido a cargar las pilas en la isla en compañía de Jorge, Walter y Gonzalo, sus compañeros de pesca. Saldrían a primera hora del sábado en la lancha de Walter. Esa noche se dedicó a preparar el equipo, se duchó y se acostó después de cenar. A las cinco de la mañana salió hacia la casa de su amigo y estacionó el auto en la espaciosa cochera adonde todos dejaban sus vehículos hasta el domingo a la noche. Fue el primero en llegar.
-¡Buen día, Walter! -saludó.
-Hola, Riky. Siempre puntual. Cargá el equipo en la camioneta. Apenas lleguen los que faltan, partimos.
A las cinco y media salían para la guardería naútica. Después de trasladar el contenido del utilitario al barco, enfilaron hacia la isla. Jorge poseía una casa en ese lugar, heredada de su abuelo y conservada en óptimas condiciones. Navegaron durante veinte minutos hasta ingresar al canal que formaba un estuario frente a la vivienda. Atracaron la lancha y bajaron las vituallas para el fin de semana. Cuando los víveres estuvieron guardados en la heladera, vistieron su indumentaria de pesca y caminaron hasta el estero que ningún otro pescador les disputaba. Pescaron hasta las once de la mañana en solemne y fraternal silencio y a las doce volvieron con dos pacú, dos pejerreyes y una boga. A las dos de la tarde estaban disfrutando de sus trofeos. Hablaron de sus trabajos y de mujeres.
-¿Y cómo anda tu hermana? -preguntó Walter.
-Mejor. El lunes me arrastró hasta su clase de tango. Y ya sabés, desde que el cretino la abandonó, trato de gratificarla cuando puedo -casi se disculpó.
-Está bien, buen hermano -rió Walter.- Si querés, yo puedo servirle de consuelo.
Ricardo lo fulminó con la mirada. No permitía que sus amigos hablaran de Mariela tomándose libertades.
-¡Eh, Riki! Que no quise faltarle el respeto. Vos sabés que tu hermana siempre me gustó y lo oculté. Primero porque recién nos conocíamos, y después porque se puso de novia. Ahora está libre y si ella me acepta, ¿qué tenés que objetar?
No sólo Walter esperaba la respuesta de Ricardo. Los demás amigos estaban pendientes de la contestación.
-Al desgraciado ése que la defraudó algún día lo voy a encontrar y le bajaré los dientes. No quisiera hacerlo con vos que te tengo individualizado -declaró después de una pausa.
El pretendiente se largó a reír. Después lo palmeó en el brazo y dijo:
-¡Menos mal que no te oponés a que sea tu cuñado! Porque esa es mi intención, ¿sabés?
-No la conocés bien a Mariela, así que no la idealices. Es un poco terca y caprichosa, aunque no tan chiflada como la rubia que me embistió en la clase de baile.
-¿Qué rubia? ¡Contá, contá! -pidió Gonzalo.
Ricardo les relató el breve encuentro y estuvieron barajando hipótesis acerca de su conducta hasta las cuatro. Limpiaron la mesa y jugaron a las cartas hasta que el dueño de casa les anunció que empezaba el encuentro de fútbol. A la noche Jorge se ocupó del asado y se fueron a dormir a la una. Así transcurrió el domingo entre deportes y camaradería. Cuando Ricardo se subía a su auto, Walter le dijo:
-Haceme la gauchada, hermano, antes de que se la lleve otro.
Él miró el rostro franco de su amigo y pensó que reunía las cualidades para cortejar a Mariela.
-Te aviso -accedió y, mientras retrocedía para sacar el auto a la calle, vio la sonrisa complacida que iluminaba las facciones de Walter.
El lunes se aseguró de que la bolsa llegara antes de las siete y media de la tarde y, esperando volver a encontrarse con la rubia, concibió un plan para que su hermana no se quedara sin pareja.
-Hola, Walter, cancelá cualquier compromiso que tengas para esta noche si querés que te haga la mano con Mariela.
-Decime cuándo y dónde -fue la pronta respuesta.
-A las nueve en el Club Español. Cuando llegues, preguntá adónde dictan las clases de tango. Le vamos a decir a mi hermana que estás interesado en aprender. Así te convertirás en su pareja de baile. Lo demás corre por tu cuenta. Y disimulá que ganaste el premio en la peña del tango.
-Nadie lo va a notar. Pero ¿por qué no se lo decís antes de la clase?
-Porque espero coincidir con la platinada. Si vos fueras de entrada con Mariela yo no tendría excusa para acompañarla. ¿Me entendés, gil?
-¡Ahora sí, viejo! Nos vemos.
A las ocho coincidió con su hermana en la puerta del club. Miró a su alrededor apenas ingresaron al salón. Allí estaba Elio con su aire melancólico y varias mujeres charlando en grupos. De la rubia, ni rastros. La esperanza renació cuando ingresó al recinto el sujeto que ella parecía vigilar. Entró acompañado por la misma mujer con la que bailaba el lunes anterior.
-¿Te gustan mis zapatos nuevos? -la pregunta de Mariela lo apartó de su especulación.
Estaba montada en unos elegantes y altísimos zapatos de tacos afilados y sonreía mientras se mantenía en equilibrio esperando su opinión.
-Che, papusa oí…-le entonó con un guiño. Y agregó:- Estás espléndida y peligrosa. Tratá de no ensartarme con esos pinchos.
Ella lo miró con reproche y obvió la respuesta porque sonaron los compases del primer tango. Bailaron dos más hasta que apareció la platinada. Seguía ocultando parte de sus facciones tras las aparatosas gafas de sol. Ricardo la observó pagar la clase y acomodarse en un rincón. ¡Ahora es el momento ideal para abordarla!, se dijo. Y Walter que no aparecía… Como respondiendo a su pensamiento, su amigo le hizo señas desde la entrada. Él interrumpió abruptamente la danza y la sostuvo a Mariela que se había enredado en el paso frenado. Mirando hacia la puerta, exclamó con aspaviento:
-¡Mirá quién vino! ¡Walter! ¿Te acordás de él? Ayer me dijo que tenía ganas de aprender a bailar y le conté lo de este curso. Vení. Vamos a saludarlo y de seguro tenés pareja para el futuro.
Mariela lo siguió con gesto de suspicacia. ¿Cómo había podido convencer Riki a su amigo si ella, desplegando toda su seducción, no consiguió que ningún conocido se prestara a acompañarla? Aquí hay gato encerrado, pensó.
-¡Hola, Walter! -estaba diciendo su hermano.- Me alegra que te hayas decidido. ¿Te acordás de Mariela?
Walter ocultó una mueca de burla.
-Como no. Tu encantadora hermana. ¿Cómo estás, Mariela?
-Bien. Pero sorprendida de que hayas aceptado la sugerencia de mi hermano. Los hombres no suelen definirse tan rápido.
-Es que hace tiempo me ronda la idea de aprender. Y cuando Riki me contó lo apenado que estaba por privarte de su respaldo, pensé en que era la mejor oportunidad de tomar clases en compañía de una alumna adelantada.
La joven lo escudriñó intentando desentrañar el motivo de su súbita aparición. Un gesto de Ricardo, dirigido hacia el ángulo donde se apostaba la platinada, le aclaró la estratagema.
-Ya entiendo… -murmuró. ¿Así que su solícito hermano había pergeñado ese encuentro para dedicarse a conquistar a la extraña? ¿Y su amigo se había prestado al engaño? Bueno, decidió, que sufra las consecuencias por estúpido. Le dedicó una candorosa sonrisa y le dijo:- Entonces, bienvenido Walter. Los cursos duran hasta noviembre y no quiero perderme ninguno. Espero contar con tu compañía y así liberar a mi sufrido hermano. ¿Bailaste alguna vez? -le preguntó mientras caminaba hacia el medio del salón.
Ricardo no escuchó la respuesta de Walter pensando en cómo encarar a la rubia. Cruzó la pista de baile esquivando a las parejas y se acercó a la desconocida. Se escuchó invitándola a bailar. Ella se sobresaltó y un objeto se escapó de su mano. Ambos se agacharon para recogerlo al mismo tiempo chocando sus cabezas, de tal modo que a ella se le deslizó la peluca hacia atrás dejando ver una franja de pelo renegrido. Se la acomodó con una exclamación antes de incorporarse y le arrebató con brusquedad el celular que Ricardo le tendía. Pareció vacilar mientras sus ojos recorrían la pista de baile y dijo de pronto:
-¡Vamos!
Riki la siguió y la enlazó en medio de un compás. La chica le pidió que se desplazaran hacia el centro. Poco después estaban a la altura de la pareja que acechaba. Sacó el celular y escudándose tras el cuerpo de Ricardo, tomó una foto de los bailarines. Después le susurró:
-Movete hacia atrás…
Acomodó trabajosamente el teléfono y disparó la cámara. El hombre asistía asombrado a las maniobras de la muchacha que lo usaba de cómplice involuntario. ¿Qué estaba tramando? Otra vez le ordenó:
-Vamos para la puerta.
Cuando alcanzaron la salida, intentó desasirse. Ricardo la sujetó mientras le decía:
-¡Ah, no! Esta vez no te vas sin darme explicaciones.
-Soltame, ¿querés? O grito que me estás violentando.
-Dale -dijo él con calma.- Y todos en el salón se volverán para mirarte. Sin tu peluca y tus anteojos que me ocuparé de quitar.
Ella lo miró escandalizada. Se puso roja y evaluó la amenaza. Supo que él la cumpliría. Se relajó y caminó hacia la puerta sin procurar librarse de la mano del hombre. Cuando pisaron la calle, él se detuvo.
-Ahora me vas a explicar por qué me hiciste participar en tu parodia.
-Soy abogada especializada en divorcios y reunía pruebas a favor de mi cliente -le espetó con altanería.
-¡Ah! Por eso el disfraz. ¿Nadie te dijo que tu atavío es como un foco que atrae las miradas? -ironizó Ricardo.
-Psst… Recién empiezo y no puedo contratar un investigador privado -se encogió de hombros. Enseguida se repuso y canturreó:- Pero tengo mis fotos…
-Y la vida de un tipo hecha polvo -sentenció el hombre.
-Él se la buscó. Yo sólo lo documenté.
-¿Y si lo único que quería era aprender a bailar y su mujer no estaba de acuerdo? En estos sitios pareja de baile no significa pareja de amantes.
-No en este caso, creeme -afirmó la muchacha.- ¡Ah…! Y perdoname por involucrarte. No lo maquiné.
-Sí que me dí cuenta… -informó Riki.- Por lo general, yo invito a las mujeres a bailar. Y se notaba que vos no me habías elegido por mi atractivo, precisamente. Así que me debés una -le dijo con convicción. Y se corrigió:- Dos, más bien. Verte sin disfraz y aceptar una cita para que me cuentes tu fascinante trabajo detectivesco.
Ella lo midió de pies a cabeza y se largó a reír. Le pidió que fueran hasta el bar de la esquina adonde se despojó de la peluca y los anteojos. Ricardo se prendó inmediatamente de la morocha de ojos verdes que lo miraba divertida. Sacó su tarjeta personal y se la entregó. Después de enterarse de su nombre le pidió el teléfono y le propuso un encuentro para la noche siguiente.
-¿Y que dirá la chica bonita con la que bailabas? -preguntó ella.
-Es mi hermana -contestó él.
En el club, lo esperaban Walter y Mariela entregados al reconocimiento mutuo. Cuando la dejó en la puerta de la casa de sus padres ella lo abrazó y lo despidió con un guiño de complicidad. Ricardo sonrió pensando en su cita de mañana. Encendió el auto estéreo y volvió a su departamento al compás de una milonga.
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AMANECERES
Mi abuela vive en Cangrejales, un pequeño pueblo de pescadores adonde no pasa nada. Bueno, eso a decir de Betiana, mi hermana mayor, que prefiere ir a Mar del Plata porque ahí puede salir a bailar todas las noches. Creo que mis padres querían unas vacaciones tranquilas, libres de la inquietud de esperar la vuelta de Betiana a cualquier hora de la madrugada. A mí me encanta este lugar y charlar con la abuela. Me parece admirable lo independiente que es a sus ochenta años. Cuando murió el abuelo mamá quiso traerla a casa, pero ella se negó rotundamente a abandonar la suya y al pueblo. Mi madre fue la tardía descendiente de un matrimonio unido por fuertes lazos afectivos. Cuando nació, mis abuelos tenían más de cuarenta años. Mamá se casó a los dieciocho -creo que para irse del pueblo- y concibió inmediatamente a mi hermana y, tres años después, a mí. De modo que Betiana es mayor de edad, va a la facultad de Ciencias Económicas (porque le dijeron que allí sobraban los hombres), busca estar rodeada de gente, le gusta el bullicio, la música estruendosa y es la preferida de papá. Si por ambos fuera, no estaríamos en Cangrejales, pero mamá sabe cuándo imponerse. Como sólo hay un televisor en la sala de estar y la abuela le concede a papá el derecho de ver el canal de deportes, nos fuimos a dormir temprano.
-¡Éstas van a ser las peores vacaciones de mi vida! -gimoteó mi hermana.
Yo suspiré resignada a escuchar la misma queja durante dos semanas. Me acosté dispuesta a levantarme bien temprano. No había nada más fascinante que presenciar el amanecer a orillas del mar. Puse la alarma del celu y salté de la cama apenas sonó. Me vestí en silencio para no despertar a Betiana y salí hacia la playa. Aún no se habían disipado las sombras y el mar era una bestia negra que respiraba sordamente avanzando sobre la arena. Me trepé a la escollera desde donde se divisaba el puerto y las barcazas que ya estaban saliendo para su faena diaria. Todavía no asomaba ningún resplandor sobre el horizonte y el viento desordenaba mi pelo que había olvidado sujetar con una hebilla. Me senté sobre una roca y esperé. Unos leves tentáculos ígneos anunciaron la aparición del astro rey. El horizonte se fue despegando de la masa de agua mientras el sol ascendía presidido por su aura de fuego. Mis ojos se colmaron de esa belleza ancestral que levantaba el telón de un nuevo día. El silencio fue interrumpido por un fatigoso resoplido al tiempo que un cuerpo peludo aterrizaba sobre mis piernas cruzadas en posición de loto. La sorpresa me hizo gritar a pesar de mi afición por  los perros. El animal demostró su mansedumbre lengüeteando mi cara y manos que trataban de alejarlo. Un silbido agudo y una orden lo apartaron:
-¡Otto! ¡Aquí!
Me volví mientras una figura iba asomando hacia el remate de la escollera.
-¿Estás bien? -la voz sonó preocupada.
-Sí. Pero debieras controlar a tu perro -le dije sin abandonar mi postura.
-Lo siento, nena, pero no es frecuente encontrar a alguien tan temprano.
Miré al individuo indignada. No había para mí nada peor que tildarme de nena. ¡Como si ser la menor no bastara! Y él no era un viejo precisamente.
-Si no te molesta, preferiría que vos y tu perro me dejen contemplar este espectáculo tranquila -sugerí con paciencia.
-¡Ah! No sabía que tenías la exclusividad de esta perspectiva -exclamó en tono irónico.
Entonces me levanté porque sentí que me había arruinado el día. ¡Qué se quedasen él y su perrazo con el lugar! El individuo se había apostado sobre el camino que accedía a la escollera con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia. Escuché las advertencias de mamá: “Luci, alguna vez te vas a llevar un disgusto con tu manía de andar sola por lugares solitarios” ¿Y si este tipo tenía malas intenciones? Entonces recordé las recomendaciones de papá: “Una patada en las pelotas bien dada y lo dejás grogui” Lo enfrenté retadoramente y dispuesta a patearlo si se acercaba.
-¿Te podés correr? Voy a bajar -le advertí.
-¡Hola! -dijo sin abandonar la sonrisa.- Yo soy Lorenzo, y ¿vos?
-No te importa y no me interesa quién sos. Dejame el paso libre.
Esta vez se rió con ganas y se apartó. Pasé rápido y sin perderlo de vista pero él ni se movió ni dejó de reír. Casi me desbarranco de la prisa, pero salté las últimas piedras y corrí hasta la casa de mi abuela. Abrí la puerta sin aliento y no paré hasta la cocina. Abu estaba desayunando sola y me miró con curiosidad:
-¿De dónde venís tan temprano?
-De contemplar la salida del sol -resumí. Y para que no me hiciera más preguntas:- ¡Estoy muerta de hambre!
Enseguida llenó un jarro con café y leche y cortó unas porciones de budín con frutas que era su especialidad. Cuando terminé de comer se me habían pasado el susto y la bronca. Miré el reloj de la cocina y ví que eran las siete. Demasiado temprano para que se levantara el resto de la familia. Le propuse a la abuela que fuéramos a caminar por la playa. Sabía cuánto le gustaba y que prefería hacerlo acompañada. Nos descalzamos y dejamos que las olas mansas nos acariciaran los pies. De vez en cuando nos agachábamos para recoger piedrecillas y caparazones que el agua desplegaba sobre la arena.
-Me gusta que estés aquí, Luci -dijo abu.- Algunas veces pienso cuánto hubiéramos deseado que tu madre tuviera el mismo apego que vos por este lugar.
-Conformate conmigo -le respondí con desparpajo, porque no quería que se pusiera nostálgica.
-Sos mi tesoro y lo fuiste de tu abuelo, lástima que poco pudo disfrutarte. -Se silenció un momento:- De tu hermana ni pregunto, pero vos ¿tenés algún noviecito?
Me largué a reír francamente. Esta abuela… ¿Iba a perder tiempo con los insulsos muchachos que no tenían dos dedos de frente?
-No tengo ni tendré hasta recibirme de abogada -aseguré.- ¿No te parece que soy muy joven para tontear?
-Tu mamá se casó a los dieciocho y con tu edad ya conocía a tu padre.
-Sí. Pero no tenía las mismas aspiraciones que yo. Los varones que conozco y, ¡mirá que conozco por el muestrario que trae mi hermana!, no me despiertan el menor interés. Están en la pavada y tienen menos seso que un mosquito. ¿De qué podés hablar con ellos que no sea de la última marca de pilchas o de los recitales roqueros a los que son tan afectos? A mí no me matan ni el rock ni las marcas. A mí… -el topetazo aparte de tomarme desprevenida y parada en un solo pie, por quitarme las piedritas de entre los dedos, me planchó sobre la playa. Esta vez gritamos la abuela y yo.
-¡Otto! -gritó el intruso de le escollera que vino a la carrera hacia donde estaba caída y baboseada por el perro.- ¿Te hiciste daño? -y me tendió la mano para que me incorporara.
-¡Sacame a esta bestia de encima! -chillé sin aceptar su ayuda.
Cuando lo tomó por el collar me levanté y lo miré con furia. No llegué a increparlo porque él se acercó a mi abuela y le dio un beso en la mejilla al tiempo que ella decía:
-¡Lorenzo! ¿Cuándo volviste, querido?
-Ayer, Eugenia. ¿Y quién es esta niña que te acompaña?
Nena primero, niña después… ¡Era intolerable! Antes de que abu pudiera contestar, le espeté a ese insoportable:
-¡Sos un maleducado! No soy nena ni niña y esta mañana me echaste a perder el amanecer y ahora el paseo con mi abuela. ¿Por qué no desaparecés?
Tanto abu como él me miraron anonadados. Hasta el perro se dio cuenta de mi enojo y se acercó a su amo buscando amparo.
-Es un amigo, Luci. Lo conozco desde que nació -explicó mi abuela. Después le dijo al sujeto:- Ella es mi nieta Luci, que vino a pasar las vacaciones a mi casa.
-Encantado, Luci -me tendió la mano. Yo la ignoré hasta que abu me miró con severidad y tuve que estrechársela.
-¿Cuándo vas a venir a visitar a esta vieja? -le dijo mi abuela con simpatía.
-Cuando me invites.
-Esta noche hay pescado a la parrilla para festejar a mis huéspedes. Así que te espero.
-¡Allí estaré! -contestó el tipo.- Chau, Luci -saludó ofreciéndome la diestra, y creo que sus ojos tenían un brillo de burla.
-Chau -me volví y esta vez hice caso omiso a la reconvención de la abuela. Caminamos de vuelta hacia la casa. Antes de llegar me dijo:
-¿Qué bicho te picó? Lorenzo es el muchacho más agradable de este pueblo. ¿En qué pudo haberte ofendido?
-Primero, en tratarme como a una cría; después, en no hacerse cargo de ese animal que deja suelto irresponsablemente; y por último, en haberme hecho pensar que era un ladrón.
-Hijita… Con lo linda que sos ese muchacho sólo podría robarte un beso. -Vio mi mueca de asco y me recriminó:- No creo que Lorenzo te produzca esa impresión.
-No es Lorenzo -le aclaré.- Son los besos en general. Ese repugnante ese intercambio de microbios… ¡Puaj!
-¿Nunca te besaste con nadie? -preguntó casi escandalizada.
-No. ¿Acaso es un mandato besarse con cualquier alcornoque?
-No, nena. Pero no negarás que alguna vez no te picó la curiosidad -insistió.
-Es suficiente verla a Betiana y sus festejantes. Cuando lo haga serás la primera en enterarte -le prometí para que se quedara tranquila.
Entramos a la casa y la música a todo volumen nos dijo que mi hermana se había levantado. Papá y mamá estaban en la galería con la sombrilla preparada para ir a la playa.
-¡Buen día, madrugadoras! -saludó mi madre de excelente humor.- Es un día precioso para disfrutar del mar.
Les dí un beso y subí a ponerme la malla. Betiana todavía estaba en camisón y con la misma cara de pesadumbre que arrastraba desde Rosario. Para animarla, le dije:
-¿Sabés que esta mañana conocí un masculino?
-¿Vos? ¿Adónde? -se atropelló.
-Cuando fui a la escollera para observar el amanecer.
-¿A la madrugada? -dijo la vaga.
-Sí. Pero esta noche es el invitado de la abuela.
Me persiguió todo el día para que le confeccionara su identikit. Pensé en darle una descripción sublime, pero corría el riesgo de que se desilusionara. Así que le bajé varios puntos de atractivo al tal Lorenzo esperando que Betiana, por comparación, se deslumbrara con el original. Así mataba dos pájaros de un tiro. Mi hermana no me fastidiaría las vacaciones y yo podría disfrutar de la escollera libre de amo y perro porque con la vida que le daría Betiana dudaba que volviera a madrugar.
Eugenia, mi abu, me pidió a la tarde que la acompañara a hacer algunas compras. Aunque no tenía registro me dejaba manejar el auto en las tranquilas calles del pueblo. Recién se refirió a lo que le interesaba cuando volvíamos:
-Estuviste llenándole la cabeza a Betiana con Lorenzo durante todo el día. ¿Cuál es tu propósito?
-Sacármelos de encima -le dije satisfecha.
-De tu hermana lo entiendo, pero ¿por qué a ese muchacho? Es apuesto, inteligente, de buena familia. Creo que te entenderías muy bien con él.
-Me parece que estás delirando, abuela. A la que le interesan los hombres es a Betiana. Si él no me hubiera importunado no lo hubiera mirado dos veces -le contesté disgustada.
-¿Y quién te asegura que Lorenzo se impresionará con tu hermana? -porfió.
-Vos observá. Hasta ahora ninguno se le escapó -le aseguré.
-Mmm… -conjeturó, y no volvió a mencionar el asunto.
Papá ya tenía preparada la parrilla y los pescados adobados para el asado y mamá y Betiana se afanaban acomodando la mesa. Mi hermana, debo reconocerlo, lucía espléndida. Una solera blanca sin breteles destacaba el tono cobrizo de su piel y el largo pelo con mechas doradas se desparramaba sobre hombros y espalda.
-Andá a cambiarte -me dijo la abuela.
-¿Para qué? -le respondí.- Así estoy cómoda.
Lorenzo llegó a las nueve de la noche con dos botellas de vino y flores para Eugenia. Betiana lo saludó con un beso en la mejilla y lo miró encandilada. Yo le respondí con un gesto y lo estudié con disimulo para entender la reacción de mi hermana. Era alto, sí. Y tenía la tez curtida por el sol, también. Y una figura atlética; como muchos. El pelo muy corto le sentaba bien, y los ojos no se los pude examinar porque cada vez que lo intentaba él me estaba mirando. Se acercó hasta la parrilla para llevarle un vaso de vino a papá y los ví charlar animadamente.
-¡Es perfecto, Luci! ¡Quién diría que en este pueblucho encontraría semejante ejemplar! -se deleitó mi hermana.
-No seas irrespetuosa -farfullé, porque estaba ofendiendo el lugar que amaba mi abuela.
Betiana miró el rostro serio de Eugenia y se disculpó.
-¡Perdoname, abuela! -la abrazó.- Sabés que lo digo cariñosamente.
Abu movió la cabeza y sonrió mudamente. Nos sentamos porque venían mi padre y Lorenzo con dos bandejas de pescado cocinado. La comida estuvo deliciosa y la charla amena, libre de las intrascendencias que le imprimían mamá y mi hermana. Como siempre, levantamos la mesa entre mami, abu y yo. Puse las copas de vino en una bandeja junto con los platos y los cubiertos y los llevé en equilibrio hacia la cocina. A medio camino se ladeó una copa y me frené para que no se desmoronara la torre, cuando una mano vino en mi auxilio.
-Dejá que te ayude -escuché la voz varonil.
Me acomodó las copas desequilibradas y luego cargó la bandeja hasta la mesada. Yo lo seguí asombrada de su asistencia. Papá se esmera con el asado pero no colabora nunca con otros menesteres. Lorenzo se volvió con una sonrisa y pude ver que sus ojos eran celestes y me miraban con una intensidad que parecían querer penetrar mis pensamientos. Desvié la vista aturdida cuando mamá y Eugenia, que traían el resto del servicio, me sacaron de la parálisis. Volví a ocupar mi lugar en la mesa decidida a no levantarme en toda la noche. Mami, abu y el invitado aparecieron con el postre y la correspondiente vajilla. Betiana se levantó y trajo el equipo de música para hacerlo sonar con sus desagradables melodías. Acaparó a Lorenzo y desplegó su seducción con lo que hubiera derretido los sesos de cualquiera de sus festejantes. Yo ya no estaba cómoda con mis shorts, mi remera desteñida y mis sandalias playeras. Mamá se acercó adonde estábamos sentadas la abuela y yo:
-¿Éste es el hijo mayor de Bautista? -le preguntó a Eugenia.
-Sí. Se especializó en piscicultura y está instalando el frigorífico -participó abu.
-Parece que se gustan con Betiana. Es un muchacho muy atractivo -ponderó mamá.
La abuela hizo un gesto neutro. Mi hermana lo tomó de la mano y lo arrastró a bailar. Debo admitir que él se movía con gracia y acompañaba los armoniosos movimientos de Betiana con soltura. Poco después cayó el CD de música melódica y ella le enlazó los brazos al cuello. Un opaco malestar se instaló en mi estómago y se transmitió a mi garganta. Me levanté y les dije a mis compañeras que estaba cansada y me iría a dormir.
-¡Lorenzo! -llamó Eugenia.- Luci se aburre. ¿Por qué no bailás un poco con ella?
Él no se hizo rogar. Le murmuró unas palabras a Betiana y se acercó a mí que me había quedado de una pieza. Me enlazó por la cintura y me guió sabiamente a través de una canción romántica. Apenas sobrepasaba su barbilla pegada al piso sobre las chatas sandalias. Para evitar mayor contacto le puse las manos sobre el pecho, pero eso no impidió que tomara conciencia de la fuerza de los brazos que me rodeaban y de la cálida respiración que entibiaba mi pelo. Una extraña ansiedad me dominó. Mi cuerpo quería abandonarse al contacto de ese hombre y por primera vez el presagio de un beso me estremeció. Levanté la cabeza y mis ojos captaron la mirada acusadora de Betiana. Me paré abruptamente y le anuncié a mi pareja:
-Me voy a descansar. Estoy en pié desde las cuatro de la mañana -como si él no lo estuviera.
-¡Buenas noches a todos! -grité y me llevé el recuerdo de su mirada inquisitiva.
Me dí un baño y me ponía el camisón cuando tocaron a mi puerta. Era mi abuela.
-Vine a ver cómo estabas -dijo cariñosamente.
-Bien cansada -le respondí con una mueca.
-Lorenzo se despidió apenas te fuiste -me pasó el parte.
-¿Y a mí qué? -contesté con indiferencia.
Me sacó el cepillo de la mano y alisó con delicadeza mis rulos rebeldes. Acarició mi rostro ensombrecido y me dijo:
-Ese muchacho te gusta, ¿verdad?
-Es el candidato de Betiana -mascullé.
-No es lo que yo ví esta noche. Él no tenía más que ojos para vos.
-¡Vamos, abuela! Si no hizo más que conversar con ella todo el tiempo -recalqué.
-Porque la mujer que le interesaba se mostraba lejana e indiferente -me reprochó.
-¿Cómo iba a fijarse en mí que parecía una cucaracha al lado de Betiana? -gemí.
-Vos tenés el encanto de la espontaneidad y Lorenzo no es ningún tonto -afirmó.- Y si te preocuparas más de tu apariencia, no habría Betiana que te igualara.
Estaba por ceder cuando entró mi hermana con cara de pocos amigos.
-¡Lo hiciste a propósito! -me espetó.- ¡Primero coqueteaste con Lorenzo y después lo ahuyentaste con tu inesperada huída!
-¡Un momento, jovencita! -intervino la abuela.- Lorenzo no es de tu propiedad, y si bailó con Luci es porque yo se lo pedí.
-¡Claro! Si ya sé que esta mocosa es tu preferida, y con tal de acceder a sus caprichos permitirías que me robe el novio -vociferó.
Ví ponerse pálida a la abuela y me sentí tan desgraciada que me largué a llorar. Mamá, al oír los gritos de mi hermana, se precipitó en el dormitorio. Como Betiana y abu, se quedó paralizada al verme berrear. Porque yo no lloraba, ni cuando me lastimaba siendo pequeña. Ahora el desconsuelo era tan doloroso que rompió las compuertas tenazmente levantadas. Mi madre me abrazó y me acunó con palabras amorosas hasta que la opresión fue cediendo. Cuando me separé, sentí que había cambiado; que podía aceptar que mi madre me confortara, que podía robarle un novio a mi hermana y que Lorenzo me había hecho entrever sensaciones que ignoraba. Nos acostamos y apagamos la luz.
-Por si no caíste, pava, a Lorenzo le gustás. ¿No es hora de que pienses en un hombre?
Ésa era Betiana. Superficial pero de gran corazón. Ella no me abrazó como mamá y la abuela, pero a su manera me tranquilizaba. Yo estaba muy extenuada para contestarle, así que volvió a la carga:
-Si te interesa, dale una oportunidad. No hay muchos tipos como él. Palabra de experta -dijo con una risita.
Encendí el velador. Mi hermana me observaba con una expresión tan entrañable que los años de discordia se disolvieron en un estrecho abrazo.
-¿De veras no te importa? -le pregunté al apartarnos.
-Si tuviera una mínima posibilidad te lo disputaría, y eso sería si a vos no te gustara. Pero me parece, hermanita, que alguien ha tocado a tu puerta. Y ahora acostate si mañana querés ver el amanecer.
Sincronicé el celular, me abracé a la almohada y dormí hasta que sonó la alarma. Me vestí con sigilo pero esta vez mi hermana me despidió estirándome los brazos:
-Buena suerte, cachirula -nos besamos y me fui riendo del mote que me había puesto cuando éramos niñas.
Lorenzo ya estaba instalado sobre una colchoneta en la cima de la escollera. Me tendió la mano para que me sentara junto a él y una manta para que me protegiera del viento. Ví renacer al astro rey dulcemente cobijada por sus atenciones. Cuando el sol reveló la imagen de las cosas nos miramos complacidos por el milagro presenciado.
-¿Desayunaste? -me preguntó. Negué con un gesto.- ¿Vamos? -propuso y se incorporó con presteza. Me ofreció su mano para sostenerme mientras me levantaba. Yo no necesitaba ayuda, pero estaba descubriendo que sus cuidados me deleitaban.
-La abuela se va a preocupar si no vuelvo -le dije.
-Ya mismo le avisamos -sacó el celular y habló con Eugenia.- Listo. Te manda un beso y me pidió que te lo hiciera llegar.
Lo miré con recelo.
-¡Es una broma! -aseguró riendo. Recuperó la compostura:- ¿Vamos? -repitió.
Bajé por mi cuenta y me alcanzó con rapidez. Cruzamos la playa y desembocamos en la calle principal del pueblo. En la vereda, ya estaban preparadas las mesas con sombrillas. Nos sentamos en una y Lorenzo, después de consultarme, encargó el desayuno para ambos. Ante una pila de tostadas y varios recipientes con mermeladas y manteca, nos fuimos conociendo y mostrando nuestras afinidades y discrepancias. Yo me iba descubriendo a medida que me confiaba a él. Por la segunda taza de café, le confesé mi aspiración por estudiar leyes y tener mi propio estudio. Supe que era huérfano de madre, que admiraba a su papá, que tenía un hermano menor, que amaba su trabajo y que vivía solo; “no, con Otto, pobre Otto” se rectificó. Miré el reloj y caí en la cuenta de que eran las once y media de la mañana. ¡Habíamos hablado por cinco horas! Me sentí maravillada porque lo más que había tolerado una charla de varón no pasaba de media hora.
-Es casi mediodía -le dije- la abuela prepara el almuerzo para las doce y media.
Me miró como saliendo de un trance. Creo que también estaba sorprendido por el tiempo que se nos había escurrido.
-Me gustaría que vengas al asado de los sábados con los empleados de mi padre y mi familia -dijo esperanzado. Y precisó:- Quiero seguir compartiendo el día con vos.
Esta vez hablé yo a la casa de Abu. Me atendió mamá y le expliqué que almorzaría con Lorenzo. No pareció extrañada; seguro que Betiana había chismorreado con ella. Me despedí hasta la tarde y bordeamos la playa hasta el puerto. Dos largos tablones albergaban a más de veinte hombres. Lorenzo los fue saludando y me presentó como la nieta de Eugenia. A su padre lo reconocí enseguida: era Lorenzo con treinta años más.
-¿De modo que la nieta menor de Eugenia? Te recuerdo de muy pequeña, cuando tu abuelo solía venir a charlar conmigo. Te has convertido en una hermosa mujer -observó complacido.
Lorenzo me presentó a su hermano Daniel, un joven alto y delgado de facciones agradables que seguramente se parecía a su madre. Después nos acercamos a una mesa adonde habían hecho lugar para los dos. Los hombres de mar me atendieron con tanta cortesía que pronto olvidé mi timidez. Lorenzo estaba sentado frente a mí y me miraba como si quisiera grabarme en su cerebro. Algunas veces me atreví a enfrentar la fuerza de sus ojos.
-Yo lo conocí a su abuelo, Luci. -me dijo Antonio, el encargado de una de las barcazas.- Y también a usted. Claro que la cargaba en brazos en esa época. Me acuerdo que la entretenía con un puñado de piedritas de colores y usted se quedaba horas jugando en la arena. La patrona, que en paz descanse, una vez se enojó con el patrón y su abuelo porque de tan distraídos con la charla la dejaron dos horas bajo el sol. ¡Parecía un camarón! La patrona la metió en la bañera y la embadurnó con cremas para que no se ampollara. Del reto que le dio a su abuelo, nunca más la trajo.
Me reí aunque no me acordara del incidente de sólo pensar en lo brava que había sido la mujer para amedrentar a un hombre. Tal vez por eso no nos habíamos frecuentado con Lorenzo. Claro que en esa época yo debía tener dos o tres años y él once. A los varones de esa edad no les interesan los bebés.
-¿Usted no se acuerda de ella, patroncito? -le preguntó a Lorenzo con un tonito socarrón.
-Es imperdonable, ¿no? -contestó él sin dejar de mirarme.
Me puse colorada y me concentré en mis mariscos. Tomé conciencia de que era la única mujer en la reunión y de que los hombres se estarían preguntando el motivo. Creo que la única que no lo tenía en claro era yo. Después de comer nos despedimos de los comensales y me acompañó a la casa de mi abuela. Por el camino me invitó a cenar. Yo tampoco quería dejar de verlo así que acepté. Eugenia estaba sentada en la galería y nos quedamos un rato charlando con ella. Sus ojos perspicaces iban del rostro varonil al mío. Me despedí porque quería revisar mi guardarropa. Esta vez iba a cuidar mi apariencia, como recomendaba Abu.
-¡Te paso a buscar a las nueve! -me informó Lorenzo.
Asentí y los dejé a solas. Betiana estaba en la sala mirando una película y me notificó qué papá y mamá todavía estaban en la playa.
-¿Cómo te fue? -me preguntó con interés.
Le relaté desde el encuentro mañanero hasta la invitación a cenar.
-Bien -comentó cuando terminé.- Ya tengo la crónica objetiva de todos tus movimientos. Ahora quiero saber… ¡qué sentiste!
Ante la exhortación de mi hermana me arrasaron los sentimientos. Le confié de mujer a mujer mi alborozo al encontrarlo en la escollera, la plenitud de compartir el momento, la soltura de nuestros diálogos y, sobre todo, ese creciente deseo de cercanía que admitía hasta el intercambio de microbios. Betiana se rió como loca porque conocía mi definición de beso. Cuando se calmó, me dijo:
-¡Estás enamorada, cachirula! Y yo que me afligía porque fueras lesbiana. -La miré escandalizada.- ¿Y qué querés? -Se defendió.- No había tipo que te cayera bien.
Me sofoqué para no responderle que eran los tipos que conocía a través de ella. Después de todo estábamos reparando los lazos fraternales.
-Si tu primer intento va a ser con Lorenzo, no vas a salir defraudada porque no sólo te busca para llevarte a la cama -afirmó convencida.
No podía creer que estuviera hablando de sexo con mi hermana. Aunque ella era más liberal, nunca nos habíamos confiado nuestras experiencias. Bueno, fantasías en mi caso. Porque yo era una alumna aventajada de los cursos de educación sexual. Conocía todos los detalles de los aparatos reproductivos masculinos y femeninos, sus funciones y, de charlas con otras mujeres, las alternativas de “la primera vez”. La percepción de lo desconocido me colmó de ese anhelo, antes negado y ciego, que ahora tenía un destinatario.
-Me voy a bañar -le anuncié a Betiana.
-Si necesitás alguna pilcha, pedime -ofreció con generosidad.
-Después te digo -agradecí, porque era todo un gesto de desprendimiento.
Estuve como media hora en la ducha. Salí tan relajada que me tiré un momento en la cama y me quedé dormida.
-¡Luci, Luci! -abrí los ojos y miré atontada la cara de Betiana.- ¡Son las ocho! ¿Pensás salir en bata?
Me despabilé al instante. Salté hacia el armario y busqué la solera que había estrenado la última Navidad. Me vestí ante la mirada atenta de mi hermana y acepté sus sandalias de taco alto para completar mi atuendo. Insistió en maquillarme y ordenar mi pelo alborotado por la siesta. Me sentía como un torero antes de salir al ruedo. Cuando mi arreglo estuvo listo, me miró apreciativamente.
-¡Estás preciosa, Luci! -dijo con entusiasmo.- Lorenzo va a perder la chaveta. Cuando entren en confianza -dijo conspirativa- a lo mejor lo convencés de que me presente a su hermano…
Largué la carcajada porque ya extrañaba a la antigua Betiana. Le prometí que haría lo posible.
La imagen que me devolvió el espejo era la de una mujer seductora distante años luz de la chiquilla desaliñada que Lorenzo encontró entre las rocas. Sentí que estaba preparada para interpretar los misterios del amor. Mis cavilaciones fueron suspendidas por la irrupción de mamá y la abuela que venían a examinar mi sorprendente metamorfosis. Sospecho que también ellas estaban inquietas por mi anormal desinterés en el sexo opuesto. Sus miradas aprobadoras lo dijeron todo. Bajamos las cuatro y me sometí al escrutinio de papá. Ya me había visto con esa ropa, pero seguramente no había reparado en que su hija menor había dejado de ser una niña.
-¡Luci! ¿Cuándo creciste tanto? -dijo acongojado.
-Me llevó más de diecisiete años, papi -le contesté abrazándolo.
Me mantuvo apretada contra él y después me separó para observarme con detenimiento. Una sonrisa de aquiescencia encendió su rostro cuando declaró:
-Ahora soy el afortunado padre de dos hermosas mujeres. Espero que no abandonen el nido tan pronto.
La consideración de mi abuela quebró la solemnidad del momento:
-Siempre que no encuentren un pájaro enamoradizo como vos. ¿O acaso te olvidaste a qué edad empezaste a cortejar a mi Aurora?
-¡Mea culpa! -rió mi padre.- Pero no dirás, Eugenia, que tu hija no fue afortunada… -le guiñó un ojo.
Abu asintió. Si algo no podía negar era la dedicación que papá prodigaba a su familia. El sonido del timbre me sobresaltó. Betiana corrió hacia la entrada con una sonrisa cómplice. Poco después entraba con Lorenzo. Saludó a todos y después de una charla trivial me propuso que nos fuéramos. Yo estaba desencantada. ¡Tantos halagos por parte de mi familia y él no parecía impresionado! Subimos al auto en silencio y tampoco hablamos hasta llegar al restaurante. Eligió una mesa en el jardín y recién cuando estábamos sentados, derramó su mirada celeste sobre mi rostro.
-Estás tan hermosa… -dijo quedamente.
-Creí que no te habías dado cuenta de mi nuevo look -argüí para ocultar mi turbación.
-Pasé a buscar a una jovencita pendenciera y me encontré con una mujer deslumbrante. ¿Qué esperabas, Cenicienta? No podía celebrar la transformación delante de tu familia como hubiese querido.
No me animé a preguntarle cómo. En su lugar, revisé la carta y le indiqué lo que deseaba comer. Lorenzo sonrió y llamó al camarero. La cena no fue tan elocuente en confidencias como el desayuno. Nuestros ojos decían lo que no nos animábamos a poner en palabras.
-¿Querés ir a bailar? -me preguntó después de pagar la cuenta.
Yo no deseaba el bullicio de un boliche o una discoteca. Lo sorprendí con mi propuesta:
-Sí. A tu casa.
Tomó mi mano que descansaba sobre la mesa y preguntó con voz grave:
-¿Estás segura?
-Sí -repetí.
Su departamento estaba en el quinto piso de un edificio frente al mar. En el ascensor no osé mirarlo a los ojos. Me temblaban un poco las piernas pensando en mi audacia y sus posibles consecuencias. Él lo intuyó y actuó con naturalidad.
-Acomodate mientras preparo algún trago -ofreció guiándome hasta el amplio balcón equipado con un sillón doble y una mesa baja.
Me senté y dejé que mis sentidos se saturaran del rumor de las olas y el incansable movimiento del agua. Lorenzo volvió con dos copas y se sentó a mi lado. Probé mi bebida consciente de su cercanía que me despertaba una inexplicable debilidad. Su brazo rodeó mis hombros y me atrajo sin violencia contra su costado. Después levantó mi barbilla y sus pupilas, ahora oscuras como el mar, capturaron mis ojos que ya no querían huir.
Sus labios rozaron los míos suavemente y mi boca se entreabrió emancipada de mi voluntad. Profundizó el beso aniquilando todos mis escrúpulos acerca del intercambio de microbios. Su lengua exploró y acarició el interior de mi boca y la mía se convirtió en el espejo de la suya. Me separé intentando recuperar el aliento. Él aflojó el abrazo y me observó con inquietud.
-¡Luci, Luci…! -suplicó.- No te asustes. He deseado tanto besarte que no me pude dominar. Pero te prometo que a partir de ahora haré nada más que lo que quieras. ¿Está bien?
Yo no estaba asustada por él sino por la vehemencia con que deseaba que me siguiera besando.
-Quiero bailar -le dije sin responder a su pregunta.
Se levantó y me llevó de la mano a la sala. Seleccionó varios discos de música lenta y me enlazó por la cintura. A conciencia, fui derribando barreras. Mis brazos se cruzaron detrás de su cuello y dejé que mis ojos fueran capturados por los suyos. Me fue arrimando a su cuerpo hasta quedar amoldados el uno al otro. Atrapados en un oleaje de sensualidad, volvimos a besarnos sin control.
-¡Luci…! -gimió.- Si no te vas ahora, te haré el amor.
¿Irme? ¡Si para eso he venido! grité por dentro. Me aferré a él esperando que perdiera la sensatez. Suspendió la danza para enajenarse en un beso y apretar mis glúteos contra su ostensible erección. Como yo no lo soltaba, me alzó en andas y me llevó hasta el dormitorio. Intentó descargarme en la cama pero yo estaba pegada a él como una lapa.
-¡Soltame, pulpito! -jadeó divertido.- Que no me voy a escapar.
La risa me aflojó los brazos y caí sobre el lecho. Lorenzo se inclinó para besarme con delicadeza y me fue desnudando con lentitud. Devoró con los ojos mi cuerpo trémulo y se quitó las prendas que lo cubrían para tenderse a mi lado. Sus brazos me atrajeron contra sí excitando cada partícula de mi piel y generando un intenso calor que creció desde mi garganta hasta el vértice de mi pubis. Gemí los besos y caricias que desparramó sobre mi cuerpo enardecido y me embriagué con las palabras apasionadas que intensificaban su incursión. Cuando su boca ascendió desde mi vientre hasta mis erizados pezones para inflamarlos con el roce de su lengua, grité de voluptuosidad. Al colocarse sobre mi cuerpo preparado para la consumación,  un rapto de pánico me hizo gimotear:
-Lorenzo… Yo no he…
-Lo sé, mi amor. Lo sé… -murmuró en mi oído.- Dejame guiarte… Relajate… Así… -sus dedos acariciaron el punto más sensible de mi clítoris incitando a mis piernas a separarse para consentir la penetración. Se incorporó a medias y abrió el cajón de la mesa de luz. Palpó su contenido y exhaló un gemido de impotencia:
-¡Esto no puede estar pasando…!
-¿Qué? -exclamé al borde del frenesí.
-No tengo preservativos… -se lamentó.
-¡No importa! -clamé.- No me dejes así…
-Es una locura, chiquita. Podrías quedar embarazada -dijo con los últimos vestigios de sensatez.
-Correré el riesgo… -murmuré anudando su cadera con mis piernas y atrayendo su miembro hacia el centro de mi hoguera.
Claudicó con un gruñido y se impulsó contenidamente hasta rematar el apareamiento. El dolor inicial me quitó el aliento hasta recuperar la percepción de su cuerpo ocupando el mío y del latido sordo de su pene albergado en mi vientre. La punzada se transformó en un suave ardor que rápidamente se transmitió a la zona de acoplamiento. Él se quedó inmóvil, con los brazos cruzados sobre mi dorso, sus labios resbalando desde mi cuello hasta mi oído musitando palabras que yo no oía concentrada en la creciente palpitación de mis entrañas. Moví mi cadera apremiada por alcanzar el éxtasis que presentía pero Lorenzo me sujetó:
-No cariño… No te muevas todavía o no podré contenerme. Quiero que goces igual que yo, que quieras sentirme dentro tuyo dándote placer… Te amo, Luci, y necesito que me ames -demandó con exaltación.
Yo sólo era conciente de que sin él me consumiría en mi fuego interior, de modo que obedecí con un quejido lastimero que mi amante acalló con un beso prolongado.
-Lorenzo… -supliqué desfallecida.- ¡Me estoy abrasando…!
Entonces él se hundió en mí cada vez más profundamente hasta que me precipité, con un grito, en una espiral de contracciones. Observó mi expresión al momento de la descarga hasta que su propio orgasmo lo abatió. Su bronca exclamación se mezcló con mis jadeos de placer que poco a poco se fueron aquietando como las convulsiones de nuestros cuerpos. No queríamos separarnos y nos miramos embobados por la experiencia compartida. Lorenzo bajó la cabeza y dejó un tierno beso en la punta de mi nariz.
-Criatura preciosa -dijo- me hiciste perder la moderación. Yo esperaba conquistarte antes de que terminaran tus vacaciones -rió.
Me acurruqué contra él y susurré en su oreja:
-Si estás arrepentido, volvamos atrás.
-¿Media hora atrás? ¡Volvamos! -aceptó burlón.
-Tres horas atrás… descarado -dije mohína.
-A ver… -calculó y contuvo mi intento de alejarme.- También -aprobó.- Me estabas proponiendo venir a mi casa… -me atenazó entre sus brazos y desgranó en mi oído:- ¿Cómo arrepentirme de haber entrado al paraíso? -Sus labios deambulaban por todo mi rostro y cuando besó la comisura de mi boca me arrancó una sonrisa. Me miró enternecido y recapituló:- Me enamoré de vos apenas te ví el primer amanecer. Cuando te encontré con Eugenia estaba planeando cómo localizarte. Y cuando te tuve en mis brazos por un fugaz momento supe que estaban hechos para encerrarte.
Lo miré embelesada y le eché los brazos al cuello. Abrió mis labios con suavidad y exploró con lentitud el interior de mi boca. Al rodar sobre la cama reparé en un rastro de sangre sobre la sábana.
-¡Lorenzo! Te eché a perder la sábana -dije sofocada.
-No hay cuidado, mi amor. Enseguida la cambio.- Me besó en la frente y me propuso:- ¿Querés darte una ducha mientras tanto?
Asentí y me levanté. Me indicó dónde estaba el baño. Abrí el grifo de agua caliente e inspeccioné mi nuevo cuerpo. Entre mis muslos se deslizaba suavemente el semen de mi amado y unas estrías rojas de mi extinto himen. Había empezado a enjabonarme cuando apareció Lorenzo y se metió bajo la ducha.
-¿Te duele? -preguntó afligido.
-Ya no -sonreí mientras aceptaba el cuidadoso toque de su mano en la sensible zona de mi entrepierna.
Me limpió con dulzura y pasó jabón por todo mi cuerpo que estaba despertando del relax post amoroso. Mientras yo me enjuagaba él terminó de bañarse. Se cubrió con un albornoz y me dio un toallón grande. Enrollé mi pelo en otra toalla y pasamos a la sala. Ocupamos el sillón del balcón y comí con ganas los dulces que puso sobre la mesa. El sonido de las olas golpeando las rocas parecía haberse intensificado. Lorenzo me mantenía apretada contra su flanco y por momentos se volvía a besarme y repetirme cuánto me amaba.
-¿Por qué sabías que era mi primera vez? -reaccioné tardíamente.
-Porque Eugenia me advirtió que sólo me acercara a vos si estaba seguro de quererte. No deseaba que tu primera experiencia amorosa te desilusionara. Con lo cual -dijo besando mi cabeza- me produjo una conmoción que podría haber terminado en impotencia.
-Te lo tenías merecido por haber hablado con mi abuela a mis espaldas. ¿Cómo se atrevió a revelarte cosas tan íntimas? -exclamé indignada.
-Porque te quiere bien y estaba segura de que yo te amaba. -Me giró hacia él:- Vamos, corazón, Eugenia no se merece tu enojo. Sos su más preciado tesoro. -Miró mi boca fruncida y la desarrugó a besos.- ¿Cumplí con su demanda? -murmuró apasionado.
-No me acuerdo… -suspiré contra su pecho. Escuché su risa grave mientras me levantaba en brazos y me llevaba al dormitorio.
Me quitó el toallón y se desprendió de su bata. Me bastó mirarlo para comprender que estaba preparado para otro avance amoroso. Reconoció como un experto mis zonas erógenas hasta hacerme gritar de excitación. Quería ser templada por el prodigioso instrumento de placer que arrancaba los más excelsos acordes de mi cuerpo. Entró en mí con la profundidad y el arrebato que había refrenado en el primer encuentro. Su discurso enronquecido por la pasión desbordó los límites de mi contención y me convulsioné contra él hasta alcanzar la cumbre del éxtasis. Lorenzo emitió un gemido gutural mientras aumentada la frecuencia de sus movimientos que culminaron en una onda de espasmos absorbida por mis pulsaciones finales. Cerré los ojos abrumada de goce y escuchando su respiración agitada que poco a poco se fue aquietando. Encerrada entre sus brazos, arrullada por sus besos y palabras amorosas, me dormí hasta el amanecer. Mis párpados se levantaron con pereza encandilados por los primeros rayos de sol. Me incorporé y alcancé el toallón que estaba al costado de la cama, me envolví en él y salí en silencio para no turbar su descanso.
Mi piel se erizó al contacto de la fresca brisa marina y, antes de que pudiera extrañar a mi conquistador, su cálido cuerpo me abrigó del frío.
-Buen día, mi amor -susurró en mi oreja.- ¿De modo que pensabas contemplar este amanecer especial sin mí?
Giré entre sus brazos para recibir un beso interminable y cuando pude respirar me justifiqué:
-No quería despertarte…
Nos sonreímos y nos sentamos en el sillón del balcón. Cuando el sol se alzó sobre el horizonte rozó mi sien con los labios:
-¿Qué hacemos ahora, mi pequeña demoledora?
-Desayunar -dije.- Me muero de hambre.
-No me refería a eso. ¿Qué hacemos de ahora en más? -reiteró enmarcando mi rostro entre sus manos.
Me inquietó su mirada trascendente tan distinta a la apasionada de la noche anterior. Entendí que hablaba acerca de los dos; de lo pasado, el presente y el porvenir. Yo tenía claramente definido mi futuro adonde él no estaba siquiera intuido. Aparté los ojos y me apoyé contra su hombro.
-No quiero presionarte, Luci, pero yo sueño con que no te vayas y tenerte en mi casa. Que seas mi mujer no tiene por qué cambiar tus proyectos; al contrario, seré tu mejor aliado -afirmó con seriedad.
-¿Tu mujer? -balbucí sobresaltada por el alcance de su propuesta.
-¡Sí! ¡Mi mujer! ¡Mía! -se exaltó y me abrazó con ferocidad.- No quiero tenerte de vez en cuando sino todas las noches de mi vida, para hacerte el amor, para verte a mi lado, para sentirme completo.
Enterré mi cabeza en su pecho tumultuoso confundida por mis sentimientos contradictorios. Lo amaba, pero la convivencia con un hombre estaba tan lejana en mi mente joven, aún no preparada para romper con los lazos originarios, que me llené de angustia y rompí en sollozos ante su consternación.
-¡Luci! ¡No, nena! ¡No llores, mi amor! No me hagas sentir un cretino… Decime qué te ofendió.
Cuando mi llanto se calmó, le dije con voz temblona:
-No estoy ofendida, estoy asustada.
-¿De mí? -exclamó afligido.- Si mi único deseo es hacerte feliz.- Besó mis párpados y mi rostro inflamado.- Contame que te asusta.
-Irme de casa. No terminar el secundario. No graduarme en leyes. -Las palabras se disparaban sin solución de continuidad.- No ser la mujer que buscás… -terminé casi sin voz.
Me separó apenas para que leyera en su mirada tierna  y su rostro solemne la autenticidad de su declaración:
-Lo que vivimos anoche es excepcional, y lo es, porque nos amamos. Tal vez tendría que haber interpretado tu falta de experiencia y tus cortos años, pero me dejé arrastrar por lo que me inspirás. No voy a forzarte a tomar ninguna decisión extemporánea porque puedo esperar el tiempo que precisés. Cuando estés lista, me encontrarás donde me busques.
El alegato de Lorenzo obró como un haz sobre mi conciencia revelando la esencia de mi femineidad. Quería alcanzar los objetivos elegidos pero por sobre todo lo quería a él. La mujer que le devolvió la mirada no dudaba de los sentimientos que nos habían impulsado a recrear la infinita unión de la especie. Me reí liberada de falsas creencias y le eché los brazos al cuello. Él sonrió entre alegre y sorprendido pero no dudó en besarme. Después preguntó esperanzado:
-¿Ésto significa que me aceptás?
-Esto significa que te quiero y que te prohíbo que vuelvas a insinuar mi corta edad o falta de experiencia -dije enfadada.
-¡Te lo prometo! -respondió con una carcajada.- Y ahora nos vamos a ocupar de tu hambre, ¿eh?
-Primero voy a llamar a Betiana. Buscaremos una excusa para no preocupar a mis padres por mi ausencia. -Tomé el celular rogando que mi hermana lo escuchara.
-¡Hola, cachirula! ¿Qué tal el intercambio de microbios? -preguntó eufórica.
-¡Sublime! -le dije mirándolo a Lorenzo.
-Sos una desfachatada. Pero les hice un favor. Pa, ma y Abu están informados que después de bailar se iban a ver amanecer y después a desayunar. Eso sí, para sostener este embuste les dije que vendrían a almorzar. ¿Qué tal?
-Te debo una, hermana -exclamé aliviada.
-Ya sabés como retribuirme -me recordó.
-No me olvido. Nos vemos al mediodía -saludé riendo.
-¿Todo arreglado? -indagó Lorenzo.
Le conté la iniciativa de Betiana y esbozó una sonrisa dudosa.
-Es una explicación políticamente correcta, pero no creo que tus padres ni Eugenia se la traguen. ¿Te importa?
-No si vos estás conmigo -dije confiada.
-Siempre -aseguró ratificando lo dicho con un beso.- Vamos a vestirnos para salir a desayunar.
Nos duchamos y media hora después dejábamos el departamento. Una ausencia me hizo preguntar:
-¿Y Otto?
-Se lo dejé a papá por el fin de semana.
Me sonreí. ¿Significaba que había pensado en algún momento traerme a su casa? Se lo pregunté:
-¿Creíste que me iba a molestar?
Lorenzo me abrazó y antes de darme un beso dijo:
-Chica lista, sí. Aunque no lo tenía planeado para tan pronto, eran tantas las ganas de tenerte conmigo que me dejé llevar por mi delirio y quise que nada interfiriera.
La puerta del ascensor se abrió mientras nos estábamos besando. Hubo un carraspeo seguido de un saludo:
-Buen día, Lorenzo -dijo una voz cordial.
Nos separamos y quedamos frente a un hombre maduro de aspecto bonachón que nos sonreía desde el interior del elevador.
-¡Hola, doctor! -contestó Lorenzo con una sonrisa.- Luci, te presento al doctor Ramírez; doctor, ella es mi novia Luci.
Me estiró la mano con gesto afable y opinó mientras la estrechaba:
-Estoy encantado de conocerte, Luci. No sé de dónde te ha sacado este muchacho, pero debo reconocer que ha hecho un buen trabajo.
-Es la nieta de Eugenia, doc. Y la he acaparado antes de que otro se me adelante -afirmó Lorenzo pasando el brazo sobre mi hombro.
-Sabía que eras avispado -rió el hombre mientras entrábamos al ascensor.
Charlamos con él y nos despedimos en la planta baja. Caminamos por la arena hasta la confitería, desayunamos, y a las once le pedí que fuéramos a casa de la abuela. Quería verla a ella a solas, porque sabía que mi familia estaría en la playa hasta el mediodía. Estaba sentada en su mecedora de la galería y nos recibió con alegría. Le dimos un beso y ella le pidió a Lorenzo que trajera vasos y un refresco de la cocina.
-Abu -le dije ni bien quedamos las dos- estoy enamorada y he participado del mejor intercambio de microbios que pudiera soñar.
Eugenia se rió con ganas y me abrazó fuerte. Me acarició la cabeza y me preguntó:
-¿Es Lorenzo el hombre que esperabas?
-Es el hombre que quiero, el que me hizo vivir una experiencia insospechada y con el que puedo compartir mucho más que un momento de pasión -dije con arrebato.
La aparición del nombrado suspendió la confidencia. Colocó la bandeja sobre la mesita y sirvió una copa para cada uno. Se sentó a mi lado, me atrajo contra él y apoyó sus labios contra mi frente.
-Veo que has avanzado con mi nieta -señaló la abuela.- ¿Qué intenciones tenés con ella?
-¡Abu! -exclamé molesta.
-Shh… -me acalló Lorenzo.- Las mejores para los dos, Eugenia. Quiero que sea mi mujer y que no se vaya de Cangrejales.
-¿Ella está de acuerdo? -continuó con la interpelación.
-¿Estás de acuerdo? -preguntó él tomándome de la barbilla para mirarme a los ojos.
Sonreí y busqué su boca para sellar mi consentimiento. Cuando nos separamos Abu nos miraba complacida, mis padres perplejos, y Betiana burlona. Lorenzo se hizo cargo de las explicaciones y, antes de que nos sentáramos a compartir el almuerzo, mi familia empezó a digerir la contingencia de que la más pequeña abandonara el nido.
El sol está tibio esta mañana de mayo. Estoy sentada en la silla de Abu cumpliendo el reposo impuesto por el médico. El riesgo lo tomé yo y no me quejo; mejor dicho, no nos quejamos. Vislumbro el rostro de Lorenzo flotando sobre el mío antes de que se aproxime con un beso. Da la vuelta a la mecedora y se acomoda a mis pies. Me acaricia el vientre redondeado y pregunta con una sonrisa:
-¿Cómo están mis amores?
-Esperando la orden de Ramírez para pasear por la playa -contesto acariciando su mejilla.
Él atrapa mi mano y la lleva a sus labios. Después nos quedamos en silencio contemplando las olas que mansamente rozan la arena.
Nos casamos en marzo y de inmediato tuve una pérdida que puso en riesgo la gestación. De modo que me indicaron inmovilidad para consolidar mi preñez. Nos instalamos en casa de Eugenia para que no estuviera sola cuando Lorenzo se ausentaba por el trabajo. Yo estoy preparando mi último año libre con la ilusión de concurrir el próximo a la Facultad. Betiana nos visita con frecuencia y es mi mejor colaboradora para el estudio. Está muy cambiada desde que conoció al ingeniero que trabaja en el frigorífico de mi suegro, y espero que su relación prospere y se instale en Cangrejales. Lorenzo vendió el departamento y compró la casa lindera con la de Abu. Ahora la están arreglando y aguardamos a que esté pronta para recibir al bebé. Miro al hombre al que acepté unir mi vida y siento que mi existencia no tiene fronteras. 
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BÚSQUEDA
25 de noviembre
El sábado es el cumpleaños de Marisa. Desde que se puso de novia está insoportable. Me dio la invitación delante de todas las histéricas con las que pierde semestre tras semestre la esperanza de tener un título. Total, dice, cuando me case mi marido me mantendrá. ¡Allá ella con su obsoleta mente! Lo peor, es que me puse a su altura cuando inventé un noviazgo que no tenía para taparle la boca. ¡Los espero a los dos…! me dijo. ¿Qué voy a hacer?
26 de noviembre
Tengo que conseguir pareja para el sábado. Quedan apenas cinco días. Hoy estuve mirando a los chicos de mi curso. Pero ¿cómo les digo que finjan ser mi novio por una noche? No. No es buena idea porque alguno podría cometer una infidencia y Marisa se reiría de mí por siempre. Debo buscar fuera de la facu. Pero mañana, porque ahora tengo que concentrarme en el parcial.
27 de noviembre
¿Adónde hay hombres sin compromiso? Mi hermana me dijo que fuera a alguna confitería bailable o algún boliche de levante. Esta noche haremos un tour.
28 de noviembre
¡Se agota el tiempo! Lo de anoche, un fracaso. Todos los tipos unos impresentables que a lo único que aspiraban era llevarte a la cama. ¿Será posible que no haya ninguno que esté dispuesto a dialogar? Esta tarde voy a recorrer el Centro Cultural. Hay varias charlas y seguro que encontraré mejor elemento.
29 de noviembre
¡Queda un día! En las conferencias había un noventa por ciento de mujeres. El diez por ciento masculino, añoso y descartable. ¿Y si le digo que sufrió un accidente? No me lo va a creer. Esta noche hago el último intento. Me invitaron al estreno de una obra de teatro. ¡Seguro que va a estar lleno de gente!
30 de noviembre
Se suspendió el estreno. ¡Ni los parientes fueron! Me quedé hasta que decidieron que no valía la pena dar la función para una sola persona. No estaban los ánimos para intentar un acercamiento. Es el día cero y estoy más sola que una ameba. ¿Y si lo llamo a mi primo Andrés? Pero sin que se entere mamá porque dice que es un pervertido. Es mi última oportunidad.
1º de diciembre
¡Victoria! Todavía tengo grabada la cara de Marisa cuando me vio entrar con Rodi. Bailamos toda la noche y él se dedicó a mí como si fuera una top ten. Un encanto, ese Rodi. Lástima que tuve que devolverlo cuando terminó la fiesta. Si no, mi primo no me lo hubiera perdonado.

2 comentarios:

  1. los finales de estos relatos tambien los podrias mandar por favor margaritaespejo@outlook.com

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    1. Estos relatos están completos, Margarita. Saludos.

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